--He tenido que dejar la litera; me mareaba dentro, me moría.
--¿Pero qué os ha sucedido?
--Se me ha subido el almuerzo á la cabeza.
--¡Ah! diablos; ¿y os habéis salido á tomar por estas calles un baño de
pies?
--No; no, señor: me he ido al alcázar.
--¿Y qué teníais vos que hacer en el alcázar?
--¡Qué! ¿qué se yo? buscaba al cocinero de su majestad.
--¿Y le habéis habido?
--Sólo he habido á su mujer. El cocinero se ha perdido.
--Pobre Montiño: le ha salido un sobrino que le trae de cabeza.
--¡El sobrino del cocinero mayor! ¡el señor estudiante! ¡el señor
capitán! ¡el embustero! ¡el mal nacido!
--¿Pero qué granizada es esa, amiga mía?
--Debéis saberlo vos. Vos, que habéis formado la tormenta. ¡Pero yo me
tengo la culpa! ¡Yo no debí recibiros! ¡yo debí conoceros! el que se
atrevió á enamorarme en el convento cuando yo pensaba ser monja...
--No me recordéis eso... No me abráis la llaga,.. ¡Qué hermosa estábais,
Dorotea!
--¿Qué, ahora lo estoy menos?--dijo con acento singular la comedianta.
--No, no por cierto. Ahora estáis más hermosa, pero sois también más
mujer.
--Entrémonos aquí--dijo la Dorotea--; empieza á llover.
Y se detuvo delante de una puerta, tras la cual se veía un fondo largo y
negro.
--Pero ved, hija mía, que esto es una taberna.
--¿Y qué se me da?
--¡Ah! pues si á vos no os da, á mí menos. Entremos. Se van á maravillar
cuando vean en esa caverna un manto de terciopelo y una encomienda de
Santiago. Nos echamos á rodar.
--Hace mucho tiempo que entrambos rodamos.
--Pues rodemos. Y el sitio es tal, que ni hecho de encargo. ¿Se puede
entrar en este aposento?--añadió Quevedo, parándose en el fondo de la
taberna delante de una puerta cerrada, y dirigiéndose á un hombre que
desde el primer recinto de la taberna les había seguido admirado.
--Sí; sí, señor, con mil amores--dijo aquel hombre--. ¡Nicolasa! ¡la
llave del cuarto obscuro! ¡tráete una luz! Esperen un momento vuesas
mercedes.
--¿Qué hora es?--dijo Dorotea.
--Acaban de dar las doce en Santo Tomás. Pronto, Nicolasa, pronto, que
estos señores esperan.
Acudió una manchegota casi cuadrada, con una llave y una vela de sebo
puesta en una palmatoria de barro cocido.
Abrió la puerta, entró y puso la palmatoria sobre una mesa.
--Dos sillas, Nicolasa--dijo aquel hombre.
La Maritornes entró toda apresurada y solícita con dos sillas de pino.
--¿Qué quieren vuesas mercedes?--dijo el hombre, que se había quitado la
gorra.
--Vino, mucho vino--dijo la Dorotea.
--Sólo tengo blanquillo de Yepes.
--Sea el que quiera.
El hombre salió.
--No os conozco, Dorotea--dijo Quevedo.
--Tampoco yo me conozco á mí misma.
--Mirad que el blanquillo de Yepes es muy predicador.
--No importa.
--Que tenéis que ser esta tarde estrella.
--Me nublo.
--El autor de la compañía os obligará.
--No puede.
--Estáis anunciada, y el corregidor os meterá en la cárcel.
--Si me encuentra.
--¡Ah! ¡os perdéis!
--Me he perdido ya.
--¡Mirad no perdáis á alguien!
--Una vez perdida yo, que se pierda el universo.
--Traigo un azumbre--dijo el tabernero poniendo sobre la mesa un enorme
jarro vidriado y dos vasos.
--¡Fuego de Dios!--exclamó Quevedo.
--Idos--dijo con impaciencia Dorotea.
El tabernero se encaminó á la puerta.
--Volved lo de afuera adentro--dijo Quevedo.
El tabernero le comprendió, puesto que quitó la llave del lado de afuera
y la puso por el lado de adentro.
