Un afan, al cual nunca me habitué, i un amor cuyos encantos se
disiparon, fueron la principal ocupacion de mi vida durante aquellos
años de calma.
El afan de disimular el tenaz recuerdo de mi pasado. El amor del ánjel
que vino a consagrar mi union, el amor de mi linda hija.
Dedicada a los deberes de mi estado, tenia siempre en mi alma la
punzante espina de mi dolor. Nada lo calmaba, i a todo instante vivia en
mortificante alarma, temiendo que mi marido sorprendiese mi pena.
Conversaba, sin ideas fijas; trabajaba, absorta en mis recuerdos;
paseaba sin ver el paisaje, dormia despertando sobresaltada de temor de
que mi ensueño me denunciara; i cuando oia música, huia con cualquier
pretesto, para que las lágrimas no me traicionaran.
¡Qué afan tan crudo! Era mi locura. Todos lo veian al traves de mi
triste semblante, de mis lánguidas miradas, i me preguntaban qué tenia,
qué sufria, haciéndome estremecer con esta terrible pregunta. Solo mi
marido no me lo preguntaba jamas. Lo sabia todo.
Entre tanto mi hija crecia, i sus gracias, su anjelical belleza, crecian
con ella. ¿Pero mi maternal cariño bastaba a consolarme? Nó. Miéntras
mas dulce i graciosa me parecia, mas temia que ella, como yo, llegase a
ser víctima de un amor desgraciado. Miéntras mas cariñosa era conmigo,
mas me recordaba a mi otro hijo, perdido para siempre. No sabia como
inspirarla, como dirijirla. Su enseñanza me era grata, pero su
educacion, la formacion de su espíritu me arredraba, porque temia
contajiarla con mi locura...
Esta niña, me decia su padre, solo hace su voluntad. No hai quien la
dirija.--Déjala que goce, le contestaba yo, es única i puede ser la
reina de mi casa. ¡Quién sabe que porvenir la espera!
Ella no fué desgraciada, como yo lo temia. Su primer amor fué bendecido
por nosotros. No hubo un tirano que la sacrificase a sus venganzas. Mi
ambicion fué satisfecha. Pero parece que con ello tomó nueva fuerza mi
antiguo dolor.
¿Por qué sucede esto? me preguntaba yo. ¿Es acaso envidia de la
felicidad de mi hija lo que aviva en mí el dolor de mi desgracia? Nó, no
era envidia. La hija que se emancipa por el matrimonio no pertenece ya a
su madre. Es la rama de un árbol trasplantada a otro terreno feraz; ésta
i el árbol paternal son dos seres distintos, por mas que la sávia de su
vida sea una misma. Desprendida de mí aquella parte de mi sér, separado
de mí aquel ánjel, que no debia jamas participar de mi dolor, yo tambien
me sentí libre para sufrir, i mi terrible recuerdo, comprimido por tan
largo tiempo, volvió a dominar mi corazon. El temor de disgustar a mi
marido se disipó. Me habia habituado a creer que él era el único de
quien no podia ocultarme, i naturalmente pasé a no poner cuidado en
disimular delante de él.
Los años no habian bastado. La edad habia sido ineficaz. ¿Pero qué
pueden los años, ni la edad, cuando se ama a una sombra ensangrentada,
cuando se ama a un cadáver destrozado en medio del bullicio i de la
curiosidad de un pueblo? ¿Es ese un amor que se apaga, un amor que se
olvida? ¿Hai algo en el mundo, algo en la vida, que sea capaz de hacer
olvidar la imájen de un patíbulo?
Mi linda hija pudo eclipsar esa imájen. El eclipse terminó. La imájen
brilló de nuevo. Sola yo, mi recuerdo empezó. Me faltó la fuerza para
dominarlo. Me entregué a él, i las forzosas ausencias de mi marido
quitaron toda valla a mi dolor. Los dias huyeron de mí. No los sentí, no
los ví, no supe si pasaban. Solamente recuerdo que algunas veces me
rodeaban en mi lecho mi marido, mi hija, mis amigos, que me trataban
como enferma, que se alegraban de poder hablar conmigo, i me preguntaban
qué sentia, qué necesitaba.
No sé cuanto tiempo pasó así, ni recuerdo cómo llegué aquí. Pero ahora
debo estar sana, puesto que siento los dias, veo la luz, respiro la
brisa del mar por la noche, siento las tempestades i me recreo en ellas,
escribo i lloro, sabiendo lo que hago. El doctor tambien lo dice, que
estoi buena...
¡Oh! El entra, le mostraré mi última frase...