XIV.

Al dia siguiente, Ramiro estaba sentado en uno de los salones de billar

del café de Hévia. Era domingo.

Varios estudiantes, que aun permanecian en Santiago, jugaban una partida

con gran ruido i algazara.

--¿Qué será del defensor del gobierno? decia uno de los jugadores.

--¿Cuál, preguntaba otro, el de la camisa de estopilla?

--Sí, agregaba un tercero, el de la cabeza abollada.

--¡Oh! Dicen que ha habido que raparle a navaja i ponerle un parche de

mate, esclamaba aquél.

--No, decia el de mas allá, yo he visto en la calle al tal asesino. Sale

de noche, pero todavía con la cabeza atada. Ha hecho cama muchos dias, i

lo ha asistido el médico de palacio.

--¿Quién? ¿Indelicato? Por supuesto, su compañero en la tertulia de

Portales, esclamaba uno de los jugadores, gritando en seguida: Pásame la

de Alejo, billarero, que esa es la que merecen todos esos tunantes.

El billarero le alargaba la maza, i el estudiante ántes de tirar, la

blandió en señal de amenaza.

--¿Que será del pobre Alejo? dijo en voz baja el otro jugador, al picar

de pasa-bola la suya, i se quedó mirando su rumbo con todos sus

sentidos.

Todos callaron.

--¿Ninguno ha ido hoi a saber de él? esclamó un momento despues otro

estudiante que no jugaba.

--¿Para qué? dijo uno. ¿Para recibir la tremenda noticia, i pasar un mal

dia de fiesta?--En ese momento entraba otro, i varios de los de adentro

le preguntaron a un tiempo: ¿Has sabido de Alejo?

--Debe de ser alma del purgatorio en este momento, respondió el que

llegaba. No me he atrevido a ir a saber de él.

--¿Por qué lo dices?

--Porque anoche estuve en una casa, donde el doctor Polar estaba

descuerando al viejo Moran, porque se habia salido con hacer una

operacion, contra el parecer de todos los médicos. Ellos opinaban que

debia desarticularse el brazo, por lo imposible que era penetrar en la

fosa del estileto del asesino, para abrir de nuevo la herida; pero el

viejo se salió con la suya, echándose toda la responsabilidad. ¡Quién

sabe!

--¡Morir tan jóven!... ¡Pero con honor!...

Ramiro, que habia permanecido impasible, se conmovió al oir tal

esclamacion, i salió de prisa del salon.

Ninguno de los circunstantes sabia que ese hombre era el marido de la

mujer, cuya honra habia defendido Alejo. Pero, sin saber por qué, todos

le miraron a un tiempo, cuando se levantó.

--¿Quién será ese pejegallo? dijo riendo uno de los estudiantes.

--¡Algun espía!

--Compañero del de la camisa bordada.

--Justamente, debe serlo, esclamó uno de los jugadores. Jamas habia

visto en los billares a ese as de bastos, sino en las mesas del patio.

Pero desde el suceso de Alejo, su presencia aquí parece suplir la

ausencia del de la cabeza remendada.

La partida se terminaba en ese momento.

--En fin, dijo uno, tirando el taco: no se diga de nosotros que somos

indolentes i mataperros. Vamos todos a saber de Alejo. Si el viejo Moran

ha acertado su cuchillada, seguimos de largo hasta los baños de

Alexandri, donde acabaremos alegres el dia, para irnos esta noche al

Parral de Gomez.

--¿I si el viejo ha echado bolas a la raya? preguntó el último llegado.

--Tambien seguiremos de largo, pero solo a bañarnos. Haremos duelo por

ese bravo muchacho; i escarmentaremos en él. Por lo que a mí toca,

aunque hable de mi madre el primer pillo que llegue, me callaré la boca.

¡Pues ahí es nada, que por cosa de mas o ménos le entierren a uno el

puñal, i lo despachen en los albores de la vida!

--¡Qué bestia! esclamó aquél. Hablas como un canalla!

--¿Así piensan en el Maule? preguntó otro.

--Cada uno para sí i Dios para todos, respondió el interpelado. Ya

pasaron los tiempos de don Quijote.

--Pero el tiempo de los caballeros i de las almas nobles no pasa nunca,

concluyó el que le llamaba bestia.

Los estudiantes salieron, sin cuidarse de los que oian su conversacion,

i al salir por el gran patio, encontraron a Ramiro que volvia sereno i

casi alegre a tomar asiento en una de las galerías del jardin.

--¡A dónde iria tan de prisa este lagarto? esclamó uno de los

estudiantes.

--A saber de Alejo, respondió con fisga otro, sin saber que acertaba en

la verdad.

Al cruzar para los viejos portales de la plaza, los estudiantes vieron

pasar al galope, en un caballo blanco, al doctor Moran i esclamaron:

parece que va contento el señor don Pedro. ¡Buenas señas!

La caravana se dirijió a la calle de la Merced.

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 95 / 113 题