XXII.

1841.

El sol estaba en su zenit, i desprendia a torrentes sobre la tierra esa

luz caliente, confortante, clara, nítida, espléndida con que nos regala

en un dia de junio, cuando el suelo está ennegrecido por la lluvia, i

los árboles en esqueleto nos presentan su triste desnudez.

La bóveda celeste ostentaba toda su pureza, ni un vapor la empañaba, i

su limpio azul relucia mas, en vez de atenuarse, con el esplendor del

sol. La vista podia dilatarse i penetrar bastas las últimas ondas de

aquel éter dulcísimo que azula nuestro cielo en un dia de invierno.

Ese calor vivificante obró en los miembros ateridos de nuestro héroe,

que vuelto en sí, recobró todo su vigor i se puso de pié. Estaba en la

cumbre de una montaña, a cuyo pié se estendia manso, inmenso i

portentoso el océano: allá a lo léjos se divisaba una franja de espuma

blanca como la nieve, describiendo el mismo curso de la base de las

colinas, que formaban una estensa bahía. En el fondo aparecian como

columnas flotantes algunos buques que surcaban las olas, i otros se

veian de costado ostentando todo el lujo de sus velas, como las gaviotas

que se columpian en sus alas desplegadas. Al pié de la montaña se

elevaban columnas de humo, i en los últimos declives se distinguian

casas apiñadas, cuyos techos de diversos colores estaban limpios como

despues de un aguacero.

Don Guillermo suspiró con efusion inefable, i sintió que las lágrimas se

le agolpaban i le eclipsaban la vista. Se arrodilló i oró......

Despues de pasada esta primera impresion consagrada a Dios, reconoció

que estaba en una senda que se prolongaba por toda la ceja de la montaña

i descendia al mar.

--¡Este es el camino de Carretas, dijo; no hai duda! ¡¡¡Allí está

Valparaiso!!!....

I corrió como un niño hácia abajo, lanzando gritos de alegría i ajitando

sus brazos de contento. Despues de largo tiempo, se sintió fatigado;

paró, se sentó en una peña, i desde allí descubrieron sus ojos una

ciudad estensa, cuyas calles se prolongaban a la orilla del mar,

formadas por edificios elegantes, limpios i de variados colores. Sintió

el bullicio, i en las casas que faldeaban las colinas mas próximas, vió

el movimiento de los habitantes.

--¡Nó, esclamó tristemente, nó; Valparaiso no es ese, no es tan grande,

no es así! ¡Adonde estoi!

Mucho rato estuvo absorto, pero sin pensar en nada; i al fin su vigorosa

intelijencia despertó.

Se puso en marcha de nuevo, pero pausadamente i aun con tristeza. Así

comenzó a penetrar por entre las primeras casas, i no siéndole estraño

el tipo de las jentes que encontraba, paró enfrente de unas mujeres que

cosian tomando sol a la puerta de una habitacion.

--¿Qué barrio es este, niñas? les preguntó en buen español.

--El cerro de Carretas, señor, le respondieron con afabilidad.

--Gracias, dijo, i siguió su camino.

--Mira, ¡qué gringo tan buen mozo! oyó que decia una mujer.

--¡Qué pálido! ¡De dónde vendrá! decia otra.

Don Guillermo iba mas tranquilo, i su continente era ya el de un hombre

que ha sufrido grandes desgracias, mas calmado.

El sol descendia tras de la punta de Curaumilla, cuando el ingles bajaba

las últimas laderas de la quebrada del Arrayan i penetraba por

callejuelas estrechas i barrosas.

Despues de algunos minutos desembocaba a la plaza Municipal i se dirijia

sin vacilar a la calle de la Planchada. Multitud de jentes cruzaban en

todas direcciones, pero nadie se dignaba echar una mirada sobre el

viajero. Entre tanto él los miraba a todos i a cada momento creia

encontrar a algun antiguo conocido; el corazon le palpitaba con

violencia, la cabeza se le reventaba i sentia vahidos que le hacian

sudar, las piernas le flaqueaban: tal era la fuerza de su emocion al

verse salvo en los mismos sitios donde ántes soñó venturas.

De repente i casi maquinalmente, paró en el hotel de Francia, en cuya

ancha puerta habia unos franceses con sendos i poco fragantes puros en

la boca, hablando todos a un tiempo, _sans façon_, como si estuvieran en

casa. El ingles entró derecho, i ellos, haciéndole paso, le miraron de

alto a abajo, no sin fijarse en el hermoso sobretodo que le cubria su

elevado cuerpo, hasta mas abajo de las rodillas.

En el patio se presentó un mozo, i Mr. Livingston se dirijió a él

preguntándole por madama Ferran.

--Ya no está aquí, señor, le dijo aquel, tiene ahora el hotel de Europa.

--¿A dónde?

--En la plaza Municipal, a la entrada de la calle de los Alamos.....

Mr. Livingston dió media vuelta i desanduvo su camino, volviendo a

llamar la atencion de los franceses de la puerta, que le tomaron

entónces por capitan de buque.

Llegó a la casa señalada, i apénas entró al patio sintió que madama

Ferran llenaba todos los ámbitos de la casa con su voz sonora, dando

órdenes desde los altos. Subió la escalera, siguió el rumbo de la voz, i

llegó hasta la persona que la producia. La voz paró un momento, pero

luego se desató como una catarata. La servidumbre entera se puso en

movimiento. Corrian luces por todas partes, tronaban los pisos

entablados con las carreras, tropezaban los mozos llevando ropas de

cama, bandejas, cubiertos i uno de ellos se despeñó escalera abajo,

impulsado por madama Ferran que le mandaba a la cocina.

Un cuarto de hora despues todo estaba tranquilo.

Pasados algunos dias, en una tarde húmeda i nebulosa, Mr. Livingston

estaba tomando café en el Aguila i sucedia lo que se refirió al

principio.

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 61 / 113 题