Vida contemplativa.
Nada mas propio de un amante desgraciado que meterse en un convento:
testigo de ello la célebre poetisa cubana que cuando enviudó por primera
vez se retiró a las monjas i no salió de ellas, sino cuando le volvió el
estro del consuelo i se reconcilió con el mundo. Otros muchos testigos
podrian citarse en apoyo de esa verdad; pero para qué se necesita mas
testimonio que el de una mujer que por sí sola equivale a un rejimiento.
El dolor, con ser la lei primordial de nuestra flaca naturaleza, es sin
embargo siempre una cosa nueva para nosotros, siempre nos toma
desprevenidos, i nunca, a pesar de su frecuencia, nos produce efectos
análogos, sino bien diferentes i aun contradictorios. En unos desarrolla
la sociabilidad hasta el punto de confundir sus efectos con el miedo,
porque el dolorido no puede quedarse solo un momento, i halla su alivio
en la compañía de otro ser que le comprenda; pero en los enamorados, el
dolor desarrolla la mas seca misantropía, los hace ariscos i fieros,
insociables i fastidiosos, hasta que pára con ellos en algun convento,
como en busca de arrepentimiento, o les inspira el saludable deseo de
suicidarse, como para libertar a la especie humana de un ente inútil.
Todo eso es natural i sucede porque debe suceder: luego no debemos
condenarlo; ni tampoco debemos admirarnos de que nuestro héroe se
hubiese hallado tan bien i tan a sus anchas en aquella especie de
convento donde le dejamos entrando, que pasados algunos dias, ya no
pensaba en salir, porque solo allí podia llorar con libertad la pérdida
de su Lucero. I afortunadamente lloraba, que así pudo salvarse de la
enfermedad propia de los de su raza, que se suicidan hasta por
libertarse del trabajo de abrocharse los pantalones. ¡Qué sábia es la
naturaleza! Solamente a los ingleses les ha regalado esa enfermedad que
se llama esplin, porque solo ellos son los mas orgullosos de los
hombres, i por tanto los que mas necesitan de un mal que les haga
comprender que son tan miserables como los demas humanos. Así nos ha
dado tambien a los españoles la manía de gobernar demasiado, porque
precisamente somos los mortales mas ingobernables, cuando tenemos
libertad, acostumbrados por tantos siglos como estábamos a ser arreados
a látigo en todo i para todo. Este mal de nuestra casta ha sujerido a
algunos sábios el dislate de que no somos aptos para el sistema
republicano ni para ejercer nuestros derechos: con la misma lójica
podriamos discurrir que el esplin hace a los ingleses incapaces para la
cocina, i esto no seria tan erróneo, porque todavía no se ha visto entre
los ingleses ni un Botargus, ni un Brillat Savarin, ni un Soyer.
Pero don Guillermo no pasaba todo su tiempo en llorar, que al fin los
ojos son una brillante porcion de la humanidad, i naturalmente cumplen
tambien con la lei de cansarse de hacer siempre una misma cosa. Largos i
frecuentes ratos empleaba en sabrosas i sábias conversaciones con sus
albergadores, pero sin llegar jamas a comprenderlos a derechas. Al
principio tomólos por escribas i fariseos por lo doctos i leguleyos que
eran, i tambien por ciertos ribetes de hipócritas que les hallaba; pero
luego varió de parecer i los calificó decididamente de Esenios. No era
mui versado el ingles en materias de cultos, ni mucho ménos en conocer
órdenes relijiosas, pues todo su saber no pasaba en el asunto de ciertas
reminiscencias bíblicas; pero creia encontrar en sus huéspedes los
mismos principios i sistema que aquella secta judía profesaba. Hacian
vida comun, sin comunidad de bienes; se trataban como hermanos i tenian
su espíritu de cuerpo, sin fraternidad; creian en la inmortalidad del
alma, pero negaban absolutamente el libre arbitrio, i por tanto nuestra
responsabilidad personal, como los Esenios; pues sostenian que todos
nuestros actos i pensamientos son el resultado necesario de un órden
superior que no comprendemos ni podemos variar; practicaban el celibato,
pero sin negar ni desconocer las ventajas del matrimonio, sino solo por
motivos de pureza, a diferencia de aquel mozo de perros de que nos habla
Victor Hugo, que habia renunciado a varios matrimonios ventajosos, i se
habia consagrado a cuidar perros, por la sencilla razon de que estos
tienen solo siete especies de rabia i la mujer mil.
