Sus ojos coronados de crespas i largas pestañas, i algo relevados,
despedian luces a torrentes, i su aire espresivo, su habla viva i dulce
la daban un atractivo tan poderoso, que casi no se podia estar con ella,
sino oyéndola i admirándola.
Vestia entónces traje celeste de anchas i enfaroladas mangas, i de falda
tan alta, que dejaba ver un pequeño pié calzado de zapato de cabritilla
bordada, i su pierna cubierta de una rica media de seda encarnada, sobre
la que cruzaban anchas cintas negras, sujetando el calzado. Una bufanda
de punto, crespa i elástica, de seda rosa i verde, apénas velaba su
ancha escotadura, cayendo desde el cuello a la falda. Su pelo profuso,
negro i sedoso estaba arreglado en gruesos crespos sujetos en peinetas
sobre las sienes, i atras recojido en trenzas al rededor de una peineta
de carei tan ancha como su cabeza i alta, en forma de corona de condesa.
Mercedes no salia de casa, pero diariamente consagraba a su tocador
algunas horas, teniendo a menudo que desnudarse, por la noche, sin que
otros ojos que los suyos hubiesen gozado de su tocado i de su belleza.
Su salita, adornada con ajuar moderno, tenia en un rincon un tálamo
matrimonial de bronce, que parecia poco usado, i al lado una pequeña
alcoba que le servia de dormitorio a ella sola.
Todo estaba allí bien colocado, todo limpio i brillante, i las flores
vivas, cuidadosamente colocadas en ramilletes sobre pequeños floreros,
embalsamaban el ambiente.
Los libros, únicos compañeros de aquella preciosa solitaria, se veian en
las mesas i en las sillas, i uno o dos estaban siempre en el costurero
de caoba, revueltos con cintas i muselinas, con carreteles i
almohadillas.
El marido solia llegar. No era su costumbre; i cuando llegaba a aquella
perfumada estancia, era para dormir la siesta, entre una i dos de la
tarde, o para pasar la noche solo en el tálamo.
Cuando llegaba, Mercedes estaba siempre recojida en su alcoba.
Nunca se veian, cuando mas se oian. ¿Por qué esa incomunicacion? No lo
sabemos.
Lo cierto es que Ramiro, cuando estaba en casa, solo charlaba con la
suegra i el tio, i no subia a dormir la siesta, sino cuando aquellos se
dormian ántes, i no le prestaban una almohada para echarse sobre la
alfombra de la tarima.
Ramiro tuvo noticias de la nueva amistad, i oyó callado i hosco los
elojios que su suegra hizo del vecino. Despues subió a los altos con
pesados pasos, se acercó a una de las mesas de arrimo donde habia
tintero i algunos cuadernillos de papel, tomó la pluma i con buena letra
española trazó esta línea:
«¿Hai otra vez moros en la costa? ¡Cuidado!»
No volvió hasta los cuatro dias a la misma hora, i acercándose a ver lo
que habia escrito, halló debajo, de puño i letra de Mercedes, esta
respuesta:
«El tigre sueña. Tiembla de una paloma. ¡Qué risa!...»
El semblante cetrino del fabricante de tacos se puso anaranjado, i eso
fué lo único que reveló su vergüenza, porque no se movió un solo músculo
de su cara, i sus ojos quedaron firmes i airados como siempre.
Dió la vuelta i se echó a la cama, donde permaneció despierto, pero
inmóvil, por mas de una hora.
Se levantó, se acercó de nuevo a la mesa, volvió a leer, i salió,
sonriéndose i meneando la cabeza.
Ninguno de sus movimientos se habia ocultado a Mercedes.
Durante aquellos cuatro dias, Mercedes, sin embargo, no habia podido
olvidar a la paloma con la cual soñaba el tigre.
Mercedes soñaba tambien con ella, i casi no se habia apartado del
postigo de su ventana, con el libro o la costura en la mano, pero sin
leer una línea, ni dar una puntada.
¿Qué se habria hecho Alejo? No le habia vuelto a ver.