Quevedo se levantó y echó la llave.
Luego colgó de ella su ferreruelo, á fin de que no pudiera verse nada
desde afuera, y miró si había alguna rendija.
La puerta era nueva y encajaba bien.
--Henos aquí metidos en un paréntesis--dijo don Francisco.
--Lo que es yo, me encuentro en un paréntesis de mi vida.
--Que me parece muy significativo, en un tan hermoso discurso como vos;
pero dadme el manto, que es muy rico y será gran lástima que se manche.
Dorotea se desprendió la joya que sujetaba el manto sobre su cabeza, se
le quitó con un hechicero descuido y le entregó á Quevedo.
Quedó admirablemente vestida, un tanto escotada, y dejando ver en su
incomparable garganta una ancha gargantilla de perlas, con un pequeño
relicario cubierto de brillantes.
--Deslumbráis, Dorotea--dijo Quevedo, doblando cuidadosamente el manto y
poniéndole sobre su ferreruelo en la llave--. Se me os vais subiendo á
la cabeza.
--Sentáos y ponedme vino.
--No seáis loca. No os parezcáis á los tontos, que cuando les viene mal
un negocio se emborrachan.
--Ponedme vino.
--Beberéis vos sola.
--¡Queréis tener sobre mí ventaja!
--Ando delicadillo y no me atrevo con Yepes; bastante tengo con vos.
--Decís bien... pero yo necesito hacer algo.
--¿Y os embriagáis?
--Dicen que un clavo saca á otro clavo; quiero ver si una embriaguez me
quita otra.
Y levantó el vaso.
Quevedo se lo arrancó y tiró su contenido.
Luego tomó el jarro y lo arrojó:
--Soy vuestra madre--dijo--; dejémonos de locuras, y ya que os tengo
aquí sola y encerrada, ya que me tenéis á mi, hablemos juiciosamente,
hija mía. ¿Creéis que yo soy malo?
--¿Quién sabe lo que vos sois?
--Yo soy un hombre que busca aire que respirar y no le encuentra.
--¡Vos venís á buscar aire de vida á la corte!
--No vengo por mi gusto.
--Decid, don Francisco, ¿no sois secretario del duque de Osuna?
--Por secretos del duque, mi amigo, ando en la corte.
--¡Malhayan los tales secretos!
--¿Por qué decís eso?
--Porque creo que me habéis sacrificado á ellos.
--Pues mirad, ignoraba que pudiérais ser víctima. ¿Y á qué dios creéis
que os sacrifico?
--No es dios, es diosa.
--¿Diosa?
--Sí, la diosa ambición.
--Conócese que tratáis con el duque de Lerma.
--Porque me pesa de haberle tratado y porque quiero olvidarme de ello,
de este año y medio que he pasado en el mundo, os he preguntado si sois
secretario del duque de Osuna.
--Confiésome torpe; no os entiendo.
--Llevadme con vos á Nápoles; recomendádme al duque y que su excelencia
me abra las puertas de un convento.
--¿Magdalena os tenemos?
--Si me dais medios de que lo sea, os perdono.
--Rechazo vuestro perdón, y me asombro de que me lo ofrezcáis; ¿pues en
qué os he ofendido yo?
--¡Ay, triste de mí! ¡Qué desgraciada soy!
Inclinó la comedianta la hermosa cabeza, y luego la levantó en un
movimiento sublime.
Su mirada resplandecía.
Quevedo la miraba con asombro.
--No, no soy desgraciada--dijo la Dorotea--, sino muy feliz, felicísima.
Y tenéis razón, don Francisco; no merecéis mi perdón, sino mi
agradecimiento.
--¡Qué lástima!--dijo Quevedo.
--¿Y de qué?
--¿Pues no queréis que me lastime, si os veo loca?
--¡Loca! ¿creéis en los hechizos? ¿es verdad que se puede hacer mal de
ojo?
--Desembozáos, hija, á fin de que yo pueda veros. Porque me estáis
maravillando, vais creciendo, creciendo delante de mí, y ya no encuentro
en vos á la educanda de las Descalzas Reales, ni á la comedianta de esta
mañana.
