Era que Alejo tenia el pudor del niño, i mas que todo se estimaba
demasiado para arriesgarse a pasar por importuno. Su eclipse no era
efecto de un cálculo de enamorado. Nadie sufria mas que él, eclipsándose
en aquellas circunstancias; pero tuvo bastante fuerza para no hacerse
sentir de Mercedes, i hasta para no pasar por su balcon en esos dias,
sin embargo de que de noche no apartaba su vista de la luz que alumbraba
la estancia de Mercedes, hasta que las vidrieras de la ventana dejaban
de reflejarla.
No sabia a qué horas debia hacer su segunda visita, i esta fué una
cuestion que le preocupó tanto, que por resolverla no estudiaba ni
atendia a las esplicaciones de su profesor. Al fin se decidió por las
horas del medio dia, i se acercó una vez temblando a tocar la puerta de
calle.
La muchacha le abrió, i en cuanto le reconoció le dijo:
--Suba arriba, señor, que mi amita Mercedes me ha mandado que le diga
que allá lo recibe.
La sangre de Alejo estaba paralizada. Un vértigo le turbaba la cabeza i
la vista. Al subir la escalera dió unos cuantos tropezones con paso
pesado, de modo que Mercedes se perturbó, i arrojando el libro que tenia
en las manos, se levantó murmurando esta frase:--«¡Ramiro a estas
horas!» i corrió a encerrarse en su alcoba, donde se puso en acecho.
Al entrar a la estancia, Alejo respiró, ensanchando sus pulmones con
aquel ambiente embalsamado que se respira en el hogar de una mujer
bonita i elegante. Se apretó los ojos, casi los enjugó, volvió en sí, i
no viendo a nadie, se apoyó en el sillon de Mercedes. Levantó un pañuelo
que habia caido, lo acercó dulcemente a sus lábios, respiró su aroma i
quedó extasiado. El pañuelo se le desprendió i volvió a caer en el
momento de aparecer Mercedes, radiante i llena de contento, en la puerta
de su dormitorio, saludándole con toda la espansion de una mujer que
comprende que es adorada.
--¡Qué mal cumple usted! dijo Mercedes tomando su asiento i señalando
otro a Alejo. ¿Ahora no mas se acuerda usted de que me prometió ser mi
lector?
--No he tenido tiempo, murmuró Alejo avergonzado.
--¡Hola! ¿Le falta a usted el tiempo para mí? I de noche, ¿qué hace
usted?
--Señorita, dijo Alejo con viveza, no sé disimular, no soi para rodeos.
No he venido de...
--De cortedad, acabó Mercedes.
--Algo mas, de vergüenza, de miedo talvez.
--¡Miedo! ¿A qué, a quién? preguntó Mercedes un poco sobrecojida.
--No lo sé. Es lo cierto que no deseo otra cosa que venir aquí, i sin
embargo no puedo. Hai algo que no me esplico i que corta a cada
instante mi determinacion.
--¡La falta de costumbre! Es que todavía no sabe usted visitar, no sabe
usted tener amistades, exclamó riéndose Mercedes; pero, observando que
Alejo se avergonzaba, agregó: ¿quiere usted que yo sea su maestra? Venga
aquí como a su casa, i le aseguro que en mui breve tiempo se
acostumbrará usted al trato de señoras. Yo no soi de sociedad, no tengo
mundo; pero al fin soi diferente de sus condiscípulos, únicas personas a
quienes usted trata; i quizas, quizas podré acertar a iniciar a usted en
el trato con las damas. Seria una dicha para mí que usted mas adelante,
cuando sea un jóven notable en los estrados, se acordase de que una
pobre ermitaña como yo le dió las primeras lecciones.
Esto, dicho con candor i amabilidad, cayó sobre el espíritu de Alejo
como el riego sobre una flor marchita a las horas en que el sol se pone.
Su cabeza se irguió, se estremeció de vida i de placer, sus ojos se
purificaron, i su voz i sus palabras brotaron entónces seguras i
sonoras.
Alejo tuvo confianza. Replicó a las ofertas de Mercedes con gracia i
desenvoltura; pero calló, quedó meditabundo i sério. Una idea le habia
asaltado. «¿Puedo yo ofender con mi amor a una mujer tan noble, tan
buena, tan afectuosa conmigo, siendo esta mujer la esposa de otro?»
