XVIII.

Huye, que solo aquel que huye escapa.

Puestos en salvo i en la calle los dos fujitivos, Lucero declaró que era

indispensable que ámbos se separasen para distraer la atencion de la

policía, que naturalmente debia fijarse en todas las parejas que

encontrara, puesto que era una pareja lo que buscaba.

El ingles recibió con pesar esta órden i aun se atrevió a objetarla con

la consideracion de que era mucho peor que aprendiesen a uno solo. Pero

Lucero le convenció, ménos con argumentos, que con el ascendiente que

sobre él tenia, i le persuadió a separarse.

Si tú caes, le decia, quedo yo libre para trabajar en tu salvacion. Pero

si a mí me toca esa mala suerte, tú debes solo pensar en hallar la

salida de la Cueva para ir al mundo a emprender la peregrinacion que ha

de salvarme. Harias mal en emplear aquí tu tiempo para arrancarme de mi

cautiverio: no lo conseguirias; i aunque tuvieras la felicidad de romper

mis prisiones, no podrias desencantarme miéntras aquí permanecieras. Haz

lo que te digo, sigue fielmente mis instrucciones, si no has de volverme

a ver en estos lugares; no dejes nunca de tenerme sobre tu corazon. Si

perdieras mi recuerdo, no solo serias ingrato para mi amor, sino traidor

a tus convicciones i a la santa causa que has jurado. Vete i no olvides

un momento ni mis consejos ni mi amor.

Dijo, i ámbos se estrecharon mudamente, confundiéndose en un espíritu

sus dos almas en aquel momento de efusion íntima i completa. Despues,

cada uno caminaba en opuestas direcciones al punto de reunion que se

habian señalado, pero por un movimiento eléctrico i simultaneo, los dos

volvian a mirarse de cuando en cuando i a suspirar, hasta que se

perdieron de vista.

Hicieron bien: las calles estaban atestadas de brujos que acechaban i

que se aprontaba listos para lanzarse sobre la primera pareja que

hubieran husmeado. La policía de aquel lugar estaba montada a la

francesa, es decir, no porque anduviese a caballo, que eso habria sido a

la chilena, sino porque sus ajentes eran invisibles: no gastaban

uniforme, ni porte ni armas militares, ni pitaban, ni gritaban, ni

miraban a lo turnio por las calles; sino que eran mansos i vestían i

andaban como todos i entre todos.

Don Guillermo apresuró su paso, i en pocos minutos llegó al lugar de la

cita, que estaba fuera de la ciudad.

Entretanto la poblacion estaba como si le hubieran tocado arrebato:

todos corrian, pero a esconderse, porque uno de los jefes de los brujos,

estimulado por su propio miedo, i no por el de nadie, habia desplegado

una enerjía estraordinaria para perseguir i aprehender a todos los

vivientes, como suelen hacer los cazadores de jilgueros, que por tomar

uno de uña blanca, arrastran con todos los que se acercan a la trampa. I

en efecto que el tal jefe hacia mui bien, porque solamente con un

arrastre semejante podia alcanzar a cojer algo de lo que deseaba. Así lo

comprendieron las estranjeros de Espelunco, que no los nacionales,

siempre tardíos e injustos para apreciar el mérito de sus compatricios,

pues aquellos con esa imparcialidad que es natural en todos los

traficantes, votaron una accion de gracias en favor del distinguido

jefe, haciéndose los ecos de la poblacion entera. Eso se llama hacer

justicia a tiempo. Un soberano premia con decoraciones i títulos a sus

beneméritos servidores: así el pueblo debe premiar a los que se han

distinguido en su servicio, aunque sea apaleándolo, decian los

estranjeros con ese aplomo que Dios les ha dado. Pero no fué esto todo:

los autores de tan bello pensamiento tuvieron ademas la habilidad de

asociar a su manifestacion a los mismos que habian sufrido en aquella

batida del jefe, o a los que la habian reprobado, lo cual no era difícil

de lograr en aquel pais, que como inculto que era, abundaba en

imbéciles, pues tales bichos tienen de comun con el poleo, eso de

multiplicarse en las tierras incultas hasta el estremo de

infestarlas.[22] Contra la imbecilidad no hai mas remedio que la

cultura: la imbecilidad es el verdadero pecado orijinal de la humanidad,

la fuente de todos los vicios i errores, de todas las faltas i crímenes,

pues que todo eso tiene su asiento en la flaqueza de espíritu, que es el

patrimonio comun del hombre, i que no se corrije sino a fuerza de

educacion i de cultivo.

[22] Alude a un obsequio espléndido que los comerciantes ingleses

de Valparaiso hicieron al intendente que se habia distinguido,

como jefe de la provincia, en la persecucion de liberales.

La noche estaba fria, pues aunque primavera en aquel pais, era ya una de

esas altas horas en que la tierra comienza a despedir vapores húmedos

que destemplan la atmósfera, i afectan el sistema nervioso de los que no

están recojidos en su cama. Don Guillermo se sentia enteramente crispado

por un calofrio mortal, i trató de guarecerse en el alfeizar de una

enorme puerta que vislumbró cerca. Pero allí seguia tiritando, a pesar

de que estaba resguardado; i entónces comenzó a comprender que su

calofrio partia del corazon. En efecto Lucero tardaba mucho ya para que

su enamorado no estuviera rodeado de temores i aprehensiones, que le

hacian afluir a borbollones la sangre al corazon, helándole las

estremidades i la superficie.

