No solo eso: le hacia tambien calcular sus propias fuerzas; i como entre
las que el amor emplea, figuran en primera línea las de los atractivos
personales, el espejo pasó a serle tan importante como sus libros, i el
sastre entró a ser uno de sus primeros ausiliares. Tenia la esperanza de
que su bella desconocida le mirase i le viese en la ocasion ménos
pensada.
Dejó de vagar por las calles en las horas de ocio. Dedicó las primeras
de la noche al café, i casi abandonó las relaciones de sus camaradas de
estudio.
El café de la Nacion i el de Hévia, que acababa de establecerse en la
plaza de la Independencia, eran entónces de la primera sociedad. Los
comerciantes i los jóvenes de mundo los invadian a todas horas. Los
aristócratas i sus retoños acudian a refrescar por la noche, i a pasar
algunas horas en tertulia. Para éstos, aquellas casas hacian el oficio
que hoi desempeñan los clubs.
La juventud de Santiago no estaba por esos años tan adelantada como
ahora. Quizá la aristocracia tendria en ella algunos estafadores que la
representaran. Talvez no faltaban cortabolsillos elegantes, de esos que,
llevando nombre i fisonomía de caballeros, despojan de su reloj al
primero de los suyos que encuentran beodo, o que escamotan su
portamonedas al primero que entra en una partida de juego por aturdirse
i pasar mejor su noche. Eso es de todos los tiempos i paises, i las
familias que se dicen nobles no se preocupan de tener en su seno un
calavera, porque saben que para él no se han hecho las leyes. Lo que era
desconocido entónces entre los jóvenes era ese tipo aristocrático del
letrado injerto en jesuita, que profesa i mantiene la relijion de sus
padres, ardiendo en odios piadosos, i que no vé el progreso ni halla la
libertad fuera de la iglesia romana.
Aquellos jóvenes no adoraban al Papa, ni al becerro de oro. Eran mas
bien jentiles que sacrificaban a Venus, a Terpsícore i a Baco; eran unos
perdidos que no sabian especular, haciéndose los santurrones o los
siervos del poder para enriquecerse i hacer carrera. No hablaban ni del
confesor, ni de sermones, ni del retiro de los domingos, ni de los
herejes, ni de los gobiernos ateos, ni de los escándalos de los impíos.
Hoi se sabe vivir mejor.
Un devoto, o como se dice un _pechoño_, no solo cuenta con los respetos,
sino con la proteccion de todos los poderes i de los potentados. Un rico
con solo serlo, es respetado, aplaudido, adulado: nadie tiene que
averiguar como llegó a la fortuna. Para él todos los aplausos, todos los
elojios, todas las atenciones; así como para el que ejerce algun poder,
sobre todo si tiene un gran poder. Para el verdadero mérito, hai siempre
alguna palabra de desprecio, siempre algun desden, si no alguna
calumnia. ¿Qué mérito puede haber sin poder o sin riquezas? ¿Prueba que
lo tiene quien no ha alcanzado a hacer fortuna, quien no ha logrado un
alto empleo?
En aquel tiempo, un usurero, un estafador de los que amasan riquezas a
costa de los sudores i de las lágrimas de los pobres, i quizá de algo
mas, era simplemente un ladron, i no se le estimaba de otro modo. Las
lenguas andaban sueltas, no al oido, sino al aire libre, contra los
bribones, porque siempre el brazo estaba listo para sustentar las
sentencias de la opinion. El arte de don Basilio no estaba todavía en
uso. La calumnia i la maledicencia andaban solo en letra de molde, pues
la prensa no era aun el instrumento de la verdad i de la discusion, sino
una máquina de hacer ruido i de arrojar lodo, sin ser visto; allí se
parapetaban los calumniadores.
Hoi ha variado todo eso. Solo calumnia o ultraja en letra de molde el
que emplea la prensa para representar el pasado; i ello es lójico,
porque no se puede defender el atraso contra las invasiones del progreso
i de la libertad, sin mantener la prensa diaria en su situacion
incipiente. En los tiempos que recordamos, la sociedad vieja estaba
vencida i carecia de defensores en la prensa. Ni aun en Francia habia
aparecido entónces el escritor católico, ese que hoi en todas partes se
llama _diarista clerical_, cuya definicion nos da en estos términos un
pintor de costumbres: «El diarista clerical es una especialidad aparte,
como escritor, que adora las polémicas i las querellas empenachadas de
injurias i de palabrotas. Fuera de la esfera de sus ideas, no hai
salvacion. En lugar de esponer los principios conservadores i relijiosos
en lenguaje sencillo, prefiere morder a sus adversarios mas abajo de los
riñones. Las cuestiones de forma, las cuestiones secundarias--he ahí su
estribillo. Sublevar desacertadamente cuestiones inútiles, espinosas, en
que Roma i el clero no llevan la ventaja--he ahí su fuerte. Su oficio es
irritar a todo el mundo i no convencer a nadie»... Este tipo de la edad
moderna no era conocido.