--¿Qué tiene usted? le dijo Mercedes; parece que piensa usted en la
ruina del mundo.
--Talvez pienso en lo que lo arruina, replicó Alejo.
--¿En el odio, en las venganzas, en los crímenes de la ambicion, de la
codicia, de la ingratitud?
--¡En los de la traicion! agregó con énfasis el estudiante, i Mercedes
palideció.
--¿Cuándo se hace traicion? esclamó Mercedes serenándose.
--Cuando se falta a la fé jurada, cuando se promete para no cumplir,
cuando se finje para engañar, contestó Alejo.
--¿I si jura usted o promete sin saber lo que hace, por obedecer?
--Yo distinguiria. Cuando se jura o promete sin saber lo que se hace, yo
absolveria la falta. Pero cuando se jura o promete por obedecer, porque
obedeciendo sacamos algun provecho, entónces queda ligada nuestra
voluntad i no podemos faltar sin hacer traicion.
--¡Qué severo es usted, Alejo!
--Mas yo he salido de mi cuestion. No hablaba de esa especie de
traicion. Me referia a la que se hace engañando. ¿Le parece a usted,
Mercedes, que uno seria inculpable, finjiendo amistad para conseguir la
satisfaccion de otra pasion, como la de la codicia, por ejemplo?
--¡Seguramente que no! Pero parece usted un estudiante de moral. Yo
tenia un hermano mui querido que cuando estudiaba moral en el Instituto,
me hacia leer sobre las pasiones el cuaderno impreso por su profesor don
Miguel Varas, i allí se hablaba de la amistad como usted me está
hablando.
--Justamente. Ese es mi estudio ahora. ¿Pero no cree usted que mi
observacion es justa?
--A no dudarlo, Alejo. Mas ¿quiere usted decirme cómo es que usted ha
saltado tan alto, para salir de una conversacion tan llana como la que
teníamos?
--¡Qué quiere usted! no sé hablar de otra cosa que de lo que tengo entre
manos. I como usted me brindaba tan sinceramente su amistad, no estrañe
que al jurar acá en mi pecho ser su verdadero amigo, haya yo remontado
el vuelo hasta hablar de las traiciones que pueden hacerse a un
juramento.
--¿Luego usted estaba jurándome amistad entre sí?
--No, precisamente. Estoi dudoso. No me atrevo todavía a hacerle a usted
ese juramento.
--¿Es posible, Alejo? ¿No se atreve usted a ser mi amigo?
--¡Ah! No diga usted eso, Mercedes, no sé lo que seré para usted. Seré
un esclavo. No mas por ahora. No me pregunte ni me exija mas. No sabria
qué responder, qué hacer. ¡Hablemos de otra cosa!...
Mercedes, disimulando un suspiro con una risa de encantadora gracia,
tomó el libro que estaba en su costurero, i hojeándolo dijo:
--«Sampreerá a Julia.» Vaya, mi esclavo, mi favorito esclavo blanco, lea
usted ahí...
Alejo leyó con amor i dulzura una carta de la _Julia_ de Rousseau,
miéntras Mercedes plegaba unos encajes, dándole furtivas miradas, i
revelando a cada paso las impresiones i observaciones que le sujeria la
lectura.
Al acabar la carta, Alejo esclamó:
--¿Se podrá engañar así a una niña inocente i pura? ¿No es esto hacer
traicion?
--El hombre que seduce por darse el placer de una conquista, dijo
Mercedes, es simplemente un infame, algo mas que un traidor. El que ama
de veras, el que en amores no hace el oficio del cazador, acechando la
tórtola para dispararle, es otra cosa...
--I el que ama sabiendo que no debe amar, que no puede amar, llega a ser
tan infame como el que finje amor para seducir, agregó Alejo.
--¿Pero se puede vencer un amor verdadero por la sola consideracion del
deber? preguntó Mercedes.
--Ahí está la virtud, la fuerza de espíritu para vencer al corazon, para
sofocar los afectos estraviados.
--¡Bella teoría! ¡Pero cuán difícil en la práctica! Yo creo que nadie es
mas filósofo que el amor, Alejo, para argüir i contestar las razones del
deber.
