IX.

Era que Alejo tenia el pudor del niño, i mas que todo se estimaba

demasiado para arriesgarse a pasar por importuno. Su eclipse no era

efecto de un cálculo de enamorado. Nadie sufria mas que él, eclipsándose

en aquellas circunstancias; pero tuvo bastante fuerza para no hacerse

sentir de Mercedes, i hasta para no pasar por su balcon en esos dias,

sin embargo de que de noche no apartaba su vista de la luz que alumbraba

la estancia de Mercedes, hasta que las vidrieras de la ventana dejaban

de reflejarla.

No sabia a qué horas debia hacer su segunda visita, i esta fué una

cuestion que le preocupó tanto, que por resolverla no estudiaba ni

atendia a las esplicaciones de su profesor. Al fin se decidió por las

horas del medio dia, i se acercó una vez temblando a tocar la puerta de

calle.

La muchacha le abrió, i en cuanto le reconoció le dijo:

--Suba arriba, señor, que mi amita Mercedes me ha mandado que le diga

que allá lo recibe.

La sangre de Alejo estaba paralizada. Un vértigo le turbaba la cabeza i

la vista. Al subir la escalera dió unos cuantos tropezones con paso

pesado, de modo que Mercedes se perturbó, i arrojando el libro que tenia

en las manos, se levantó murmurando esta frase:--«¡Ramiro a estas

horas!» i corrió a encerrarse en su alcoba, donde se puso en acecho.

Al entrar a la estancia, Alejo respiró, ensanchando sus pulmones con

aquel ambiente embalsamado que se respira en el hogar de una mujer

bonita i elegante. Se apretó los ojos, casi los enjugó, volvió en sí, i

no viendo a nadie, se apoyó en el sillon de Mercedes. Levantó un pañuelo

que habia caido, lo acercó dulcemente a sus lábios, respiró su aroma i

quedó extasiado. El pañuelo se le desprendió i volvió a caer en el

momento de aparecer Mercedes, radiante i llena de contento, en la puerta

de su dormitorio, saludándole con toda la espansion de una mujer que

comprende que es adorada.

--¡Qué mal cumple usted! dijo Mercedes tomando su asiento i señalando

otro a Alejo. ¿Ahora no mas se acuerda usted de que me prometió ser mi

lector?

--No he tenido tiempo, murmuró Alejo avergonzado.

--¡Hola! ¿Le falta a usted el tiempo para mí? I de noche, ¿qué hace

usted?

--Señorita, dijo Alejo con viveza, no sé disimular, no soi para rodeos.

No he venido de...

--De cortedad, acabó Mercedes.

--Algo mas, de vergüenza, de miedo talvez.

--¡Miedo! ¿A qué, a quién? preguntó Mercedes un poco sobrecojida.

--No lo sé. Es lo cierto que no deseo otra cosa que venir aquí, i sin

embargo no puedo. Hai algo que no me esplico i que corta a cada

instante mi determinacion.

--¡La falta de costumbre! Es que todavía no sabe usted visitar, no sabe

usted tener amistades, exclamó riéndose Mercedes; pero, observando que

Alejo se avergonzaba, agregó: ¿quiere usted que yo sea su maestra? Venga

aquí como a su casa, i le aseguro que en mui breve tiempo se

acostumbrará usted al trato de señoras. Yo no soi de sociedad, no tengo

mundo; pero al fin soi diferente de sus condiscípulos, únicas personas a

quienes usted trata; i quizas, quizas podré acertar a iniciar a usted en

el trato con las damas. Seria una dicha para mí que usted mas adelante,

cuando sea un jóven notable en los estrados, se acordase de que una

pobre ermitaña como yo le dió las primeras lecciones.

Esto, dicho con candor i amabilidad, cayó sobre el espíritu de Alejo

como el riego sobre una flor marchita a las horas en que el sol se pone.

Su cabeza se irguió, se estremeció de vida i de placer, sus ojos se

purificaron, i su voz i sus palabras brotaron entónces seguras i

sonoras.

Alejo tuvo confianza. Replicó a las ofertas de Mercedes con gracia i

desenvoltura; pero calló, quedó meditabundo i sério. Una idea le habia

asaltado. «¿Puedo yo ofender con mi amor a una mujer tan noble, tan

buena, tan afectuosa conmigo, siendo esta mujer la esposa de otro?»

