--Temo que en el Paquete del Norte, que llega esta tarde, venga doña
Rosalia, i si se nos presenta aquí de improviso, arde Troya, i lo
echamos todo a perder. Ana i Roberto, aconsejados por el español, están
resueltos a desconocerla, i serán capaces de matarla con su desprecio.
El fanatismo de la nobleza es como el de la relijion: mata en honra i
gloria de su dios, i se lava las manos. Es necesario evitar un desastre.
El doctor preguntó a su padre por qué creia que podia llegar doña
Rosalia; i éste cruzando los brazos por detras, i echándole su calva
frente sobre el rostro, a punto de hacerle dar un paso atras, le dijo:
--Pues es claro. ¿Qué no sabes que la señora queria venirse con
Llorente? que éste se negó a traerla, hasta fastidiarla? Ella me lo dice
en su carta, e insistiendo en que quiere venir, cree poder tomar el
próximo vapor, el que llega hoi. ¿Entiendes? ¿Una mujer acostumbrada a
mandar en jefe, aunque sea una negra, cesgar en sus determinaciones? ¡No
seas nene!
--I qué debo de hacer, dijo el doctor humildemente.
--Traerla a casa con todo sijilo, respondió el viejo, para que no se
presente a sus hijos sino en el momento en que yo lo determine. Si Ana i
Roberto llegaran a saber que su madre está en Lima, alcanzarian al
sublime de su locura. ¡Qué se vayan con cuatro lejiones de diablos, como
réprobos que son; pero que no se salgan con la suya de despreciar a la
madre que los parió i que los adora!...
Don Sebastian se enjugó una lágrima, i el doctor le dijo:
--Ordene Ud., padre mio; ¿qué debo hacer? El tiempo urje, pues el tren
para el Callao está al partir.
El padre tomó al hijo con violencia del brazo i partió con él.
Al salir, Llorente esclamó:
--Diga Ud. don Sebastian, ¿volverá pronto? Tenemos algo que hablar para
el arreglo de los poderes que debemos dejarle i demas cosas de nuestra
partida.
Don Sebastian, sin volver la cara, replicó:
--Luego. Volveré en el acto para ponerme a sus órdenes.