--Seguid, seguid; veamos cómo me vísteis en el convento, cómo me habéis
visto esta mañana y cómo me véis ahora.
--Son las doce--dijo Quevedo--; á las dos empieza la comedia y
necesitáis media hora para vestiros. ¿Tenéis la ropa en el coliseo?
--Sí; ¿pero eso qué importa?
--Tenemos tiempo. He conseguido que no os emborrachéis, y conseguiré del
mismo modo que no hagáis una locura. ¡Diablo! y debéis valer mucho,
porque yo, que por nadie me intereso, empiezo á interesarme por vos.
--Creo que empezáis á engañarme.
--Suponed que no me llamo Quevedo.
--Eso no es posible.
--Suponed que soy un hombre de bien, que me encuentro con una pobre loca
y que deseo curarla.
--Dudo que lo consigáis. Pero vamos al asunto; contestadme á lo que os
he preguntado: decid lo que habéis pensado de mí en las tres distintas
situaciones en que os he visto.
--Empecemos por lo del convento. Yo he sido palaciego ó palacismo, ó
hijo de palacio, como mejor queráis.
--Bien, bien, ¿pero qué tiene que ver eso?
--Las cosas deben tomarse en su origen. Vóime, pues, al punto, desde
donde llegué á conoceros. Os conocí por medio del tío Manolillo.
--¡Ah! ¡el misterioso tío Manolillo!
--Tenéis razón. No sé si es pícaro ó tonto, si cuerdo ó loco. Lo que sé
es que os ama con toda su alma, pero no sé cómo. ¿Lo sabéis vos?
--No por cierto: á veces me mira como un amante, á veces como un padre;
á veces hay cólera en sus ojos, á veces odio.
--¡Misterios siempre! Un día, hace tres años, me encontré al tío
Manolillo acurrucado como un gato que se encuentra huído y receloso, y
hambriento en desván ajeno, en una galería obscura de palacio. El tío
Manolillo y yo somos muy antiguos conocidos y tenemos declarada una
guerra de chistes. No sé lo que le dije ni recuerdo qué me contestó;
pero es el caso que nuestra conversación se hizo formal.
--Yo no gasto, como vos, antiparras--me dijo--; pero es el caso, hermano
don Francisco, que veis más claro que yo. ¿Queréis mirar una cosa que yo
os muestre, y decirme qué habéis visto en ella?
--¿Y de qué cosa se trata, tío?--le pregunté.
--De una mujer.
--Pues si vos, tratándose de mujeres, no veis, estoy seguro de que yo me
quedo á obscuras.
--No tanto, hermano Quevedo, no tanto; yo amo á esa mujer y tengo,
naturalmente, una venda sobre los ojos.
--¡Os dijo... que me amaba el tío Manolillo!--exclamó Dorotea.
--Pero no me dijo de qué modo; ¡no me lo ha dicho nunca! ni yo he podido
adivinarlo; pero continuemos. El tío me llevó al convento de las
Descalzas Reales, tocó al torno, y dijo:
--Madre tornera, tened la bondad de decir á Dorotea que aquí estoy yo
con otro caballero.
Entramos en el locutorio.
Vos tardásteis.
Entonces me dije, yo no sé si con fundamento:
--Esa mujer se está componiendo para parecer mejor.
--¡Ah, y qué mal pensador sois!--dijo la Dorotea.
--En efecto, cuando os presentásteis veníais tan compuesta, como podíais
estarlo en el convento.
--Había en aquel sencillo hábito, en aquella toquilla, en aquel
escapulario azul, en aquella cruz de oro que pendía de vuestro cuello,
una cosa que decía: «Ved que con lana y lino puede parecer una mujer
mejor ataviada que otra con ropas, encajes y brocados.»
Era, además, vuestra mirada ardiente, grave, fija; vuestra palabra,
sonora; vuestro discurso, apasionado.
Yo me enamoré de vos.
Cuando salí del convento, dije al tío Manolillo:
--Esa paloma volará en cuanto halle una mano que la abra la jaula, y no
me pesará que esa mano sea la mía.
--Si ella os ama--dijo el tío Manolillo--, por mi parte nada tengo que
oponer. Me he propuesto darla gusto en todo.
