Acababa de entrar en el locutorio una monja como de veintiseis á

veintiocho años muy morena, con un moreno impuro; casi sin cejas, con

los ojos pequeños, redondos y grises, desmesuradamente larga la boca,

los pómulos salientes y todas estas partes componiendo un semblante

cuadrado, un conjunto desapacible, hostil, antipático; añádase á esto el

hábito, la toca cerrada, el velo y la expresión monjuna, bajo la cual se

encubría mal la soberbia, y se comprenderá que la madre Misericordia

tenía un nombre enteramente contrario á su aspecto, eminentemente

antitético con ella misma.

Sin embargo, se comprendía lo elevado de su cuna en la distinción de sus

maneras.

Adelantó gravemente hasta el centro de la parte del locutorio, situado

del lado allá de la doble reja, y comprendió en una reverencia su saludo

para doña Catalina y Quevedo.

--Ya nos une esa víbora--dijo para sí don Francisco--, yo haré que nos

desuna.

Y contestando con otra no menor reverencia á la abadesa, mientras la de

Lemos callaba verdaderamente turbada por la situación, dijo:

--¡Mi señora doña Angela!...

--Hace mucho tiempo que sólo me llamo sor Misericordia, caballero--,

dijo la religiosa con acento severo y agresivo.

--Perdonad, pero yo busco en vos la dama, cuando voy á hablaros del

mundo, cuando voy á sacar vuestro pensamiento del claustro.

--En primer lugar, caballero, yo no os conozco; en segundo lugar, no

comprendo cómo acompañáis á mi parienta doña Catalina.

--Sentémonos--dijo Quevedo con gran calma.

Doña Catalina se sentó más turbada que nunca, y la abadesa

extraordinariamente admirada, dominada por la sangre fría y la audacia

de Quevedo.

--Vos no me conocéis--dijo--, no lo extraño; vos habéis vivido siempre

muy retirada del mundo, mientras que yo he vivido siempre muy metido en

él, aun cuando he estado preso.

Al oír la palabra preso, la abadesa dejó ver una altiva expresión de

disgusto y de contrariedad.

--Y digo preso--continuó Quevedo como contestando á aquella expresión--,

porque los que en España nos encontramos entre cierta gente, cuando no

somos prendedores somos prendidos. En fin, señora, yo me llamo, después

de criado vuestro, don Francisco de Quevedo y Villegas, señor de no sé

qué torre, y autor de no sé qué libros.

--¡Ah!--exclamó cambiando enteramente de expresión la abadesa--: ¿y para

qué me buscáis, caballero?

--Primero he buscado á vuestra noble prima.

--¿Y para qué?

--Para asuntos que me tocan al alma... porque á mí me toca al alma todo

lo que directa ó indirectamente atañe al servicio de su majestad.

-¡Ah!

--Pues he buscado á doña Catalina, cuya bondad conozco, á fin de que me

sirviese para con vos de recomendación y ayuda.

--Bastaba vuestro nombre.

--No había necesidad de que nadie supiese que yo os buscaba; conócese mi

nombre más que mi persona... y cuando se trata de conspiraciones...

--¡De conspiraciones!

--¡Se conspira!

--¿Pero contra quién, caballero?

--¿Contra quién se ha de conspirar, sino contra quien manda? Por todas

partes hay conspiradores: salen de debajo de las piedras, duermen con

uno debajo de la almohada. Es imposible gobernar.

--¡Contra quien manda! Pero quien manda es el rey, y no sé que haya

nadie que conspire en España contra su majestad.

--Sí; sí, señora; conspiran contra su majestad, los que conspiran contra

el duque de Lerma.

--Dicen que el duque de Lerma, de quien tan justa y honrosamente

habláis, os ha tenido preso.

--Me tuvo, y cabalmente porque no me tiene, me intereso por su

excelencia. Me ha vencido su generosidad... y no sé... no sé cómo

agradecérselo. Eso mismo lo he dicho á su hija, á la señora condesa de

Lemos.

--Es verdad--dijo doña Catalina ya más repuesta.

