Mucho temo que ella sea tambien la última de su diario. ¡Pobrecita!
Pobre mujer, tan noble como desgraciada.
Yo talvez tengo la culpa. He apurado demasiado.
¿Cómo es posible que un médico viejo i esperimentado, como yo, haga
esto?
Pero ella estaba ya en la plenitud de su razon. Se habia habituado a
escribir con calma sus impresiones, sus recuerdos; i hablaba conmigo,
abriéndome su corazon i su clara intelijencia, con tanta lucidez, que me
imajiné que ya era tiempo de probar su situacion. La prueba era
sensible. Me proponia hacerla que me refiriese con calma la catástrofe
cuyo recuerdo le habia causado la locura.
Lo hizo así aunque con rapidez, sin detalles, porque era necesario no
apurar demasiado su sensibilidad. Pero al fin su tierno corazon
estalló... La furia ha reaparecido. La fiebre la devora. Su estado es
alarmante.
Miéntras velo su vijilia, ese sopor que la fiebre causa en su cerebro,
voi a continuar su diario. Ella tendrá placer de ver trazado por mí su
terrible diálogo, cuando mejore. Tal vez, leyéndolo una i otra vez, a mi
lado, con mis consuelos i reflexiones, se acostumbre a afrontar su
espantoso recuerdo.
--Ved lo que acabo de escribir, me dijo ayer, cuando entré a verla.--«El
doctor tambien lo dice, que estoi buena.»
--Sí, le contesté. Efectivamente, hace tiempo que no sorprendo en vos
ningun síntoma de vuestro mal. Ahora mismo leo aquí que decis que amais
a una sombra ensangrentada, que recordais un patíbulo; i a pesar de eso,
veo que continuais vuestra narracion con toda cordura. Esto es un
progreso inmenso.
--¿Lo creis así? Pues entónces estoi buena. Escribí eso sin llorar, i
recordé sin estremecerme el último instante de mi amor. Podria
referíroslo, aunque talvez lloraria...
--Lo que no seria peor. Hace dias que no llorais, me parece...
--Eso no. Lloro diariamente, i casi siempre despierto por la noche
llorando, porque sueño con Fructuoso muerto.
--¿Nunca dejareis de representárosle así?
--¡Jamas! No puedo recordarlo jamas, sino en sus últimos momentos.
--¿Qué murió a vuestro lado?
--¡Oh! No...
--No contengais vuestras lágrimas. Desahogad el corazon, pobre amiga
mia. ¿Tal vez hubo jente bastante temeraria que os hizo la historia de
su muerte?, o vos lo fuisteis para oirla o leerla. ¿Pero no seré yo
tambien un temerario al haceros hablar de esto?
--Nó, no, doctor. Es preciso que lo sepais todo. Lo necesitais para
curarme. Si hubo temeridad, solo fué de mi parte. En la víspera de aquel
terrible dia, presté el oido imprudentemente a una conversacion que
ciertos infames satélites de mi hermano tenian en una antesala.
Uno se jactaba de haber prestado una declaracion en las mismas palabras
que estaban en el papel que se le habia dado. Otro le reprochaba que esa
fidelidad podia ser causa de que fusilaran al coronel injustamente. No
será mia la culpa, replicaba el primero; he cumplido con la órden que se
me dió, aunque sé que el coronel es inocente, i que si lo fusilan es en
castigo de su amor... No por conspiracion, pero a mí, ¿qué me importa?
Al contrario, me darán un grado, para que calle...
Esta conversacion me hizo estremecer. Hacia muchos dias que no sabia de
Fructuoso, que no hallaba noticias suyas. Mi inquietud fué terrible. No
comí, no dormí; lloré, me desesperé, i llegué al estremo de intentar
salir a la calle esa noche, a las tres de la mañana, en busca de
Fructuoso. No lo conseguí. No pude forzar ninguna puerta, ni escalar
ningun techo, ni seducir a ningun sirviente, a ningun soldado...
Al dia siguiente, apénas se abrió mi casa, salí para ir a la iglesia.
En la puerta de calle, un soldado me detuvo, diciéndome que no se podia
salir. Todo fué inútil. Nadie me obedeció, nadie me oyó siquiera.
