XX.

Tercer cuadro.

Era una tardecita de invierno, i el sol habia traspuesto los montes

vecinos, dejando los parques i jardines de los Esenios iluminados con

los últimos reflejos que todavía inundaban la bóveda celeste. Pero la

oscuridad invadia ya las grutas i cenadores, los bosquecillos i los

laberintos de aquella deliciosa mansion. Un aire sutil penetraba por los

ramajes i enfriaba el ambiente.

Don Guillermo, que meditaba o penaba solitario en aquellos sitios, se

retiró a los claustros, sintiendo la necesidad de abrigo. Allí notó un

movimiento desusado: multitud de notables de la ciudad llenaban los

corredores, i secreteaban como tratando sobre algun gran acontecimiento.

Poco a poco fueron desapareciendo, pues entreverados con los Esenios,

entraban a un salon reservado, i cerraban tras de sí la puerta.

El ingles quiso mostrarse desentendido de todo i ganó otro claustro,

tomando una galería en alto que corria al costado del salon i que estaba

ya oculta entre las sombras de la noche. Allí se puso a pasear a lo

largo i cabizbajo, sin tener en su mente idea fija ninguna: estaba en

una de aquellas situaciones en que suele uno encontrarse cuando se

propone averiguar un misterio i no halla por donde principiar, ni tiene

luz alguna que le dé entrada a la cuestion que quiere resolver. Pero

habiéndose acordado ya su vista con la oscuridad del sitio, al poco rato

de estar allí, divisó un bulto que le sorprendió, i que estaba inmóvil

cerca de una puertecita aislada que habia como única abertura del largo

paño de muralla que formaba aquel corredor. Aproximóse a él, i vió

claramente que era un viejecillo pequeño, enjuto, de mala pinta, narigon

i de ojos grandes que relampagueaban en la oscuridad, como los del

tigre. Una conmocion involuntaria le heló la sangre i le hizo dar un

chasquido en el corazon.

El viejo, sonriéndose i en una jerga poco intelijible, le preguntó:

--¿Has perdido tú un rosario?

--No, respondió don Guillermo un poco amostazado.

--Ahí está uno colgado en el tirador de esa puerta, le dijo el viejo, i

si tú lo quitaras i lo arrojaras bien léjos, me harias un gran servicio.

El ingles, lleno de sospechas, se acercó a la puerta, pasando por detras

de su interlocutor, por precaucion, i notó que ademas el viejo tenia en

sus espaldas una enorme joroba. Descolgó el rosario, i conoció, en el

tacto, que era de cuentas de Jerusalem i que tenia en su estremo una

cruz i un corazon pequeño de paño, que sin duda contenia alguna

reliquia. Al volverse al viejo, como señalándole el rosario, notó, item

mas, que el hombrecillo era cojo, pues dió un paso hácia atras con una

pierna tiesa e inflexible que parecia de palo.

--¿Crees tú en la virtud de ese sartal católico, apostólico, romano? le

preguntó el viejo.

--No, dijo el protestante, porque no creo que nuestro Señor lo haya

autorizado, ni en las sagradas escrituras se encuentra nada que lo

autorice.

--Arrójalo, entónces.

--Será mejor colocarlo en esta baranda, replicó el ingles, acercándose a

la de los balcones del corredor; basta que haya aquí una cruz.

--Lo mismo da; pero allá, bien léjos, añadió con sonrisa el viejo i

haciendo chispear sus ojos: ese talisman no me dejaba abrir la puerta.

Me has hecho un favor, porque me interesa mucho asistir de tapado a la

conferencia que hai adentro de esa sala. ¿Quieres tú asistir tambien?

Don Guillermo no queria otra cosa, pero dudando aceptar la invitacion

que le hacia un desconocido, que no le habia sido presentado, le dijo:

--No sé si deba, pues no sé con quién hablo, aunque me trata de tú.....

--¡Hum! esclamó el viejo, ¡escrúpulos de ingles! I resbalando hácia

atras su pierna de palo, hizo un esguince en forma de cortesía, i añadió

accionando con su mano derecha: Tengo el honor.... Soi el señor

Asmodeo, interventor en todos los negocios humanos, i que ya una vez,

hace trece años, tuvo que ver contigo, hijo mio.

Otro tiriton volvió a retirarle la sangre de las estremidades al ingles,

al oir esta peregrina presentacion. Se quedó estático, i miéntras tanto

el viejo se acercó a la puerta, la tocó con dos dedos para abrirla de

par en par sin ruido, i volviendo a repetir su cortesía con el cuerpo i

la mano derecha, le dijo:

--_Come in, come along_, conmigo.....

