--¡Escelente viaje, hermanas mias! decia un jóven casi niño, a dos
hermosas, que estaban sentadas en un salon del Hotel Morin, situado en
la plaza principal de Lima, esquina de las Mantas. ¡Escelente viaje!
Pocos tendrán, como nosotros, la felicidad de llegar de Liverpool al
Callao en cincuenta dias, habiendo atravesado ese portentoso Estrecho de
Magallanes, que se abre entre dos cadenas verdinegras, coronadas de
blanca nieve.
--¡Calla, Roberto! esclamó una de las hermanas, tambien mui niña, con
una cara tan de criolla, que se la habria tomado por una de esas
graciosas limeñas de ojos negros i de tez pálida que pueblan las
vecindades del Acho, si los suyos no fueran color de cielo, i si sus
crespos cabellos no fueran de un rubio apagado, pero claro. ¿Portentoso
el Estrecho de Magallanes? continuó, riéndose. No hai nada en el mundo
mas oscuro, mas tétrico, mas adusto i viejo, que ese tormentoso estrecho
de rocas pardas i negras, de vejetacion raquítica i amarillenta. Se
oprime el alma, al recorrer aquel paisaje siempre melancólico.
--Ana, le replicó Roberto, tú no tienes el gusto de lo raro, de lo
estraño...
La palabra fué interrumpida por la aparicion de otro jóven de aspecto
severo, que decia a unos cargadores: por aquí, muchachos, en ese cuarto
del fondo colocad las maletas de las señoritas, i en este otro el
equipaje del señor; i despidiendo con su propina a los conductores, el
jóven tomó asiento, como fatigado i esclamó.--¡Pero, chicos! ¿Por qué
habeis hecho el viaje por el Estrecho, que es el fin i remate de estas
Américas? Cuando, tú Roberto, me anunciaste el viaje, supuse que lo
harias por el Istmo. Así es que cuando don Sebastian me escribió a
Lambayeque que bajarian del Polo, me sorprendí; pero con sorpresa i
todo, me embarqué inmediatamente en un vapor que pasaba i he tenido la
fortuna de llegar al Callao un dia ántes que vosotros.
--Deseábamos conocer, respondió Roberto, a Montevideo, esa blanca corona
del Plata, el Estrecho, Valparaiso, que parece se estendiera
agazapándose sobre sus altos cerros, para no caerse al mar, i todos los
demas puertos de esta costa, cuyas poblaciones parecen campamentos
provisionales. Felizmente partia para estos rumbos un nuevo vapor de la
compañía inglesa del Pacífico, i lo aprovechamos. Escelente barco el
_Nueva Granada_, flamante, bien servido, i con un tiempo de mi flor. Mis
hermanas han tomado el viaje como un paseo. ¿No es así?
--Ménos en el Estrecho, añadió Ana. Por lo demas, parecia que para
darnos gusto se habian hecho el buen tiempo, el mar i el buque. Si no
hubiera sido eso, yo me habria muerto de fastidio, ántes de llegar a
esta patria tan remota.
--Sí, estamos en nuestra patria, esclamó Roberto. Nada de ella recordaba
yo, pero no sé por qué, me parece que ya la conocia. ¿I tú, Luisa, que
tienes, tú debes recordar algo de nuestra Lima?
--¡Imposible! murmuró con tristeza la interpelada. Tenia yo tres años,
cuando nos llevó papá a Inglaterra. Ana andaba en dos, i tú no habias
cumplido seis meses. Ni aun siquiera sé de donde partimos, i solo
recuerdo que papá nos referia que el viaje habia sido desastroso, i que
llegamos a Liverpool con el buque desmantelado.
--¡Qué diferencia con nuestro viaje de vuelta! Pero, Luisa, te repito
que te noto triste. Te estraño, pues no te he visto así en toda la
travesía. Al contrario, venias tan alegre, que eras el encanto de todos
los compañeros de viaje.
En efecto, estaba pensativa Luisa, que era una jóven de veintitres años,
alta, esculturalmente modelada, de proporciones graciosas, de aire noble
i un tanto severo, i de un bello rostro, sombreado por una espesa
cabellera negra i naturalmente rizada. Su vigor i su tono estatuario
revelaban un alma enérjica i levantada.
No respondió a la observacion de Roberto, pero despues de un corto
silencio, Ana esclamó con viveza.
--¿Quieres que te diga la causa, Roberto?
--¡Ah! La comprendo, dijo éste. Desde 1830, en que nos fuimos, hasta
1850, en que volvemos a la patria, Luisa se ha hecho inglesa perfecta, i
comienza a sentir nostaljia.
--No es eso, muchacho, continuó Ana riéndose, los ingleses no saben
sentir nostaljia, porque han nacido viajeros, como los pájaros
trasmigrantes. Luisa está triste... ¿Lo digo?...
--Alguna estravagancia. ¡Calla, loca! interrumpió Luisa.
--Mira, continuó la hermana, tú misma me lo has revelado, i lo olvidas.
Estás triste porque tienes la aprehension de que Pedro te ha recibido
con frialdad, hasta con indiferencia... Eso es todo.
--¿Yo indiferente? esclamó don Pedro de Llorente, que era el jóven que
habia recibido a los viajeros. ¡No lo sé! Creo haberlos recibido a los
tres con todo cariño. Si no he hablado particularmente contigo, Luisa,
durante el viaje del Callao, es porque tenia que conversar con todos.
Luego, como venian tantos pasajeros en aquel maldito carro... Por eso no
me gustan los trenes yankees, en que se viaja en compañía de todo el
mundo...
--Has hecho bien, murmuró Luisa con dulzura. Sin embargo, Pedro, debo
decírtelo, ya que se ofrece: he notado en tí no sé que desvio, cierta
reserva en tus modos, que me ha dado miedo. No he visto, como lo
esperaba, tu alma en tu saludo, i me has tratado con cumplimientos que
no usas conmigo i que sientan mal en un novio... Hace solo cuatro meses
que nos separamos, i ya...
--No se han cumplido aun los cuatro meses, es verdad, replicó Llorente
con cierta gravedad; i es natural que yo recuerde que, al separarnos en
Londres, tu padre estaba lleno de vida i de esperanzas. Cuando él
dispuso que yo viniera al Perú, a examinar el estado de sus propiedades
i a conocer a tu madre, ántes de verificar nuestro enlace, yo no pude
imajinarme que habia de morir a los quince dias de mi partida...
Todos quedaron en silencio, i Roberto pensó entre sí que aquella
gravedad e indiferencia de Llorente podrian significar un mal estado de
los bienes de la familia.
Luisa con sus miradas bajas i como distraida, agregó pausadamente.
--Como papá te dijo que si despues de tu viaje aquí, no insistias en
nuestro matrimonio, te dejaba en plena libertad, como si no existiera
nuestro compromiso...