XV.

Digresiones.

No sabemos cuanto tiempo habia pasado desde que don Guillermo fué

trasportado como cuerpo muerto de la playa del Pacífico a los antros de

la Cueva del Chibato, ni cuanto va trascurriendo desde que emprendió su

fuga con Lucero, desde los umbrales del Alcázar de los Jenios en busca

de su libertad. Si, como creian los antiguos, el espacio i el tiempo no

son mas que simples relaciones de los seres; o si el tiempo como creen

otros, no es mas que la determinacion de la duracion, hecha por el

entendimiento i revestida de formas por la imajinacion, de todos modos,

no podemos saber cómo consideraban esas cosas los habitantes de

Espelunco; pues ni conocemos asertivamente sus relaciones, ni tenemos

datos sobre el modo como contaban la duracion. Lo mas probable es que no

les hubiese alcanzado la correccion Gregoriana, por católicos que

fuesen, i que, por consiguiente sus meses i sus años fuesen mui

diferentes de los nuestros. ¿Quién sabe si aquel año de noviciado que

hacian sufrir a los imbunches no era un siglo? ¡Ya se vé que eso no

habria sido tan malo, pues hai espíritus tan tenaces que no se doman

jamas! Testigo aquel porfiado prisionero de Chillon, de quien nos cuenta

Byron, i a quien no le bastaron ocho años de argolla para dejar de ser

republicano; i tambien aquel otro viejo empecinado a quien no abatieron

diez i seis años de silencio forzado, ni tres de reclusion rezando los

salmos penitenciales, para que dejase de hacer alarde de sus herejías,

esclamando _e pur si muove_, cuando se levantó del sitio en que le puso

arrodillado la santa Inquisicion para que abjurase sus errores. ¡Rara

condicion la de algunos hombres que no saben jamas amoldarse a las

circunstancias para pasarlo bien, i que prefieren sacrificarse por una

quimera de esas que se llaman teorías o utopias! Bien merecido tienen su

mal, i ellos solos lo sufren, con la maldicion del diablo i la befa de

la jente sensata que sabe vivir. Nosotros los hombres prácticos, los

vividores, como se decia al estilo antiguo, no debemos incomodarnos por

mejorar el mundo: si somos súbditos, bien nos viene el obedecer i

callar, porque donde manda capitan no manda marinero, i porque al fin i

al postre no hai nada mejor que el gobierno; i si por fortuna somos

mandones o estamos en peligro de serlo, ahí está nuestro modelo, el

ladino Sancho, que cuando se las soñaba en el reino de Micomicon,

esclamaba: «¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros? ¿Habrá mas

que cargar con ellos i traerlos a España, donde los podré vender i a

donde me los pagarán de contado, de cuyo dinero podré comprar un título

o algun oficio con que vivir descansado todos los dias de mi vida? No

sino dormíos, i no tengais injenio ni habilidad para disponer de las

cosas, i para vender treinta o diez mil vasallos en dácame esas pajas:

por Dios que los he de volar, chico con grande, o como pudiere, i que

por negros que sean, los he de volver blancos o amarillos: ¡llegaos, que

me mamo el dedo!» Así han dejado a los pueblos, mamándoselo, algunos

ex-presidentes i ministros americanos que se han ido a vivir descansados

todos los dias de su vida a Europa, i a gozar de los frutos de su

injenio, que no lo tuvieron ménos grande que Sancho. ¿Hai mas que

imitarlos? ¡Bueno es el mundo i bien se está San Pedro en Roma!

Otra cosa que ignoramos es el cómo la hermosa Lucero inició a su querido

en sus hechicerías, enseñándole a metamorfosear su figura

instantáneamente, a volar por lo alto como pájaro, a arrastrarse como

culebra por lo bajo i a resbalarse como pez entre las manos. Ya se ve

que todo eso i mucho mas era preciso a quien tenia que andar asendereado

i perseguido en un pais donde la policía estaba servida por brujos

capaces de dar caza al mismo Cojuelo, si hubiese ido a incomodar i a

alterar el órden. Semejante policía no cabeceaba ni roncaba, cuando

estaba de servicio, ni incomodaba con pitos ni gritos a los vecinos que

la pagaban, ni mostraba su valor sableando a los inermes i estropeando a

los beodos, ni probaba su vijilancia dejando robar a los ladrones, sin

prenderlos, i aprisionando o espiando a los enemigos de la autoridad que

no hacen daño.[16] Nó, aquello era otra cosa, i don Guillermo tenia

mucha necesidad de las artes de su dulce amiga para escapar del peligro

de las agujas, de que ya le habia salvado una vez.

