XV.

Varios dias habia pasado Mercedes en su estrecha prision. Ya no tenia

lágrimas en los ojos. La fiebre la consumia.

Ramiro, que contra sus hábitos habia estado mas a menudo en casa,

durante esos dias, se habia acercado algunas veces al dormitorio de

Mercedes, i dando tres golpecitos en la puerta, le habia dicho

secamente:--«El enfermo está fuera de peligro.»--«Tu amigo convalece

rápidamente.»

Cada vez que Mercedes oia algunas de estas palabras, esclamaba:--«¡El

tigre se divierte!»--«¡El infame se burla!»

El silencio volvia a reinar en los aposentos, i solo era interrumpido

por hondos suspiros, por ayes de angustia, por sollozos sofocados.

Mil medios habia tentado Mercedes para salir a la calle, pero en vano.

Hasta habia creido posible lanzarse por el balcon.

Mediante la bondad de su madre, a quien habia confiado su pesar, se

habia aprovechado de las salidas indispensables de la muchacha

sirvienta, para informarse de Alejo; pero sin avanzar nada.

En la casa vecina, la muchacha no habia podido penetrar. Estaba sola i

permanecia cerrada.

En casa del doctor Moran, que la sirvienta habia tardado en hallar,

nunca le daban contestaciones fijas, i siempre la habian despedido en la

puerta.

Al fin un dia Mercedes oyó decir a su tio el albino, que en la noche

precedente habia estado en los _Desagravios_, en la Merced.

--¿Cómo pudo usted salir de casa, mi tio? preguntó Mercedes.

--Por la puerta, dijo don Miguel secamente.

--¿Pues qué, ya no tiene la llave Ramiro?

--Nó, hace dias que me la entregó, diciéndome que ya no la necesitaba.

--¿Se fijó usted, mi tio, en la casa que está a los piés de la iglesia?

¿Notó usted algo?

--¿Cual, la del médico? Sí, estaban tocando el piano creo que bailaban.

Mercedes se cubrió con las dos manos la cara.

--¡Oh mundo! esclamó. ¡Ayer un muerto, i hoi música i baile!

--El muerto al hoyo i el vivo al pollo, dijo sonriéndose don Miguel.

--¿Podriamos ir, mamita, a los Desagravios esta noche? preguntó con

cariño Mercedes, i agregó: ¿no le parece a usted que Ramiro no me

prohibirá ir a la iglesia?

--¡Quién sabe! esclamó la señora. ¡Hace tanto tiempo que no puedo salir

a la iglesia!

--Por favor, dijo Mercedes, abrazándola; iremos al paso, se apoyará su

merced en mí, i descansaremos donde sea necesario.

--Anda, mujer, añadió don Miguel. Cuando la hija te pide que vayas a la

iglesia, es porque Dios habla por su boca.

La señora se inclinó hácia su hija i la dijo en voz baja:

--¿Por qué no vas tú sola? Desde que tu marido ha dejado la llave i no

te vijila, se entiende que no reina su prohibicion.

--No obstante, mamita, le respondió Mercedes estrechándola, no me atrevo

a salir sola, ni quiero rebajarme a preguntar a ese hombre si puedo

salir. Acompáñeme su merced. ¡Haga este sacrificio por su hija

desgraciada!

Mercedes se inclinó llorando sobre el seno de su madre. Esta la besó en

la cabeza i le dijo:

--Cálmate. Iremos al anochecer.

--Al cabo Dios tocó tu corazon empedernido, esclamó el albino,

levantándose de la mesa, donde los tres habian hecho su comida.

Mercedes estaba ya mas familiarizada con la idea de la muerte de su

querido. Habia pagado el primer tributo de angustias i de desesperacion

que produce la separacion eterna de un ser amado; le quedaba aquel dolor

que es tanto mas sereno miéntras mas profundo, en el cual suele cebarse

el corazon. Por eso anhelaba conocer los detalles de la muerte de Alejo.