--Pero, ¿qué es vuestra Dorotea?--le pregunté.
--Es una historia--me dijo.
Comprendí que el bufón del rey no me diría una palabra más acerca de
vos, y no volví á preguntarle.
Pero me habíais llenado, el alma no, ni el corazón, sino los sentidos;
ardía por vos, Dorotea.
--Por lo mismo que sabía que yo no podía contar con vos, que vos no
podíais ser para mí más que el primer amante...
--¡Oh!--exclamó Quevedo.
--Me reí de vos.
--Y á mí, que no me gusta divertir de balde, me bastó con que vos os
riérais.
--Ya sé que sois altivo.
--No es eso; es que no me gusta malgastar el tiempo.
Aconteció, además, que un día en que por costumbre, no curado aún bien
de la locura que me habíais pegado, estaba yo en la iglesia de las
Descalzas Reales... sólo por oír vuestra voz, que la teníais excelente y
me enamoraba, un mal nacido ofendió á una dama. Volví por ella, mediaron
palabras y aun más; salimos á la calle, y maté á aquel hombre. Como las
pragmáticas en esto de duelo son rigurosas, y como á mí me querían mal
en la corte, creí prudente huir, y me amparé en Navalcarnero. Allí
conocí á Juan Montiño... excelente muchacho... corazón de perlas, alma
de ángel en cuerpo de hombre.
--Pero tan burlador como vos.
--¡Bah! Después hablaremos de eso. Estuve algún tiempo en Navalcarnero,
se arregló lo de la muerte, volví á la corte. Poco después se le
indigestó un romance mío con algunas otras cosas al duque de Lerma, y me
cogió, y me enjauló en San Marcos. Allí he estado dos años; allí os he
recordado más de una vez...
--En resumen, lo que vos pensásteis de mí en aquel tiempo...
--Fué que érais una mujer ansiosa del mundo, de las disipaciones, de los
placeres, de los amores galantes; una hermosísima criatura, poca alma y
muchos sentidos; poco corazón, poca cabeza, y mucha vanidad; desde mi
encierro escribí por vos... dijéronme que habíais huído del convento.
--Vióme un comediante en ocasión de ensayar una farsa á las monjas.
--¿Comediante fué?
--Galán.
--¿Se llama?
--Gutiérrez.
--¡Ah! La presunción con ropilla; la vanidad ambulante...
--Me miró, le miré. Elogió mi ingenio y mi voz, y me engreí. Me escribió
proponiéndome cambiar la vida del claustro por la del teatro... y... mi
celda daba á un huerto que tenía las tapias muy bajas, los balcones eran
muy bajos... me escapé... caí loca en los brazos de aquel hombre...
perdí la virginidad de mi cuerpo, pero conservé la virginidad de mi
alma. Gutiérrez no había sabido despertarla... Gutiérrez no me había
dado la ardiente vida que yo necesitaba... El público entretanto me
aplaudía... los poetas me dedicaban madrigales... yo era Filis, Venus...
sol... luna... lucero ya era la incomparable Dorotea... la diosa del
teatro. Esto halagaba mi vanidad, pero no llenaba mi corazón. ¡A! ¡no!
en él resonaban huecos los aplausos; le aturdían, pero no le conmovían.
Y me faltaba algo; yo era pobre; trabajando á partido ganaba poco; me
veía obligada á alquilar trajes, en que todo era falso y muchas veces
viejo; otras llevaban sedas y brocados, y perlas y diamantes... eran
queridas de algún gran señor. Gutiérrez no podía darme nada de esto. Los
galanes que me enamoraban no podían dármelo tampoco. Yo sufría, yo
estaba humillada: yo soñaba en el gran señor que debía cubrirme de oro.
Me importaba poco que fuese viejo y feo, con tal de que fuese rico y
generoso. Yo necesitaba humillar á mis compañeras. Una tarde vi en un
aposento á un señor muy grave y muy tieso, y al parecer muy rico. Detrás
de él había un hidalgo, altivo también, joven y buen mozo. Los dos me
miraban, los dos me aplaudían... yo me enamoré de los dos. Del uno por
vanidad, del otro... por amor, no... yo creía que era por amor... pero
hoy me he desengañado.
