Ramiro, constante parroquiano del café, conoció aquella aventura a las
pocas horas, pero guardó silencio.
Mercedes, ignorante de lo sucedido, comenzó a inquietarse de la ausencia
de Alejo, cuando pasó sin verle tres dias. ¿Es posible, decia ella, que
haya salido de vacaciones mi Alejo sin despedirse? ¿A dónde se ha ido?
En la semana anterior todo fué ocuparse de sus exámenes, pero llegaba
aquí por momentos a noticiarme sus triunfos. El dia en que dió su exámen
final en público i a presencia del presidente i los ministros, vino a
descansar en mis faldas. Desde entónces no le he visto a derechas. Ahora
ha desaparecido. ¿Habrá mandado por él su familia sin dejarle tiempo de
venir?
Tales conjeturas quitaban a Mercedes su tranquilidad, su sueño. Los dias
corrian, i ella no tenia noticias de su querido. Al fin arriesgó un
billetito primorosamente escrito i doblado con amor; pero se lo
devolvieron con la respuesta de que Alejo no estaba en casa. Le fué
imposible resistir mas: bajó su escalera, i corrió a la casa vecina, en
la cual no tenia relaciones. Entró temblando de amor, de dudas, de
vergüenza, i se quedó estática, desvanecida, cuando supo que Alejo tenia
la escarlatina i que estaba asistido con esmero paternal en casa del
doctor Moran.
Sin ser dueña de sí misma, Mercedes salió de allí, i a poco despertó en
los umbrales de una casa situada a las espaldas del templo de la Merced,
donde era recibida con esquisita urbanidad i conducida al lecho de
Alejo.
El momento fué solemne. Ambos se abrazaron en silencio, i pasados
algunos minutos, Mercedes se desplomó en la silla de la cabecera
sollozando. Los circunstantes guardaron silencio respetuoso, pues
conocedores de la aventura del café, respetaban aquellas lágrimas, que
juzgaron derramadas por la gratitud, no por el amor.
Alejo se habia desmayado. La fiebre le devoraba, la inflamacion de su
herida era mortal. Los médicos estaban en junta, el doctor Moran
sostenia que debia abrirse de nuevo la herida i prolongarse, so pena de
perder al enfermo; i agregaba que si su hijo hubiera hecho aquello desde
el principio, el jóven estaria ya sano.
--¡Lo salvaremos, padre mio, lo salvaremos! repetia el hijo; pero los
demas doctores opinaban que la operacion, aunque indispensable, era
sumamente peligrosa. Sin embargo, el anciano Moran no desmayaba. Con el
ascendiente que le daban su talento, su lenguaje enfático i persuasivo,
sus ojos vivaces i espresivos, su cabeza de nieve que formaba contraste
con el color moreno de su semblante, dominó a la junta e hizo adoptar su
parecer.
Todos los doctores llegaron al lecho del enfermo, cuando él habia vuelto
de su desmayo i cambiaba algunas palabras con su madre, una señora jóven
i hermosa, i con Mercedes, cuya belleza se realzaba con el dolor. El
doctor Moran principió por hacer salir a la primera i a los demas
circunstantes, pero Mercedes persistió en permanecer al lado de su
amigo, i éste lo exijió tambien, diciendo que estaba dispuesto al
trance.
Hechos los preparativos, el viejo doctor esclamó con voz acentuada:
«Nunc opus, Eneas! Nunc pectore firmo.»
--Eso me sobra, replicó Alejo. Tengo mucha voluntad de vivir; i tendió a
Mercedes su mano derecha con una sonrisa encantadora.
Mercedes estrechó aquella mano de fuego con efusion, i al sentir el
rasgo de la horrible cuchilla, dada con mano firme por el anciano,
reclinó su frente sobre la de su querido, i casi selló sus lábios con su
boca de rosas.
Alejo no habia hecho mas que suspirar, pero de nuevo se habia desmayado.
Mercedes cayó de rodillas i sin color.
El doctor Moran la alzó con dulzura, i la condujo afuera, persuadiéndola
con amabilidad de que debia retirarse.
Mercedes se encontró sola en el patio. Todas las puertas estaban
cerradas, i no se atrevió a tocar a ninguna. Una hora pasó allí
enjugando sus lágrimas, hasta que salieron los médicos de la junta a
montar a caballo para retirarse.
--¿Vive? preguntó temblando al mas anciano.
¡Todavía! le respondió éste, agregando que nada se podia asegurar hasta
que pasaran veinticuatro horas; pero que era necesario mucho silencio i
que nadie se acercase al lecho del moribundo...
Mercedes salió desolada tras de los médicos a la calle. El sol
reverberaba en las dos aceras. Todo estaba solo. No se oian mas que los
galopes de los doctores que se retiraban por diferentes rumbos.
Cuando llegó a su casa, el postigo de la puerta de calle estaba
entornado. Subió a su aposento i se echó en su sillon, sin sentido i
agobiada de calor i de fatiga.