Don Guillermo titubeó; estuvo a pique de arrancar. Pero luego tuvo una

corazonada, i siguió a su cortes compañero, entrando a una tribuna alta

i balconada que daba vista al interior de una sala espaciosa i de muros

altos, sin adorno arquitectónico de ninguna clase.

El viejito se sentó en un taburete de los que allí habia, puso su pierna

buena sobre la mala, sacó de su bolsillo una ancha cartera roja, cuyo

lápiz revisó, i apoyando su barba en el puño cerrado de su derecha,

inundó la sala con sus ojos grandes i redondos, que lanzaban rayos

siniestros i que se armonizaban con una perpetua sonrisa que pendia de

sus finísimos lábios.

Allá, en el fondo del salon, se divisaba una larga mesa cubierta con

tapete verde i rodeada de sillones del mismo color, en los cuales

estaban como incrustados los Esenios i los caballeros. A lo largo de la

mesa corrian en hileras veinte blandones de metal con sendas hachas de

cera verde coronadas por una llama azulada, que despedia reflejos

inciertos i que apénas aclaraba los ángulos i la bóveda del salon.

¡Miren qué cuadro! dijo Asmodeo. ¡Miren qué caras! Ninguno de los

convidados tiene ni lo negro de la uña del padre Schwartz, pero no por

eso dejarán de ir a hacer tertulia en los infiernos a este reverendo

inventor de la pólvora. Unos son panzones, otros enjutos; unos viejos,

otros mozos; unos soberbios, otros humildes; pero de todos ellos no se

puede hacer un buen demonio. I diciendo esto, comenzó a escribir en su

cartera, con mano convulsa, pero lijera, veloz, rápida, como si fuera

movida por vapor; i sin dejar la operacion, preguntó a don Guillermo:

¿Qué dices tú de esto, hijo?

Mr. Livingston se iba familiarizando con un viejo tan afable, lijero i

gracioso; i tomándole por un instante por taquígrafo de algun diario

como el TIMES, le correspondió con esta otra pregunta:

--¿Toma usted apuntes para publicar esta sesion?

--¡Qué disparate!, le replicó el viejo con una mirada que avergonzó al

ingles. ¿Me has visto cara de chorlito o de escritor que es lo mismo?

Mira, en este pais no hai ente inverosímil de esos que estás mirando que

no sepa hacer su negocio mejor que los escritores, pues estos nenes

cifran toda su dicha en verse reproducidos por la estampa, i por tal de

publicar sus ideas en urdiembre, se despestañan i gastan su dinero,

tiempo i salud, a sabiendas de que nadie los lee, ni entre ellos mismos,

porque nadie sabe leer, aunque algunos sepan decorar. ¡Con qué! ¿Me ves

pinta de pertenecer a esa especie de locos? Vamos atendiendo a la

sesion: allá tienes un tonel que habla.

I en efecto, un señor casi cuadrado, que se divisaba de frente, llevaba

la palabra en ese momento. «Yo vivo retirado del mundo i pensando

solamente en estar bien con Dios; pero no por esto me liberto de

vejaciones atroces. No hago mal a nadie.....»

--Pero tampoco haces bien, refunfuñaba entre dientes Asmodeo,

rasguñando, que no escribiendo en su cartera; ni eres capaz de dar un

grano de trigo al gallo de la pasion, porque piensas que con solo rezar

por tu alma cumples con el que está allá arriba.

«Yo, agregaba otro de los notables, he consultado con mi conciencia mui

detenidamente i hallo que la resistencia es un deber.»

--Así puedes hallarte sábio en tu conciencia, gruñia Asmodeo, porque tú

te la formas a tu paladar, pues la conciencia no es sino la opinion que

cada cual se forma segun sus creencias, errores, gustos e inclinaciones.

Otro convidado tomó la palabra, protestando que él no pensaba mas que en

sus negocios, sin mezclarse en nada, i que, sin embargo, sufria mucho en

su persona e intereses.

Pero Asmodeo le acotaba:--Piensas en tus negocios, pero mucho mas en los

ajenos, porque tienes los instintos de la sanguijuela, a pesar de tu

figura de tábano.

«Yo, esclamaba, uno, hago todo el bien que puedo;» porque estás cansado

de hacer mal i temes a la muerte, añadia el viejo siempre tomando notas.

«¡Para qué cansarnos, señores!» gritó con énfasis otro. ¿Quiénes mas

acreedores a respeto i consideracion que nosotros, que siempre hemos

apoyado el poder i permanecido devotos a nuestra relijion?...