--¡Eran Lerma y Calderón! ¡El amo y el perro!
--Ellos eran. Después de la función, encontré en mi casa, esperándome, á
uno de ellos. Se había entrado por fuero propio, pagando á mi doncella.
Era don Rodrigo Calderón. Me traía un mensaje y un regalo del duque de
Lerma. Yo acepté. Después de haberme hablado por el duque, don Rodrigo
me habló por sí mismo.
--Eso sucede casi siempre: el corredor de un gran señor goza antes que
él, y es muy justo--dijo Quevedo--; el agua moja antes el cauce que el
pilón. Vuestra historia es muy conocida.
--He sido la sanguijuela de Lerma, y la loca de don Rodrigo.
--Os leí, pues, en el convento.
--¿Y qué habéis leído hoy en mí?
--Vamos á vuestra segunda época. Salía yo esta mañana de palacio y
andaba por esas calles de Dios, pensando en dónde encontraría posada,
cuando al buscar en un balcón una cédula, os vi á vos tras de la
vidriera. He aquí mi posada, me dije, y me entré.
--Y como éramos antiguos conocidos...
--Tomé posesión de vuestra casa, y os leí en una mirada. Erais la
buscona más perfecta en su época peligrosa.
--¡La buscona!
--Ese es el nombre.
--Es decir, la mujer...
--Que ahorra sangrador, y deja á un prójimo de tal modo, que no puede
valerse contra el aire. Gastadora de bolsillos, destructora de saludes,
envenenadora de almas y perdimientos de cuerpos. Acostumbrada á la vida
alegre, desvergonzada y serena, haciendo gala del sambenito y
pregonándose á voces.
--¡Oh! ¡es verdad! ¡qué vergüenza!
--Pasando á vuestro tercer estado, al en que os encontráis en este
momento, os confieso que no os conozco: que os habéis transformado; que
os ha sido vergüenza, y habéis criado pudor; cuando érais virgen os vi
cortesana, y ahora que sois cortesana os veo virgen.
Dorotea bajó la cabeza avergonzada por única contestación.
--¡Vos amáis! ¡amáis por la primera vez!--dijo Quevedo con acento
sonoro, seco, vibrante, solemne.
--¡Oh! ¡sí! ¡yo creo que sí! ¡yo estoy loca!--exclamó Dorotea.
--¡Misterios del espíritu!--murmuró Quevedo--; ¡no nos comprendemos! ¡la
ciencia escrita! ¡mentira! ¡la ciencia permanece oculta! ¡yo adivino, yo
presiento... porque veo... observo... y me asombro!
--¿De qué os asombráis?
--De mí mismo.
--Sois un pozo obscuro.
--Porque me hundo en mi alma.
--¡Ah! ¿no es verdad, don Francisco, que esto es terrible?
--¿Y qué es lo terrible?
--Yo no lo he visto nunca: cuando le vi á él... ya sabéis quién es él...
--Sí, sí; mi amigo Juan.
--Cuando lo vi... cuando me miró, parecióme que mi alma descorría un
velo misterioso, que se entraba en ella aquella mirada, que la llenaba,
que la besaba, que la acariciaba, que la encendía... sentí... un placer
doloroso... debí ponerme pálida.
--Y seria como una difunta.
--Yo creo que él también vaciló.
--Pues ya lo creo.
--¡Ah! ¡don Francisco! ¿por qué habéis llevado á ese hombre á mi casa?
yo creo que iba provisto de un hechizo.
--Su hechizo consiste en haber nacido para vos. Yo lo ignoraba... le
llamé porque estaba cuidadoso por él... como que había dado de estocadas
á Calderón y le había quitado unas cartas de la reina.
--¡De la reina! ¡las cartas de la reina! ¡que le habrá pagado poniéndole
en el lugar de Calderón!
--¿Qué estáis diciendo?
--He tenido celos de una mujer cuando creí amar á don Rodrigo...
ahora... ¡ahora le aborrezco!
--Hacéis mal.
--¿Que hago mal?
--¿Sabéis para qué llamaba la reina á Calderón en aquellas cartas?
Quevedo hablaba á bulto, porque como saben nuestros lectores, no las
conocía.