--Y se lo he dicho en la misma antecámara de su majestad la reina, donde

estaba de servicio, donde nadie nos oía, donde no nos veía nadie, donde

doña Catalina ha podido juzgar, por pruebas indudables, de la sinceridad

de mis palabras. ¿No es verdad, señora?

--Sí, sí, don Francisco, es verdad--dijo la de Lemos, poniéndose

ligeramente encarnada.

--¿No es verdad, señora, que á pesar de las malas ideas que teníais

respecto de mi, me habéis creído enteramente, habéis confiado, y que

después, en razón de vuestra confianza, habéis variado vuestro propósito

hacia mí y habéis consentido en que hablemos juntos á vuestra noble

prima?

--No, no lo puedo negar; todo esto es cierto, certísimo.

--Ya veis, señora, que cuando doña Catalina, hija de quien es, confía en

mí, vos también debéis confiar.

--¿Pero por qué no habéis ido directamente á mi tío, caballero?--dijo la

abadesa.

--El duque de Lerma acaba de darme la libertad; podía creer que yo... yo

no puedo, no debo cambiar así, delante de las gentes, delante del mismo

duque. Anoche doña Catalina me dió una carta de la duquesa de Gandía

para su padre, y su excelencia quiso atraerme á su partido creyéndome su

enemigo.

--Se os presentó, pues, una buena ocasión de ceder.

--Si hubiera cedido, el duque hubiera desconfiado de mí.

--Vuestros hechos le hubieran convencido.

--Pues ved ahí, señora: de tal modo hablé con el duque, que hoy me cree

más enemigo suyo que ayer.

--¿Y para qué eso?

--Créame el duque su enemigo en buen hora. Yo nunca he cedido... me

equivoco porque soy hombre, pero jamás lo confieso... al menos á la

persona respecto á la cual he caído en error. Pero tratándose de vos,

señora, de la señora condesa de Lemos, seguro como estoy de vuestra

discreción, es distinto; á vosotras vengo para ayudar á ese grande

hombre en cuyas manos está la gobernación del reino. Vosotras seréis el

medio por donde llegarán á él los beneficios de mi leal y oculta

amistad.

--¡Ah! caballero... cuánto os agradezco... ¿y sabéis? ¿habéis

descubierto...?

--Una conspiración horrible.

--¿Pero cómo...?

--Anoche un amigo mío, un noble joven que acababa de llegar á la corte,

tuvo un desagradable encuentro á causa de una dama, con don Rodrigo

Calderón.

--Don Rodrigo, según me ha dicho mi confesor, está herido, y esto es una

desgracia.

--No, no señora, esto es una fortuna; don Rodrigo es un traidor.

--Don Rodrigo es un miserable--dijo doña Catalina, que se acordaba de la

insolente carta que don Rodrigo la había enviado el día anterior y de la

que hablamos al principio de este libro.

--Mi tío confiaba ciegamente en él.

--El duque de Lerma es muy confiado.

--Es, sin embargo, muy prudente.

--Pero don Rodrigo más falso.

--¿Qué decís?

--Don Rodrigo quería alzarse con el santo y la limosna.

--¿Pero de quién se ayudaba ese hombre?

--¿De quién? del conde de Olivares.

--¡Ah! verdaderamente que don Gaspar de Guzmán no tiene perdón de Dios;

todo lo debe á mi tío, y, sin embargo, pretende apoderarse del ánimo del

rey.

--Es peor que eso: pretende apoderarse del ánimo del príncipe.

--¿Qué queréis decir con eso?

--Nadie pretende la privanza de un príncipe, sino cuando cree que está

próximo á ser rey.

Palideció la abadesa.

--¿Y serían capaces...?--dijo.

--Yo no he dicho tanto.

--Pero tendréis algunas pruebas...

--No las tengo, pero las he visto.

--Seguid, don Francisco; pero explicadme.

--Ya os he dicho que mi amigo es enemigo, á causa de una dama, de don

Rodrigo Calderón. Pues bien, anoche mi amigo tuvo ocasión de dar de

estocadas á don Rodrigo... luego, deseando saber mi amigo si el herido

tenía sobre sí alguna prueba de amores, le encontró...

--¿Y qué encontró?

--Unas cartas... la prueba de la conspiración más pérfida...