La curiosidad la molestaba cada dia mas, desde que su marido habia

dejado de dar los tres golpes en su puerta para decirle en seguida una

frase de consuelo, que ella recibia como un sarcasmo.

Al anochecer de aquel dia, bajaban lentamente por la vereda del sud de

la calle de la Merced dos mujeres de luto, con lijeras i angostas

mantillas sobre la cabeza que cubrian los perfiles de sus rostros.

Las chilenas no acostumbraban entónces vestirse de monjas, con anchos

mantos, para asistir al templo.

De trecho en trecho se paraban a descansar. Una de ellas, que era la

madre de Mercedes, se apoyaba en ésta, i se sentaba si el sitio ofrecia

un asiento.

Al entrar en la cuadra de la Merced, ambas afirmaron su marcha. Mercedes

se sintió fuertemente conmovida al oir el piano de la casa del doctor,

cuyos acordes en ese instante parecian estar en la calle, porque estaban

todas las puertas abiertas. Las ventanas del estudio estaban de par en

par, i adentro conversaba en alta voz el anciano con varios amigos. ¡Qué

contraste para el pobre corazon de aquella hermosa!

Mercedes no sabia cómo hacer. ¿Entraria en la casa? ¿Llamaria para tomar

informes del primero que saliera? ¿Pasaria de largo, perdiendo el objeto

de su escursion?...

Pero al enfrentar a la puerta, el doctor jóven salia i se encontró

frente a frente de Mercedes. Esta tuvo valor i le detuvo.

--Por favor, señor, le dijo, ¿podria usted oirme una palabra?

El jóven vaciló un momento. Mas al reconocerla, esclamó:

--¡Oh qué fortuna! Desde hoi tengo una carta para usted, señorita, i me

proponia hacerla llegar a sus manos esta noche misma. Me encaminaba a

buscar su casa.

--¡Una carta! repitió Mercedes.

--Sí, de Alejo, que me escribe por primera vez, desde que nos separamos.

Mercedes sintió paralizarse la sangre de sus venas. No comprendió nada i

se quedó mirando estupefacta al jóven.

--¿No oyes? la dijo la señora sacudiéndola: ¡una carta de Alejo!

--Sí, de Alejo, continuó el jóven, que está de carnaval en Rancagua, en

donde ha asistido a dos bailes de máscaras. Su familia vino con él a

pasar allí los últimos dias, despues de haber estado un mes en la

hacienda donde yo lo dejé ya sano.

--¡Sano! repitió Mercedes conservando la carta en la mano con la misma

actitud en que la habia recibido.

--¿No lo crees? ¡Qué niña! esclamó la señora sacudiéndola del brazo otra

vez.

--¡Oh! Su sanidad quedó asegurada al otro dia de la terrible operacion,

prosiguió el jóven. Luego creimos conveniente sacarlo al campo, e

hicimos con la familia el viaje en carreta. Yo no me vine sino cuando ya

lo dejé paseando a caballo. El me encargó que la visitara a usted, i me

confieso reo de la falta. Pero entre tanto pasaremos adentro. No se diga

que yo las recibo a ustedes en la calle.

--No, gracias, contestó la señora, es imposible...

La despedida fué cariñosa, ménos de parte de Mercedes, que apénas tuvo

alientos para dar las buenas noches.

Ambas volvieron sobre su camino. Mercedes anhelante, ahogada en suspiros

i lágrimas, arrastraba mas bien que conducia a su madre.

--¡Vive! esclamaba a veces. ¡Alejo vive! ¡Dios mio! i estrechaba a su

corazon la carta i la besaba con efusion.

--Sí, añadia la señora, vive. Dios es justo. Ya lo decia yo; ese jóven

no podia morir.

La mañana siguiente era espléndida. Una lijera tormenta de verano la

habia refrescado i las auras jugueteaban sin rumbo.

