Llorente se adelantó al sillon en que Luisa reposaba, i tomándole con
cariño la mano, le preguntó por qué lloraba, llamándola Luisa querida.
--¡Ah!... No lo sé, respondió ella, levantando sobre él su lánguida
mirada, todavía velada por el lloro; i luego agregó:--Hablábamos con
este caballero sobre mi situacion, sobre nuestra situacion, Pedro...
Llorente estaba perturbado. No respondió, i tomó asiento al lado de
Luisa. Entre tanto don Sebastian habia entrado haciendo esclamaciones de
contento, al hallar a su hijo, a quien decia estaba buscando una hora
hacia en toda la ciudad; i luego, dirijiéndose a la hermosa niña,
esclamó:
--¡Qué tal, Luisita! Siempre llorando ¿eh? Ud. señor don Pedro parece
que está algo atufado!...
--No hai de qué estar contentos, señor don Sebastian, replicó Llorente;
i miéntras don Sebastian retiraba de un brazo a su hijo hácia un estremo
del salon, se puso a conversar en voz baja con Luisa.
Padre e hijo hablaron con animacion i en secreto, sin que se dejase de
percibir que el anciano decia que esos niños habian dispuesto su viaje a
Europa para el dia siguiente, en el vapor ingles que debia salir para
Panamá; i ordenaba al hijo salir para el Callao inmediamente.
--¿Con qué objeto? dijo éste.