En donde se ve que no es malo salir como se ha entrado.
--¿En qué piensas, Guillermo? decia Asmodeo un momento despues a su
compañero, sacudiéndole de un brazo; i éste alumbrado en medio de
aquellas tinieblas por los dos carbunclos que usaba por ojos el otro,
tomó un asiento, como fatigado i siguió pensando, puesto un dedo en la
sien i la vista fija en el suelo.
--¿Piensas quedarte aquí? No puede ser porque voi a cerrar la puerta,
agregó el viejo.
--Nó, al contrario, dijo el ingles: pienso en irme ahora mismo. ¿Como ha
podido escapárseme la salida de la Cueva?, puesto que está en esta misma
casa, que tanto he recorrido i examinado. ¿Qué misterio es este? ¿Miente
acaso el Esenio que acaba de hacer esa revelacion?
--Dice la verdad, replicó Asmodeo, i tú debes haber pasado mil veces por
esa salida sin reconocerla: está al fin del parque mas inmediato. ¿Pero
por qué no esperas a que te nombren embajador?
--¡Si hubiese de ser para que todos cayeran, esperaria! ¡Mas, la salida!
¡¡Dios mio!!...
--Cuidado con esas esclamaciones, si quieres hallar la salida.
--¿Por qué? ¿Podria señalármela usted?
--Es claro que sí. Favor por favor: tú me has abierto la puerta de esta
tribuna; yo te abriré la otra. Pero necesitas, no solamente el valor que
tenias cuando entraste a la Cueva, sino otro tanto mas: vas a atravesar
un camino espantoso. Yo te acompañaré con una condicion...
--No admito condiciones: fio en mi valor i en mi porvenir.
--Corriente. Voi solamente a ponerte en la puerta; favor por favor i
estamos a mano. Vamos.
--Vamos pronto.
I salieron de la tribuna, cerrándose tras de ellos suavemente la puerta.
Bajaron de la galería, tomaron un claustro, se introdujeron por un
pasadizo, pasaron una puerta, otra mas i despues otra; todavía un
callejon i salieron a un parque cuyos frondosos árboles dormian en
silencio, sin que la mas lijera brisa ajitase su follaje. El silencio
era profundo; solo se oia el golpe de la pierna coja de Asmodeo en el
suelo limpio i endurecido de la avenida de árboles que habian tomado. El
viejo marchaba a paso redoblado adelante, i el ingles tenia que apurar
el suyo para no quedar atras.
Al fin de la avenida, se esplanaba el lugar, pues terminaba la arboleda
i solo tenian a su frente un cerro elevadísimo que parecia tocar las
estrellas con su cumbre. Mr. Livingston veia levantarse sombras
vaporosas por todos lados, i comprimió sus ojos con la mano, para
persuadirse de que esos fantasmas eran una ilusion de su vista. Pero
cuando volvió a mirar, los halló mas cerca, i no pudo ménos de esclamar:
--¡Estamos perdidos, nos han rodeado los Esenios!
--No hai cuidado, son mis espíritus, que me hacen los honores de
ordenanza, esclamó el viejo, al momento de llegar a tocar una enorme
roca que se avanzaba del cerro, como centinela. Aquí esta la puerta:
busca un boton que debe estar ahí.
Don Guillermo recorrió con su mano durante algunos minutos el paraje que
se le indicaba i halló un punto redondo que le pareció de fierro.
--Aquí está, dijo conmovido.
--Apriétalo, le replicó Asmodeo; i el peñasco dió una media vuelta sobre
su eje, a la presion violenta que el ingles hizo en el boton, dejando en
su base una abertura oscura i renegrida, larga i angosta, que seguia en
su curso la curva de la figura de la roca.
--Entra, agregó Asmodeo, i buenas noches; hasta mas ver.
El ingles intentó darle la mano en muestra de agradecimiento, pero él le
volvió su joroba mirando hácia el parque i silbando despacito un aire de
«Roberto el Diablo».
