Bueno: que se vaya en paz. Pobre monja. Es bondadosa. Con qué risa tan
cordial me contaba el trabajo que le costó sujetarme anoche, i cuánto
habia hecho por hacerme callar. Dice que la ultrajé mucho: pero lo decia
con una alegría que muestra el candor de su alma, que da donosura a su
seco rostro i gracia a su enorme boca llena de raros dientes. ¡Pobre
monja! ¡Qué paciencia necesitan estas mujeres para soportar su oficio!
Son las dos de la tarde en mi lindo reloj. He dormido mucho; pero tengo
fiebre. ¡Ah! ¡qué seca está mi mano, qué negra i arrugada! Soi vieja,
sí, vieja de cuerpo; pero mi pobre corazon se resiste a envejecer.
Es él quien me atormenta. Es él quien tiene la memoria de lo pasado. Es
él quien ama todavía. Mi razon solo le ha servido para ocultar sus
deseos, para disfrazar sus latidos, para disimular sus arranques, sus
delirios, sus dolores; pero jamas lo ha dominado, jamas le ha puesto
freno.
¡Ah, corazon! ¿Por qué no envejeces como mi cara, como mis manos? Si
hubieras envejecido, yo habria sido feliz. Mi vida habria corrido
tranquila como el Plata, luciente como ese pequeño golfo que diviso al
traves de la reja, serena como el Illimani...
¡Ah! Mi cerro, mi monte querido, el compañero de mi infancia, el blanco
de las profundas miradas de mi juventud. ¡Mi cerro! ¿Te acuerdas de mí?
Yo miraba tu blanca cabeza todas las mañanas al levantarme, i me
estasiaba contemplándote. Cuando el sol del ocaso te doraba, tú atraías
mis ojos i hermanabas tu eterna juventud con mi juventud pasajera. Yo
tambien resplandecia entónces. ¿Te acuerdas? Cuando una cortina de gasa
cubria tu inmensa majestad, yo estudiaba los graciosos pliegues de tu
velo para imitarlos en mi traje.
Todos me llamaban bonita. Talvez lo seria. Nó, realmente lo era. Este
elevado talle que aun me queda era flexible i gracioso como una tierna
tacuara. Mi color i mi cútis, enrojecidos por el dolor, eran de rosa: i
mis ojos, cárdenos i marchitos ahora, tenian tus luces i tus relámpagos,
hermano mio, caro Illimani...
Tú estás siempre allá, inmóvil en tu base de oro. Yo soi un tizon de tus
yaretas arrancadas para el fuego. Nunca me lo imajiné. Creia vivir
siempre contigo, i siempre como tú. ¡Cuántos juramentos hice a tu
presencia, creyéndolos eternos, como tú eres! ¿No te acuerdas? Una noche
pasaba yo a tu vista, descansando amorosamente en el brazo de Fructuoso.
La luna lo abrazaba todo con su luz de turquesa, i tú apagabas sus ondas
con el reflejo de tu cumbre nevada.
--Mira como se hermanan, me decia Fructuoso, la luz del Illimani con la
de la luna. Se podria señalar la línea en que se confunden.
--Son la imájen de tu alma i la mia, le replicaba yo, con aquel acento
imperceptible que solamente oyen los corazones que se adoran.
--Pero la imájen mengua i desaparece, Pepa querida,--dijo él suspirando
como quien llora.
--I vuelve siempre, eternamente, i no acabará jamas, como mi amor, le
repuse, estrechando su brazo dulcemente.
En ese momento paraba nuestra comitiva i guardaba silencio para oir.
Nosotros, que íbamos adelante tambien paramos. Se sentia una sonora
guitarra, pulsada con maestría. Aquellos acentos eran deliciosos. Yo
temblaba i no era dueña de mí. Una voz varonil i dulce, acompañada de la
música, cantaba un yaraví cuyos últimos versos se me quedaron grabados
en el corazon:
El que jura amor eterno,
Triste, se olvida
De que amor no es el infierno,
Sino la vida.