_Del cuidado grande y policía que tenían los Mejicanos en criar la
juventud._
Ninguna cosa me ha admirado, ni parecido mas digna de alabanza y
memoria, que el cuidado y órden que en criar sus hijos tenian los
Mejicanos; porque entendiendo bien, que en la crianza é institucion de
la niñez y juventud consiste toda la buena esperanza de una república
(lo cual trata Platón largamente en sus libros _de Legibus_), dieron
en apartar sus hijos de regalo y libertad, que son las dos pestes de
aquella edad, y en ocuparlos en ejercicios provechosos y honestos.
Para este efecto habia en los templos casa particular de niños, como
Escuela ó pupilage distinto del de los mozos y mozas del templo, de
que se trató largamente en su lugar. Habia en los dichos pupilages
ó Escuelas gran número de muchachos, que sus padres voluntariamente
llevaban allí, los cuales tenian ayos y maestros que les enseñaban
é industriaban en loables ejercicios, á ser bien criados, á tener
respeto á los mayores, á servir y obedecer, dándoles documentos para
ello; para que fuesen agradables á los Señores, enseñábanles á cantar y
danzar; industriábanlos en ejercicios de guerra, como tirar una flecha,
fisga ó vara tostada á puntería, á mandar bien una rodela, y jugar la
espada. Hacíanles dormir mal, y comer peor, porque de niños se hiciesen
al trabajo, y no fuese gente regalada. Fuera del comun número de estos
muchachos, habia en los mismos recogimientos otros hijos de Señores
y gente noble, y éstos tenian mas particular tratamiento: traíanles
de sus casas la comida: estaban encomendados á viejos y ancianos que
mirasen por ellos, de quien continuamente eran avisados y amonestados
á ser virtuosos, y vivir castamente, á ser templados en el comer,
y á ayunar, á moderar el paso, y andar con reposo y mesura: usaban
probarlos en algunos trabajos y ejercicios pesados. Cuando estaban
ya criados, consideraban mucho la inclinacion que en ellos habia:
al que veian inclinado á la guerra, en teniendo edad le procuraban
ocasion en qué probarle: á los tales, so color de que llevasen comida
y bastimentos á los soldados, los enviaban á la guerra, para que allá
viesen lo que pasaba, y el trabajo que se padecia, y para que así
perdiesen el miedo: muchas veces les echaban unas cargas muy pesadas,
para que mostrando ánimo en aquello, con mas facilidad fuesen admitidos
á la compañía de los soldados. Asi acontecía ir con carga al campo, y
volver Capitan con insignia de honra: otros se querian señalar tanto,
que quedaban presos ó muertos, y por peor tenian quedar presos; y así
se hacian pedazos por no ir cautivos en poder de sus enemigos. Así
que los que á esto se aplicaban, que de ordinario eran los hijos de
gente noble y valerosa, conseguian su deseo: otros que se inclinaban á
cosas del templo, y por decirlo á nuestro modo, á ser eclesiásticos,
en siendo de edad, los sacaban de la escuela, y los ponian en los
aposentos del templo, que estaban para Religiosos, poniéndoles
tambien sus insignias de eclesiásticos; y allí tenian sus prelados
y maestros, que les enseñaban todo lo tocante á aquel ministerio; y
en el ministerio que se dedicaban, en él habian de permanecer. Gran
órden y concierto era éste de los Mejicanos en criar sus hijos, y si
ahora se tuviese el mismo órden en hacer casas y Seminarios, donde se
criasen estos muchachos, sin duda florecería mucho la cristiandad de
los Indios. Algunas personas celosas lo han comenzado, y el Rey y su
Consejo han mostrado favorecerlo; pero como no es negocio de interés,
va muy poco á poco, y hácese friamente. Dios nos encamine para que
siquiera nos sea confusion lo que en su perdicion hacian los hijos de
tinieblas, y los hijos de luz no se queden tanto atrás en el bien.