En el poco tiempo trascurrido desde que le atrapó el amor en las rocas
de Santa Lucía, Alejo se habia transformado. Su alma habia abandonado
aquellos vagos horizontes en que revolotea el alma de un jóven, cuando
es ardiente, como las mariposas amarillas de verano en un jardin.
Tenia un horizonte fijo, volaba el rededor de una sola flor.