En esos momentos volvian del comedor Roberto i Ana, conduciendo a un
jóven de baja estatura, fino de facciones, de ojos negros, hermosos e
intelijentes, i vestido con esmerada elegancia.
--Te presento, dijo el primero, dirijiéndose a Luisa, al doctor Agüero,
hijo de don Sebastian, que nos le manda a prevenirnos su visita.
Tambien le presentó a Llorente, i el jóven limeño, que habia saludado a
Luisa con cierto asombro, impresionado por la hermosura de la hija de la
negra, se mostró un poco chocado de la terquedad del español, que estaba
sañudo i preocupado.
--Nuestro amigo Agüero, continuó Roberto, que ya lo es, pues basta verle
una vez para quererle, nos ha estado dando una idea de la situacion de
este pais, que ya tú debes conocer, Pedro. Por lo ménos sabrás que el
Presidente de la República es todo un orijinal.
--Sí, tengo el honor de conocer al jeneral Castilla, dijo Llorente, i sé
que es un gran carácter, que con sus orijinalidades mantiene en órden
esta tierra, i ha convertido a Lima en el refujio de todos sus vecinos.
--Con efecto, agregó el pequeño doctor, hai aquí muchos emigrados
granadinos, ecuatorianos, chilenos i arjentinos, como otras veces, i
aun ahora, ha habido muchos fujitivos peruanos en las repúblicas
vecinas. Pero lo que es el jeneral no tiene buen modo de mantener el
órden, porque gobierna con la punta de su bota, como lo hacen a punta de
bayoneta en otras partes, i a filo de cuchillo en Buenos Aires.
--A falta de un rei de dinastía, replicó Llorente. Eso es lo que
necesitan estas pobres colonias, que creyeron ser mas felices con la
república, que bajo el cetro de la España. La prueba es que solo
prosperan aquellas que tienen presidentes con talla i voluntades de
soberano, como Rosas.
--Error, caballero, si Ud. me lo permite, interrumpió el doctor, tomando
una actitud que le hacia aparecer de doble tamaño. ¡Craso error!
Precisamente esos presidentes soberanos son los que nos retienen todavía
en el réjimen colonial, alejándonos de la república. Si se practicara
con sinceridad el gobierno republicano, si los que se apoderan del mando
tuvieran amor por esa forma, fundando el poder en el derecho, enseñando
al pueblo a practicar el sistema, ya veria Ud. que sus monarquías
europeas tendrian que envidiarnos.
--Lo creo, se apresuró a decir Roberto. Mi padre lo repetia siempre que
nos llegaban a Londres noticias de las turbulencias americanas. Tienen
que aprender, decia, a usar de la libertad, como tienen que aprenderlo
los franceses i los españoles; i no lo aprenderán en América miéntras no
tengan gobiernos que les hagan olvidar sus tradiciones monárquicas i
amar las prácticas democráticas. Pero ello vendrá.
Entre tanto Luisa se retiraba del salon, mirando furtivamente el retrato
de su madre, i Ana esclamaba festivamente:
--¡Qué bien hace mi hermana en huir de estas cuestiones políticas! Voi a
imitarla, porque nada tengo que hacer con la punta de la bota del
jeneral Castilla.
--No hagas tal, la replicaba Roberto, quédate Ana, pues vamos a variar
de tema. Yo tambien quiero cortar la conversacion política, porque no
tengo las ideas de Pedro, i no quiero reñir con él. Pero Luisa no ha
huido de nuestra conversacion política. Huye de la jente. Está mui
preocupada.
--Quizá está arrepentida de haber hecho el viaje, dijo sordamente Pedro.
¡Quién sabe si a todos nos va a suceder otro tanto!
--No lo espero, ni lo temo, se apresuró a decir Roberto. Es natural que
uno esté desabrido en los primeros momentos de llegar a un pais que no
se conoce, aunque sea la patria.
--En efecto, añadió el jóven Agüero, lo desconocido siempre inquieta el
ánimo; fuera de que la señorita Luisa quizá echa algo de ménos, sentirá
_saudades_...
--Luisa, acentuó Ana, no puede estar ni arrepentida ni inquieta de haber
llegado aquí, pues va a realizar su deseo supremo.
--¿Cuál? preguntó Llorente.
--El de conocer a mi madre, respondió Ana, yo haria dos veces el viaje
por conocerla.
--I yo cuatro, añadió Roberto. Es nuestro anhelo, al fin de nuestra
larga empresa; i tú verás, Pedro, que es vano tu temor, pues no nos
hemos de arrepentir de haber venido a conocer a mi madre, a llevárnosla,
para cumplir con la voluntad de mi pobre papá.
--¿Sabes que no comprendo el motivo de ese mandato de tu padre? dijo
Llorente con animacion. ¿Por qué mover de su pais a una mujer enferma,
anciana, imposibilitada, que jamas podrá acomodarse a vivir en
Inglaterra?
--El motivo es claro, esclamó Roberto, puesto que mi padre queria que
viviéramos al lado de nuestra madre, para atenderla en su enfermedad,
para hacerle llevadera su ancianidad.
--¿I eso, por qué no aquí, en el propio pais de la señora? preguntó
Llorente.
--Yo no me conformaria con eso, esclamó Ana.
--Mi padre, dijo Roberto, tuvo siempre deseos de que no viviéramos en el
Perú. Talvez temia a los gobiernos de bota fuerte.
--En tal caso, replicó Llorente, bastaria que conocierais a vuestra
madre, i volvieseis a residir sin ella en Inglaterra.
Roberto i Ana esclamaron a un tiempo, el primero.--¡Imposible!--la
segunda--¡Eso seria lo mejor!