--Sí, dijo Asmodeo riéndose, la devocion es vuestro fuerte. Sois devotos

al poder porque os gusta gobernar o porque sacais siempre piltrafas de

estar bajo el ala del poderoso; i sois devotos a la relijion de puro

miedo al infierno, porque os imajinais saldar con golpes de pecho

vuestra larga cuenta con el diablo, i no por amor a Dios ni a su lei,

que no conoceis ni por las tapas. En el fondo no teneis mas que egoismo

i presuncion, indolencia i orgullo.

--¿I es posible, preguntó el ingles, que todos sean tan malos?

--No, replicó Asmodeo, hai tambien buenos, i con esos no hablo, porque

están en minoría, i se limitan a llorar i deplorar la corrupcion

jeneral. Allá en el cielo se duerme mucho, amigo, o se pasa el tiempo

mui bien entretenido, pues nunca se acuerdan de las cosas de acá abajo i

dejan a los buenos sin proteccion, i a los malos sin atajo: por eso es

que nuestra cosecha es siempre mejor i mas abundante que la del padre

viejo, i por eso es que mas gobernamos nosotros en el mundo que el Dios

de los buenos.

En ese momento tomaba la palabra uno de los Esenios, encantando con su

dulce semblante i sus suaves ademanes a la concurrencia; pero arrancando

al viejito algunas esclamaciones, como éstas: ¡Brigand! ¡Bribon!

¡Rascal! ¡Impostore! ¡Conspirador! ¡Traditore!

«Confiando nosotros, decia aquel, en el parecer que uniformemente han

mostrado todos estos respetables señores, hemos tomado algunas medidas

preventivas. Entre otras, por ejemplo, hace tiempo que retenemos aquí a

un estranjero que era perseguido con una hechicera que le acompañaba en

su fuga. Una noche en que hubo de ser aprehendido, pudimos obrar de modo

que lo fuese su compañera, i él quedase libre i asilado entre nosotros.»

(Esto es contigo, dijo Asmodeo al ingles.) «Este hombre puede servirnos

mucho. Estando a nuestra disposicion i en nuestra casa misma la salida

de la Cueva, porque nosotros dirijimos la inspiracion de los Jenios al

mundo, i mantenemos la comunicacion con esas rejiones, podemos

facilitarle la salida con la condicion de que nos procure el auxilio de

los de afuera para derrocar a los Jenios i establecer nuestro poder.»

(Don Guillermo no respiraba: no era mas que orejas para oir i ojos para

mirar.) «Este hombre necesita vengarse de su larga peregrinacion en la

Cueva, se afiliará con entusiasmo a nuestro servicio. Nosotros poseemos

la clave del sistema sobrenatural de que los Jenios se valen para

influir en las cosas humanas, pero no tenemos la fuerza necesaria para

derrocarlos, para ocupar su lugar i ejercer su poder. Apelemos a la

alianza con los hombres que en el otro mundo profesan nuestra doctrina.

Pero para llevar a cabo el plan, es necesario que podamos disponer de un

caudal, que lo formemos entre todos»...

El discurso fué interrumpido por los regüeldos de un notable a quien le

habia dado flato.

--¡Fuit Illium! dijo Asmodeo, ardió Troya, i se echó a reir

convulsivamente.

El enfermo se habia levantado de su asiento, i con él casi todos los

concurrentes. Algunos de ellos, ganando la sombra de los otros, se

acercaban a la puerta mui disimulados i desfilaban para afuera. Otros se

ponian en corrillos a conversar por lo bajo con gran seriedad; aquellos

se paseaban, i muchos, contajiados por el flato, comenzaron a sentirse

indispuestos. En un cuarto de hora mas, habiendo ya mui pocos

concurrentes, el senescal de los Esenios creyó prudente aplazar la

reunion para otro dia, i el salon quedó desierto i a oscuras. La reunion

habia terminado sin acuerdo ninguno, sin resultado, repentinamente, como

termina la sesion de una cámara, cuando se ve en apuros un ministro que

dispone de la campanilla. Talvez los Esenios i sus afiliados no tenian

hábitos parlamentarios, o talvez entre estos últimos habia costumbre de

salvar un compromiso o de conjurar un peligro, recurriendo al flato.

Como quiera que sea, los dos espectadores de este espectáculo se habian

quedado en la tribuna el uno riéndose i refunfuñando, i el otro

estupefacto, como una estátua de piedra, i casi en ayunas del contenido

i significacion de lo que acababa de ver.[27]

[27] Este cuadro hace la descripcion, salvo los detalles

necesarios para mantener la verdad relativa del cuento, de una de

las primeras conferencias que celebraron los pelucones por

organizar la conspiracion de 1829 contra el gobierno liberal;

reunion que terminó como aquí se refiere. El autor oyó a Don

Ventura Marin, su maestro, describir esta conferencia, que tuvo

lugar en el cuarto del canónigo Meneses, rector del Instituto

Nacional.

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 59 / 113 题