Como quiera que fuese, los Esenios de la Cueva, ya que por tales los
tomó quien pudo observarlos de cerca, eran allí una potencia, en cuanto
no se movia una paja sin su voluntad en todos aquellos contornos: ellos
dirijian las conciencias i las opiniones, o mas bien eran los dueños del
pensamiento, porque presentándose como ministros de Dios i como
intérpretes de su divina voluntad, su palabra era la lei, i su persona
merecia una especie de adoracion, como que era el reflejo del poder
eterno en cuanto repartian a su arbitrio la bienaventuranza o la
perdicion. I para que su analojía con los Esenios antiguos fuese mas
perfecta, tenian el mismo talento organizador, pues por medio de
asociaciones piadosas, reglamentaban la caridad en su práctica, el
sentimiento relijioso en todas las formas imajinables, hasta las de la
idolatría, i todos los demas sentimientos i deberes, i aun los usos,
trajes, maneras i modales, proporcionándose así un ejército de devotos
que no les costaba un centavo, i consiguiendo por medio del ascendiente
relijioso mucho mas que cuanto pudo alcanzar Pedro el Grande con todo su
poder, cuando se propuso domesticar a los rusos. De esta manera les
pertenecia a ellos, mucho mas que a los Jenios, la sociedad entera de
Espelunco, i si habia jentes en quienes no tenia mucho prestijio el
poder de los Esenios, esas jentes, sin embargo se sometían a él por no
aparecer como rebeldes i conservar su buen crédito, o por no chocar lo
que en su lenguaje llamaban preocupaciones del vulgo, i que, a pesar de
creerlas tales, acataban i reverenciaban como verdades, como justas i
sábias creencias.[23]
[23] Esta alegoria representa el poder del clero católico, que en
aquella época preludiaba la organizacion de los elementos del
partido político clerical.
Don Guillermo, hombre poco vividor, nada práctico, como hemos podido ya
conocerlo, no podia estar en paz con las jentes que por indolencia
soportaban i aun aprobaban lo que su conciencia rechazaba i su juicio
condenaba como malo. A él no le causaba estrañeza que los Esenios no se
contuvieran en el verdadero límite de su ministerio, i que arrastrados
por la facilidad de conquistar poder, fuesen hasta sojuzgar la razon i
pervertir el buen sentido con supercherías i mentiras: al fin en eso no
hacian ni mas ni ménos que lo que hace todo ambicioso sin nobleza i todo
el que especula con el engaño. Pero lo que no podia soportar era que
hombres que se daban el aire de tales, reconociendo aquella invasion i
condenándola en secreto, se abstuviesen de elevar su voz i su poder
contra ella i la tolerasen con indiferencia o con respeto, ya por
indolencia, ya por no poner en peligro su nombre o su quietud. En esto
pensaba como ingles de educacion i honradez, pues que en su pais son mui
raras esas transacciones de la indolencia i del egoismo con la maldad o
el error, o a lo ménos no son tan frecuentes como en los pueblos de
nuestra projenie, i tal suponemos al de la Cueva, donde la indolencia
raya en imbecilidad i el egoismo en crímen.
Estas i otras observaciones de nuestro héroe casi son capaces de
hacernos creer que los habitantes de la Cueva eran medio porros, pues
vivian embaucados, imbunchados i estraviados en todos sus actos i
pensamientos i a todas horas. Don Guillermo, que habia conocido al
pueblo i a los hijos del pueblo cuando corria la caravana con Lucero,
estaba últimamente entre los Esenios colocado mui ventajosamente para
tratar i conocer a la flor i nata de aquella sociedad, i hallaba que no
era ella ménos que el pueblo pobre la víctima de la ignorancia, de la
mentira, del fanatismo i de la ambicion. En todas las clases notaba la
misma indolencia, el mismo egoismo, el mismo descontento i malestar
moral; la misma falta de principios, la misma carencia de amor i de fé
por alguna idea o sistema, i por fin, la misma ansiedad por algo nuevo,
por algo que variase la situacion social entera: i en nada contribuia la
fé relijiosa para consolar ese eterno dolor, porque en realidad no
existia tan siquiera esa fé, i lo que se tomaba por tal no era otra cosa
que miedo a la vida eterna en unos, especulacion en muchos, i en los
mas, principalmente en las mujeres, necesidad de un principio, de un
sentimiento, de algo en que ocupar la actividad humana que no hallaba en
aquella sociedad muerta para todo lo bueno i lo grande ni empleo, ni
estímulo, ni asiento.[24]
[24] Este rasgo pinta la situacion moral de la sociedad chilena
en la época que trata de diseñar este cuento.
Es cierto, decia entre sí don Guillermo: si las jentes de allá arriba
son como éstas, no pueden ni con mucho tener el sentimiento del
patriotismo. ¿Qué atractivo para el espíritu, qué goce para el corazon
pueden hallar en una sociedad semejante? Fuera de los afectos
domésticos, no hai nada que ligue al individuo con la patria, nada que
halague siquiera su orgullo nacional; i fuera de los goces íntimos, el
corazon no encuentra ni gloria que lo haga palpitar, ni grandeza que lo
atraiga, ni belleza moral que despierte su amor hácia la patria, ni
goces ni bienestar que lo adhieran al lugar de su residencia. El hombre
se apega a las cosas por el sentimiento, i cuando la sociedad que nos da
el ser no tiene medios de insinuarse en nuestros corazones, i por el
contrario, nos hace pesada la vida, no puede ni debe contar con nuestro
amor. ¡Apostaria que no hai un habitante de Espelunco que no desee ser
estranjero!...