Bajó Mr. Livingston lleno de emocion, i adentro sintió una atmósfera
tibia i seca que le paralizó.
--¡Adelante, derecho, sin titubear, valor!... le gritó de afuera
Asmodeo.
El obedeció, i sintiendo el suelo firme i parejo bajo su planta, echó a
andar con rapidez. Despues de algun tiempo de marcha no interrumpida,
notó que la oscuridad no era tan profunda ni el silencio tan continuado,
pues que algunos ruidos indefinibles herian su oido. Pensó en Lucero,
suspiró por ella con dolor i con esperanza, i recordó la descripcion que
en otro tiempo le habia hecho del camino de la salida i las
instrucciones que le habia dado. Pronto debo encontrar, dijo entre sí,
al monstruo de la ignorancia.
Un rujido espantoso aturdió a don Guillermo, pero no conmovió su
corazon. Sintió que le repelian con violencia, i fijando con toda
intensidad su vista, vió delante de sí que la bóveda de la caverna habia
desaparecido, i que marchaba por una agostura aclarada por una vislumbre
opaca que dejaba ver a uno i otro lado elevadísimas murallas de roca. A
pocos pasos mas, ya no pudo andar sintiendo sus piés enlazados como por
un anillo de hierro. Cruzó ambas manos sobre el pecho i esperó. El
anillo de hierro subia lentamente, pero mas bien eran nuevos anillos los
que le abrazaban las piernas, puesto que mas arriba del primero que le
ligó los piés, sentia otro i otros que se le enroscaban i apretaban,
produciéndole una impresion de hielo que le daba un frio mortal a pesar
de sentirse empapado de sudor. Un jadeo silbante i áspero, como el del
boa constrictor, llegaba a sus oidos, i sentia un hálito pestífero,
cuando los anillos le subian ya hasta la cintura.
El peso de los anillos casi le doblaba, i al mover sus brazos para
balancearse i equilibrarse, sintió con ellos la cabeza enorme de la
serpiente que le envolvia i tocó la forma i la morbidez glacial de su
cuerpo. Entónces los levantó hácia arriba para que en ellos se enroscase
el monstruo i preservar su cuello de la estrangulacion. Así sucedió, i
aquella serpiente atroz dobló sobre el codo del brazo derecho su cabeza
de un pié de largo, con ojos de áscuas, de boca abierta i de lengua de
saeta que movia horizontalmente con velocidad, i la colocó cerca de la
cara del animoso ingles.
«¡La luz de la JUSTICIA, el ardor del PATRIOTISMO i el poder de la
DEMOCRACIA disipan las tinieblas, i aniquilan la ignorancia!» dijo el
héroe con voz trémula i pausada.
La serpiente dió un silbo parecido al que hace la tempestad en la jarcia
de un navío, i se desplomó al suelo...
El héroe quedó inmóvil algunos instantes i repitiendo--Justicia,
Patriotismo, Democracia, emprendió su marcha rápida i segura hácia
adelante.
Una luz viva i rosada inundaba entónces aquel estrecho sendero por donde
apénas cabian cuatro hombres de frente. A uno i otro lado se notaba la
superficie desigual i ondulada de la montaña, que al parecer habia
sufrido un rajamiento obrado por un cataclismo, como se ve en la
angostura de Chañarcillo i en las gargantas del Caspio. Los ángulos i
demas formas salientes de un lado correspondian a las hendiduras i
curvas del otro; i el perfil de ambas líneas culminantes era igual, i
ese perfil se divisaba a una elevacion prodijiosa.
Mr. Livingston abarcó de una mirada la fisonomía del lugar, i siguió las
ondulaciones del camino, sin saber lo que habia detras del punto que le
interceptaba la vista. Pero marchaba con valor i confianza, a pesar de
que todavía sentia helada su sangre, húmeda su frente, i se miraba las
manos como si fueran de mármol.
