VIII.

Llorente, volviéndose a Luisa, le dijo con tristeza.

--Ya le corresponderás; te lo repito. Ya comenzarás a amar, si no amas

ahora mismo a ese ardiente limeño.

--Puede ser, replicó Luisa, sonriendo dulcemente. ¿No dicen que muchas

veces del trato nace el amor?

--Cuando no es de primera vista, esclamó Llorente; pero tú no necesitas

criar tu amor por él, ya lo tienes en el corazon.

--Tanto mejor para tí, Pedro, así te considerarás disculpado en tu

infidelidad...

--Pero no estaré libre de celos, murmuró Llorente, i Luisa continuó:

--Eres mui afortunado. Me retiras súbitamente tu amor i tu promesa,

porque descubres que mi madre no es blanca; abandonas como indigna de tu

alcurnia a la hija de la negra, que amaste miéntras la suponias señora;

i al momento hallas quien te reemplaze, como para dejarte libre hasta de

remordimientos... ¿Que mas podias desear?

--Eso es falso, decia hablando para sí Llorente. No hai quien me

reemplaze en tu corazon, i sin embargo los celos me devoran... I

dirijiéndose a su interlocutora le dijo con firmeza:--Nó, Luisa, no soi

yo quien te abandona. Tú eres la que...

--Concluye, esclamó ella, concluye. Yo soi la que por no despreciar a su

desgraciada madre te abandona a tí... ¿No es esto lo que quieres decir?

--Tú lo dices...

--¡Lo digo i tambien lo hago, porque no quiero matar de dolor a la que

me dió el sér, no quiero abandonarla, en homenaje a una preocupacion que

en tu alma tiene mas fuerza que el amor que me juraste! Nó, jamas

sacrificaré mis deberes filiales a mi felicidad contigo, si para ser

feliz debo sacrificar a mi madre en aras de tu ciego error. ¿Cómo podria

yo salvarme de mi arrepentimiento el dia que tu amor decline? ¿Mi deber

de hija tendrá que desaparecer ante tu capricho?

--No se trata de sacrificar un deber. Te alucinas.

--¿No tiene una hija el deber de amar i de honrar a su madre?...

--A una madre digna de tí, digna de mí, sí. A una negra que no conoces,

a quien no has visto jamas, i que no ha podido inspirarte amor, ¡nó!

¡nó!

--De manera, esclamó Luisa indignada, que a tu juicio una negra no tiene

el derecho de ser madre; i si lo es, no tiene derecho a que sus hijos la

honrasen, cuando son blancos, a que la reconozcan como tal, aunque hayan

vivido, como yo, con la ilusion de poseer una madre, adorándola en la

ausencia... ¡I tú te llamas civilizado, i haces alarde de ser cristiano

católico, de ser caballero, hombre de honor!... ¿Cómo conciliar todo eso

con tu desprecio por la madre de tu prometida; con el abandono que haces

de mí, quitándome a mis hermanos, porque no desconozco a mi madre,

porque no la humillo para darte gusto, porque no la mato de pesar para

probarte mi amor...

--Basta, dijo secamente el español, basta ya... Yo no falto a mi honor.

--Sin embargo de que faltas a tu compromiso, exijiéndome como condicion

para cumplirlo que yo sofoque en mi corazon el amor que me liga a mi

madre, ese amor entretenido i fortificado por el constante anhelo de

conocerla, ese amor que renacerá mas ardiente cuando el tuyo se resfrie,

i que me mostrará en toda su deformidad la culpa que cometeria si

obedeciera a tu capricho. ¡Oh, tú nunca me has amado! Tú no eres digno

de que yo te ame!...

Llorente le tomó con efusion las dos manos, diciéndole:--Cálmate, Luisa,

reflexionemos como amigos, como dos esposos que se aman. No digas que

soi indigno de tu amor, que siempre ha llenado mi alma. No he dejado de

adorarte. Pero piensa, mi Luisa, que no basta que tengas razon en lo que

me dices. Advierte que tambien es necesario pensar como piensa la

sociedad en que vivimos, respetar sus conveniencias i sus costumbres,

someternos a lo que prescribe esa civilizacion que invocas... Me tengo

por caballero, i precisamente por eso es que procedo del modo que tú

repruebas.

--Luego uno u otro estamos equivocados, replicó Luisa con cariño. Veamos

si soi yo, Pedro, ya que no pienso cómo piensa la sociedad. Si

desconozco a mi madre, porque es una negra, si huyo de ella,

despreciándola, como mis hermanos, ¿la sociedad aplaudirá, la

civilizacion aprobará, crees tú?...

--No terjiverses, le interrumpió Llorente. La sociedad i la civilizacion

reprobarian al hijo que tal hiciera con su madre. Pero la alta sociedad

rechaza de su seno al que se confiesa hijo de un negro, sin ocultar su

oríjen, pudiendo hacerlo.

--¿Entónces será preciso engañar a la sociedad, será necesario hacerle

creer que una no es hija de la que le dió la vida? interrogó Luisa.

--I con tanta mas razon, querida mia, cuanto que tú no has conocido

jamas a la que te dió el sér, i puedes con toda facilidad volver a

Europa sin reconocerla, para que la alta sociedad en que hemos de vivir

no conozca tu desventurado oríjen.

