VI.

Eso así, Alejo tenia una costumbre contraria, la de seguir la pista a

Ramiro i al viejo albino, para conocer quiénes eran, de dónde venian i

adónde iban. Diariamente saludaba con gran cortesía al albino,--¡Dios lo

guarde, señor don Miguel!--Pero a Ramiro, no se atrevia ni a mirarle de

frente.

El albino le contestaba cariñosamente, i a fuerza de oirle saludar, ya

le conocia desde léjos cuando le encontraba por la mañana, o le veia, a

pesar de sus ojos de sangre, arrodillado cerca de él en la Merced,

oyendo misa. Siempre que Alejo podia, entraba a la Merced a observar al

viejo, i cuidaba de pasarle la mano mojada en agua bendita, cuando, al

salir del templo, se acercaba don Miguel a la pila.

Un domingo salieron juntos, saludándose como antiguos amigos.

--Parece que llevamos el mismo camino, dijo el viejo.

--Como no, señor don Miguel, le respondió Alejo; si somos vecinos, i yo

lo conozco a usted tanto, i lo quiero de gracia.

--Dios se lo pague, amiguito. Eso prueba buen corazon, i su Divina

Majestad premia siempre a los niños que honran a los pobres viejos

ciegos, como yo.

--No diga usted eso, señor; usted no es un pobre viejo, sino un

caballero de respeto que merece honra i consideracion.

--¡Qué bien hablado el muchacho! Tú no debes ser de estos tiempos,

hijito; pues eres el único de quien oigo tales cosas. Todos los dias me

empujan i me insultan en la iglesia i en la calle. No oigo otra cosa:

allá va la lechuza--quita allá lechuza...

--Vea usted que desvergüenza! Disimule usted, señor don Miguel, no haga

caso de eso.

--¡Oh! si yo les hiciese caso, ya estaria loco, como mis hermanos. Se lo

ofrezco todo a Dios, i paso mi camino; llego a casa i me encierro hasta

el otro dia. De casa a la iglesia, i de la iglesia a casa. Hace muchos

años que no salgo de aquí, ni sé cómo está la ciudad.

--Pero el señor Ramiro sí que anda mucho, ¿Me parece que vive con usted?

--Sí, a veces llega a comer o a dormir. Como es casado con mi sobrina

Mercedes...

--¡Pobre señorita! Tan sola que lo pasa. No se la ve nunca. ¡Parece que

no hubiera mujer en la casa!

--Así es. Ni ella ni su madre se mueven, ni siquiera a misa. O son

judías o locas. Yo no las entiendo. La Mercedes no baja de su cuarto, ni

siquiera a comer. Los domingos suele bajar a saludarnos.

--¿Qué hace sola?

--Se lleva leyendo, i siempre manda buscar papeles, como ese que llevas

en la mano. ¿Qué papel es ese?

--El _Trompeta_, continuacion del _Defensor de los Militares_, señor don

Miguel. Un papel mui bien escrito, que le gustaria mucho a la señorita

Mercedes.

--¿De los militares? ¡Será de los insurjentes! ¿Cómo pueden defender a

esos condenados?

--Nó, señor, no se trata de insurjentes, sino de los caidos, de los

nuestros, que tarde o temprano han de volver...

--Los nuestros no caen, niño de Dios. ¿Qué estás creyendo tú en los

triunfos de los insurjentes? ¡Dios no lo permita! Dios no lo permita,

repetia el albino, abriendo la puerta de calle, i cerrándola despues de

él i de Alejo, que se habia deslizado con él del modo mas natural.

Al entrar en la salita, el viejo fué interrumpido en sus imprecaciones

contra los insurjentes por otra vieja que le preguntaba a quién traia.

Miguel presentó a Alejo, como vecino i antiguo conocido, i la señora

hizo que el jóven se sentara cerca de ella.

La sala era pequeña i tenia una tarima, como de un pié de alto, que

cubria una tercera parte de su ancho, i estaba colocada desde la puerta

de entrada hasta la cabecera de la pieza. Sobre la tarima se estendia

una alfombra de motas de todos colores, mui espesa i blanda, i a la

orilla de la pared corria una hilera de taburetes forrados en baqueta.

Al estremo se sentaba la señora sobre unos cojines de filipichin rojo.

El resto del ajuar eran taburetes de brazo arrimados a la pared, i una

mesa de nogal, de patas arqueadas i talladas, que sustentaba, al arrimo

de la pared, un rico crucifijo de marfil, dos urnas a los lados con la

Vírjen i San Juan, i algunas conchas de perla que servian como de

floreros. Los ladrillos del piso estaban soplados.

El albino arrojó su capa i su sombrero i se sentó en la tarima de medio

lado, afirmando su mano izquierda de plano sobre la alfombra. Una

muchacha de pollera azul le pasó mate i un pan blanco, que el viejo

partió con trémula avidez.

La señora tenia su blanca cabeza cuidadosamente peinada. Un paño blanco

doblado en triángulo le ceñia el cuello i cubria el seno, formando

armonía con un estrecho vestido de angaripola de fondo rojo oscuro, con

flores blancas i azules. Su semblante era dulcísimo i lleno de

inocencia.

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 85 / 113 题