--¿Cartas de quién?

--De varias personas...

--¿Había alguna del conde de Olivares?

--Sí... ciertamente--contestó Quevedo á bulto.

--¿Pero qué se han hecho esas cartas?

--Llevólas á palacio mi amigo.

--A palacio... ¿y para qué?

--¿Para qué? para entregarlas al rey.

--No habrá podido... esas cartas estarán en poder de vuestro amigo: es

necesario rescatarlas...

--Las tiene...

--¿Quién?

--La reina.

--¡La reina!

--Que durmió anoche con el rey.

--¿Qué decís, caballero?

--El duque lo sabe... el duque, que estuvo anoche en palacio gran parte

de la noche.

--¿Pero cómo pudo vuestro amigo entregar... anoche esas cartas á la

reina?

--Es sobrino del cocinero del rey, y tiene amores en la servidumbre de

la reina.

--Me habéis maravillado, don Francisco... yo creía que lo sabíamos

todo...

--Pues ya habréis visto que hay muchas cosas que ignoráis.

--Madre abadesa--dijo en aquellos momentos á la puerta del locutorio una

monja--, aquí han traído una carta para vos.

--Dadme, dadme.

La monja adelantó y dió una carta á la madre Misericordia.

Luego salió.

--Permitidme, prima mía; permitidme, caballero--dijo la abadesa.

Doña Catalina y Quevedo se inclinaron.

La abadesa abrió con precipitación la carta.

--¿De quién será?--dijo para sí Quevedo.

La abadesa leyó la carta, la dobló, la guardó y, dirigiéndose á

Quevedo, le dijo con acento reservado y glacial:

--Os agradezco las revelaciones que me habéis hecho, don Francisco, y

estoy segura de que mi tío el duque de Lerma os las agradecerá.

--¡Oh! Pero os habéis olvidado, señora--dijo con suma precipitación

Quevedo--. Yo deseo, quiero, os suplico, que el duque de Lerma no sepa,

no pueda sospechar siquiera la situación en que me encuentro respecto á

él.

--¡Ah! ¡Sí, es verdad, caballero! Y puesto que así lo deseáis, respetaré

vuestro deseo.

--Me haréis en ello gran merced; y como supongo que necesitaréis de

vuestro tiempo, me pongo á vuestros pies y os pido licencia para

retirarme.

--Supongo que nos volveremos á ver.

--Nos volveremos á ver... ¡de seguro!

--Pues adiós, don Francisco.

--Que os guarde Dios, señora.

Y tomando una mano á la de Lemos y besándola cortésmente, y lanzándola

rápidamente una mirada en que había todo un discurso, salió.

--¿Qué significa este conocimiento que tenéis con don Francisco de

Quevedo, prima?--dijo severamente la abadesa.

--Le conozco desde que era muy joven--contestó con desdén doña Catalina.

--Pero no creo que le conozcáis lo bastante para acompañaros con él.

--Si don Francisco y yo tuviéramos un interés cualquiera en vernos, en

andar juntos, no elegiríamos por cierto el locutorio de las Descalzas

Reales para lugar de nuestras citas, ni á vos por testigo.

--En lo cual haríais muy bien.

--Y mucho más por la parte que me concierne, porque me excusaría de que

pensárais mal de mí.

--Yo no pienso mal de vos; pero quisiera saber para qué habéis venido al

convento.

--Unicamente para presentaros á ese caballero; pero la culpa la tengo

yo, que me intereso por mi padre y por mis parientes, que tan poco se

interesan por mí.

--Si yo no me interesase por vos, no me importaría que diéseis pasos

peligrosos.

--¡Pasos peligrosos!...

--¡Quien os haya visto acompañada por Quevedo... por ese hombre de tan

mala fama!

--Pero es que nadie me ha visto ni ha podido verme.

--Tanto os han visto, que ya lo sabe vuestro padre.

--¿Y qué es lo que sabe?

--Leed, prima.

Y la abadesa puso en el torno que tienen todos los locutorios la carta

que acababa de recibir, y dió la vuelta al torno.

La de Lemos tomó la carta y leyó.

Era de su padre.

