¿Quién no conoce esas horas de dolor, en las cuales no se vive, ni se
muere? Todos los instintos se apagan, el alma no tiene mas que una sola
idea, si tiene alguna.
Una especie de vapor envuelve nuestro sér, una noche tenebrosa, en la
cual no reluce mas que una sola estrella, la del dolor.
El tiempo pasa lento i pesado; pero el corazon no lo siente, i aun lo
halla corto para su pesar.
Así habia pasado aquel dia infausto para Mercedes, i las sombras de la
noche habian oscurecido su salon, sin que ella lo notase.
Mas de repente un prolongado silbido la despierta i sobresalta. Fija su
oido, i terminado el silbo, cantaba el sereno del barrio:
«¡Ave María purísima! ¡Las diez han _dao i nublaaaao_!»
Mercedes salta de su sillon i en pocos momentos mas, penetraba en
puntillas en la casa del doctor Moran.
Todo estaba en silencio i a oscuras. Pero en la puerta del aposento que
conducia al de Alejo, a un lado habia un brasero encendido con tetera
encima de las brasas, i al otro lado una mujer sentada en una silleta
pequeña.
Mercedes se acercó lentamente, la mujer se levantó, i respondió a sus
preguntas, noticiándola de que el enfermo estaba malo, i que solamente
entraban a su cuarto la madre i el doctor jóven, que no se separaban del
lecho.
Mercedes rogó a la mujer que le permitiera estar con ella i ayudarla a
trasnochar.
La mujer le cedió su sillita de paja i se sentó a su lado en el suelo.
El silencio era profundo. La noche estaba borrascosa i el calor
sofocante. A menudo relampagueaba, i la luz eléctrica iluminaba aquellos
dos bultos negros.
La mujer, como acabando de rezar, se santiguó, i suspirando dijo por lo
bajo:
--La noche está de muerte.
Mercedes se estremeció i preguntó:
--¿Cree usted que morirá Alejo?
--Así dicen, señorita, i tendremos otra ánima que pene en esta casa,
ademas de las muchas que ya hai.
--¿Aquí hai ánimas que penan?
--¡Ah! no se puede figurar su merced cómo nos tienen; pero el patron no
crée, i cada vez que la señora le cuenta alguna mano, se echa a reir i
nos trata de tontas i majaderas. Yo creo que este caballerito enfermo se
va a morir, porque desde que está aquí, entran hasta de la calle las
ánimas.
--¡Cómo es eso! replicó con viveza Mercedes.
--Sí, señorita. Nunca se habia visto lo que ahora. Algunas noches se
aparece aquí en el patio, sin saber cómo, una fantasma que pregunta por
el enfermo i se desaparece. Nadie sabe quién es, ni se le puede ver la
cara.
--¿Vendrá esta noche?
--Puede ser, porque hace dos o tres noches que se aparece. Vea,
señorita, hablando del rei de Roma: allí la tiene en el zaguan. ¡Madre
mia del Cármen, favoréceme! ¡Jesus, Jesus!...
Un hombre alto, mui alto i seco, acechaba desde el zaguan i los primeros
rayos de la luna que entraban por la puerta de la calle dibujaban su
sombra.
Luego, paso a paso se acercó a las dos mujeres i en voz mui baja
preguntó:--¿Cómo está el jóven?
La cuidadora, haciendo la cruz con una mano i tapándose los ojos con la
otra, le respondió:
--No pasa de esta noche.
El fantasma quedó inmóvil i medio inclinado hácia las mujeres. Mercedes
se cubrió con su mantilla.
Momentos despues, el fantasma estiró su largo brazo i asiendo del puño a
Mercedes, la levantó i arrastró con él a la calle, diciéndole:
--¡Tú no debes estar aquí, imprudente!
La luna menguante se elevaba sobre los Andes entre nubes negras, cuyos
bordes teñia de ópalo i zafiro, e iluminaba la vereda del sur de la
calle de la Merced.
--Vamos a la sombra, dijo Ramiro, sin soltar el puño de Mercedes, que
temblaba de coraje.
--¡Me persigues hasta en mi dolor, hombre siniestro! dijo Mercedes casi
llorando.
--No, cálmate, Mercedes. Comprende. Piénsalo bien. ¿No basta que yo sea
el órgano de tu gratitud?
--¿Mi gratitud? ¡Quieres decir de mi amor! ¿Tú el órgano de mi amor?...
--Espera. Sé que amas a ese muchacho; pero ¿puede convenirte a tí ni a
mí que el mundo crea que él ha hecho eso porque es tu amante? ¡Qué
gracia tendria entónces! Por el contrario, nadie sabe que te conozca, i
todos creen que ha obrado de puro noble i valiente. Precisamente por eso
paso siempre a informarme de su salud i hoi he estado al morirme de
cólera, al saber que tú habias venido.
Mercedes calló. No entendia ni una palabra de este lenguaje, i pensó un
momento que su marido estaba loco. Pero a medida que éste insistia en
persuadirla de que no debia ver a Alejo, comprendió que habia algo de
mui grave, que ella no conocia i se interesó en la conversacion de
Ramiro.
Cuando llegaron a la casa, ya Mercedes estaba instruida de la aventura
del café, i su corazon latia con violencia.
El español entró a su aposento, diciéndole con toda la dulzura de una
fiera:
--Prométeme, mujer, no ir otra vez a casa del enfermo. Yo te traeré
noticias de él...
--¡No puedo! Me moriria si no fuera a verlo siquiera una vez al dia...
--Pues, ¡muérete! No irás, yo cargaré la llave de la puerta, dijo
Ramiro, cerrando con ímpetu la de la alcoba.
Todo quedó en silencio en la habitacion. A lo léjos se oia el triple i
sonoro tañido de la campana de las Capuchinas, que llamaba a los
maitines de la media noche.
Mercedes sintió la necesidad de Dios, i cayó de rodillas a pedirle
favor, a rogar por la vida de su amigo.