¡Ah! Estoi sola. ¡Gracias a Dios!...
Son las dos de la mañana. ¡Qué lindo es mi reloj! ¡Pobre muchacho! El me
lo regaló el dia en que se casó con mi hija. ¿Qué será de ella? ¿Adónde
estará?...
¡Ah! Estoi libre, ¡sola!... Pero no, esa monja horrible, mi guardian,
está allí. Está tranquila, merced a mi estúpido sueño, i no estoi libre.
Esa pesada puerta está con llave, ni es posible moverla siquiera. Pero
la ventana ¡oh, qué alegría! ¡De par en par! ¡Dios mio! ¡Qué reja tan
enorme!
Habrán sabido sin duda que mi mas vehemente deseo, mi deseo de tantos
años, es matarme. ¡Mas no saben que soi tan cobarde! Mil veces he podido
acabar con esta vida espantosa, ¡pero he tenido miedo!...
¡El suicidio! Sí, recuerdo las palabras de aquel célebre escritor, amigo
de mi marido. ¡Qué bella era aquella tarde! Vino de visita i lo
recibimos en el corredor de la quinta, con vista al rio.
Recuerdo que estábamos tomando mate. El sol se habia escondido en la
pampa, i las aguas del Plata se dilataban a nuestra vista mansas i
blancas, formando un inmenso horizonte. ¡Qué fisonomía tan enérjica la
de aquel hombre! No recuerdo su nombre, pero tengo viva su imájen, ¡i
sus palabras resuenan todavía en mis oidos!...
«Los pesares profundos, dijo, matan o enloquecen, cuando no hai fuerza
de espíritu para recibirlos de frente i sonreirles. Los cerebros débiles
se dejan dominar por la idea del dolor i se gastan o se desorganizan,
hasta el punto de hacerse maniáticos, o de debilitar el organismo i
hacerlo pasto de las enfermedades naturales o artificiales. El suicidio
es una enfermedad artificial, voluntaria.»
¡Cierto! Mi organismo firme i robusto me ha salvado de las enfermedades
naturales, i de esa enfermedad artificial, que se llama suicidio. El ha
predominado por su fuerza vital, i ha hecho prevalecer sobre el deseo de
morir la necesidad de vivir. Mi cobardía no es mas que esa necesidad
imperiosa de vida que tiene mi sér. Pero mi cerebro es débil, i no se ha
resistido a la locura....
¿Será cierto que estoi loca?
¡Qué noche tan oscura! ¡Que calor tan sofocante! El Pan de Azúcar se vé
aquí cerca, como una sombra jigantesca. La bahía de Botafogo apénas se
dibuja por la oleada fosfórica de la orilla. El mar no hace ruido. Pero
esa luz blanca que estalla pausadamente, de cuando en cuando, contra la
ribera, indica los latidos de su hondo seno.
Sí, estoi en Rio, lo conozco. Allí se ven las luces de la calle, que se
reflejan en los boscajes inmóviles de los jardines. Todo duerme. Pero yo
velo, i casi siempre estoi velando, cuando todos duermen.
¿Será cierto que soi loca?
¿Qué se han hecho los mios? ¡Ah! Dicen que han muerto! ¡I me han dejado
aquí, sola, en una casa de locos!
Lo recuerdo bien. Si estuviera loca, no lo recordaria. O será que
cuando lloro mucho, despierto de mi locura. Sí, mi pañuelo está empapado
de lágrimas. Siempre está así, cuando me pongo a pensar i a escribir. I
ántes de llorar ¿qué ha sido de mí? ¿He estado dormida, o he estado
loca? Pero lo recuerdo bien: un dia me llevó mi marido a una gran casa.
Bajamos del coche. Entramos a un gran vestíbulo. Subimos las escaleras.
Allí habia otro vestíbulo espacioso con dos estátuas bronceadas que
representaban hombres vestidos a la moderna. Parecian negros. ¿Serian
estátuas de negros? Tambien habia una estátua blanca que dijeron era del
emperador. Nos recibieron mui bien....
Desde entónces no recuerdo mas. Los recuerdos me vienen solamente cuando
he llorado mucho. ¡Oh, el llanto es el rocío del alma! La mia está seca
i helada como un páramo. Necesita de ese rocío para vivificarse.
Sí, comprendo. Soi loca. Por eso me trajeron aquí. Lo recuerdo bien.
Llegué buena, pero profundamente triste. Algo de mui raro sentia yo en
mi pecho. Hubiera dado mi vida en aquel momento por llorar, ¡i no
podia!...
¡Qué multitud de fisonomías! En un salon habia muchos hombres a lo largo
de una mesa. Los ví al pasar. Todos jesticulaban i trabajaban; pero
estaban en silencio, i unas monjas de caridad los vijilaban. Mas allá
entraban en ese momento a otro salon muchas mujeres en fila, todas
vestidas uniformemente, i venian custodiadas tambien por monjas.
Contigua a la salita a que me condujeron (¡oh! ¡es esta misma, la misma
colgadura, los mismos muebles!) habia otro aposento en que se paseaba
con lijereza una mujercita fea, de ojos saltados, vestido aseado; pero
era horrible. Dijeron que era una portefía rica, que se llamaba... no sé
cómo. Entramos aquí, nos sentamos, ¿i entónces?... ¡Entónces!
¡Ah! Sí, él. Pasó ese infame. Lo ví, la misma figura, la misma sotana,
el mismo breviario en la mano... ¡Oh! Sí, lo ví. ¡Infame! ¡Sacrílego!
¡Demonio! ¡Satélite infernal de mi hermano! ¡Ah! ¡Ah! ¡Me muero!
¡Socorro!... ¡Quita allá, monja del diablo!... ¡Yo no te llamo, no te
quiero!...