--¿Para qué llama una mujer á un hombre?
--Margarita de Austria, más que mujer es reina.
--Las reinas tienen corazón y caprichos.
--La reina llamaba á don Rodrigo para conspirar.
--¡Para conspirar!
--Sí, contra el duque de Lerma.
--¡Ah!--exclamó Dorotea como quien recibe una revelación--. Acaso...
aquellas cartas no contenían ni una sola palabra de amor... ¿es verdad?
--Eran, sin embargo, ambiguas--dijo Quevedo, que seguía hablando á
bulto.
--Sí, sí... bien puede ser... pero si eso es verdad, don Rodrigo es un
miserable.
--¿Y qué otra cosa puede ser un hombre que parte su querida con otro?
Vos érais un instrumento de don Rodrigo Calderón. Estáis, pues, en el
caso de volver en vos.
--¿Me juráis, don Francisco, que no me habéis tomado por instrumento?
--No, no os lo juro, porque quiero que me sirváis.
--¿Y por eso me habéis presentado á ese joven para que me enamore?
--No he tenido esa intención; pero ya que mi amigo Juan os ha enamorado,
me alegro.
--No os alegréis mucho, porque me ha empeñado.
--Mi amigo Juan os ama.
--¡Jurádmelo!
--Os lo juro por mi encomienda, y por mi honra y por mi alma. ¡Si cuando
me quedé solo con él no hablamos de otra cosa que de vos!
--Pues mirad, yo me había irritado con vos y con él... en el momento que
supe que habíais herido á don Rodrigo.
--¿Por amor á don Rodrigo?
--No, porque vi... porque adiviné la verdad. Que don Rodrigo había caído
á causa de la reina... y me dije: me han tomado por juguete. Entonces
quise vengarme, y para vengarme salí, y me fuí á casa del cocinero del
rey, cargada de joyas; Montiño es avaro, y estaba segura de averiguar...
--Bueno es saberlo--dijo para sí Quevedo.
--Pero no le encontré y me abrasaba en el tabuco donde vive... me
ahogaba allí, al lado de aquella carne con ojos de mujer. Entonces salí,
bajé, y seguí á pie.
--¿Y á dónde íbais cuando os encontré?
--A la ventura, á tomar el aire.
--Habéis, pues, tenido un buen encuentro, porque os he curado--dijo
Quevedo.
--Aún no del todo.
--Mi amigo os espera en vuestra casa.
--¡Ah! ¡pero vuestro amigo me da miedo...! ¡no os digo que estoy
asombrada!... ¡yo, que me he burlado del amor!
--El amor se venga.
--Ya se ve; ¡es tan hermoso...! ¡más que hermoso...! ¡tiene para mí tal
paz, tal dulzura su mirada...! su voz resuena en mi corazón de un modo
tal... he hecho una promesa á la virgen de la Almudena... como mañana me
despierte curada de esta locura, la doy mis joyas, que son muchas y muy
buenas.
--Si vos no amárais mañana á mi amigo, le mataríais.
--¡Oh! no lo creo--dijo Dorotea con una anhelante candidez.
--¡Si habéis causado en él una impresión terrible! Qué hermosa es esa
joven, me decía mientras vos estábais fuera; no puedo mirarla sin
enternecerme... sus miradas me vuelven loco... necesito que esa mujer...
esa diosa, no viva más que para mí.
--Os lo repito, don Francisco. Vámonos á Napóles... ó si no queréis
venir, dadme una carta para el duque de Osuna; entraré en un convento...
vuestro amigo me ha hecho mucho daño... me ha hecho insoportable el
duque de Lerma, odioso Calderón.
--Tal vez la vida de mi amigo consiste en que os apoderéis más que nunca
del ánimo de Lerma.
--¡Cómo!
--¿Creéis que Lerma dejará sin castigo á quien le ha estropeado á su
favorito? no os hablo de mí, que importa poco... pero él... él, que ha
alcanzado gracia á vuestros ojos.
--Me pedís un martirio.
--Sed mártir, si queréis la gloria.
--¡Me pedís que, amando á un hombre, sea querida de otro!--exclamó
profundamente la Dorotea.
--Necesitáis reparar el daño que habéis hecho.
