IV.

Un sirviente puso fin a aquel diálogo, anunciando a don Sebastian, en un

viejito risueño, de movimientos ájiles que entró haciendo gran ruido.

Era él de un color cobrizo que daba tono a una cara espresiva, de ojos

vivaces, al traves de los anteojos que descansaban en una nariz

aguileña, la cual se encorvaba hácia una boca sin dientes i de pliegues

de constante burla. Su espaciosa frente, que se apoyaba en cejas

prominentes i pobladas, se ligaba con una lustrosa calva que invadia

casi todo su cráneo, bien modelado.

Don Sebastian hablaba alto, con acento español i una pronunciacion

perceptible, acentuada, pero abierta como la de los venezolanos.

Roberto se adelantó a abrazarle, llamándole el fiel amigo de su padre.

--¡Hijo mio! esclamó don Sebastian. ¡Ah, tú eres Roberto!, ¿no es

verdad? ¡Tú eres Robertito, aquel a quien, hace veinte años, llevé en

mis brazos abordo de la fragata _Bacon_, viejo cascaron que por nada no

dió en los abismos con su cargamento, incluso la familia de mi amigo

Greene! Esta es Ana, la adivino. ¡Qué linda niña, qué mona! dijo

abrazándola, i luego mirando a todos lados, añadió.--¡Pero Luisa!

¿Adónde está Luisa?

Esta salia apresurada en ese instante de su aposento i se echaba en los

brazos de don Sebastian, quien, despues de estrecharla, se quedó

mirándola, i esclamó:

--¡Pero niña, que bella eres! ¿Sabes que eres mas hermosa que la otra?

Haces honor a Lambayeque, donde viste la luz. ¿Mas, me parece que has

llorado? ¿Por qué mi linda Luisa, que tienes, dí?

--He estado contrariada, respondió ella. Esperaba hallar aquí a mi

madre. ¡Deseo tanto estrecharla a mi corazon!...

--Tienes tiempo, hija mia. Entre tanto, consuélate con tu novio. Tu

padre, al recomendarme a este afortunado señor don Pedro, que está de

cuerpo presente, me decia que iba a ser tu marido al volver a

Inglaterra. Lo que es tu pobre madre, no ha podido venir a esperarte,

porque tiene una parálisis, que segun tu futuro, le impidió hacer el

viaje, aunque lo mismo da para un paralítico que lo echen a su aposento

que en un barco. ¡Tú la recordarás talvez mi bella Luisa!

--No la recordaba ántes de llegar aquí, contestó esta; solo hacia vagas

reminiscencias de mi nodriza, i acabo ahora de comprender que la que yo

recordaba como en sueños era mi madre, mi querida madre...

--En realidad, ella te crió a sus pechos, dijo el viejo conmovido. ¡Qué

hermosa era en aquellos tiempos la buena Rosalia!... ¡Vamos, todo se

acaba!...

--¿Mucho tiempo hace, le preguntó Roberto, que usted no la vé?

--¡Toma! Si voi todos los meses al injenio. ¿Por que me ves viejo, crees

que no puedo viajar a Lambayeque? ¡Quién no puede viajar desde que los

ingleses han traido a estos mundos esa infernal invencion de los

vapores! Hoi todo se hace por vapor, i cuando tu veas el que mueve el

injenio de azúcar, te has de quedar estupefacto.

--¿Con cuántos esclavos se trabaja la hacienda? interrogó Roberto.

--¿Esclavos, dices?... esclamó don Sebastian, arrugando las narices,

señalando sus rojas encias i echando atras los brazos. ¿Qué no sabes que

hace diez años, tu madre i yo, con el poder de Greene, emancipamos a mas

de quinientos que habia, por escritura pública i demas solemnidades del

caso? Ese era el gran deseo de doña Rosalia, i estraño mucho, que tú no

conozcas un hecho que levantó aquí una bataola infernal, dando que

hablar a todas las gacetas del mundo. I lo mas orijinal es que ninguno

de los emancipados salió del injenio. Todos quedaron al lado de tu

madre, trabajando como hombres libres, con su salario, con habitaciones

cómodas para sus familias, con escuelas, enfermería, tratados en fin

como jentes. ¡Viva la libertad! Tú vas ahora a ver ese pueblo de

libres.--¡Ah! ¡I como se han chasqueado los que vaticinaban que se iba a

arruinar la empresa con la libertad de los esclavos! Justamente desde

entónces han llovido las bendiciones de Dios sobre nosotros. ¡Un ingles,

como tú, no debe hablar de esclavitud!

