_De los diversos Dictados y Ordenes de los Mejicanos._
Tuvieron gran primor en poner sus grados á los Señores y gente
noble, para que entre ellos se reconociese á quien se debia mas
honor. Despues del Rey era el grado de los cuatro como Príncipes
electores, los cuales, despues de elegido el Rey, tambien ellos eran
elegidos, y de ordinario eran hermanos ó parientes muy cercanos del
Rey. Llamaban á estos Tlacohecalcátl, que significa el Príncipe de
las lanzas arrojadizas, que era un género de armas que ellos mucho
usaban. Tras éstos eran los que llamaban Tlacatecátl, que quiere decir
cercenador ó cortador de hombres. El tercer dictado era de los que
llamaban Ezuahuacátl, que es derramador de sangre, no como quiera, sino
arañando: todos estos títulos eran de guerreros. Habia otro cuarto
intitulado Tlillancalquí, que es Señor de la casa negra ó de negregura,
por un cierto tizne con que se untaban los Sacerdotes, y servia para
sus idolatrías. Todos estos cuatro dictados eran del Consejo supremo,
sin cuyo parecer el Rey no hacia ni podia hacer cosa de importancia: y
muerto el Rey, habia de ser elegido por Rey, hombre que tuviese algun
dictado de estos cuatro. Fuera de los dichos, habia otros Consejos y
Audiencias, y dicen hombres expertos de aquella tierra, que eran tantos
como los de España, y que habia diversos Consistorios con sus Oídores y
Alcaldes de Corte, y que habia otros subordinados, como Corregidores,
Alcaldes mayores, Tenientes, Alguaciles mayores, y otros inferiores
tambien subordinados á estos con grande órden, y todos ellos á los
cuatro supremos Príncipes, que asistian con el Rey: y solos estos
cuatro podian dar sentencia de muerte, y los demás habian de dar
memorial á éstos de lo que sentenciaban y determinaban, y al Rey se
daba á ciertos tiempos noticia de todo lo que en su Reino se hacia. En
la hacienda tambien tenia su policia y buena administracion, teniendo
por todo el Reino repartidos sus Oficiales, Contadores y Tesoreros,
que cobraban el tributo y rentas Reales. El tributo se llevaba á la
Corte cada mes por lo menos una vez. Era el tributo de todo cuanto en
tierra y mar se cria, así de atavíos, como de comidas. En lo que toca
á su religion ó supersticion é idolatría, tenian mucho mayor cuidado
y distincion, con gran número de ministros, que tenian por oficio
enseñar al pueblo los ritos y ceremonias de su ley. Por donde dijo bien
y sabiamente un Indio viejo á un Sacerdote Cristiano, que se quejaba
de los Indios, que no eran buenos Cristianos, ni aprendian la Ley de
Dios. Pongan (dijo él) tanto cuidado los Padres en hacer los Indios
Cristianos, como ponian los ministros de los Idolos en enseñarles sus
ceremonias, que con la mitad de aquel cuidado seremos los Indios muy
buenos Cristianos, porque la Ley de Jesu-Cristo es mucho mejor, y por
falta de quien la enseñe, no la toman los Indios. Cierto dijo verdad, y
es harta confusion y vergüenza nuestra.