--Temiendo talvez que el señorito encontrara por acá una limeña que le
cautivara i que le retrajera de hacerse fabricante de azúcar contigo en
Lambayeque...
--Eso no, interrumpió Llorente con indiferencia. ¿Por qué tomar las
cosas de ese modo? El señor Greene, vuestro padre, era prudente,
previsor, i a fuer de tal hizo aquella salvedad. Pero bien sabia él que
Luisa no tiene rival, pues que ni aun tiene pareja, i que yo estaba
decidido a darle mi mano...
Entónces bruscamente cortó Roberto las dificultades del momento,
pidiéndole a Pedro noticias del estado de los intereses. Este respondió
con entusiasmo que todo iba con admirable prosperidad, que el injenio
producia cuatrocientas arrobas de azúcar al dia, que la hacienda era la
mejor de Lambayeque, que las plantaciones de caña i de arroz no tenian
fin i que por último, en el órden i arreglos de aquel gran
establecimiento, se notaba a cada paso la habilidad i prevision de su
fundador, el padre de su novia.
--¿Viste a mi madre? le preguntó con timidez la hermosa Luisa.
--Mucho que sí, respondió Llorente. Durante diez años despues del viaje
de tu padre a Inglaterra, ella fué la directora de todo aquello. Pero la
pobre se postró despues, el trabajo la ha inutilizado, no es dueño de
sus piernas, i tienen que conducirla en un sillon. ¡Como deseaba doña
Rosalia venir conmigo a recibiros! Con que amor recuerda a su Robertito,
a tí, a quien, cuenta ella, quiso robarse para que no te llevaran, a
Ana, que ya principiaba a hablar cuando la separaron de su regazo.
¡Vamos! Ella tiene mil historias de vuestra niñez.
--¡Pronto la abrazaremos! esclamó con efusion Luisa. ¿No es así?
Partiremos para Lambayeque en el vapor que sale dentro de cuatro dias.
¿Recuerdas, Ana, que en la primera carta que mamá nos dirijió decia que
habia aprendido a escribir, solamente para podernos decir que nos
idolatraba?
Ana respondió:
--¿I por qué no habia aprendido ántes a escribir?
Mas, Roberto como indiferente a la candidez de esta respuesta, volvió a
hablar de negocios i preguntó a Llorente por las cuentas de don
Sebastian Agüero, el apoderado de su padre. Pedro declaró que eran
irreprochables, i que no sabia que admirar mas, si la honradez de aquel
buen viejo, que era tan campechano, franco i alegre, o la fiel amistad
que habia profesado al señor Greene i a su señora. El ha procedido
siempre añadió, de acuerdo con doña Rosalia i hoi mismo lo administra
todo con su consejo.
--Es decir, interrumpió Ana, que te haces azucarero, Pedro, puesto que
te gusta tanto el injenio, i no renunciarás a Luisa, desde que no le has
hallado rival.
En ese momento un sirviente anunció que el almuerzo estaba servido.
Luisa se escusó de ir a la mesa i Llorente quedó con ella, diciendo que
habia almorzado en el Callao, cuando entraba el _Nueva Granada_.
La mañana era como muchas del verano de Lima, entoldada, húmeda i
sofocante. El ánimo de los dos personajes que permanecian en el salon
parecia estar bajo la influencia de aquella pesada atmósfera. Guardaban
silencio, sin mirarse, él en pié i pensativo, i ella mirando
inciertamente las corrientes de transeuntes que se chocan i entreveran
con gran ruido en la confluencia de la calle de las Mantas i la de
Mercaderes con la plaza.