Luisa i Ana se habian conmovido, oyendo con sumo interes la relacion de

don Sebastian, i esclamaban:

--¡Libres! ¡Todos libres! ¡Bendita sea mi madre! I el alegre anciano,

batiendo el brazo en el aire, gritaba:

--¡Libres, como nosotros!

Pero luego, bajando la voz, agregó:

--Aunque en realidad de verdad por acá no lo somos tanto, ¡como los

negros del injenio! Que no me oigan los libres de esta tierra!...

--Aunque emancipados, los esclavos nunca dejan de ser tales, dijo

secamente Pedro, quien lo habia oido todo, sin participar de la alegría

de los demas.

El jóven Agüero se sonrió i con mucha cortesía le replicó:

--Otra rectificacion, señor Llorente, i perdone Ud., que siento mucho no

estar de acuerdo con su opinion. No creo que en jeneral el emancipado

permanezca siempre esclavo i no pueda rejenerarse. Es indudable que la

esclavitud degrada, corrompe, pervierte; pero es porque siendo ella la

negacion mas completa de la personalidad humana, deja sin embargo viva

la responsabilidad personal. El esclavo que carece de derechos, tiene

que respetar los ajenos, i debe cumplir deberes como hombre libre: de

modo que es fustigado como bestia de trabajo i se siente horriblemente

destrozado como ser moral. Emancípelo Ud., vuélvalo a su equilibrio

moral, como hombre de derecho i de responsabilidad, i verá que en la

mayor parte de los casos sale de su abyeccion para rejenerarse por el

trabajo i la libertad. Esa es la esperiencia.

--¡Déjate de filosofías, gritó don Sebastian, con los amigos de la

esclavitud, con los partidarios del despotismo! ¿No han inventado ellos

tambien su filosofía para hacernos creer que hai una _raza latina_ que

no ha nacido para la vida libre, sino para vejetar bajo el amparo de sus

déspotas coronados? Con su pan se lo coman esos nenes que han dado en

llamarse raza latina; i como en materia de latines no hai quien tenga

tantos como los españoles, dejemos al señor Llorente con su amor a la

esclavitud de los negros, quienes por la cuenta deben ser de la misma

raza latina. En el poco tiempo que conozco al señor don Pedro, me ha

hecho pensar muchas veces que los de su raza son incorrejibles en

materia de preocupaciones contra la libertad. ¿No se lo he dicho a Ud.

mismo, caballero?...

--Le debo esa, como otras muchas franquezas, señor don Sebastian,

respondió Llorente; pero no se equivoque Ud: no soi partidario de la

esclavitud, ni sé latin, por mas que pertenezca, como español, a la raza

latina. Lo que sí creo es que la esclavitud es a veces una necesidad, un

hecho que se impone por la fuerza de las cosas, como aquí en el Perú, en

Cuba, en Estados Unidos; i me parece que tal hecho es justificable

respecto de los negros, i solo de los negros, que no son de nuestra

raza, sino seres imperfectos nacidos para esclavos. I eso es tanto, que

aunque se les emancipe, siempre quedan esclavos, porque son negros.

--Parece que no conocieras la historia, le interrumpió Luisa con

tristeza. Recuerda un poco que la primera civilizacion de que hai

memoria en el mundo, esa gran civilizacion ejipcia que ilustró a los

griegos i judíos, que pasó a los romanos, i de todos ellos, a la edad

moderna, es la obra de la raza semítica i de los pueblos bérberis. Esos

son los negros que tanto desprecias, i la civilizacion de que hoi nos

jactamos no nos autoriza para vejarlos en su decadencia, como no nos da

tampoco fundamento alguno para esclavizarnos entre nosotros mismos,

inventando una raza latina con el fin de justificar lo injustificable.

--Todas esas son historias, Luisa mia, esclamó don Sebastian, i debes

saber que la historia, a fuerza de tornizcones, tanto puede servir a los

enemigos de la libertad como a los que la defendemos, sin necesidad,

puesto que la libertad se defiende por sí misma, sin que la dañen el

pro ni el contra. Yo quiero solo hacer una pregunta al señor Llorente, o

latino, que es lo mismo. ¿Por qué han de ser los negros mas apropiados a

la esclavitud que los blancos?...

--Porque nacieron tiznados! respondió Llorente, i Luisa se retiró

aflijida del círculo i sentóse en un ángulo de la sala.

