Doña María, que así se llamaba aquella amable matrona, hizo a Alejo un
fuego graneado de preguntas, i en dos por tres le averiguó sus
antecedentes i consiguientes, su pasado, presente i porvenir, i hasta
sus intenciones; congratulándose mui cordialmente de que el muchacho no
fuera insurjente i de que se le mostrara afecto a la causa, como se
decia entónces, i firmemente persuadido, como lo estaban la vieja i el
viejo, de que Quintanilla se mantenia fuerte en Chiloé, i de que los
patriotas habian sido deshechos en abril del año treinta sobre la misma
Cancha Rayada, donde lo habian sido en marzo de 1818.
Alejo se portaba sériamente, i aunque era un patriota exaltado, i mas
que eso, un pipiolo intachable, se hizo el godo i juró por el rei
Fernando. El mate, entre tanto, pasaba de mano a mano entre el viejo i
la señora, i Alejo sintiéndose mas fuerte en su repugnancia a la
bombilla, que en su patriotismo, habia resistido tenazmente a las
invitaciones que se le hacian para que aceptase un matecito. La
sirvienta debia cebarlos mui sabrosos, porque los tomadores se mostraban
complacidos i hacian gargantear la bombilla de lo lindo.
Entre mate i mate, doña María esclamó:--«¡Mira, chivata, todavía no le
has llevado el chocolate a tu amita!»--Su merced dijo que bajaria a
tomarlo aquí--respondió la muchacha.
Al acabar la frase, una lijera sombra se deslizó en la sala, i ántes de
que nadie se fijara, Mercedes estaba saludando a su madre i abrazándola.
Miéntras la señora le contestaba i la reconvenia por que no habia bajado
el dia anterior, Mercedes en pié, puesta blandamente su mano derecha
sobre el hombro izquierdo de su mamá, se quedó mirando con sorpresa,
pero con graciosa dulzura, a Alejo, que en pié tambien i lánguido de
emocion esperaba un saludo.
--Siéntese usted, caballero, le dijo Mercedes, rechazando con la mano a
la muchacha que le presentaba el chocolate, i señalándole la mesa para
que colocase el plato. Luego saltó de la tarima i fué a sentarse frente
a frente de Alejo, en un taburete al lado de la mesa.
--Aquí tienes, dijo la señora, a un vecinito nuestro, que se ha hecho
amigo de Miguel. Pobre niño, solo i forastero...
--Estoi reconociéndolo, replicó Mercedes con viveza.
--¿A mí, señorita? añadió Alejo sorprendido.
--A usted, caballerito. ¿No vive usted mas arriba, casa de...?
--Justamente, señorita; pero estraño tener la dicha de que usted me
conozca.
--¿Por que? ¿No pasa usted tantas veces al dia por mi ventana?
--Pero como la ventana está siempre cerrada...
--I los postigos tienen vidrieras, que dejan ver para fuera, i hasta me
permiten verlo a usted estudiando entre los peñascos del cerro... ¿No
tiene usted allá su estudio?
--¿Entre los peñascos estudia don Alejo? preguntó la señora, riéndose.
--¡Qué lindo nombre! esclamó Mercedes. ¿Usted se llama Alejo?
--¿Le gusta a usted de veras? contestó éste.
--¡Mucho! ¡Tengo los recuerdos mas gratos de un Alejo que me ha gustado
tanto! ¿Conoce usted _Alejo o la casita en los bosques_? Justamente
aquel dia, hace meses, ¿recuerda usted? aquel dia en que usted miraba
desde los peñascos del enfrente, yo leia esa novela i estaba afirmada en
la puerta de mi balcon, gozando de aquella tarde tan deliciosa...
--Yo era entónces actor en otra novela que podria titular--Alejo i la
casita misteriosa, replicó el jóven con intencion.
Una graciosa risotada de Mercedes, que le hizo descubrir sus dientes de
plata mate i su boca de corales, dejó frio i casi avergonzado al pobre
enamorado. Mercedes comprendió, i agregó:
--Escríbala usted. Yo me rio porque recuerdo que en aquel instante era
tambien personaje de otra novela que ideaba. ¿Qué papel tiene usted en
la mano?
--El _Trompeta_.
--¡Ah! mi papel. ¿Trae mucho de bueno?
--No he leido mas que una graciosa letrilla que tiene este estribillo:
«El uno se llama Diego,
El otro José Tomás.»
--Tenga usted la bondad de leerla.
Alejo leyó con esa voz fresca i plateada de un pecho bien organizado,
con aquella uncion que se les derrama a los enamorados. A cada verso
Mercedes reia i apostillaba con agudeza, i cuando acabó la lectura
esclamó:
--¡Qué bien lee usted, Alejo! ¡Oh si yo tuviera quien me leyera así!...
--Nada mas fácil, señorita. Para mí seria una dicha ser su lector en las
horas desocupadas que tengo, en la noche por ejemplo.
--Usted ganaría en eso, dijo doña María, pues dejaria de ir al café, i
no lo pasaría tan solo. Figúrate, Mercedes, que no tiene con quien
hablar en su casa, ni amigos en el barrio, ni niños conocidos, i se ve
obligado a ir al café, a riesgo de adquirir malas costumbres, o de que
una noche lo encuentre el penitente, i...
--Sí, añadió Mercedes, véngase usted a casa, no tiene mas que llamar a
la puerta.
--Que siempre está cerrada, dijo la señora, desde que murió el finado...
--I que no se abrirá, segun dice su merced, hasta que vuelvan a gobernar
los godos, añadió Mercedes. Pues ahora ya están en el gobierno. ¿Qué son
ese Diego i ese José Tomás de que habla la letrilla? ¿No son i han sido
godos toda su vida?
--No está en eso la monta, dijo el albino que hasta entónces habia
permanecido callado; lo que importa es que se sometan a su señor
natural, porque nosotros ni el reino ganaremos nada con que ellos sean
realistas, si se usurpan el poder real.
--¿Para qué estamos con esas? esclamó doña María, la puerta no está
cerrada de dia sino por tu marido, ¡que no quiere que nadie entre en la
casa!...
Mercedes se puso pálida i un lijero tinte violado coloró sus párpados;
pero mostrando una habilidad ejercitada, se echó a reir, i probó con
hechos convincentes que todos tenian la culpa del encierro misterioso:
su mamá por el duelo, su tio i su mamá de miedo a los ladrones, ella por
hábito de soledad i encierro, su marido por celos infundados; i en fin,
todos porque se sentian mejor en el aislamiento de su pobreza...
Alejo, mostrándose satisfecho con las esplicaciones, afectó una
injenuidad infantil, i les refirió, causándoles gran hilaridad, que él
habia vivido tan preocupado con aquel encierro, que durante algunos
años, la _Casita misteriosa_ habia sido su pesadilla.
--¡Ya está deshecho el encanto, disipado el misterio! acentuó Mercedes
con gracia fascinadora. Puede usted venir a la _Casita misteriosa_ como
a la suya; la puerta se abrirá apénas usted la toque, i adentro hallará
jente pobre i sencilla que le ofrece cariño i amistad.
Alejo lució su donaire espresando sus agradecimientos, i creyendo
oportuno aquel momento para retirarse produciendo buen efecto, hizo una
despedida tan graciosa, que dejó encantados a los ancianos i fascinada a
Mercedes.