* * * * *
El trato con Lucero habia hecho filósofo a Mr. Livingston, i el retiro
del claustro en que vivia, el silencio de sus parques i jardines, i mas
que todo las penas que le atormentaban, le hacian meditar i moralizar a
menudo, i aprovechar las lecciones de la esperiencia: es cosa sabida i
mui repetida que los viajes i las desgracias enseñan mas que una
biblioteca.
* * * * *
Pero habia una cosa que le hacia perder sus ínfulas de filósofo i le
hacia reir en medio de su dolor, i era la pretension que tenian algunos
caballeros de los que frecuentaban su asilo de querer hallar un remedio
a aquellos males sociales en la monarquía o en el gobierno de un
rei.[25] No estaban contentos con la oligarquía de los Jenios, i querian
un solo dueño, una familia consagrada que les diera gobernantes de
casta, a modo de los aficionados a las riñas de gallos que buscan el
pollo fino i lo cultivan desde que es huevo, hasta que tiene estacas que
afilarle, con la diferencia de que los galleros se comen en cazuela los
pollos que salen malos, miéntras que los monarquistas son comidos vivos
por el rei de casta que sale bribon.
[25] Esta pretension, aunque disimulada, era mui comun, sin que
faltasen estadistas de profesion que la revelaban i sostenian.
Don Guillermo no discutia con estos políticos, sin embargo de que
departia a menudo con ellos, paseándose en los jardines o descansando en
los hogares de los Esenios. Ni como discutir con hombres que leian los
escritos de algunos españoles a quienes se les ha ocurrido justificar
las crueldades de don Pedro el colorin, porque con ellas se proponia dar
unidad a la autoridad real; o rehabilitar a Felipe II, porque tambien se
proponia otras grandes cosas, como si el fin justificase todos los
medios, o como si esos grandes fines no hubieran podido conseguirse sino
con enterrar hombres vivos i con quemar en la hoguera, perseguir i
espatriar a jeneraciones enteras. Naturalmente esos políticos debian
estar enamorados de los gobiernos fuertes, i llamar a Felipe, con cierto
obispo electo de acá arriba, el pio, humano i liberal monarca,
justificándole porque otra reina herética mató mas cristianos, como si
un bandido pudiera escusarse con presentar otro mas bandido que él.[26]
Con su pan se lo coman, decia entre sí el ingles: si éstos creen que
porque hai grandes naciones bajo el gobierno monárquico, deben esa
grandeza a la monarquía i no a una antigua i vasta civilizacion i a
otras causas benéficas que se han desarrollado a pesar de esta forma de
gobierno, yo les daria que viniesen a remover con veinte yuntas de reyes
los hondos males que aquejan a este pais. Nó, no es el despotismo de uno
o de muchos, cualquiera que sea su forma, el que puede estinguir la
ignorancia, desterrar la mentira, atajar los avances del fanatismo i
evitar los estravíos de la ambicion en una sociedad, sino el gobierno
que, naciendo del pueblo, respeta su oríjen i corresponde al pueblo,
protejiendo sus derechos, haciéndole justicia, sirviéndole con amor, i
cimentando su autoridad en el interes comun, en la union de las
opiniones, en la fraternidad que surje naturalmente de la concordia i
armonía de todas las aspiraciones.
[26] El obispo electo para Chiloé sostuvo esta tésis en un
sermon. Este obispo, que no llegó a consagrarse, era el
presbítero Tocornal.
Algun egoismo habia al parecer en esta reserva de Mr. Livingston, pero
aun sin atenerse al refran que dice: en el pais a donde fueres haz lo
que vieres, él necesitaba mucha circunspeccion para no chocar a los que
le retenian en un asilo tan seguro, del cual no se atrevia a fugar,
miéntras no tuviese siquiera algun conocimiento de la topografía de
aquella comarca, para dirijirse en busca de la salida de la Cueva.
¡Terrible situacion la de nuestro amigo! Era víctima del amor como
Abelardo, un Abelardo prisionero, sin saber donde, como Monte-Cristo; un
Monte-Cristo pobre como Aman; un Aman lleno de paciencia i de esperanza,
como Job; un Job dispuesto a sacrificarse por salvar a un pueblo como
Marco Curcio. ¿Qué va a ser de él? ¿Cuándo podrá salvarse? ¿Cuál será el
premio de tanto sufrimiento?