--No lo he experimentado. Talvez eso depende de la fuerza moral de cada
cual, de las circunstancias de cada caso. Yo no sé qué hacer. No sabria
qué hacer si amara a una mujer que no fuese libre para corresponderme...
--A una mujer casada. Yo, por ejemplo. ¿No es esto?
--Sí, por ejemplo. Si yo la estimara i la respetara como la estimo a
usted i la respeto, no me atreveria a amarla. Tendria fuerza para no
amarla.
--¡Solo por estimacion, no por respeto al matrimonio! ¿Es así?
--Mercedes, el matrimonio es un pacto, un compromiso de lealtad entre
los esposos, con el cual nada tienen que ver los estraños, sobre todo si
no deben amistad al marido.
--¿Eso le enseña a usted su profesor de filosofía? ¡Jesus! qué teorías!
--No precisamente. Es lo que discurro.
--¡De modo que si usted no estimase a la esposa, ni tuviese amistad con
el marido, se permitiria amarla!
--Creo que no podria amarla sin estimarla. Desde que la amara de veras
la estimaria, i huiria de hacerla faltar a su deber. Pero si mi amor
fuera pura galantería, talvez procederia de otro modo.
--Parece que usted ha pensado mucho sobre el asunto. ¡Tiene ideas tan
fijas!
--Lo he pensado, i he tenido gran interes en pensarlo.
--¿I se ha puesto usted en el caso de un matrimonio descompuesto, que
exista solo en el nombre?
--Seria inútil. Estimando i respetando a la mujer a quien se ama, la
situacion es igual, porque tanto vale hacerla faltar a su esposo, como
hacerla faltar a la sociedad.
--Le repito a usted que es mui severo, Alejo.
--Talvez de palabras. No sé si podré practicar mis ideas.
--Justamente ese es un punto que discutí muchas veces con mi pobre
hermano. El tenia convicciones fijas. Salido al mundo, se echó de lleno
en la gran política. No le veíamos en casa sino al levantarse. Algunas
mañanas estaba profundamente triste.--¡Cómo tiene uno que modificar sus
ideas en el mundo! me decia; no te puedes imajinar, Mercedes, cuánto
tengo que sufrir. Casi nadie piensa como yo; a cada paso tengo que hacer
cosas que no apruebo.--Eso solo prueba tu debilidad, le replicaba yo.
Sometes tus convicciones al interes de los demas, en lugar de
convencerlos.--Pero no es posible vivir con los demas, me decia él, sin
cederles, sin seguir la corriente.--Eso harán los egoístas, los
especuladores, objetaba yo; un hombre de carácter puede condescender,
puede sacrificarse, pero en sus conveniencias, mas no en sus ideas: es
preciso hacer lo que se dice i decir lo que se hace.
Alejo escuchaba con admiracion aquellas palabras de Mercedes, las cuales
caian una a una estereotipándose en su mente.
Mercedes calló, enjugando una lágrima que le arrancaba el recuerdo de su
querido hermano; i Alejo, sin poder reprimirse, le arrebató una mano i
estampó en ella un ardiente beso.
--¡Sí! dijo, juro practicar siempre mis ideas, i en esto seré, Mercedes,
su fiel discípulo, mas que en aprender el trato de las damas.
--Será usted, Alejo, un desgraciado. El mundo no sufre a los hombres que
tienen ideas propias, i se subleva contra toda superioridad. ¡Testigo
ese pobre muchacho, cuyo recuerdo me hace llorar todos los dias!
--¿A dónde está ahora?
--En el destierro... ¡Talvez para siempre!...
--¡Ah! ¡si yo pudiera reemplazarle! exclamó Alejo con viveza.
--¡Imposible! dijo Mercedes sollozando.
--Sí, imposible es ocupar su lugar en el corazon de usted, Mercedes;
pero no es imposible que yo la ame a usted como él, mas todavía, si un
hermano puede adorar a una hermana...
El horizonte de aquellos dos interlocutores se habia estrechado, se
habia oscurecido. Cuando ámbos volvieron en sí, Alejo estaba de rodillas
inundando de lágrimas las manos i el regazo de Mercedes.
Mercedes le miraba con lánguida sonrisa i con ojos velados por el llanto
i profundamente dulces...