Al dia siguiente, Ramiro estaba sentado en uno de los salones de billar
del café de Hévia. Era domingo.
Varios estudiantes, que aun permanecian en Santiago, jugaban una partida
con gran ruido i algazara.
--¿Qué será del defensor del gobierno? decia uno de los jugadores.
--¿Cuál, preguntaba otro, el de la camisa de estopilla?
--Sí, agregaba un tercero, el de la cabeza abollada.
--¡Oh! Dicen que ha habido que raparle a navaja i ponerle un parche de
mate, esclamaba aquél.
--No, decia el de mas allá, yo he visto en la calle al tal asesino. Sale
de noche, pero todavía con la cabeza atada. Ha hecho cama muchos dias, i
lo ha asistido el médico de palacio.
--¿Quién? ¿Indelicato? Por supuesto, su compañero en la tertulia de
Portales, esclamaba uno de los jugadores, gritando en seguida: Pásame la
de Alejo, billarero, que esa es la que merecen todos esos tunantes.
El billarero le alargaba la maza, i el estudiante ántes de tirar, la
blandió en señal de amenaza.
--¿Que será del pobre Alejo? dijo en voz baja el otro jugador, al picar
de pasa-bola la suya, i se quedó mirando su rumbo con todos sus
sentidos.
Todos callaron.
--¿Ninguno ha ido hoi a saber de él? esclamó un momento despues otro
estudiante que no jugaba.
--¿Para qué? dijo uno. ¿Para recibir la tremenda noticia, i pasar un mal
dia de fiesta?--En ese momento entraba otro, i varios de los de adentro
le preguntaron a un tiempo: ¿Has sabido de Alejo?
--Debe de ser alma del purgatorio en este momento, respondió el que
llegaba. No me he atrevido a ir a saber de él.
--¿Por qué lo dices?
--Porque anoche estuve en una casa, donde el doctor Polar estaba
descuerando al viejo Moran, porque se habia salido con hacer una
operacion, contra el parecer de todos los médicos. Ellos opinaban que
debia desarticularse el brazo, por lo imposible que era penetrar en la
fosa del estileto del asesino, para abrir de nuevo la herida; pero el
viejo se salió con la suya, echándose toda la responsabilidad. ¡Quién
sabe!
--¡Morir tan jóven!... ¡Pero con honor!...
Ramiro, que habia permanecido impasible, se conmovió al oir tal
esclamacion, i salió de prisa del salon.
Ninguno de los circunstantes sabia que ese hombre era el marido de la
mujer, cuya honra habia defendido Alejo. Pero, sin saber por qué, todos
le miraron a un tiempo, cuando se levantó.
--¿Quién será ese pejegallo? dijo riendo uno de los estudiantes.
--¡Algun espía!
--Compañero del de la camisa bordada.
--Justamente, debe serlo, esclamó uno de los jugadores. Jamas habia
visto en los billares a ese as de bastos, sino en las mesas del patio.
Pero desde el suceso de Alejo, su presencia aquí parece suplir la
ausencia del de la cabeza remendada.
La partida se terminaba en ese momento.
--En fin, dijo uno, tirando el taco: no se diga de nosotros que somos
indolentes i mataperros. Vamos todos a saber de Alejo. Si el viejo Moran
ha acertado su cuchillada, seguimos de largo hasta los baños de
Alexandri, donde acabaremos alegres el dia, para irnos esta noche al
Parral de Gomez.
--¿I si el viejo ha echado bolas a la raya? preguntó el último llegado.
--Tambien seguiremos de largo, pero solo a bañarnos. Haremos duelo por
ese bravo muchacho; i escarmentaremos en él. Por lo que a mí toca,
aunque hable de mi madre el primer pillo que llegue, me callaré la boca.
¡Pues ahí es nada, que por cosa de mas o ménos le entierren a uno el
puñal, i lo despachen en los albores de la vida!
--¡Qué bestia! esclamó aquél. Hablas como un canalla!
--¿Así piensan en el Maule? preguntó otro.
--Cada uno para sí i Dios para todos, respondió el interpelado. Ya
pasaron los tiempos de don Quijote.
--Pero el tiempo de los caballeros i de las almas nobles no pasa nunca,
concluyó el que le llamaba bestia.
Los estudiantes salieron, sin cuidarse de los que oian su conversacion,
i al salir por el gran patio, encontraron a Ramiro que volvia sereno i
casi alegre a tomar asiento en una de las galerías del jardin.
--¡A dónde iria tan de prisa este lagarto? esclamó uno de los
estudiantes.
--A saber de Alejo, respondió con fisga otro, sin saber que acertaba en
la verdad.
Al cruzar para los viejos portales de la plaza, los estudiantes vieron
pasar al galope, en un caballo blanco, al doctor Moran i esclamaron:
parece que va contento el señor don Pedro. ¡Buenas señas!
La caravana se dirijió a la calle de la Merced.