En ella decía á la abadesa que habían visto meterse en el convento y en

uno de los locutorios á su hija, y tras ella á Quevedo. Que procurase

comprender lo que pudiese haber en aquello, y que le avisase.

--Es necesario confesar--dijo la de Lemos, poniendo otra vez la carta en

el torno y dándole vuelta--que á veces mi padre está bien servido.

--¿Seréis franca conmigo, prima?--dijo la abadesa después de haber

tomado la carta y de haberla guardado.

--¿Y por qué no he de serlo? ¿Creéis acaso que yo tenga algún secreto?

--¡Creo que amáis á don Francisco!

--¡Y qué!--dijo fríamente la de Lemos, que era violenta.

--¡Lo confesáis!

--Ahorro una disputa vergonzosa.

--¿De modo que el amor...?

--¿Y qué entendéis vos de amor?--dijo con desprecio la de Lemos.

La abadesa se mordió los labios.

--Yo creía que os justificaríais.

--Yo no me justificaré jamás de acusaciones tan absurdas--dijo

levantándose con indignación la de Lemos y volviendo la espalda á la

abadesa.

--Pero escuchad, mi querida Catalina--dijo la abadesa.

--¡Adiós!--exclamó la de Lemos, y salió dando un portazo.

--Creo que he obrado de ligero, y que mi tío recela más de lo

justo...--murmuró la abadesa--. Y dice bien ella... si se amaran, ¿á qué

habían de haber venido aquí? Lo más que puede suceder es que Quevedo ame

á mi prima y quiera obligarla mostrándose amigo de mi tío; pero el padre

José me ha revelado cosas que están muy en relación con lo que me ha

revelado Quevedo. Un sargento mayor, que es mucha cosa de don Rodrigo,

tiene amores con la mujer del cocinero mayor de su majestad; el

cocinero mayor de su majestad tiene un sobrino, que por una mujer da de

estocadas á don Rodrigo Calderón, busca en él algunas pruebas, y

encuentra cartas de Olivares á Calderón... cartas en que se hace

traición á mi tío... Hay aquí algo que se toca... Alonso del Camino,

montero de Espinosa del rey, estuvo anoche secretamente en el convento

de Atocha, según me ha dicho el padre José, y el confesor del rey, á

pesar de que es enemigo declarado de mi tío, ha sido nombrado inquisidor

general. En la revelación de Quevedo hay algo de cierto. ¡Las cosas han

variado... pues bien... nuestra obligación es ayudar á Lerma... si

Quevedo le sirviese de buena fe!... ¡oh! ¡don Francisco vale mucho!

¡pues bien! avisemos á mi tío, y él en su prudencia, en su sabiduría,

sabrá lo que debe hacer.

La abadesa salió del locutorio.

--¿Quién ha traído esta carta?--dijo á la tornera.

--El señor Francisco Martínez Montiño.

--¡Ah! ¡el cocinero del rey! ¿y espera?

--Sí, señora, espera la contestación.

--Hacedle entrar, madre Ignacia.

Y la abadesa se volvió al locutorio, se sentó junto á una mesa que había

en él y se puso á escribir.

Entre tanto Quevedo, que había bajado á la portería, notó que un bulto

se metía rápidamente tras la puerta, sin duda por temor de ser visto.

Quevedo se fué derecho á la puerta y miró detrás de ella.

Encontróse en un ángulo con el cocinero mayor, encogido y contrariado.

--Quien huye, teme--dijo Quevedo.

--Pues no, no sé--dijo saliendo Montiño--por qué deba yo temeros.

--Vos debéis haber venido aquí para algo malo.

--¿Yo?

--Sí por cierto, y ya sé á lo malo que habéis venido. A traer una carta

del duque de Lerma á la abadesa.

--¡Cómo! ¡qué!

--¡Una carta en que se habla mal de mí!

--¡Pero don Francisco!

--Me la ha leído la abadesa y sé que andáis en cuentas con ese bribón de

Lerma.

--Os juro que... yo... no sé ciertamente... el duque me ha llamado...

--Vos acabaréis muy mal, señor Montiño.

--Mi sobrino tiene la culpa.

--¿Vuestro sobrino?...