--¿Qué tiene usted? le dijo Mercedes; parece que piensa usted en la

ruina del mundo.

--Talvez pienso en lo que lo arruina, replicó Alejo.

--¿En el odio, en las venganzas, en los crímenes de la ambicion, de la

codicia, de la ingratitud?

--¡En los de la traicion! agregó con énfasis el estudiante, i Mercedes

palideció.

--¿Cuándo se hace traicion? esclamó Mercedes serenándose.

--Cuando se falta a la fé jurada, cuando se promete para no cumplir,

cuando se finje para engañar, contestó Alejo.

--¿I si jura usted o promete sin saber lo que hace, por obedecer?

--Yo distinguiria. Cuando se jura o promete sin saber lo que se hace, yo

absolveria la falta. Pero cuando se jura o promete por obedecer, porque

obedeciendo sacamos algun provecho, entónces queda ligada nuestra

voluntad i no podemos faltar sin hacer traicion.

--¡Qué severo es usted, Alejo!

--Mas yo he salido de mi cuestion. No hablaba de esa especie de

traicion. Me referia a la que se hace engañando. ¿Le parece a usted,

Mercedes, que uno seria inculpable, finjiendo amistad para conseguir la

satisfaccion de otra pasion, como la de la codicia, por ejemplo?

--¡Seguramente que no! Pero parece usted un estudiante de moral. Yo

tenia un hermano mui querido que cuando estudiaba moral en el Instituto,

me hacia leer sobre las pasiones el cuaderno impreso por su profesor don

Miguel Varas, i allí se hablaba de la amistad como usted me está

hablando.

--Justamente. Ese es mi estudio ahora. ¿Pero no cree usted que mi

observacion es justa?

--A no dudarlo, Alejo. Mas ¿quiere usted decirme cómo es que usted ha

saltado tan alto, para salir de una conversacion tan llana como la que

teníamos?

--¡Qué quiere usted! no sé hablar de otra cosa que de lo que tengo entre

manos. I como usted me brindaba tan sinceramente su amistad, no estrañe

que al jurar acá en mi pecho ser su verdadero amigo, haya yo remontado

el vuelo hasta hablar de las traiciones que pueden hacerse a un

juramento.

--¿Luego usted estaba jurándome amistad entre sí?

--No, precisamente. Estoi dudoso. No me atrevo todavía a hacerle a usted

ese juramento.

--¿Es posible, Alejo? ¿No se atreve usted a ser mi amigo?

--¡Ah! No diga usted eso, Mercedes, no sé lo que seré para usted. Seré

un esclavo. No mas por ahora. No me pregunte ni me exija mas. No sabria

qué responder, qué hacer. ¡Hablemos de otra cosa!...

Mercedes, disimulando un suspiro con una risa de encantadora gracia,

tomó el libro que estaba en su costurero, i hojeándolo dijo:

--«Sampreerá a Julia.» Vaya, mi esclavo, mi favorito esclavo blanco, lea

usted ahí...

Alejo leyó con amor i dulzura una carta de la _Julia_ de Rousseau,

miéntras Mercedes plegaba unos encajes, dándole furtivas miradas, i

revelando a cada paso las impresiones i observaciones que le sujeria la

lectura.

Al acabar la carta, Alejo esclamó:

--¿Se podrá engañar así a una niña inocente i pura? ¿No es esto hacer

traicion?

--El hombre que seduce por darse el placer de una conquista, dijo

Mercedes, es simplemente un infame, algo mas que un traidor. El que ama

de veras, el que en amores no hace el oficio del cazador, acechando la

tórtola para dispararle, es otra cosa...

--I el que ama sabiendo que no debe amar, que no puede amar, llega a ser

tan infame como el que finje amor para seducir, agregó Alejo.

--¿Pero se puede vencer un amor verdadero por la sola consideracion del

deber? preguntó Mercedes.

--Ahí está la virtud, la fuerza de espíritu para vencer al corazon, para

sofocar los afectos estraviados.

--¡Bella teoría! ¡Pero cuán difícil en la práctica! Yo creo que nadie es

mas filósofo que el amor, Alejo, para argüir i contestar las razones del

deber.