Los balcones de Mercedes estaban abiertos.

Ella vestia de blanco i tenia todo su negro i joyante cabello estendido

sobre las espaldas. Un lijero tinte violado en sus párpados, resto de su

agudo pesar, formaba contraste con la alegría que se irradiaba de su

bello semblante.

Eran las diez de la mañana i a esas horas todavía leia Mercedes, por

milésima i una vez, las siguientes líneas:

* * * * *

«¿Qué es de tí, hermana querida, mi Mercedes, mi amiga idolatrada? ¿Por

qué no me has escrito?»

»¿Sabes por qué no lo habia hecho yo ántes de ahora? Porque estaba en

una hacienda, donde ademas de no conocerse el papel, ni mas plumas que

las de las aves del corral, no me dejaban hacer otra cosa que pasear i

aburrirme.

»La última noticia que tuve de tí, era que habias sido arrebatada del

patio del doctor, una noche, por un fantasma que te arrastró por los

aires, despidiendo raudales de chispas.

»Todos los dias hacia yo repetir esta conseja a mi sirvienta, testigo de

vista. Su seriedad nos hacia reir, pero su fé solia ser contajiosa, pues

mi madre i la señora del doctor no se reian en ocasiones.

»Al tiempo de mi partida, dejé encargo de que te avisaran, dándote mi

direccion para que me escribieras. Por eso es que no he podido

esplicarme tu silencio.

»¿Te diré que pensaba i pienso en tí a toda hora, i que mi alma te

pertenece aun en sueños? Si así no hubiera sido, no habria yo

convalecido. Queria vivir para tí. Queria sanar para tí. ¿Tengo yo otro

halago en la vida?

»Me parece que te oigo a cada momento, i a menudo, aun estando

profundamente pensativo, me sobresalto, porque siento que tú murmuras mi

nombre a mi oido. ¡Te amo tanto Mercedes!

»Pero no. No tengo para qué escribirte una carta de amor.

»Ni sé hacerlo, ni tú necesitas que lo haga.

»He tomado la pluma para notificarte que estoi bueno i próximo a

trasladarme a Santiago. Pero no ya para vivir cerca de tí. Sigo a mi

familia a otra casa.

»¿Mas me será posible verte, como ántes?

»Se me olvidaba esto, que es lo que me preocupa, i lo que mas necesito

comunicarte.

»Estoi lleno de sobresalto, desde que recibí la carta que te incluyo. Es

de tu marido i te aseguro que me da miedo. Ya te he dicho otras veces

que el único hombre que me ha inspirado terror en mi vida es él. Hará

conmigo lo que promete?

»Mira, mi adorada Mercedes, tú debes creerme que por tí moriria con

placer. Mas despues de haber sacrificado mi corazon por honrarte i ser

digno de tí, ¿es posible arriesgar la vida para deshonrarte i perderte?

»No sé qué hacer. No hallo otro arbitrio que entenderme con él i

exijirle que fíe en mi probidad, i me permita verte. No me siento capaz

de adoptar un plan para burlar su vijilancia, porque desde que nuestra

amistad fuera furtiva, declinaria, i mi Mercedes dejaria de ser mi

ánjel.

»Seria necesario que yo te amara ménos, para prostituirte. ¿I podria yo

arrancar del trono de mi corazon, para arrastrar en el fango, al sér que

mas venero, a la mujer que mas amo, a esa alta intelijencia que ha

abierto los horizontes de mi espíritu, que ha educado mi corazon, que me

ha hecho lo que soi?...

»Necesito de tí. Ya lo ves. Principié alegre esta carta, i ahora me

siento abrumado de pena, de incertidumbre. La luz de alegría que me

iluminaba al saludarte, se ha convertido en tinieblas. Se me ha cerrado

el mundo. ¿No lo ves? Necesito de tí.

