Huye, que solo aquel que huye escapa.
Puestos en salvo i en la calle los dos fujitivos, Lucero declaró que era
indispensable que ámbos se separasen para distraer la atencion de la
policía, que naturalmente debia fijarse en todas las parejas que
encontrara, puesto que era una pareja lo que buscaba.
El ingles recibió con pesar esta órden i aun se atrevió a objetarla con
la consideracion de que era mucho peor que aprendiesen a uno solo. Pero
Lucero le convenció, ménos con argumentos, que con el ascendiente que
sobre él tenia, i le persuadió a separarse.
Si tú caes, le decia, quedo yo libre para trabajar en tu salvacion. Pero
si a mí me toca esa mala suerte, tú debes solo pensar en hallar la
salida de la Cueva para ir al mundo a emprender la peregrinacion que ha
de salvarme. Harias mal en emplear aquí tu tiempo para arrancarme de mi
cautiverio: no lo conseguirias; i aunque tuvieras la felicidad de romper
mis prisiones, no podrias desencantarme miéntras aquí permanecieras. Haz
lo que te digo, sigue fielmente mis instrucciones, si no has de volverme
a ver en estos lugares; no dejes nunca de tenerme sobre tu corazon. Si
perdieras mi recuerdo, no solo serias ingrato para mi amor, sino traidor
a tus convicciones i a la santa causa que has jurado. Vete i no olvides
un momento ni mis consejos ni mi amor.
Dijo, i ámbos se estrecharon mudamente, confundiéndose en un espíritu
sus dos almas en aquel momento de efusion íntima i completa. Despues,
cada uno caminaba en opuestas direcciones al punto de reunion que se
habian señalado, pero por un movimiento eléctrico i simultaneo, los dos
volvian a mirarse de cuando en cuando i a suspirar, hasta que se
perdieron de vista.
Hicieron bien: las calles estaban atestadas de brujos que acechaban i
que se aprontaba listos para lanzarse sobre la primera pareja que
hubieran husmeado. La policía de aquel lugar estaba montada a la
francesa, es decir, no porque anduviese a caballo, que eso habria sido a
la chilena, sino porque sus ajentes eran invisibles: no gastaban
uniforme, ni porte ni armas militares, ni pitaban, ni gritaban, ni
miraban a lo turnio por las calles; sino que eran mansos i vestían i
andaban como todos i entre todos.
Don Guillermo apresuró su paso, i en pocos minutos llegó al lugar de la
cita, que estaba fuera de la ciudad.
Entretanto la poblacion estaba como si le hubieran tocado arrebato:
todos corrian, pero a esconderse, porque uno de los jefes de los brujos,
estimulado por su propio miedo, i no por el de nadie, habia desplegado
una enerjía estraordinaria para perseguir i aprehender a todos los
vivientes, como suelen hacer los cazadores de jilgueros, que por tomar
uno de uña blanca, arrastran con todos los que se acercan a la trampa. I
en efecto que el tal jefe hacia mui bien, porque solamente con un
arrastre semejante podia alcanzar a cojer algo de lo que deseaba. Así lo
comprendieron las estranjeros de Espelunco, que no los nacionales,
siempre tardíos e injustos para apreciar el mérito de sus compatricios,
pues aquellos con esa imparcialidad que es natural en todos los
traficantes, votaron una accion de gracias en favor del distinguido
jefe, haciéndose los ecos de la poblacion entera. Eso se llama hacer
justicia a tiempo. Un soberano premia con decoraciones i títulos a sus
beneméritos servidores: así el pueblo debe premiar a los que se han
distinguido en su servicio, aunque sea apaleándolo, decian los
estranjeros con ese aplomo que Dios les ha dado. Pero no fué esto todo:
los autores de tan bello pensamiento tuvieron ademas la habilidad de
asociar a su manifestacion a los mismos que habian sufrido en aquella
batida del jefe, o a los que la habian reprobado, lo cual no era difícil
de lograr en aquel pais, que como inculto que era, abundaba en
imbéciles, pues tales bichos tienen de comun con el poleo, eso de
multiplicarse en las tierras incultas hasta el estremo de
infestarlas.[22] Contra la imbecilidad no hai mas remedio que la
cultura: la imbecilidad es el verdadero pecado orijinal de la humanidad,
la fuente de todos los vicios i errores, de todas las faltas i crímenes,
pues que todo eso tiene su asiento en la flaqueza de espíritu, que es el
patrimonio comun del hombre, i que no se corrije sino a fuerza de
educacion i de cultivo.
[22] Alude a un obsequio espléndido que los comerciantes ingleses
de Valparaiso hicieron al intendente que se habia distinguido,
como jefe de la provincia, en la persecucion de liberales.
La noche estaba fria, pues aunque primavera en aquel pais, era ya una de
esas altas horas en que la tierra comienza a despedir vapores húmedos
que destemplan la atmósfera, i afectan el sistema nervioso de los que no
están recojidos en su cama. Don Guillermo se sentia enteramente crispado
por un calofrio mortal, i trató de guarecerse en el alfeizar de una
enorme puerta que vislumbró cerca. Pero allí seguia tiritando, a pesar
de que estaba resguardado; i entónces comenzó a comprender que su
calofrio partia del corazon. En efecto Lucero tardaba mucho ya para que
su enamorado no estuviera rodeado de temores i aprehensiones, que le
hacian afluir a borbollones la sangre al corazon, helándole las
estremidades i la superficie.
