Alejo tenia una alma tan ardiente como sensible. Estaba en la edad en
que se ama todo, si se tiene un corazon bien puesto, como el suyo. Los
espíritus tímidos o apocados no conocen esa época de la vida. La pasan
entre la fé ciega i el miedo, habituándose al cálculo. Calculan para
defenderse contra los fuertes de su círculo. Calculan para ocultar sus
inclinaciones i sus sentimientos de miedo de que se les castigue en esta
o en la otra vida. Calculan, en fin, para pasarlo bien con Dios i con
los hombres, porque temen al uno i a los otros. En ellos prende de veras
el santo temor de Dios, que es el arte de saber vivir.
I ellos son despues los hábiles, los afortunados en la sociedad. El
corazon jeneroso i desprendído, el espíritu independiente i noble, que
no aprendió a calcular desde temprano, que se dejó arrebatar por el
ideal de lo bello, de lo bueno, de lo justo, entra a la sociedad a
luchar, no a eludir las batallas de la vida, a sacrificarse, no a
medrar.
Alejo era de estos últimos, i su juventud despuntaba entre el ardor de
las pasiones jenerosas i el anhelo por lo grande, por lo desconocido, lo
maravilloso, lo bello. Su curiosidad por aquella casa misteriosa se
habia satisfecho, convirtiéndose en un amor, tanto mas ardiente, cuanto
era imposible. Desde entónces compartió su tiempo entre sus libros i su
bella desconocida; pero a menudo era ésta la que ocupaba mas su
espíritu, i su imájen andaba siempre barajado con los temas de sus
estudios.
Todos los dias ideaba i abandonaba nuevos proyectos para penetrar el
misterio, para llegar hasta aquel ánjel de sus ilusiones. Pero en vano.
El tiempo trascurria, i él no adelantaba.
Habia momentos de desesperacion, de cruel desengaño, pero su amor volvia
con mas violencia i le reanimaba. Hacia un bello aprendizaje de
constancia, que talvez, mas tarde, debia servirle en mucho, aunque no
fuera mas que para investigar una idea, como ahora investigaba un amor
de niño.
Salia una mañana de su barrio a la hora de costumbre, a las siete, i
tuvo un encuentro que habia dejado de llamarle la atencion, porque era
casi diario. Pero esta vez iba enardecido, casi iracundo.
El insomnio de la noche le habia fastidiado, i pasaba por uno de
aquellos instantes de decepcion, que le habrian hecho incomodarse del
aire.
Al salir a la calle encontró a un viejo a quien encontraba siempre casi
en el mismo sitio.
Era un viejo albino, de ojos colorados, como los de un conejo blanco.
Sombrero bajo i una capa cuesco de lúcuma, que jamas se apartaba de sus
hombros, hiciera frio o calor, i que cubria su cuerpo vestido de
chaqueta i de calzon de pana negra. El calzon se ajustaba a la rodilla
con una hebilla de acero i dejaba libres unas medias blancas como la
nieve, que terminaban en zapatones de pana igual a la del traje.
--Esta estampa me choca, murmuró entre dientes Alejo. Es un viejo brujo
que debe vivir por este lado. ¡I que no haya sido yo capaz de averiguar
quién es! Lo he de seguir, aunque falte a clase.
Dicho i hecho. Volvió sobre sus pasos, i tuvo que acortarlos al tenor de
los del viejo.
--¡Que haya todavía estafermos a la laya! pensó Alejo. ¡I conservan sus
vestidos! ¡Todo pasa sobre ellos, como sobre esa piedra de esquina!
Distraido así, se acercaba en ocasiones demasiado al viejo, i paraba
para tomar distancia. Pero en una de las veces en que mas se le habia
acercado, sin saberlo, el viejo paró, sacó una llave, abrió una puerta,
i al entrar se encontró con otro hombre flaco, seco, de color verdoso,
que le dice:
--Buenos dias, Miguel, ¿ya oíste tu misa?
--Sí, Ramiro, contestó el albino, i te encomendé a Dios.
Ambos se cruzaron, la puerta se volvió a cerrar, i Alejo estaba en el
mismo umbral, convertido en estátua de piedra. Ramiro le miró al soslayo
i dijo:
--¿Qué quiere este babieca?
Pero siguió su camino.
Cuando volvió Alejo de su vértigo, de su pasmo, esclamó:
--Luego esta escena se repite todos los dias! ¡I miéntras yo estoi en el
colejio!... ¡Qué estúpido! Nunca he acechado a estas horas. ¡Tal vez
ella tambien sale!...
La puerta en que esclamaba de este modo, la puerta que se habia abierto
i cerrado, para dar paso a Miguel i a Ramiro, era la puerta de calle de
la casita del misterio.
Alejo echó casi a correr para alcanzar a Ramiro, que tenia tranco largo,
porque era alto i de largas piernas, i le llevaba mucho adelantado.
Queria verle de cerca, saber a dónde iba i averiguar quién era.
A las cuatro cuadras estuvo cerca de él; pudo estudiarle. Llevaba fraque
verde oscuro de angostas puntas que le pasaban de las corbas, i de ancha
solapa cuyos pequeños picos se le veian desde atras recostados sobre los
hombros. Sombrero alon de campana, pantalon de brin blanco, i grueso
garrote por baston.
Alejo acortó el paso i guardó una respetuosa distancia. A dos cuadras de
la plaza, en la calle de la Catedral, Ramiro se paró, abrió una puerta
de par en par, i entró. Alejo pasó despues, mui quedito, i vió que aquel
cuarto era una fábrica de tacos de billar i de otros útiles de lo mismo.
--Este hace tacos i tambien bolas, dijo para sí. ¿I aquel _chonchon_ de
ojos de ají ¿qué fabricará? ¡El misterio se aclara! ¡Paciencia i
esperar! Yo no tengo que barajar como Durandarte en la cueva!...