--¡Yo!
--Sí, vos; habéis calumniado á una santa...
--¿Creéis que la reina?...
--Es digna de que una mujer de corazón como vos, la ame en vez de
odiarla.
--¿Y qué puedo yo hacer?
--Sed más que la querida pagada de Lerma.
--¡Ah!
--Enloquecedle; hacedle creer que le amáis.
--Eso no es fácil; don Juan de Guzmán ha visto en mi casa á vuestro
amigo.
--¿Y qué importa?
--Lo sabrá Calderón... lo sabrá Lerma.
--Bien: decid á Lerma que mi amigo quiere casarse con vos...
--¡Deshonrarle yo!...
--Cuando median altos intereses, por todo se atropella.
--¿Puedo fiarme de vos, don Francisco?
--¡Fuego de Dios! ¿y para qué había yo de engañaros?
--A vos me entrego.
--¿Veis como he hecho muy bien en que no trabáseis conocimiento con el
blanquillo de Yepes? Ea, vamos, que ya es hora. Os habéis enlodado; id á
mudaros á vuestra casa. Allí encontraréis á Juan Montiño... id con él
acompañada á la comedia.
--¡A la comedia! ¡Trabajar, fingir, con el corazón lleno de lágrimas! ¡y
mostrarme serena y reir!
--Esa es la vida: sed una vez cómica... aprended á serlo, qué os
importa. Este es vuestro manto... cubríos bien, hija. Este mi
ferreruelo. ¿Os habéis cubierto?
--Sí.
--¡Ah de casa!--dijo Quevedo abriendo la puerta.
Cuando acudió el tabernero, le dió un ducado.
--Cobrad y guardáos lo que os sobre--dijo.
Y salió con Dorotea.
--Ahora--añadió cuando estuvieron en la calle--idos sola. Todo el mundo
me conoce; á vos podrían conoceros, y no conviene que nos vean juntos.
Conque adiós; voy á dormir, que ya es hora.
--¿Y hasta cuándo?
--Yo pareceré.
--Adiós, don Francisco; estaba irritada contra vos y dolorida en el
alma, y me separo contenta de vos y consolada. Adiós.
Dorotea se separó de Quevedo y se alejó á buen paso.
Llovía, y más de un transeunte se detuvo á mirar con asombro á aquella
dama que parecía tan principal, y que en tal día andaba sin litera,
pisando lodos.
Dorotea llegó al fin á su casa y se detuvo á la puerta, dominada por un
vago temor.
Sabía que en su casa estaba Juan Montiño.
Su irresolución duró un momento.
Llamó, la abrieron y entró.
--¡Señora!--la dijo Casilda--; ¡ah, señora! ¡no sabéis lo que sucede!
--¿Qué?
--Aquel caballero que almorzó con vos...
--¿Qué ha sucedido á ese caballero...--dijo con cuidado Dorotea.
--¡Nada! ¡nada! se quedó aquí...
--Y bien...
--Me pidió sangría...
--¿Y qué?
--Se la serví... y luego... como no le conocía, como nada sé... por ver
lo que hacía, volví quedito... estaba dormido al lado de la chimenea en
vuestro sillón.
--¿Y qué hay de malo en eso?...
--Nada, pero... cuando volví otra vez... ya no estaba en la sala.
--¿Que no estaba?
--No, sino en la alcoba, acostado en vuestro lecho y durmiendo.
--¡Ah! ¡Dios mío!--dijo para sí Dorotea, entrando precipitadamente en la
sala, y llegando á la alcoba--; ¡conoce que le amo... y se apodera de
mí!
Montiño dormía á pierna suelta.
Dorotea levantaba el pabellón del lecho.
--¡Qué hermoso es! ¡y qué alma tan noble asoma á su semblante dormido!
¡Oh Dios mío! ¡y es ya la una y media!--dijo oyendo á lo lejos un reloj.
Dejó caer la cortina y salió á la sala.
--Vísteme--dijo á Casilda--: tráeme ropa blanca; me he puesto perdida.
--¿Y le dejáis así?--dijo Casilda señalando á la alcoba.
--Habla bajo, que no despierte; se conoce que ha pasado mala noche.
--Pero señora...