--¡Oh! esclamó Luisa, tú hallas lícito ese proceder que despedazaria mi

corazon i me sumiria en un remordimiento eterno! Hallas conforme a la

moral, a la civilizacion que yo mate a mi madre con mi desprecio, para

que la sociedad no sepa de quien soi hija. Luego, segun tu moral, se

puede cometer un crímen, con tal, que se salven los apariencias, se

puede llevar el alma manchada i torturada, para gozar de las

consideraciones de esa alta sociedad, para procurarse en ella un puesto

de prestado, que se perderá el dia en que se descubra el secreto... Si

eso es la moral, si eso es la civilizacion de la alta sociedad en que

vamos a vivir, dime, ¿no podrá tambien una esposa deshonrar a su marido,

cuidando de que éste ni la sociedad lo sepan?... ¿No será lícito

pisotear todos nuestros deberes, ultrajar todas las leyes de Dios i de

los hombres, con tal que la alta sociedad lo ignore, aunque sea por

algun tiempo? ¿Qué tal, Pedro querido? ¿Te parece que mi padre aprobaria

estas doctrinas, él, que siempre nos dió el ejemplo i la enseñanza de la

probidad?...

Llorente despues de dar un paseo por la sala, como para despejar su

turbacion, le contestó:

--No arguyas, Luisa. Reflexionemos con tranquilidad. El hecho es el

hecho. Puede no tener razon la sociedad, pero su desprecio, es

desprecio, i yo no me siento capaz de arrostrarlo... Quiero vivir en el

centro en que nací, i quiero vivir contigo por que te amo, por que sin

tí no quiero la vida, Tú lo sabes, mi eleccion de la mujer que ha de ser

la compañera de mi vida es la obra de mi corazon, i fué tambien aprobada

por tu padre, que me consideró digno de tí. Imitemos a tu padre: el no

reveló jamas el oríjen de sus hijos...

--Te engañas, Pedro. Mi padre confesó siempre a su esposa, nos la

presentó siempre como madre, i al morir, nos ha ordenado juntarnos a

ella, reconocerla a nuestro lado.

--Pero jamas os dijo que era una negra, porque ese era su propio

martirio. El era justo i prudente.

--I tú quieres ahora que esa espiacion del padre continue atormentando a

la hija, que quiere salvarse de semejante martirio, prefiriendo tener la

satisfaccion de reconocer a la negra como madre, para no tener que

ocultar su oríjen.

--Precisamente, dijo Llorente con cariño, es eso lo que no quiero. No

reconociendo tú a Rosalia como tu madre, te salvarás del martirio de tu

padre i no harás sufrir a tus hijos. Reconociéndola, publicando tu

oríjen, condenas a tus hijos a la vergüenza de ser rechazados de la

sociedad en que debemos vivir. Un hombre bien nacido que cautivase el

corazon de una hija tuya, la repudiaria como esposa, al saber que

descendia de una negra, i causaria la desgracia de toda su vida.

--Haria lo que tú conmigo. ¿No es eso? Mas si yo tuviera una hija, le

inspiraria ideas exactas de moral i de honor, como las que me inspiró mi

padre; i con la esperiencia que tú me das hoi, la enseñaría a huir de

los hombres que fundan el honor en la limpieza de su sangre. ¿No llaman

así la raza sin cruzas? No haria yo de una hija mia la esclava de esa

sociedad en que los hombres que se creen nobles o simplemente hidalgos,

como tú, se suponen autorizados para no ser honrados, para terjiversar

la moral, para faltar a las leyes del honor, causando la desgracia de

una pobre niña, que no quiere mancharse, a los ojos de Dios i de su

propia conciencia, con el crímen de despreciar a su madre, por finjir

que su sangre es limpia. Mi padre fué tambien de noble cuna en

Inglaterra, i no vaciló en dar su mano a la negra que le entregó su

corazon i su pureza, ni en enseñar a sus hijos a que amaran a la negra

que es su madre. Tú, Pedro, que no eres capaz de sacrificarme tu

preocupacion, me exijes que te sacrifique a mi madre, porque no hallas

digna de tu mano a la hija de una negra...

--Soi capaz de sacrificarte mi vida, Luisa mia...

--Mas no tu preocupacion, le interrumpió la hermosa jóven. Si, tu

preocupacion infundada, porque tú no tienes títulos de nobleza; solo

tienes una simple vanidad.

--Tengo que respetar el medio en que nací, las ideas de mi centro

social, que son las de una familia de hidalgos.

--En hora buena, Pedro, sigue esas ideas i déjame a mi seguir mi deber,

si eso puede mas en tu corazon que tu amor, que tus juramentos. Haces

bien, perfectamente bien. Si no puedes vivir como mi esposo aquí, en mi

patria o en Inglaterra, donde tu carácter te daria una posicion como la

que tienes en España por lo ménos, te absuelvo de tu compromiso. No

quiero tu amor.

--Pero, Luisa, sé racional. Recuerda que tengo que volver al seno de mi

familia...

--Allí no puedo yo vivir contigo, sino a condicion de renegar a mi

madre. Solo con esta condicion me crees racional... No, mil veces nó.

Vuelve tú a tu patria. Yo no puedo seguirte a donde mis cualidades

personales no me salvarian del desprecio, que agoviaria a la hija de una

negra, que tambien tiene su honor, que tambien crée en la probidad...

Dijo esto Luisa anegada en lágrimas i salió del salon, a la vez que

entraban hablando en alta voz don Sebastian i Roberto.

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 110 / 113 题