A medida que avanzaba, notó que la vereda se ensanchaba, pero que la luz
disminuia i se ponia de un tinte incierto que estraviaba la vista i
hacia vacilar la cabeza. Trató de sobreponerse a aquel prestijio i
redobló su paso; pero al dar vuelta una curva de la montaña, se halló
con tres caminos. Paróse dudoso i casi se aflijió: no sabia cuál de esos
caminos debia tomar, i habia perdido la direccion del rumbo que traia.
Una mujer bellísima se presenta en el punto que hacia centro a los
caminos. Vestia ropas lucientes i ricas, tachonadas de máscaras i
lenguas rojas, mostraba solo una pierna por la abertura de su túnica
talar, porque la otra le cojeaba; i llevaba en la mano un haz de pajas
ardiendo, cuyas llamas deslumbraban i perturbaban la vista del viajero.
--¿A dónde vas? le preguntó con una sonrisa que descubria una boca negra
i oscura.
--En busca del Patriotismo, respondió con severidad don Guillermo.
--¿Para qué? ¿Con qué fin?
--Porque esa virtud nos traerá la luz de la Justicia i el poder de la
Democracia, que hacen triunfar la verdad i matan la mentira!
--¡Marchad! dijo ella i se estinguió repentinamente la llama del haz de
pajas, despidiendo humo renegrido i hediondo.
--¿Cuál es el camino? preguntó el viajero.
--El de la derecha...
--¿I por qué no el de la izquierda?
--El que queráis, dijo la bella, i dió vuelta las espaldas, ocultando
con el manto su pierna coja.
Pero el ingles miró con vista fija i cierta, i distinguió bien que el
camino del centro estaba iluminado, miéntras que los otros eran oscuros,
diferencia que ántes no habia notado, porque su vista vacilaba i la
llama del haz de pajas la estraviaba. Entónces tomó con denuedo la senda
iluminada, miéntras que la Mentira se perdia en las sinuosidades
lóbregas del camino de la derecha, i se oia el gárrulo sonido que hacia
al andar con sus vestidos.
La luz fué mas viva i dorada por algun tiempo i la angostura mas ancha i
derecha, pero allá a lo léjos se divisaba una columna negra que cerraba
el camino en toda su altura, como si fuera su término. Así anduvo el
viajero una inmensa distancia, hasta que vió distintamente que la
columna no era un cuerpo perpendicular, como le habia parecido, sino una
abertura profunda, que indicaba que el camino continuaba oscuro como una
caverna, estrecho i sinuoso. Por un instante sintió que el corazon se le
oprimia, pero un rayo de su mente le representó la imájen de Lucero i
cayó sobre su corazon, desahogándolo i dándole contento.
¡Adelante! dijo, i penetró en las tinieblas. Pero al punto tropezó en un
estorbo, i una voz gutural, ronca i desapacible como la que sale de un
pecho enfermo, esclamó:--«Cuidado con mi pierna, que es la mala, mi
buen Guillermo! Eres valiente i sagaz. ¡Bravo! Has dado pruebas mas
espléndidas que las que dió en su mocedad nuestro hijo Napoleon el
Grande. ¡Eres mas grande tú! ¡Eres un Wellington! I a propósito, ¿sabes
que ese diantre de viejo se conserva todavía en todos sus brios i
comiendo uvas como un viñatero?»
Mr. Livingston habia reconocido al mismo Asmodeo, su compañero en la
tribuna, que estaba allí sentado en el suelo i que le miraba con sus
ojos redondos i ardientes.
--¿Qué hace usted aquí? le preguntó sorprendido.
--Hijo, le respondió, me adelanté a tí luego que te ví triunfar de la
sierpe, pues te habia seguido desde la entrada, i aquí me he puesto a
esperarte.
--¿Para qué?
--Para aconsejarte que no sigas adelante. Me das lástima, i me intereso
por un valiante como tú.
--Estoi decidido: yo no vuelvo a la Cueva, suceda lo que sucediere.
--¡Ah, tú no sabes lo que te espera!
--Pero usted lo sabe i me lo dirá.
