II.

Bueno: que se vaya en paz. Pobre monja. Es bondadosa. Con qué risa tan

cordial me contaba el trabajo que le costó sujetarme anoche, i cuánto

habia hecho por hacerme callar. Dice que la ultrajé mucho: pero lo decia

con una alegría que muestra el candor de su alma, que da donosura a su

seco rostro i gracia a su enorme boca llena de raros dientes. ¡Pobre

monja! ¡Qué paciencia necesitan estas mujeres para soportar su oficio!

Son las dos de la tarde en mi lindo reloj. He dormido mucho; pero tengo

fiebre. ¡Ah! ¡qué seca está mi mano, qué negra i arrugada! Soi vieja,

sí, vieja de cuerpo; pero mi pobre corazon se resiste a envejecer.

Es él quien me atormenta. Es él quien tiene la memoria de lo pasado. Es

él quien ama todavía. Mi razon solo le ha servido para ocultar sus

deseos, para disfrazar sus latidos, para disimular sus arranques, sus

delirios, sus dolores; pero jamas lo ha dominado, jamas le ha puesto

freno.

¡Ah, corazon! ¿Por qué no envejeces como mi cara, como mis manos? Si

hubieras envejecido, yo habria sido feliz. Mi vida habria corrido

tranquila como el Plata, luciente como ese pequeño golfo que diviso al

traves de la reja, serena como el Illimani...

¡Ah! Mi cerro, mi monte querido, el compañero de mi infancia, el blanco

de las profundas miradas de mi juventud. ¡Mi cerro! ¿Te acuerdas de mí?

Yo miraba tu blanca cabeza todas las mañanas al levantarme, i me

estasiaba contemplándote. Cuando el sol del ocaso te doraba, tú atraías

mis ojos i hermanabas tu eterna juventud con mi juventud pasajera. Yo

tambien resplandecia entónces. ¿Te acuerdas? Cuando una cortina de gasa

cubria tu inmensa majestad, yo estudiaba los graciosos pliegues de tu

velo para imitarlos en mi traje.

Todos me llamaban bonita. Talvez lo seria. Nó, realmente lo era. Este

elevado talle que aun me queda era flexible i gracioso como una tierna

tacuara. Mi color i mi cútis, enrojecidos por el dolor, eran de rosa: i

mis ojos, cárdenos i marchitos ahora, tenian tus luces i tus relámpagos,

hermano mio, caro Illimani...

Tú estás siempre allá, inmóvil en tu base de oro. Yo soi un tizon de tus

yaretas arrancadas para el fuego. Nunca me lo imajiné. Creia vivir

siempre contigo, i siempre como tú. ¡Cuántos juramentos hice a tu

presencia, creyéndolos eternos, como tú eres! ¿No te acuerdas? Una noche

pasaba yo a tu vista, descansando amorosamente en el brazo de Fructuoso.

La luna lo abrazaba todo con su luz de turquesa, i tú apagabas sus ondas

con el reflejo de tu cumbre nevada.

--Mira como se hermanan, me decia Fructuoso, la luz del Illimani con la

de la luna. Se podria señalar la línea en que se confunden.

--Son la imájen de tu alma i la mia, le replicaba yo, con aquel acento

imperceptible que solamente oyen los corazones que se adoran.

--Pero la imájen mengua i desaparece, Pepa querida,--dijo él suspirando

como quien llora.

--I vuelve siempre, eternamente, i no acabará jamas, como mi amor, le

repuse, estrechando su brazo dulcemente.

En ese momento paraba nuestra comitiva i guardaba silencio para oir.

Nosotros, que íbamos adelante tambien paramos. Se sentia una sonora

guitarra, pulsada con maestría. Aquellos acentos eran deliciosos. Yo

temblaba i no era dueña de mí. Una voz varonil i dulce, acompañada de la

música, cantaba un yaraví cuyos últimos versos se me quedaron grabados

en el corazon:

El que jura amor eterno,

Triste, se olvida

De que amor no es el infierno,

Sino la vida.

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 65 / 113 题