«Prefiero que el mio sea un infierno para que no acabe.»
--No, alma mia, será un cielo, que tambien es eterno, murmuró Fructuoso
a mi oido.
¿Cuál de los dos anunció la verdad en aquel momento de felicidad, de que
tú fuiste testigo, Illimani portentoso?
Mi deseo se cumplió. ¡Mi amor ha sido i es un infierno!...
Estoi loca. En los accesos de mi mal debo amar furiosamente. Las
palabras i los actos que me recuerda la monja, como para correjirme, lo
dicen. El llanto apaga ese incendio: pero entónces quedo amando, como
ahora, con el dolor punzante del recuerdo, con el fuego concentrado de
un volcan que se esconde debajo de su cráter. Siempre mi amor es un
infierno...
¡Ah! Si yo pudiera salir de aquí, navegar libremente en ese lindo golfo,
sentada a bordo de esos pequeños vapores que lo cruzan, oyendo la música
de las harpas i violines de los italianos, que ganan su vida tocando!
¡Qué feliz fuera yo!
Allí aparece uno. Rompe audaz las olas serenas, levantando espumas.
¡Cuál viene la jente! ¡Qué movimiento, qué alegría! Pero no se acerca
aquí. Esta playa es desierta. ¡Han aislado la mansion de la locura!...
¿Por qué no aislan tambien las ciudades? ¿No son todos locos? ¡Oh, sí,
el mundo tambien está aislado! Será porque está habitado por locos. ¿A
quién hacia yo mal? ¿No devoraba en silencio mi dolor? ¿No callaba? ¿No
me ocultaba para llorar? ¿Por qué me han puesto aquí? ¿Quién podrá
libertarme, si todos los mios han muerto?...
¡Sí! ¡Fructuoso! ¡Oh qué muerte tan horrible! ¡El clérigo! Allí, allí
aparece...
No, no os alarmeis, sor María. Entrad sin cuidado. No estoi loca.
Hablaba sola, porque estoi escribiendo lo que hablo. Sentaos, i dejadme
llorar, las lágrimas me ahogan...