--Por él me están aconteciendo desde ayer desgracias. Para él es todo lo

bueno, para mí todo lo malo.

--Y será peor si no os confiáis completamente á mí.

--Pero don Francisco...

--¡Se conspira!

--¿Que se conspira?

--Y vuestro sobrino es uno de los primeros conspiradores.

--Mi sobrino...

--¡Escondéos!

--¡Cómo!

Quevedo empujó á Montiño detrás de la puerta.

Había oído en las escaleras unos pasos de mujer y el crujir de una falta

de seda; poco después la condesa de Lemos atravesó la portería.

--Habéis mentido en vano--dijo la condesa--; mi prima lo ha adivinado

todo.

--¡Todo! pues mejor.

--Mejor, sí... porque he acabado de resolverme... ¿y qué me importa?

cuando se ama á un hombre que se llama Quevedo, no hay por qué

avergonzarse de amarle.

--Dios bendiga vuestra boca.

--Os espero.

--¿Cuándo?

--Esta noche.

--¿Por dónde?

--Por el huerto.

--Larguísimo va á ser para mí el día.

--Y para mí insoportable; tenemos que hablar mucho.

--Ahora las noches son largas.

--Pues hasta la noche; ¿á qué hora?

--A las ánimas.

--Pues hasta las ánimas.

--¡Hola!--dijo la condesa á uno de sus lacayos que estaba á la puerta--;

que acerquen la litera.

La condesa de Lemos entró en ella, y la litera se puso en marcha.

Quevedo estaba incómodo.

No se había atrevido á cortar la palabra á la condesa, y temía que

Montiño lo hubiese escuchado todo, á pesar de que doña Catalina había

hablado bajo.

--Salid--dijo á Montiño.

Montiño salió.

--Venid conmigo.

Y Quevedo asió del brazo al cocinero mayor.

--Lo siento, don Francisco, pero no puedo; tengo que hacer.

--Señor Francisco Montiño--dijo la madre Ignacia desde detrás del torno.

--¿Lo veis, don Francisco? ¿Lo veis? me llaman. Allá voy, allá voy,

señora mía.

Y se acercó al torno.

--La señora abadesa os ruega que subáis al locutorio.

--Allá voy, allá voy, madre tornera; ya lo oís, don Francisco.

Y Montiño tomó por las escaleras como quien escapa.

--Andad, que aquí os ospero--dijo Quevedo.

Detúvose un momento Montiño como acometido por un accidente nervioso, y

después siguió subiendo, aunque no tan deprisa.

Quevedo esperó con suma paciencia durante una hora.

Al fin de ella, sintió unos pasos precipitados en la escalera.

Poco después, Montiño, con la gorra aún en la mano, espeluznados los

escasos cabellos, la boca entreabierta, pálido, desencajados los ojos,

crispado todo, pasó por delante de Quevedo exclamando:

--¡Como la otra!

Y se lanzó en la calle.

Quevedo partió tras él y le asió por la capa.

--¡Ea, dejadme!--exclamó el cocinero mayor.

--¿Os olvidáis de que yo os esperaba?

--¡Como la otra!--repitió en acento ronco y cada vez más desencajado

Montiño.

--¿Pero estáis loco, señor Francisco? cubríos, que el aire hiela;

embozáos y componéos, y venid conmigo.

Montiño se encasquetó la gorra de una manera maquinal, y repitió su

extraño estribillo:

--¡Como la otra!

--¿Pero qué otra ni qué diablo es ese? ¡Ea, venid conmigo, que recuerdo

que aquí, en la calle del Arenal, hay una hostería!

Montiño se dejó conducir.

_Hostería del Ciervo Azul_, leyó Quevedo en una muestra sobre una

puerta.

--Pues señor, aquí es; yo no he almorzado más que un tantico de pichón,

y no me vendrá mal una empanada de perdiz.

Y empujó adentro á Montiño.

Entraron en un gran salón irregular, pintado de amarillo, color con el

que se había combinado el humo de las candilejas de hoja de lata

clavadas de trecho en trecho en la pared.

Pero nos olvidamos de que nos hemos puesto fuera del epígrafe de este

capítulo, hacemos una pausa y pasamos al siguiente.