Aquella era una sociedad en embrion. Como entónces no habia sino mui
pocas fortunas i el poder aun no se habia consolidado, el imperio no
pertenecia ni a los gobernantes, ni a los ricos. Estos apénas comenzaban
a emprender para alcanzarlo i hacerlo suyo en todas partes, de arriba a
abajo.
Aquella sociedad era de todos, pertenecia a todos, i como no habia quien
la dominase, quien la empujase por una sola vía, cada cual hacia de las
suyas i era señor de sí mismo. Por consiguiente habia una franqueza casi
salvaje, sin disimulo, sin hipocresía, sin sujecion a conveniencias
determinadas, ni a creencias regladas.
La juventud no era brillante, sino atolondrada. Hablaba recio i claro,
aunque sin presuncion. Le faltaban todas las condiciones del buen tono:
la voz ronca, el hablar traposo, desgalichado, desganado, que sienta tan
bien a un elegante, sobre todo cuando afecta suficiencia i decide
majistralmente hasta sobre lo que sucede en la luna; el andar en el
paseo, como en casa, hablando a gritos i riendo a carcajadas, lo que es
una gracia; el tutear a todos i maldecir de todos; el mirar con cara
abobada, pero con ojos de maton, sin saludar. Le faltaban en fin todas
las gracias de la buena nobleza i todos los síntomas del buen tono. No
andaba en coches, porque no los habia; ni oia su misa los domingos,
porque no necesitaba ir al templo para hacer negocio o para ver a las
amigas; ni salia atropándose i encimándose de la platea del teatro,
ántes de caer el telon, para verlas salir, formándoles calle en el
vestíbulo. Era aquella una juventud perdida, que frecuentaba el café,
que charlaba i discutia en público sobre todo, hasta de relijion i
política, que paseaba a caballo i en carreta, a la luz del medio dia, i
que bailaba todas las noches, en todas las casas, sin necesidad de
_soirée_, de sarao, ni de ambigú.
Ya se puede comprender qué haria en aquella sociedad, sin tutores ni
directores, un jóven como Alejo, que no los tenia de su parte, porque
parece que sus padres le habian lanzando solo a aquel gran mundo,
confiando quizá demasiado en su juicio i en su aficion al estudio.
Pero Alejo creia que podia ser buen estudiante i tener un amor, aunque
fuese platónico, para entretenerse agradablemente. I con efecto, él
nunca faltaba a sus deberes, a pesar de que amaba locamente, i de que
jugaba al billar en el café, poniéndose a veces su mejor camisa, para
jugar una partida a fraque quitado, como lo hacian los elegantes de la
época en las noches de verano. Alejo usaba diariamente el fraque, como
todos, i para tiempos frios no le faltaba su chaqueta ricamente
encordonada, para debajo del capote de pañon con tres o cuatro
esclavinas sobre la espalda.
No habia nadie que no le conociera, quien no gustara de su osadía i
despercudimiento; pero él preferió a los tertulianos del café de la
Nacion, porque eran pipiolos, i por supuesto jente mas abierta que la
que rodeaba las mesas del gran patio del café de Hévia, donde no se
hablaba mucho de amores ni de política. Aquí solia llegar con otros
estudiantes, i regularmente veia al fabricante de tacos de billar, solo,
fumando, pensativo i tocando alguna marcha sobre la mesa con sus dedos
encorvados.
¡Qué hombre tan seco, tan verde de cara, tan anguloso, tan militar en su
porte! ¿Quién es este? decia siempre Alejo a sus compañeros. ¡Quién
sabe! respondian los otros con desden, porque entónces no habia
costumbre de averiguar quién era un vecino a quien se le ocurria andar
por la calle, o entrar al café, o pasearse en el tajamar. Con ménos
poblacion, Santiago era ménos curioso de saber la vida i milagros de sus
habitantes.