¿Qué hacer? pensaba el ingles: si voi a buscarla, me espongo a que ella

venga, i no encontrándome en el sitio, se alarme i vuelva al pueblo en

busca mia. Todo parece ya en silencio. ¿Habrá terminado la San

Bartolomé que los brujos han representado esta noche? ¡Ah! ¡Qué va a ser

de mí si pierdo a mi Lucero! Esa mujer es el complemento de mi ser: su

corazon es parte de mi corazon, su intelijencia es la luz de mi

intelijencia, su vida es mi vida. No, con esa mujer no se cumplirá jamas

en mí aquella eterna lei que hace que el corazon aborrezca hoi lo que

ayer deseaba con fervor. Esa lei se ha hecho para el curso ordinario de

la vida humana, i en esa lei está el principio de actividad que lleva al

hombre siempre tras de lo mejor, en pos de la perfeccion. Pero cuando

uno ha encontrado esa perfeccion i la siente en todo su ser, el corazon

late satisfecho i no se cansa ni sacia jamas con la felicidad.

I tenia razon de sobra Mr. Livingston, porque hai ocasiones, aunque

raras, en que dos seres se complementan como un tornillo con su tuerca;

de modo que si llegan a encontrarse i a concertarse, quedan como en su

centro, como queda el tornillo cuando se le ajusta la tuerca, i el

corazon deja de volar tras de las ilusiones que lo arrebatan, cuando

todavía no ha encontrado otro corazon que lo complete.

Esa era su situacion respecto de Lucero, i he allí la razon por qué

tiritaba con solo la aprehension de perder a su hechicera.

En estos i en otros pensamientos converjentes al quicio sobre que

rodaban todas las ideas de nuestro ingles, fueron pasándose las horas,

hasta que los primeros albores de la mañana comenzaron a desprenderse de

las montañas i a inundar el valle. Los pajarillos, desperezándose i

sacudiendo su plumaje, lanzaban las primeras notas del armonioso

concierto con que saludaban el alba. La brisa embalsamada ajitaba los

follajes; i las flores, como sensibles a su aliento, se elevaban para

alcanzarla, sacudiendo las gotas de aljófar que durante la noche habian

inclinado sus corolas hácia el suelo. Ruidos indefinibles se alzaban por

todas partes, porque la naturaleza toda comenzaba a despertar.

Don Guillermo estaba arrobado, porque esas grandes escenas de la

naturaleza tienen el poder de arrebatarnos la atencion i de hacernos

olvidar aun los pensamientos que dan aliento a nuestra existencia. Todo

renace, decia él, todo se renueva cuando la naturaleza sacude el sueño

de la noche. ¿Qué es el hombre en ese cuadro portentoso que se reproduce

sin cesar siempre bello, siempre fresco i nuevo? No es mas que esa flor,

no es mas que ese árbol, que esa avecilla: ¡ínfima parte de un todo

infinito, detalle insignificante, elemento perecedero i frájil, que no

se renueva i que solo aparece por algunos instantes a embellecer un

punto del inmenso cuadro de la naturaleza, que no perece jamas, i que se

muestra cada vez mas jóven, lozana i brillante!.....

Pensamientos son estos capaces de quitar el frio a cualquier cristiano;

pero como don Guillermo era protestante, no se le alcanzaba que el rei

de la creacion, destinado por Dios para la vida eterna, no puede ni debe

ser considerado como una avecilla destinada a ser comida en estofado, o

como una flor, que si llega a tener buen fin no es otro que el de

perecer disecada en el álbum de un enamorado. El hombre, aunque pecador,

debe ser mas respetado: basta que todo le pertenezca en este mundo i el

otro, segun lo ha dicho no sé que santo. Don Guillermo pensaba en

aquellas herejías naturalmente, i por eso no perdia el frio que le tenia

yerto i sin accion.

Súbitamente se abre de par en par la puerta en que estaba apoyado, i por

poco hubo de caer, al sentirse flaquear en cuerpo i alma, pues que a mas

del espanto natural que esto le producia, perdia el punto de apoyo que

habia hallado en la puerta cerrada.

Una especie de hombre fué lo que vió detras Mr. Livingston, cuando

volvió sus ojos espantados, i luego otro, i otro mas, todos vestidos

uniformemente i con aire i actitud iguales.

--Recóbrese, hermano, le dijo uno de ellos, i pase adelante, si se le

ofrece algo.

--Gracias, replicó el ingles medio aturdido, debo permanecer aquí.

--Es inútil, agregó otro, porque la persona a quien usted espera no

vendrá. Anoche ha sido aprehendida, a poco de separarse de usted, i

usted mismo lo habria sido, si no hubiese salido tan pronto de la

ciudad.

Don Guillermo ocultó su rostro en sus dos manos, como para esconder la

impresion dolorosa que le causaron estas palabras. Quedó irresoluto,

perplejo, temiendo que aquello fuese otra prision donde se le hacia

entrar con buenos modos para que no se alarmase. Casi estuvo a punto de

echar a correr para salvarse, pero vió que no tenia para donde. El valle

era allí estrechísimo i cerrado por altos cerros, que describian en su

curso el estremo de una elipse, cuya parte abierta se prolongaba por el

lado donde estaba situada la ciudad. ¿Será este el término de la Cueva,

pensaba entre sí Mr. Livingston, o será la entrada?

Los personajes que tenia al frente le miraban como adivinándole sus

pensamientos. Entre usted le dijo uno, talvez estaria usted mas seguro

entre nosotros que aquí afuera; no tema usted nada, que estamos

dispuestos a ampararle.

Mal de su grado hubo de corresponder el ingles a tan bondadosa oferta i

siguió los pasos de sus nuevos protectores que le conducian en

silencio.

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 57 / 113 题