III.

Mucho lloré ayer, i despues me dormí profundamente. ¿Qué será el llanto,

qué serán las lágrimas?... ¿Por qué el dolor del alma se desahoga mas

por los ojos que por los suspiros del corazon? Parece que el fuego del

alma produce la lluvia como los rayos de que se corona el Illimani

producen los torrentes que se desbordan de sus faldas. Aquí tambien el

fuego de este cielo abrasador sofoca a veces, i cuando los rayos

estallan con su espantoso estampido en la cumbre del Corcobado, el cielo

se deshace en lágrimas, i con el fresco de la humedad, se restablece la

calma. ¿Será que él tambien padece i llora como yo?...

¡Ah! ¡Es preciso no llorar! Quien llora como yo, es encerrado en un

asilo de locos... Los cuerdos no lloran, rien de todo. Para ser cuerdo,

es necesario no tener fuego en el alma. Eso que llaman gran mundo en la

sociedad tiene un páramo en su cerebro, siempre helado, siempre yerto,

jamas ardiente.

¡Prefiero ser loca...!

Pero esta mañana se ha admirado el doctor de mi mejoría, i le repetia a

sor María: «que ella duerma, cuidad de su sueño, que duerma mucho,

aunque llore mas. Los ojos, cansados de llorar, se cierran pronto...

Hacedla pasear por las galerías»...

¡Pasear! ¿Para qué? Para presenciar aquel cuadro espantoso?

Los locos desfilaban a hacer su almuerzo en el comedor. Iban callados i

en órden, como los niños de un colejio. Abajo, en ese hondo patio,

separado por rejas de las galerías que lo rodean, habia unos cuantos, de

ropas desgarradas, de caras siniestras, dispersos i léjos unos de otros.

Ni se miraban. Uno vestia casaca. Era militar. Su alma, sin duda, no fué

un páramo...

¿Quiénes son esos? pregunté a sor María, que me hablaba en ese momento

de la Vírjen.

--Son los furiosos,--me respondió.

--¡Ah! ¿Tan pocos hai?

--Todos los demas, añadió ella, con cierta intencion, están en sus

celdas separadas, i tienen cada uno un guardian... como yo...

¿Seré yo furiosa? dije entre mí...

A las sazon les tiraban el almuerzo por la verja a los furiosos. El

militar lo arrojó con la punta del pié, se quitó la casaca, la dobló con

prolijidad, i poniéndola de cabecera, se tendió en las piedras.

Los otros comieron. ¡No he visto jamas nada mas horrible! Solo el tigre

come así, devorando, aspirando el alimento, mirando a todas partes,

gruñendo tal como si hubiera otro tigre para arrebatárselo, lanzando

rayos por los ojos. En un minuto no habia nada sobre las losas, i los

furiosos gruñian todavía. Estaba allí solamente el animal. El espíritu

se habia volatilizado...

Me admiré. Me aflijí, temblé de miedo...

--¿Así como yo? pregunté a sor María, llena de vergüenza.

--¡Oh! ¡No, señora mia, mi pobre señora! Usted no come cuando está con

el accidente, me replicó la monja.

--¿Hago como el militar?

--¡Sí, mi señora, pero nadie la vé, sino yo, que la cuido, yo que la

quiero tanto!...

--¿Quién es ese oficial?

--Un frances, un compatriota mio, que dejó aquí un navío que vino a

repararse, de paso para la Guayana, llevando prisioneros del golpe de

Estado. El pobre se volvió loco a bordo. Solo se enfurece el 2 de cada

mes, i se lleva tres dias combatiendo por la república.

--¿Tambien enloquece el amor a la libertad?...

--Debe ser así, porque en mi pais hai muchos de esos locos...

--Los tiranos no enferman así, porque la locura es su elemento. Están

como el pez en el agua. Son los reyes de los locos, de toda esa turba

que se cree cuerda, porque no tiene alma, i que hace casas como esta

para los que la tienen. Vamos, sor María, me siento mal...

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 67 / 113 题