1841.
El sol estaba en su zenit, i desprendia a torrentes sobre la tierra esa
luz caliente, confortante, clara, nítida, espléndida con que nos regala
en un dia de junio, cuando el suelo está ennegrecido por la lluvia, i
los árboles en esqueleto nos presentan su triste desnudez.
La bóveda celeste ostentaba toda su pureza, ni un vapor la empañaba, i
su limpio azul relucia mas, en vez de atenuarse, con el esplendor del
sol. La vista podia dilatarse i penetrar bastas las últimas ondas de
aquel éter dulcísimo que azula nuestro cielo en un dia de invierno.
Ese calor vivificante obró en los miembros ateridos de nuestro héroe,
que vuelto en sí, recobró todo su vigor i se puso de pié. Estaba en la
cumbre de una montaña, a cuyo pié se estendia manso, inmenso i
portentoso el océano: allá a lo léjos se divisaba una franja de espuma
blanca como la nieve, describiendo el mismo curso de la base de las
colinas, que formaban una estensa bahía. En el fondo aparecian como
columnas flotantes algunos buques que surcaban las olas, i otros se
veian de costado ostentando todo el lujo de sus velas, como las gaviotas
que se columpian en sus alas desplegadas. Al pié de la montaña se
elevaban columnas de humo, i en los últimos declives se distinguian
casas apiñadas, cuyos techos de diversos colores estaban limpios como
despues de un aguacero.
Don Guillermo suspiró con efusion inefable, i sintió que las lágrimas se
le agolpaban i le eclipsaban la vista. Se arrodilló i oró......
Despues de pasada esta primera impresion consagrada a Dios, reconoció
que estaba en una senda que se prolongaba por toda la ceja de la montaña
i descendia al mar.
--¡Este es el camino de Carretas, dijo; no hai duda! ¡¡¡Allí está
Valparaiso!!!....
I corrió como un niño hácia abajo, lanzando gritos de alegría i ajitando
sus brazos de contento. Despues de largo tiempo, se sintió fatigado;
paró, se sentó en una peña, i desde allí descubrieron sus ojos una
ciudad estensa, cuyas calles se prolongaban a la orilla del mar,
formadas por edificios elegantes, limpios i de variados colores. Sintió
el bullicio, i en las casas que faldeaban las colinas mas próximas, vió
el movimiento de los habitantes.
--¡Nó, esclamó tristemente, nó; Valparaiso no es ese, no es tan grande,
no es así! ¡Adonde estoi!
Mucho rato estuvo absorto, pero sin pensar en nada; i al fin su vigorosa
intelijencia despertó.
Se puso en marcha de nuevo, pero pausadamente i aun con tristeza. Así
comenzó a penetrar por entre las primeras casas, i no siéndole estraño
el tipo de las jentes que encontraba, paró enfrente de unas mujeres que
cosian tomando sol a la puerta de una habitacion.
--¿Qué barrio es este, niñas? les preguntó en buen español.
--El cerro de Carretas, señor, le respondieron con afabilidad.
--Gracias, dijo, i siguió su camino.
--Mira, ¡qué gringo tan buen mozo! oyó que decia una mujer.
--¡Qué pálido! ¡De dónde vendrá! decia otra.
Don Guillermo iba mas tranquilo, i su continente era ya el de un hombre
que ha sufrido grandes desgracias, mas calmado.
El sol descendia tras de la punta de Curaumilla, cuando el ingles bajaba
las últimas laderas de la quebrada del Arrayan i penetraba por
callejuelas estrechas i barrosas.
Despues de algunos minutos desembocaba a la plaza Municipal i se dirijia
sin vacilar a la calle de la Planchada. Multitud de jentes cruzaban en
todas direcciones, pero nadie se dignaba echar una mirada sobre el
viajero. Entre tanto él los miraba a todos i a cada momento creia
encontrar a algun antiguo conocido; el corazon le palpitaba con
violencia, la cabeza se le reventaba i sentia vahidos que le hacian
sudar, las piernas le flaqueaban: tal era la fuerza de su emocion al
verse salvo en los mismos sitios donde ántes soñó venturas.
De repente i casi maquinalmente, paró en el hotel de Francia, en cuya
ancha puerta habia unos franceses con sendos i poco fragantes puros en
la boca, hablando todos a un tiempo, _sans façon_, como si estuvieran en
casa. El ingles entró derecho, i ellos, haciéndole paso, le miraron de
alto a abajo, no sin fijarse en el hermoso sobretodo que le cubria su
elevado cuerpo, hasta mas abajo de las rodillas.
En el patio se presentó un mozo, i Mr. Livingston se dirijió a él
preguntándole por madama Ferran.
--Ya no está aquí, señor, le dijo aquel, tiene ahora el hotel de Europa.
--¿A dónde?
--En la plaza Municipal, a la entrada de la calle de los Alamos.....
Mr. Livingston dió media vuelta i desanduvo su camino, volviendo a
llamar la atencion de los franceses de la puerta, que le tomaron
entónces por capitan de buque.
Llegó a la casa señalada, i apénas entró al patio sintió que madama
Ferran llenaba todos los ámbitos de la casa con su voz sonora, dando
órdenes desde los altos. Subió la escalera, siguió el rumbo de la voz, i
llegó hasta la persona que la producia. La voz paró un momento, pero
luego se desató como una catarata. La servidumbre entera se puso en
movimiento. Corrian luces por todas partes, tronaban los pisos
entablados con las carreras, tropezaban los mozos llevando ropas de
cama, bandejas, cubiertos i uno de ellos se despeñó escalera abajo,
impulsado por madama Ferran que le mandaba a la cocina.
Un cuarto de hora despues todo estaba tranquilo.
Pasados algunos dias, en una tarde húmeda i nebulosa, Mr. Livingston
estaba tomando café en el Aguila i sucedia lo que se refirió al
principio.