Ocho dias despues, a las dos de la tarde, se encontraban Luisa i el
doctor Agüero conversando, en el mismo salon del Hotel Morin en que
habia pasado la escena dramática que se acaba de leer.
Luisa estaba sentada al piano, recorriendo con indolencia el teclado,
del cual arrancaban sus bellas manos vagas melodías i dulces
reminiscencias de los pasajes mas tiernos de Bellini. Agüero estaba en
pié a su lado.
Tocando con la derecha el llanto de la Sonámbula, cuando su novio le
arranca el anillo, decia Luisa.
--Me complazco en reconocerlo. Es Ud. mui jeneroso. Debo agradecerle el
interes que ha tomado en mi defensa.
--Me paga Ud. con usura, la replicaba el doctor. No merece gratitud mi
sincera admiracion, mi admiracion entusiasta por la hija que ama i
venera a su madre, hasta sacrificar su porvenir a su deber filial. ¿Qué
hago yo con aceptar su noble causa? ¿Qué mérito tengo en combatir las
absurdas preocupaciones de sus hermanos i de su novio, que la sacrifican
en aras de su error, renegando aquellos de la que les dió su ser,
desgarrando éste el corazon de su prometida? ¿Qué hago sino ponerme al
lado de lo mas justo i noble, obedeciendo a ... mis principios ... a, lo
diré claro, obedeciendo a la admiracion, al amor que Ud. me inspira...
Al oir estas palabras, Luisa se levantó con dignidad del piano, i si
hubiera mirado a la puerta del salon, que estaba entornada, podria haber
descifrado la figura de Llorente, que acababa de llegar, quedándose
afuera en acecho de lo que pasaba en lo interior.
--¿Su amor por mí? esclamó ella. No, señor Agüero. Yo no puedo aceptar
su amor. ¿Podria yo consentir en que me amase otro hombre que el que
posée mi corazon? Permítame Ud. ser franca i pagarle con mi sinceridad
su noble desprendimiento.
--¡No soi digno de amarla, hermosa Luisa! murmuró turbado el doctor.
--No es eso, caballero. En todo caso yo seria la indigna de su amor,
desde que no puedo ni debo corresponderlo.
--En verdad, volvió a murmurar Agüero, hace apénas una semana que nos
conocemos, i no ha tenido Ud. tiempo de comprenderme, ni de estimarme...
--Tampoco es eso, acentuó Luisa, pues yo le conozco a Ud. i le estimo
como a un verdadero amigo. Pero Ud. lo sabe, soi la prometida de Pedro,
a quien tanto amo...
--Lo sé demasiado i por eso no sé concebir por qué le guarda Ud.
fidelidad, despues que él...
--Me ha abandonado, interrumpió la hermosa. ¿Pero soi yo dueño de mi
corazon? ¿No le pertenece siempre, a pesar de su desvío? Nunca podré
olvidarle, no sabré jamas aborrecerle, i siempre tendré que confesar que
le amo, para consolarme...
--Ud, aprenderá, Luisa, a olvidarle i tambien a aborrecerle.
--¡Jamas! ¿Puede una mujer olvidar al hombre que despertó su corazon,
que le inspiró su primer amor, sus primeras ilusiones, sus primeras
esperanzas?
--¡Puras fantasías de niña! ¡Fantasías que sirven de lenitivo al desden
señorita! Su juicio de Ud. triunfará, tiene que triunfar cuando Ud. se
convenza de que no puede retener al que despertó su corazon, por que él
tiene mas amor, mas fidelidad por su cuna que por su novia... Apelo a su
futuro desengaño.
--Apelará Ud. en vano. Ya tengo el desengaño en el alma, pues el
abandono que hace de mí el que debió ser mi esposo me ofende de veras:
i tanto, que no estaria en mi dignidad de hija de una pobre negra el no
conformarme con él, sin réplica. ¿Cree Ud. que yo podré jamas rogar al
que me abandona, al que rompe sus compromisos tan solo porque descubre
que es hija de una negra la que ántes llamaba su ídolo?...
--Eso seria indigno de Ud., i por lo mismo comprendo ménos la sinceridad
de sus protestas de amarle siempre.
--Son sinceras porque ni sé vengarme, ni tampoco sé cómo despedazar mi
corazon para arrancarle un amor que lo ocupa todo entero. Cierto es que
hai ofensas que no tienen otra reparacion que la muerte. ¿Pero puedo yo
tener un corazon de Otelo? ¡Ah! ¡Será mi propia muerte la que me vengue,
poniendo término a un amor que no sé cómo dominar!...
--¡He ahí el despecho, noble Luisa! No lo dude Ud. Eso acabará cuando
Ud. se calme, cuando reflexione con serenidad, que no la ha amado el
hombre que conquistó su corazon, puesto que sus preocupaciones de
familia son mas fuertes en su espíritu que el amor que le juró a Ud., i
mas sagradas que su juramento. Entónces, cuando ese desengaño que hoi la
atormenta aclare su mente, Ud. me hallará a mí siempre amándola con toda
mi alma. Espero. El verdadero amor tiene paciencia.
Luisa lloraba, i entre sollozos esclamó:
--No hablo por despecho. Acepto mi desengaño i no conservo esperanza
alguna. Mi espíritu está sereno, cuando le digo a Ud. que solo acabará
mi amor con la muerte. Tengo la conviccion de que no dejaré de amar
nunca al hombre que es indigno de mi amor... ¿Qué no sabe Ud. que hai
amores indelebles, que hai amores que no pueden desecharse, ni apagarse
jamas?... ¡Bien lo sabia yo cuando me resolví a sacrificarme, por mi
deber, a mi desgraciada madre!...
La voz de Luisa se apagó entre lágrimas, al oirse en los pasadizos la de
don Sebastian que altercaba con álguien, i en ese momento penetró
Llorente en el salon, seguido mui de cerca por el bullicioso anciano.