Aquel muerto habia quitado muchas horas al estudio i al sueño de Alejo.
No se las habia quitado ménos la casita misteriosa de su barrio. Pero
¿qué tenia de particular esa casa? Nada. Unicamente se distinguía de los
demas caserones vetustos del barrio, interceptados por anchos solares
tapiados o aportillados, en que tenia al frente un altillo, un solo
balconcito, que eternamente estaba cerrado. Así lo estaba tambien la
puerta de calle, que era talvez la mas alta i decente de toda la calle.
Alejo conocia a todos los vecinos, o mejor dicho, sabia quiénes eran.
Pero siempre que preguntaba quién vivia en la casita, le respondian que
unos viejos godos, Como la mayor parte de los propietarios del barrio.
Su nombre no lo sabian, o las vecinas se disputaban entre sí sobre cuál
era el verdadero.
Cualquier jóven habria pasado por alto estas menudencias.
Pero Alejo era curioso, i sobre todo mui inclinado a lo misterioso.
Regularmente se sentaba en el umbral de su puerta de calle a leer o
estudiar, pero atisbando siempre la casita, i jeneralmente despues de
largas horas, tenia que entrarse, sin haber visto nada, sin haber
siquiera sentido moverse las puertas de la casa misteriosa.
Al fin se propuso olvidar esa pesadilla, i se impuso el deber de no
mirar a la casita; pero sus ojos le desobedecian, la curiosidad le
vencia, i él tenia que renovar con juramento todos los dias su
propósito.
Un domingo de otoño, Alejo subió al cerro de Santa Lucía a tomar su
paseo de descanso. Los rayos tibios del sol de la tarde inundaban la
ciudad i la campiña, i el aura ténue i deliciosa refrescaba el ambiente.
Las arboledas i las viñas amarillaban al lado de los verdes potreros, al
Oriente i al Sur; el rio corria solitario i serpenteaba a lo largo del
tajamar, dejando a la orilla opuesta un blanco pedregal que se iba a
perder en las lejanas arboledas de San Cristóval; i al poniente estendia
la ciudad sus largas calles de techos brillantes, sobre los cuales se
alzaban los templos i uno que otro edificio público. ¡Hermoso panorama!
Alejo estaba embebido, i sobre todo no podia apartar sus ojos de los
claustros del Cármen Alto, que tenian para él el atractivo del misterio
por su soledad, apénas interrumpida de tarde en tarde por el bulto de
una monja que se escurria a lo largo de un corredor. Alejo pensaba en la
austeridad de aquel aislamiento, i esta idea le recordó aquella casita,
que tambien estaba aislada allí en su barrio.
La tenia a sus piés, la dominaba con su vista. ¡Prodijio! ¡qué veo!
esclamó Alejo.
En efecto, un batiente de la puerta del balcon estaba despejado. Se
afirmaba contra la hoja una mujer que, leyendo un libro, estaba como
escondida, dando su frente al cerro, pero sin que saliese ni siquiera el
ruedo de su vestido al balcon. Desde la calle era imposible verla. Pero
desde los altos peñascos en que estaba sentado Alejo, se la veia como
era, pequeña de estatura, pero mas bella que el lucero que aparece al
alba coronando los Andes.
Alejo creia verla tan bien como si la tuviera a su lado; veia el jiro
luminoso de sus grandes ojos sobre el libro, sus lábios entreabiertos,
su perfilada nariz, su tez de rosa; creia sentir su respiracion i ver
las oscilaciones de su ancho seno, que apénas estaba velado a medias por
el corpiño gracioso de su vestido.
El sol llegaba ya a su ocaso i Alejo no sentia el tiempo. Solo despertó
de su arrobamiento cuando la bella lectora cerró su libro, paseó sus
ojos por el cielo, suspiró mirando a los peñascos en que estaba Alejo, i
como sorprendida juntó violentamente la puerta.
Desde entónces, Alejo estableció su bufete de estudio en los peñascos de
Santa Lucía; pero jamas volvió a ver a aquella mujer, que ya era ídolo
de su alma. El misterio se complicó.