Volví a mi aposento, llorando amargamente. Me eché en un sofá, fuera de
tino, llena de dudas, de aprehensiones, de temores, que desechaba o
admitia, que combatia o aceptaba. Un coronel, víctima inocente. Pueden
haber varios. ¿Por qué ha de ser Fructuoso? Pero será fusilado en
castigo de su amor... ¿Acaso los amores no son parte principal de la
política de mi hermano? ¡Habrá tantos castigados por causa de su amor!
¿Por qué ha de ser precisamente Fructuoso?...
I estas reflexiones eran justas en ese momento. La plaza, las calles
estaban de fiesta: destacamentos militares con sus músicas, jentío,
bullicio, gritos, silbos, risas de alegría. Todo era movimiento i
algazara. No era dia de castigo, no era posible que se tratara de
ajusticiar a nadie. ¿El pueblo podia estar tan alegre?
Casi me tranquilicé. Pero temblaba de acercarme al balcon, aunque la
curiosidad me devoraba. La música habia cesado, el bullicio se apagaba.
Yo daba un paso al balcon i dos atras. Algo me sujetaba. No sabia qué.
La angustia me sobrecoje de nuevo. Me reprendo. ¡Qué cobardía! ¿Por qué
me formo fantasmas? ¡Estoi loca! ¡Vamos, serenidad!...
¡Un redoble! Una voz de mando, ruido de armas! Silencio... Un tambor
sordo se acerca, tocando una marcha que aun ahora me retumba en el
corazon--tan--tamatan--tan... ¿Qué será? ¿Por qué ese silencio? ¡Ese
tambor siniestro!...
Me lanzo a la ventana. Miro: era él, Fructuoso, sí, Fructuoso, rodeado
de soldados; un clérigo con un Santo-Cristo en las manos le acompañaba i
le hablaba. El marcha sereno, firme, airoso. Al pasar me saluda con la
mano, llevándosela al corazon. Pasa... Yo no creo lo que veo. No lo
comprendo. No me lo esplico. No sé, no...
--Basta, basta, amiga mia, no continueis.
--Sí, no continué. Me desvanecí. Me doblé, me desplomé sin vida; pero
veia, oia, sentia... Silencio profundo. Una descarga, música, bulla...
--¡Oh, estoi despierta! Era todo ilusion. Me levanto, pero como de una
pesadilla, con un vértigo que me despedaza la cabeza. Miro, veo gran
movimiento; allí, allí, donde mismo le habia conocido seis años ántes,
bizarro, deslumbrador; sí, allí donde el sol me habia iluminado su bello
semblante; allí mismo estaba sentado en un banquillo, su bella cabeza
inclinada hácia atras, su pecho desgarrado, cubierto de sangre...
Todos pasaban. El clérigo, rodeado de varios, con el crucifijo en una
mano, un libro en la otra, accionaba con viveza i reia a carcajadas...
Sí, reia como yo... ¡Ahaaaa, jajaja!...
--No, Pepa, amiga mia, no riais...
--¡Qué no veis que es la carcajada de las lágrimas!... ¡I vos no reis,
vos! ¡Ahora! todos rien, el clérigo, los hombres, las músicas, los
niños. ¿No los veis? ¡La sangre hace reir, las lágrimas hacen reir, el
gusto hace reir, el dolor hace reir!... ¿I por qué no? ¿Qué le importa
al mundo que muera un hombre querido, un hombre inocente? ¿No mueren los
malvados? ¿Por qué no han de morir los buenos? Todo da risa, todo da
llanto. ¿I qué diferencia hai entre el llanto i la risa? ¡Oh! miradle,
allí, venid a la ventana i vereis que no miento. ¿No es verdad que está
lleno de sangre? ¿No es verdad que rodean el patíbulo muchos curiosos,
que se retiran, unos callados, otros hablando, riendo; sí, todos rien,
como el clérigo, como su Santo-Cristo, como yo. ¡Aha-ja-ja-ja!...
--Sor María, ayudadme a levantarla; pongámosla en su lecho; está
desmayada...