Ayer estuve mal. Los recuerdos que escribí el dia anterior me hicieron
daño.
El doctor ha estrañado mucho el quebranto, i como es mi confidente, tuve
que confiarle la causa. Leyó i me consoló. El quiere que me habitúe a
hacer estos recuerdos con tranquilidad, que tenga valor i serenidad para
afrontar el pasado. Su conversacion me ha fortalecido, i él me ha
prescrito que la narre aquí: es su receta.
--No recordeis, me ha dicho, esa catástrofe que tanto os espanta, i que
yo no quiero saber. Contadme solamente vuestro amor. Su recuerdo puede
ser un bálsamo para vuestro corazon. ¿Os visteis con Fructuoso?
--Sí, muchas veces, a pesar de la vijilancia de mi hermano, que me tenia
rodeada de guardianes i de espías.
--Los guardianes son temibles. Los espías nó.
--Con efecto, los espías fueron pronto mios o de Fructuoso. Los
guardianes se olvidaban de su cargo, cuando se ausentaba mi hermano.
--¿I vuestra madre?
--Ella me queria, me hacia justicia, i tal vez se imajinaba que al fin
se santificaria nuestra union. Pero no creo que supiera que Fructuoso me
veia.
--Era peligrosa vuestra situacion. Una jóven no puede exponerse jamas a
un amor clandestino.
--Lo sé, ¿pero tenia ya lo culpa? ¿Deberia yo apagar, aniquilar mi amor,
en obsequio de los odios de mi hermano? ¿Deberia someterme a su capricho
i condenar a mi amante a un eterno olvido? ¿Qué razon habia para
exijirme tal sacrificio? ¿Qué conveniencia? Mi amor no habria sido amor,
si hubiera cedido a semejante obstáculo... Al contrario, él se exaltaba
i se hacia mas ardiente a presencia de tal injusticia.
--Comprendo. Era lo natural, sobre todo cuando no mediaba el respeto al
amor o al interes de nuestros padres que en ocasiones merece el
sacrificio de una hija amante.
--¡Oh! si esa hubiese sido mi situacion, Fructuoso mismo me habria
fortalecido para arrastrarla. Era tan noble, tan leal; i me amaba tanto
que, apesar de no ser otra la causa de nuestra desgracia que un capricho
indigno de respeto, él me trataba siempre como a la esposa que queria
recibir pura i honrada.
--¡Admirable jóven!
--¿No es cierto? Si, ¡era admirable, era adorable!..... El primer beso
que estampó en mi frente fué tan puro como su amor, i no se ocultó de
nuestra amiga confidente.
--¿I cómo creeis no haberos salvado de una vergüenza?
--Por que al fin fuí madre... Si ello es mi vergüenza, no la siento. Si
es una falta, la he purgado mui severamente...
--Nó, no lloreis, amiga mia, haced vuestros recuerdos con tranquilidad.
Referídmelo todo.
--La última noche, víspera de la partida de Fructuoso a la segunda
campaña al Perú, la pasé en sus brazos, desvanecida, extasiada... No
tengo ideas fijas... Ni quiero tenerlas... ¿Fuí débil? No lo sé. Pero,
¡Dios mio!...
--¡Basta, no lloreis! Yo os absuelvo con toda la efusion de mi amistad
paternal.
--¡I vos llorais tambien, i no quereis que yo llore! Todos me han
absuelto. ¡Mi madre, mi pobre madre tambien! ¡Ménos mi hermano!...
--¿Volvisteis a ver al padre de vuestro hijo?
--Sí. Fructuoso volvió con los restos de ejército de Yungai. La campaña
habia sido desgraciada. Mi hermano se aprovechó de aquella inmensa
desgracia de la patria para llenar su ambicion. Se hizo poderoso...
--Se frustró el plan de vuestro novio...
--Sí, pero él creyó alcanzar mi mano a fuerza de constancia. Se sometió
a todo, continuó en el servicio bajo las órdenes de su enemigo, con la
esperanza de reducirlo a fuerza de sumision i lealtad... ¡Ah! ¡no puedo
mas! ¡Doctor mio, me viene a la memoria aquella horrible catástrofe!
¡Favor, piedad! . . .
--Llorad, llorad ahora. Venid aquí, a la ventana, respirad la brisa del
mar, enjugad vuestros ojos... Tomad este calmante, que os hará dormir
dulcemente. Vamos a olvidar todo eso. Solamente os prescribo que me
narreis otro dia, con calma, vuestro matrimonio, vuestra peregrinacion
al Plata, cosas así, que os sean gratas, que no os hagan llorar.
Recostaos. Yo i sor María vamos a velar vuestro sueño...