¿Qué hacer? pensaba el ingles: si voi a buscarla, me espongo a que ella
venga, i no encontrándome en el sitio, se alarme i vuelva al pueblo en
busca mia. Todo parece ya en silencio. ¿Habrá terminado la San
Bartolomé que los brujos han representado esta noche? ¡Ah! ¡Qué va a ser
de mí si pierdo a mi Lucero! Esa mujer es el complemento de mi ser: su
corazon es parte de mi corazon, su intelijencia es la luz de mi
intelijencia, su vida es mi vida. No, con esa mujer no se cumplirá jamas
en mí aquella eterna lei que hace que el corazon aborrezca hoi lo que
ayer deseaba con fervor. Esa lei se ha hecho para el curso ordinario de
la vida humana, i en esa lei está el principio de actividad que lleva al
hombre siempre tras de lo mejor, en pos de la perfeccion. Pero cuando
uno ha encontrado esa perfeccion i la siente en todo su ser, el corazon
late satisfecho i no se cansa ni sacia jamas con la felicidad.
I tenia razon de sobra Mr. Livingston, porque hai ocasiones, aunque
raras, en que dos seres se complementan como un tornillo con su tuerca;
de modo que si llegan a encontrarse i a concertarse, quedan como en su
centro, como queda el tornillo cuando se le ajusta la tuerca, i el
corazon deja de volar tras de las ilusiones que lo arrebatan, cuando
todavía no ha encontrado otro corazon que lo complete.
Esa era su situacion respecto de Lucero, i he allí la razon por qué
tiritaba con solo la aprehension de perder a su hechicera.
En estos i en otros pensamientos converjentes al quicio sobre que
rodaban todas las ideas de nuestro ingles, fueron pasándose las horas,
hasta que los primeros albores de la mañana comenzaron a desprenderse de
las montañas i a inundar el valle. Los pajarillos, desperezándose i
sacudiendo su plumaje, lanzaban las primeras notas del armonioso
concierto con que saludaban el alba. La brisa embalsamada ajitaba los
follajes; i las flores, como sensibles a su aliento, se elevaban para
alcanzarla, sacudiendo las gotas de aljófar que durante la noche habian
inclinado sus corolas hácia el suelo. Ruidos indefinibles se alzaban por
todas partes, porque la naturaleza toda comenzaba a despertar.
Don Guillermo estaba arrobado, porque esas grandes escenas de la
naturaleza tienen el poder de arrebatarnos la atencion i de hacernos
olvidar aun los pensamientos que dan aliento a nuestra existencia. Todo
renace, decia él, todo se renueva cuando la naturaleza sacude el sueño
de la noche. ¿Qué es el hombre en ese cuadro portentoso que se reproduce
sin cesar siempre bello, siempre fresco i nuevo? No es mas que esa flor,
no es mas que ese árbol, que esa avecilla: ¡ínfima parte de un todo
infinito, detalle insignificante, elemento perecedero i frájil, que no
se renueva i que solo aparece por algunos instantes a embellecer un
punto del inmenso cuadro de la naturaleza, que no perece jamas, i que se
muestra cada vez mas jóven, lozana i brillante!.....
Pensamientos son estos capaces de quitar el frio a cualquier cristiano;
pero como don Guillermo era protestante, no se le alcanzaba que el rei
de la creacion, destinado por Dios para la vida eterna, no puede ni debe
ser considerado como una avecilla destinada a ser comida en estofado, o
como una flor, que si llega a tener buen fin no es otro que el de
perecer disecada en el álbum de un enamorado. El hombre, aunque pecador,
debe ser mas respetado: basta que todo le pertenezca en este mundo i el
otro, segun lo ha dicho no sé que santo. Don Guillermo pensaba en
aquellas herejías naturalmente, i por eso no perdia el frio que le tenia
yerto i sin accion.
Súbitamente se abre de par en par la puerta en que estaba apoyado, i por
poco hubo de caer, al sentirse flaquear en cuerpo i alma, pues que a mas
del espanto natural que esto le producia, perdia el punto de apoyo que
habia hallado en la puerta cerrada.
Una especie de hombre fué lo que vió detras Mr. Livingston, cuando
volvió sus ojos espantados, i luego otro, i otro mas, todos vestidos
uniformemente i con aire i actitud iguales.
--Recóbrese, hermano, le dijo uno de ellos, i pase adelante, si se le
ofrece algo.
--Gracias, replicó el ingles medio aturdido, debo permanecer aquí.
--Es inútil, agregó otro, porque la persona a quien usted espera no
vendrá. Anoche ha sido aprehendida, a poco de separarse de usted, i
usted mismo lo habria sido, si no hubiese salido tan pronto de la
ciudad.
Don Guillermo ocultó su rostro en sus dos manos, como para esconder la
impresion dolorosa que le causaron estas palabras. Quedó irresoluto,
perplejo, temiendo que aquello fuese otra prision donde se le hacia
entrar con buenos modos para que no se alarmase. Casi estuvo a punto de
echar a correr para salvarse, pero vió que no tenia para donde. El valle
era allí estrechísimo i cerrado por altos cerros, que describian en su
curso el estremo de una elipse, cuya parte abierta se prolongaba por el
lado donde estaba situada la ciudad. ¿Será este el término de la Cueva,
pensaba entre sí Mr. Livingston, o será la entrada?
Los personajes que tenia al frente le miraban como adivinándole sus
pensamientos. Entre usted le dijo uno, talvez estaria usted mas seguro
entre nosotros que aquí afuera; no tema usted nada, que estamos
dispuestos a ampararle.
Mal de su grado hubo de corresponder el ingles a tan bondadosa oferta i
siguió los pasos de sus nuevos protectores que le conducian en
silencio.