--No lo he experimentado. Talvez eso depende de la fuerza moral de cada

cual, de las circunstancias de cada caso. Yo no sé qué hacer. No sabria

qué hacer si amara a una mujer que no fuese libre para corresponderme...

--A una mujer casada. Yo, por ejemplo. ¿No es esto?

--Sí, por ejemplo. Si yo la estimara i la respetara como la estimo a

usted i la respeto, no me atreveria a amarla. Tendria fuerza para no

amarla.

--¡Solo por estimacion, no por respeto al matrimonio! ¿Es así?

--Mercedes, el matrimonio es un pacto, un compromiso de lealtad entre

los esposos, con el cual nada tienen que ver los estraños, sobre todo si

no deben amistad al marido.

--¿Eso le enseña a usted su profesor de filosofía? ¡Jesus! qué teorías!

--No precisamente. Es lo que discurro.

--¡De modo que si usted no estimase a la esposa, ni tuviese amistad con

el marido, se permitiria amarla!

--Creo que no podria amarla sin estimarla. Desde que la amara de veras

la estimaria, i huiria de hacerla faltar a su deber. Pero si mi amor

fuera pura galantería, talvez procederia de otro modo.

--Parece que usted ha pensado mucho sobre el asunto. ¡Tiene ideas tan

fijas!

--Lo he pensado, i he tenido gran interes en pensarlo.

--¿I se ha puesto usted en el caso de un matrimonio descompuesto, que

exista solo en el nombre?

--Seria inútil. Estimando i respetando a la mujer a quien se ama, la

situacion es igual, porque tanto vale hacerla faltar a su esposo, como

hacerla faltar a la sociedad.

--Le repito a usted que es mui severo, Alejo.

--Talvez de palabras. No sé si podré practicar mis ideas.

--Justamente ese es un punto que discutí muchas veces con mi pobre

hermano. El tenia convicciones fijas. Salido al mundo, se echó de lleno

en la gran política. No le veíamos en casa sino al levantarse. Algunas

mañanas estaba profundamente triste.--¡Cómo tiene uno que modificar sus

ideas en el mundo! me decia; no te puedes imajinar, Mercedes, cuánto

tengo que sufrir. Casi nadie piensa como yo; a cada paso tengo que hacer

cosas que no apruebo.--Eso solo prueba tu debilidad, le replicaba yo.

Sometes tus convicciones al interes de los demas, en lugar de

convencerlos.--Pero no es posible vivir con los demas, me decia él, sin

cederles, sin seguir la corriente.--Eso harán los egoístas, los

especuladores, objetaba yo; un hombre de carácter puede condescender,

puede sacrificarse, pero en sus conveniencias, mas no en sus ideas: es

preciso hacer lo que se dice i decir lo que se hace.

Alejo escuchaba con admiracion aquellas palabras de Mercedes, las cuales

caian una a una estereotipándose en su mente.

Mercedes calló, enjugando una lágrima que le arrancaba el recuerdo de su

querido hermano; i Alejo, sin poder reprimirse, le arrebató una mano i

estampó en ella un ardiente beso.

--¡Sí! dijo, juro practicar siempre mis ideas, i en esto seré, Mercedes,

su fiel discípulo, mas que en aprender el trato de las damas.

--Será usted, Alejo, un desgraciado. El mundo no sufre a los hombres que

tienen ideas propias, i se subleva contra toda superioridad. ¡Testigo

ese pobre muchacho, cuyo recuerdo me hace llorar todos los dias!

--¿A dónde está ahora?

--En el destierro... ¡Talvez para siempre!...

--¡Ah! ¡si yo pudiera reemplazarle! exclamó Alejo con viveza.

--¡Imposible! dijo Mercedes sollozando.

--Sí, imposible es ocupar su lugar en el corazon de usted, Mercedes;

pero no es imposible que yo la ame a usted como él, mas todavía, si un

hermano puede adorar a una hermana...

El horizonte de aquellos dos interlocutores se habia estrechado, se

habia oscurecido. Cuando ámbos volvieron en sí, Alejo estaba de rodillas

inundando de lágrimas las manos i el regazo de Mercedes.

Mercedes le miraba con lánguida sonrisa i con ojos velados por el llanto

i profundamente dulces...

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 89 / 113 题