--Luego Ud. i yo, que lo somos un poco... agregó don Sebastian con una

cara radiante de risa. Pero, amigo mio, ¿no vé Ud. que por razon análoga

los blancos deben ser mas aptos para la esclavitud puesto que nacen

desteñidos? Si hai antagonismo entre ambas razas por su color, por su

fisonomía, por su civilizacion, i eso le da a Ud. título para esclavizar

a los negros, tambien debe confesar que éstos a su turno tendrian igual

derecho, por el mismo motivo, para esclavizar a los blancos. Entónces

tenian razon los piratas de Túnez i de Arjel cuando cautivaban blancas

para sus harenes i blancos para sus servicios. ¡Ah! Si ellos hubieran

tenido mas fuerza que los europeos que robaban negros en Africa para

venderlos en América, i hubieran hecho otro tanto en España i en Italia,

hoi estarian los señores moros i los etiopes servidos por blancos. I yo

no sé, querido, que estos no se hubiesen enbrutecido, corrompido i

envilecido mas que los negros, despues de trescientos años de cadena. De

seguro que Ud. no habia de hallar ahora en su raza blanca eso que puede

ver a cada paso en los pobres negros, que despues de diez jeneraciones

de esclavitud, conservan siempre, con el vigor i gracia de las formas,

aquella profunda bondad del alma que se revela en esa eterna risa que

descubre sus dientes de plata i en aquella inocencia con que hablan en

alta voz a solas, publicando su pensamiento a todos vientos!...

--Sin embargo, interrumpió Ana, señor don Sebastian, a mí me asustan

los negros, me horripilan. ¡No lo puedo remediar, me parecen monos, qué

sé yo!...

--No me pasa a mí otro tanto, dijo con cierta reserva Roberto. Mas,

aunque nunca he visto un esclavo, se me figura que me he de aflijir si

veo alguno. Bendita sea mi madre que me ha libertado de ese dolor!

Don Sebastian los miró alelado, diciendo entre dientes:

--Luego estos no saben que...

Pronto agregó:

--¡Vamos, niños, no exajereis! Estoi cierto de que mi amigo Greene no ha

de haberos inspirado tales aprensiones. Por el contrario, ha de haberos

enseñado a amar a todos los hombres, como él los amaba, blancos, negros

o amarillos, que tambien los hai. Solo inspiran horror los tiranos, sean

monarcas, presidentes, o negreros, que lo mismo da. No hai otros

monstruos en la humanidad. No hai mas bestias feroces en la sociedad que

los que despojan al hombre de sus derechos, sea para gobernarle como a

bestia, sea para hacerle esclavo en su provecho. No hai diferencia entre

un tirano coronado o con banda i un hacendado negrero. A todos esos es

preciso darles con un canto, i no a los pobres que jimen en la

esclavitud. Para éstos, la libertad, la enseñanza, a fin de

rejenerarlos. Eso hicieron vuestros padres... Mas dejémonos de darnos

codillo por cosas de negros. Hablemos de otra cosa. Dime, Roberto, ¿de

qué murió mi amigo Greene?

--De una violenta anjina que apénas le dió tiempo para hacer sus

disposiciones, dijo éste.

--¿Cómo dispuso de sus bienes?

--Mitad para su esposa, segun la lei del Perú, i mitad para nosotros.

Ademas me encargó venir a llevar a mi madre, para establecerla en una

propiedad que habia comprado cerca de Dover, i ordenó que se hiciera el

matrimonio de Luisa, segun el rito católico, si Pedro persistia en la

union, a su vuelta del Perú. Parece que papá quiso que el futuro de su

hija conociera a mi madre, ántes de decidirse.

--Era tan prudente, repuso el anciano. ¿Nunca os dijo por qué habia

prolongado tantos años su separacion de doña Rosalia?

--Por atender a nuestra educacion, por sus negocios... Pero

constantemente proyectaba viaje para venir a llevársela...

--Dime, le preguntó don Sebastian, ¿cómo os hablaba de ella? ¿Tenia su

retrato?

--Nos decia que era un modelo de bondad, que nosotros no nos pareciamos

a mamá i que él deseaba que fuéramos buenos como ella. Pero no tenia su

retrato.--

Luisa, en ese momento, se levantó repentinamente del lejano asiento en

que habia permanecido, e interponiéndose entre los interlocutores,

presentó a don Sebastian la fotografia que le diera Llorente, i le

preguntó:--¿Conoce usted este retrato?

Ana i Roberto se agruparon con suma curiosidad a ver la fotografia,

preguntando de quién era, i don Sebastian les contestó con alegre

cariño:

--¡Es vuestra madre, hijos mios, la buena Rosalia!...

Ana, desvaneciéndose, esclamó:--¡Una negra!...

Roberto, asustado, gritó:--¡Imposible!

Llorente sostuvo en sus brazos a Ana, i el doctor Agüero estrechó

cariñosamente las mano de Roberto.

Hubo un largo silencio.

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 105 / 113 题