II.

De improviso Luisa se acerca a Llorente, le toma una mano con cariño i

le dice, casi llorando.

--¿Es posible que tan corta ausencia haya puesto a prueba tu amor?...

--No, Luisa mia, contestó Pedro, con aire sincero, no te dejaria de

amar, aunque estuviéramos un siglo separados. Tú sabes que hace dos años

nos conocimos en Roma, cuando viajabas con tu familia en el continente.

Tu belleza me cautivó entónces, i seguí a tu padre en sus viajes, por

seguirte a tí. En Londres nuestro amor ya era nuestra vida, i tu padre

lo bendijo. Te amo siempre lo mismo.

--¡Sin embargo, has variado tanto! ¿Tienes alguna queja de mí?...

--Ninguna. Eres tan buena, tan sincera, tan fiel, que jamas me creo

autorizado a quejarme de tí. ¿Pero sabes? Preferiria que me hubieras

dado algun motivo de queja... Talvez no seria hoi tan desgraciado...

--¿Desgraciado?... No te comprendo, replicó la hermosa niña,

sorprendida. ¡Tú desgraciado! ¡Tú deseando tener motivo de amarme ménos!

Necesitas esplicarte...

Llorente calló, i despues de una pausa, agregó:

--¿Que quieres que te esplique? Soi desgraciado. Bástete saberlo. Tú

misma lo eres, pero no me preguntes por qué... Luisa, no debemos

amarnos... ¡Nuestra union se ha hecho imposible!

--Te comprendo ménos, Pedro. ¿Hai aquí algun misterio que yo no debo

penetrar? Te creia un caballero i jamas esperé de tí una traicion. Sin

embargo, ahora me dices que nuestra union es imposible. Amarás a otra...

I diciendo esto, le volvió la espalda con despecho i se dirijió a su

dormitorio. Llorente la detuvo cariñosamente i esclamó:

--Nó, mi pobre Luisa, no soi perjuro. No amo; no amo a otra. No me

condenes tan sin justicia. A lei de caballero debo hablarte como te

hablo; pero no puedo... sí, a lo ménos por ahora, no puedo decírtelo

todo...

--¿Qué esperas? ¿Tenerme en martirio un siglo, para llegar a revelarme

la causa misteriosa de tu desvío, cuando las dudas, los celos, la

desesperacion hayan acabado de destrozar mi corazon? ¿Te parece a tí que

por ahora debo conformarme con oirte decir que nuestra union es

imposible, sin saber por qué?...

Luisa se echó llorando en un sillon. Llorente quedó meditabundo i

despues añadió con calma:

--Tienes razon... Mas espera, Luisa mia, no me condenes todavía.

--¡No condenarte, cuando te veo romper sin piedad nuestro amor!...

Dímelo pronto, sí, dime sin vacilar ¿por qué no debemos amarnos? ¿Quién

me arrebata tu corazon?...

--Tienes razon... sí, pero yo no sé como hacer. Soi un torpe mas bien

que desleal... Espera, Luisa. Habria un medio... En tu mano está. Puedes

sin contrariarte, sí, tú puedes...

--Habla por Dios, no trepides. ¿Qué es lo que yo puedo, cuál es ese

medio? le interrumpió Luisa con animacion.

--Dime, Luisa, respondió Llorente, estrechándole las dos manos, pero

dímelo con calma... Puedes tomarte el tiempo que quieras...

--¿Acabarás? ¿qué cosa te he de decir? ¿por qué vacilas?...

--¿Renunciarias por mí a tu madre? le preguntó Pedro vacilando.

--¿A mi madre? esclamó Luisa, desprendiéndose de sus manos i tomando una

actitud trájica. ¡Renunciar a mi madre! ¿Te he oido bien? No te

entiendo. ¿Qué me propones?...

--Sí, a tu madre...