CAPÍTULO XXIII

EN LA HOSTERÍA DEL CIERVO AZUL Y LUEGO EN LA CALLE

Aquellas candilejas de hoja de lata, aunque era medio día, estaban

encendidas.

Tan lóbrego era el salón donde habían entrado Quevedo y Montiño.

Quevedo había pedido un almuerzo frugal; esto es, una empanada y vino.

Montiño había guardado un profundo silencio.

Quevedo se había ocupado en estudiar la fisonomía de Montiño.

Había acabado por comprender que en aquellos momentos el cocinero mayor

no estaba en el completo uso de sus facultades.

--¡Había de haber sido una monja!--dijo Quevedo cuando se certificó del

estado mental de Francisco Montiño.

Un mozo entretanto trajo la empanada.

Quevedo sirvió la mitad de ella á Montiño.

Este cortó maquinalmente un pedazo de masa, y lo llevó á la boca.

Bastó esto para que volviese de su fascinación.

--¿Qué es esto?--dijo--. ¿Quién es el hereje que ha hecho este pastel?

Y escupió el bocado.

--¡Ah, ah!--dijo Quevedo--, me había olvidado de que sois el rey de los

cocineros y de los reposteros. Efectivamente, es necesario todo el

apetito que yo tengo para tragar este engrudo.

--¿Dónde me habéis traído?

--A la Hostería del Ciervo Azul.

--¡A la hostería del Ciervo!--exclamó con espanto Montiño--. ¿Qué habéis

querido darme á entender con eso?

--¡Yo!

--Sí, señor, vos... vos me habéis dicho no sé qué acerca de mi mujer...

-¡Yo!

--Sí, señor. El tío Manolillo me ha dicho también algo de eso.

--¡También el tío Manolillo!

--Y el duque de Lerma.

--¡Cómo!

--Y doña Clara Soldevilla.

--¡Ah!

--Y, por último, esa mujer á quien Dios confunda... ¡Oh! ¡Dios mío!

¡como la otra! ¡como la otra!

--¿Como qué otra?

--Como Verónica: ¿no os acordáis de mi primera mujer?

--¡Ah!

--Entonces érais paje del rey, y no había paje que no conociese á

Verónica.

--¿Pero estáis loco, Montiño?

--Ahora no se trata de pajes: es más... algo... más gordo.

--Ved allí por donde asoma el sargento mayor don Juan de Guzmán--dijo

Quevedo.

--¡Oh! pues vámonos de aquí, porque si no no respondo de mí mismo.

Y el cocinero se levantó.

--Sentáos--dijo Quevedo con voz vibrante--; sentáos y no espantéis la

caza: yo os vengaré.

--¿Pero es cierto?--dijo con angustia Montiño, que se sentó.

--Certísimo; pero no habléis con ese tono compungido. Vos no sabéis

nada; estáis almorzando alegremente. Comed.

--¡Imposible! aunque no me ahogase la pena, me ahogaría ese pastel...

--¡Mozo! ¡un real de olla podrida!--dijo una voz estentórea al fondo del

salón.

--Ya veis, ese hombre se ha ido allá muy lejos, y sin duda no os ha

visto, estáis de espaldas á él; á mí sí me ve de frente, pero nada

importa; si se atreve á mirarme un tanto tieso, mejor para vos, porque

aquí mismo os vengo.

--¿Pero estáis seguro de que es verdad, don Francisco?

--Verdad; vuestra esposa Luisa de Robles es querida del sargento mayor

don Juan de Guzmán, y aun sospecho que lo que lleva en sí la Luisa, sea

cosa de ese mayor sargento, como no me cabe duda de que Inesita, á la

que llamáis vuestra hija, es cosa, cosa indudable, de un paje talludo.

Os aconsejo que dotéis bien á la Inesita, porque es hija de buen padre.

--Pues mirad, ya lo había yo sospechado. Había olvidado con desprecio á

aquella detestable Verónica... ¡pero Luisa!... ¡una muchacha que era

moza de retrete, y á la que he hecho casi una dama!

--Pero no la habéis dado marido, y ella se ha provisto de galán.

--¡Pero qué galán!

--Cosas de las mujeres.