»¿Cuándo hablaremos? Te buscaré el siguiente dia de mi llegada, el

primero del entrante, a las tres de la tarde. ¿Oyes? Creo que a esa hora

podremos estar solos. Hablaremos. Definiremos nuestro porvenir.

»Adios, hasta entónces. Te abrazo desde este momento. Entónces te dará

un beso tu

_Alejo_.»

* * * * *

¡Alma de oro! esclamó Mercedes. ¿Hai álguien mas noble en el mundo? ¿Ni

mas inocente, ni mas puro? ¡No, ídolo mio, no serás tú el sacrificado!

¡Antes que esa fiera te toque, yo la enfrenaré!... ¡La haré caer a mis

piés!

¿Es esto posible? ¿que se haya atrevido este infame a escribir esa carta

al que por defender mi honor, el de él, ¡del infame! ¿hubo de perder la

vida? ¡Alma de cieno!... ¡Oh cuánta es mi desgracia!...

I Mercedes estrujaba la carta de Ramiro a Alejo; i despues la estendia i

la releia con una risa sarcástica en su graciosa boca:

«Señor D. Alejo.

»Mui señor mio i mi dueño:

»Como usted ya está bueno, segun se me asegura, creo de mi deber

advertirle que en llegando a ésta, será usted perseguido por aquel

asesino del café. Si usted quiere salvarse, es necesario que le desafíe

ántes i tenga seguro que le admite.

»En tal caso, yo reclamo su lado, pues ningun otro que yo debe ser su

padrino. Mas ántes es preciso que usted reciba algunas lecciones. Yo sé

estocadas que nadie conoce, i puedo adiestrarle a usted en dos horas.

»Con esto pago a usted mi deuda, i a fuer de caballero leal, debo

declararle que allí terminarian nuestras relaciones.

»Conozco sus amores con mi esposa, i no está en mi dignidad tolerarlos.

Espero que usted será bastante caballero para no ponerme en el caso de

probarle que tengo un pulso mas certero que el de aquel tunante. Que no

le vea a usted, por Dios, en mi casa, ni cerca, pues no quisiera cumplir

el juramento que le hago, de cortar con el acero los amores que usted,

si es honrado, debe cortar voluntariamente. Soi de usted

_Ramiro_.»

¡Los amores!--¡Mi esposa!--¡A fuer de caballero leal! repitió Mercedes

sonriendo.

I en efecto, la carta está calculada para inspirar terror a un niño como

Alejo. ¿Niño? Nó. Es un hombre. Es valiente. Pero es mas que todo

caballero i honrado. Sí, ¡es necesario salvarlo del tigre! Lo salvaré.

No debo pagarle su amor, su jenerosidad, su defensa de mi honor con

esponerlo a ser... ¡Ah! ¡Sí, Dios mio! ¡A ser asesinado! ¡A mis plantas!

¡Por mí!...

Nó. Valor. Soi yo quien debo sacrificarme. Sí, me sacrificaré. Salvaré a

mi hermano, a mi querido Alejo. Es fácil. Lo veré ... sí, una sola vez.

Me despediré de él para siempre!...

Mercedes lloró. Mas tranquila despues, se levantó casi contenta.

Qué ¿no podré yo amarlo, sin tenerlo a mi lado? ¿No podré adorarlo desde

léjos? Oh, sí: lo amaré siempre. Sabré de él. Sus triunfos serán mi

alegría. Lo buscaré, lo miraré a la distancia. Lo adoraré i no lo

perderé...

Mercedes dejó las cartas i pasó a su tocador; al mirarse en el espejo

esclamó:

¡Oh! sí. Entónces se criaban hijas bonitas para darlas al primer mastin

que las apetecia. ¡Qué tiempos! ¡I hai mujeres casadas a la antigua

española que son felices! ¡Almas de cántaro!... ¡Ya se vé, no les habrá

tocado un taco de billar por marido! ¿Qué un taco? ¡Un asesino!...

Calló i se estremeció.

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 96 / 113 题