--Me asustas, Pedro... ¡Tú no estás en tu juicio! ¡Renunciar a mi eterno

anhelo de ventura, a mi madre, a quien amo tanto, con este amor que se

ha hecho mas intenso, miéntras mas he pensado en ella; con este amor que

se ha convertido en una ilusion, en una fantasía, a medida que mi padre

se mostraba mas reservado sobre mi pobre madre!

--Lo sé, pero ha llegado el momento de acabar con esa fantasía... Tu

padre tenia razon en esa reserva...

--¿Por qué?... ¿Acabará por fin este misterio?... Sí, lo recuerdo:

siempre que interrogaba a mi papá sobre mi madre, acerca de la causa de

su larga separacion, jamas me daba esplicaciones satisfactorias... Pero

no la acusaba, no la trataba de ingrata, de infiel... la amaba i nos

enseñaba a nosotros a amarla... Aun mas. Si su última voluntad fué la de

que nos uniéramos a ella, ¿por qué pretendes tú quitármela?... ¡Hai una

crueldad inmensa en este misterio! Cuando yo voi a tocar mi tesoro, tú

quieres arrebatármelo. ¿Por qué?, dime, ¿porque me pides que te

sacrifique mi bello ensueño, mi amor de hija, mi deber de hija?

--¿Sabes por qué?... Porque no puedo volver contigo a mi familia, si tú

no renuncias a tu madre. Es casi una condicion de nuestra felicidad

futura. Piensa, Luisa, que cuando mi padre me mandó a viajar al

continente, no fué para que renunciara a mi patria, que es España, ni

para que abandonase a mi familia. Cuando te entregué mi corazon, no fué

tampoco para renunciar a mi patria. Tú recuerdas que te lo dije. Cuando

tu padre me concedió tu mano, le declaré que te llevaria a vivir

conmigo en Madrid, i él me dió su aprobacion. Mis padres tambien

bendijeron mi eleccion por eso: te esperan con sus brazos abiertos. Mas

no puedo llevarte, si tú no renuncias a tu ilusion. Debes hacerlo por tu

propio interes, para asegurar tu porvenir.

--Cada vez te comprendo ménos. ¿Por qué llamas ilusion el deber de una

hija? ¿Por qué ha de ser una ilusion el amor de una hija, i no lo seria

tu amor por tus padres? La razon: quiero saberla. ¿Por qué una hija ha

de tener que renunciar a su madre para asegurar su porvenir? ¿Se ha

visto eso alguna vez?... ¿Quién es mi madre? ¿Una mujer indigna,

criminal, infame, hasta el estremo de que sus hijos deben renegarla?

--Nada de eso, Luisa. No habrá quien pueda tachar con motivo la conducta

de tu madre. Me lo has oido, ella es quien ha dirijido los negocios,

duplicando la fortuna de tu padre, hasta imposibilitarse en el

trabajo... Pero...

--A tí te conviene que yo renuncie a ella, porque talvez no corresponde

a tu cuna, a tus ideas de nobleza... Ahora te comprendo. Sin embargo mi

madre es mi madre, i yo seré su hija, aunque sea la hija de una mujer

criminal. ¡Yo la rehabilitaria!

--Tu ilusion, que no tu amor filial nos pierde a tí i a mí, Luisa. No te

engañes. No puedes amar a una madre que no conoces, i vas a ver, cuando

la conozcas, que esa mujer no puede inspirarte amor.

--¿Será talvez deforme, espantosa?... Mayor motivo para amarla... ¿Pero

qué te contiene? ¿por qué no dejas ya esas reticencias, i me dices quien

es mi madre?...

Esto decia Luisa, juntando las manos en ademan de súplica, cuando Pedro,

buscando en su cartera, sacó una fotografia i se la presenta,

diciéndole:

--¡Aquí la tienes!...

Luisa, mirándola con avidez, se queda estática i esclama sordamente:

--¡Una negra!...

--Sí, una negra esclava, acentúa Llorente con desden.

Luisa, reponiéndose i levantando el retrato con orgullo, le replica:

¡Es mi madre, caballero... Mi querida madre!...

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 103 / 113 题