IV.

Alejo tenia una alma tan ardiente como sensible. Estaba en la edad en

que se ama todo, si se tiene un corazon bien puesto, como el suyo. Los

espíritus tímidos o apocados no conocen esa época de la vida. La pasan

entre la fé ciega i el miedo, habituándose al cálculo. Calculan para

defenderse contra los fuertes de su círculo. Calculan para ocultar sus

inclinaciones i sus sentimientos de miedo de que se les castigue en esta

o en la otra vida. Calculan, en fin, para pasarlo bien con Dios i con

los hombres, porque temen al uno i a los otros. En ellos prende de veras

el santo temor de Dios, que es el arte de saber vivir.

I ellos son despues los hábiles, los afortunados en la sociedad. El

corazon jeneroso i desprendído, el espíritu independiente i noble, que

no aprendió a calcular desde temprano, que se dejó arrebatar por el

ideal de lo bello, de lo bueno, de lo justo, entra a la sociedad a

luchar, no a eludir las batallas de la vida, a sacrificarse, no a

medrar.

Alejo era de estos últimos, i su juventud despuntaba entre el ardor de

las pasiones jenerosas i el anhelo por lo grande, por lo desconocido, lo

maravilloso, lo bello. Su curiosidad por aquella casa misteriosa se

habia satisfecho, convirtiéndose en un amor, tanto mas ardiente, cuanto

era imposible. Desde entónces compartió su tiempo entre sus libros i su

bella desconocida; pero a menudo era ésta la que ocupaba mas su

espíritu, i su imájen andaba siempre barajado con los temas de sus

estudios.

Todos los dias ideaba i abandonaba nuevos proyectos para penetrar el

misterio, para llegar hasta aquel ánjel de sus ilusiones. Pero en vano.

El tiempo trascurria, i él no adelantaba.

Habia momentos de desesperacion, de cruel desengaño, pero su amor volvia

con mas violencia i le reanimaba. Hacia un bello aprendizaje de

constancia, que talvez, mas tarde, debia servirle en mucho, aunque no

fuera mas que para investigar una idea, como ahora investigaba un amor

de niño.

Salia una mañana de su barrio a la hora de costumbre, a las siete, i

tuvo un encuentro que habia dejado de llamarle la atencion, porque era

casi diario. Pero esta vez iba enardecido, casi iracundo.

El insomnio de la noche le habia fastidiado, i pasaba por uno de

aquellos instantes de decepcion, que le habrian hecho incomodarse del

aire.

Al salir a la calle encontró a un viejo a quien encontraba siempre casi

en el mismo sitio.

Era un viejo albino, de ojos colorados, como los de un conejo blanco.

Sombrero bajo i una capa cuesco de lúcuma, que jamas se apartaba de sus

hombros, hiciera frio o calor, i que cubria su cuerpo vestido de

chaqueta i de calzon de pana negra. El calzon se ajustaba a la rodilla

con una hebilla de acero i dejaba libres unas medias blancas como la

nieve, que terminaban en zapatones de pana igual a la del traje.

--Esta estampa me choca, murmuró entre dientes Alejo. Es un viejo brujo

que debe vivir por este lado. ¡I que no haya sido yo capaz de averiguar

quién es! Lo he de seguir, aunque falte a clase.

Dicho i hecho. Volvió sobre sus pasos, i tuvo que acortarlos al tenor de

los del viejo.

--¡Que haya todavía estafermos a la laya! pensó Alejo. ¡I conservan sus

vestidos! ¡Todo pasa sobre ellos, como sobre esa piedra de esquina!

Distraido así, se acercaba en ocasiones demasiado al viejo, i paraba

para tomar distancia. Pero en una de las veces en que mas se le habia

acercado, sin saberlo, el viejo paró, sacó una llave, abrió una puerta,

i al entrar se encontró con otro hombre flaco, seco, de color verdoso,

que le dice:

--Buenos dias, Miguel, ¿ya oíste tu misa?

--Sí, Ramiro, contestó el albino, i te encomendé a Dios.

Ambos se cruzaron, la puerta se volvió a cerrar, i Alejo estaba en el

mismo umbral, convertido en estátua de piedra. Ramiro le miró al soslayo

i dijo:

--¿Qué quiere este babieca?

Pero siguió su camino.

Cuando volvió Alejo de su vértigo, de su pasmo, esclamó:

--Luego esta escena se repite todos los dias! ¡I miéntras yo estoi en el

colejio!... ¡Qué estúpido! Nunca he acechado a estas horas. ¡Tal vez

ella tambien sale!...

La puerta en que esclamaba de este modo, la puerta que se habia abierto

i cerrado, para dar paso a Miguel i a Ramiro, era la puerta de calle de

la casita del misterio.

Alejo echó casi a correr para alcanzar a Ramiro, que tenia tranco largo,

porque era alto i de largas piernas, i le llevaba mucho adelantado.

Queria verle de cerca, saber a dónde iba i averiguar quién era.

A las cuatro cuadras estuvo cerca de él; pudo estudiarle. Llevaba fraque

verde oscuro de angostas puntas que le pasaban de las corbas, i de ancha

solapa cuyos pequeños picos se le veian desde atras recostados sobre los

hombros. Sombrero alon de campana, pantalon de brin blanco, i grueso

garrote por baston.

Alejo acortó el paso i guardó una respetuosa distancia. A dos cuadras de

la plaza, en la calle de la Catedral, Ramiro se paró, abrió una puerta

de par en par, i entró. Alejo pasó despues, mui quedito, i vió que aquel

cuarto era una fábrica de tacos de billar i de otros útiles de lo mismo.

--Este hace tacos i tambien bolas, dijo para sí. ¿I aquel _chonchon_ de

ojos de ají ¿qué fabricará? ¡El misterio se aclara! ¡Paciencia i

esperar! Yo no tengo que barajar como Durandarte en la cueva!...

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 82 / 113 题