--¿Y qué debo hacer?

Quevedo, que había aprovechado aquella ocasión y había sido cruel con

Montiño solamente por apartar un peligro de la reina, contestó:

--¿Qué debéis hacer? separaros de Luisa.

--Decís bien.

--No os faltarán mujeres.

--Decís bien.

Pero de repente, en una reacción del sentimiento, exclamó:

--¡Y lo que nazca!

--Podéis contar que no es vuestro.

--La separaré de mí.

--Haréis bien.

--La enviaré á Navalcarnero.

--Haréis mal; es demasiado cerca, enviadla á su país.

--¿A Asturias?

--Eso es.

--No hablemos más de esto.

--Hablemos de lo otro. ¿Qué os ha dicho la madre abadesa?

--¡Oh! ¡oh! me ha preguntado quién es la dama á quien ama en palacio mi

sobrino.

--¿Y vos qué le habéis dicho?

--Yo... nada.

--¿Y qué ha replicado la abadesa?

--Me ha llamado ciego.

--¿Y qué más?

--Para probármelo me ha dicho que anoche estuvo en mi casa, encerrado

con mi mujer, el sargento mayor don Juan de Guzmán. ¡Como si uno pudiera

saber lo que pasa en su casa estando á cinco leguas de distancia!

--Pero supongo que habréis tenido prudencia.

--Prudencia ¿acerca de qué?...

--Acerca de lo que sabéis relativamente á vuestro sobrino.

--Para prudencia estaba yo.

--¿Pero qué habéis hecho?

--Cuando vi que la abadesa trataba con desprecio á mi mujer, la dije:

pues dama hay en palacio mucho más alta...

--¡Diablo!

--Sí, señor, mucho más alta, que no es mejor que mi mujer...

--La abadesa os preguntaría quién era esa dama.

--Cierto que sí.

--¿Y vos?

--Yo... dije la verdad... la verdad pura, porque ha llegado la hora de

decir las verdades.

--Diríais que doña Clara Soldevilla...

--¿Qué tengo yo que ver con doña Clara Soldevilla? dije que la reina...

--¡Desdichado!

--Era querida de mi sobrino.

--Pues habéis mentido como un bellaco--exclamó Quevedo--; y ya que no

tiene remedio lo que habéis dicho á la abadesa, guardáos, guardáos de

volver á pronunciar esa calumnia.

--¡Ah, don Francisco!--exclamó Montiño, cuya alma se encogió de miedo,

bajo la mirada terrible, incontrastable de Quevedo.

--De seguro la abadesa os ha dado una carta.

--Es verdad.

--Una carta para el duque de Lerma.

--Es verdad.

--Dadme esa carta.

--Pero tengo que llevarla á su excelencia.

--Dadme esa carta.

Montiño la sacó del bolsillo interior de su ropilla, y la dió á

Quevedo.

Quevedo rompió la nema.

--¿Pero qué hacéis?--dijo Montiño.

--Esta carta, puesto que está en mi mano, es para mí.

Y la leyó.

--Ya lo sabía yo--dijo.

Y llamó á grandes golpes sobre la mesa.

Cuando acudió el mozo arrojó un ducado, y salió dejando solo á Montiño.

Apenas había salido de la hostería Quevedo, cuando vió venir por la

parte de palacio una tapada ancha y magnífica, que se levantaba el manto

para no coger lodos, y dejaba ver una magnífica pierna y un pequeño pie,

calzado con un chapín dorado.

--Confúndame Dios--dijo Quevedo--si yo no conozco á esa. Detengámonos,

que de seguro al pasar junto á mí la saco por el olor.

Detúvose, y al emparejar con él la tapada, se detuvo delante de él, y se

asió á su brazo.

--¿Tendremos buscona?--dijo para sí Quevedo.

--Vamos, seguid, y no os hagáis de rogar, don Francisco--dijo una voz

irritada y breve, á pesar de lo cual Quevedo conoció por aquella voz á

la Dorotea.

--¡Ah, reina mía! ¿y á dónde bueno por aquí?

--No lo sé.

--¿Que no lo sabéis?

--No. Llevo la cabeza hecha un horno.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 22 / 66 段