--Me gusta tu confianza. Pues, hijo, aquí, en esta noche de mar en
tempestad en que vas a entrar, te encontrarás con una bandada; nó, con
una turba, ménos: con una atmósfera de cuervos voraces que te harán
pedazos i para quienes no valdrán los conjuros que te ha enseñado
Lucero.
--Yo venceré, pasaré adelante.
--Lo creo, tú te volverás águila, porque puedes hacerlo i pelearás,
hasta salir desplumado. Pero mas adelante i en el término de la salida,
no te valdrá ninguna brujería, ningun ensalmo, ningun valor. Allí el
suelo está erizado de bayonetas, al estremo de no haber donde pueda
pisar un mosquito; i la atmósfera está cruzada en todas direcciones de
balas de todos los calibres imajinables, que te matarían aunque te
volvieras pulga. Hijo, yo te lo digo con esperiencia: con los cuervos i
los soldados que manejan aquellas armas no hai medio, pues que los unos
pican i los otros matan todo lo que no les pertenece. Lo mejor es no
hacerles frente, no luchar con ellos a la descubierta, i dejarlos que
solos entre sí se piquen i se destrozen, porque cuando tienen enemigos
que combatir, se unen i se hermanan respectivamente a las mil
maravillas.
--Es cierto que yo no debo combatir ni resistir.
--Ya, pero tampoco debes siquiera presentarte a esos monstruos en ningun
caso. Un hombre cuerdo no lo hace jamas. Lo que importa es huir bien
léjos de ellos, dejarlos aislados, solos, que se devoren en su propio
fuego.
--¿Qué hacer entónces?
Asmodeo se quedó pensativo un rato. Luego continuó:--Hombre, yo te
salvaría, pero no puedo hacer nada de valde, i tú no admites
condiciones. ¿Me darías tu alma?
--La tengo dada a Lucero.
--Para dirijirla solamente, para ser tu padre espiritual.
--Lucero me dirije.
--¡Qué diablos!... Pero me ayudarias allá en el mundo en algunas cosas
que yo te encargaria de vez en cuando?
--Eso sí, con tal de que no me estraviase de mi principal mision.
--¡No hai temor! Yo tengo hecho ya el ánimo a ver triunfar la
democracia. Los hombres son hombres siempre, i tanto me da pescarlos en
China como en Inglaterra, en Turquía como en la Union Norte Americana.
Vamos, manos a la obra.
El viejecillo se levantó, i dando una cabriola, volvió las espaldas al
ingles. Súbitamente se desprendieron de su joroba dos enormes alas de
murciélago, que desplegó con natural donaire. En la articulacion
superior de esas alas aparecieron dos pequeños cuernos rosados que las
coronaban graciosamente.
--Ya está, esclamó, échate sobre mí i aférrate de esos cuernecitos.
Cuernos de cabron fueron los que te simbraron a la playa del mar cuando
entraste a la Cueva, i cuernos de murciélago son los que te sacan para
lanzarte a la ceja de la cordillera. Lo mismo da, i saldrás como has
entrado.--Dijo i partió volando hácia arriba como una bomba arrojada por
el mortero.
El vuelo fué atroz, violento, mas veloz que el huracan, mas impetuoso
que el rayo. Don Guillermo, aferrado de los cuernos i tendido en las
espaldas de Asmodeo, sentia silbar el aire en sus oidos, veia
precipitarse como una ilusion las montañas hácia abajo, i un vértigo
doloroso le quitó el sentido. El instinto o mas bien la crispadura de
sus nervios, le mantuvo asido a los cuernos.
Asmodeo llegó arriba i sentó airoso su planta. Sacudió el cuerpo i tiró
su carga al suelo. El ingles estaba exánime, lívido, sin pulso. El viejo
le echó una mirada al soslayo, sonriéndose; i haciendo una castañeta con
ambas manos, ahuecó su boca dándole el sonido burlesco de un calabozo, i
se lanzó a la Cueva como un águila sobre su presa...