[16] Se refiere a los hechos de la época en que apareció el

cuento, no solo en lo de la policía, sino tambien en los demas

puntos que tocan estas digresiones.

¡Ah! cuánto dieran algunos de por acá para alcanzar a poseer esas artes

diabólicas! Pero es el caso que debe haber mucho de cierto en lo que

pensaba de nosotros el padre Malebranche, cuando sostenia que el alma no

obraba de manera alguna sobre el cuerpo, i que Dios es el único que obra

sobre el alma i sobre el cuerpo: así es que, por mas que uno desee

volverse perro para amar i no sentir, o moscon para fastidiar al

prójimo, jamas lo consigue, porque Dios no quiere, i porque el cuerpo

solo puede acordar sus movimientos al pensamiento mediante la accion

divina. No queda mas recurso que un pacto con el diablo. ¿Pero esto

quién lo consigne, ni quién puede verle la cara a ese ánjel? Desde que

él acabó sus tareas en el mundo, se jubiló i desapareció para siempre:

hoi ya ni se acuerda de nosotros. Estuvo tanto tiempo enseñándonos i nos

enseñó tanto, que viendo que en maldades i necedades podiamos darle

lecciones, se restregó las manos complacido i se retiró a descansar.

Solo allá, de tarde en tarde, cuando aparece un Fausto en el mundo, cosa

que no se ha visto mas que una vez, i en Alemania, suele darle el padre

viejo permiso para venir a acompañarle.

Ahora hai quien evoca los espíritus i tiene comercio con ellos, pero ese

es un negocio absolutamente yankee que no se puede hacer en todas partes

ni por todos. Santos i notabilísimos varones ha habido que lo han tomado

a lo sério, i aun han lanzado contra los que lo hacen anatemas i

escomuniones. ¡Pero quién tiene la fé o las creederas que estos santos

necesitan tener! Los yankees de los espíritus se han de estar riendo de

esas creederas, como se rien de los que les compran los jamones i

moscadas de madera que venden tan barato.

Como quiera que sea, si no hai cuerpo que no tenga su espíritu, en ese

grande i admirable órden de la naturaleza, lo cierto es que hai muchos

humanos que al parecer no tienen el suyo, a no ser que lo tengan tan

escondido como las rocas o los árboles. Pero tanto el arte de evocar

esos espíritus ocultos, como las demas artes diabólicas, no se pueden

aprender fácilmente en el estado actual de cosas. Desde que la filosofía

ha dado al traste con la fé, los brujos han ido a esconderse en los

antros de la tierra, i quien no tenga la fortuna de Mr. Livingston, no

puede ponerse al habla con ellos ni aprender sus hechizos.

Mas, en obsequio de la verdad i en honor de nuestro héroe, debe

reconocerse que lo de brujo no disminuyó en un ápice sus instintos de

buen ingles, pues lo primero que hizo en el pais de su peregrinacion,

fué instruirse del estado en que se hallaban las garantías de _habeas

corpus_, ya que tanto le interesaba conservar el suyo. Pero halló que en

materia de prisiones, aquello era una atrocidad, porque sobre estar

habitualmente presas, como en un convento, aquellas jentes, sucedia que

no habia brujo ni bruja, como quien dice perro ni gato, que no tuviese

la facultad de mandar a la cárcel i aun de condenar a muerte a

cualquiera estante o habitante, aunque no fuese mas que por verle mala

cara. La seguridad individual no era allí conocida, sino por los

servidores de los Jenios, que, al fin como de la carda, estaban exentos

de los percances que ellos eran encargados de hacer sufrir a los demas.

El ingles se asustó de ver que el _habeas corpus_ estaba suspenso sin

ceremonia, i nunca perdió el susto por mas que procuraba imitar a los

paisanos suyos que por allí encontraba enteramente conformes i

contentos con esa inseguridad: pero no advertia que esos eran tambien de

la carda, miéntras que él habia desechado las propuestas de afiliacion

que en otro tiempo le hizo el juez del crímen de Espelunco.

Pero en cuanto a libertad de pensamiento, era eso otra cosa: los Jenios

dejaban la libertad de pensar i la de hablar por lo bajo cuanto se

quisiera, con tal que no se pasara de la conversacion privada; i era

libre el chismeo i el cuchicheo hasta lo infinito, i se podia hasta

soplar a la oreja un _venticello_ de aquellos cuya fuerza describia don

Basilio tan sabiamente. No, en ese punto estaban todos a sus anchas i

contentos, i hasta se les dejaba campo abierto para hacerse oradores

públicos, si querian, pues no se prohibia el hablar a gritos ni a los

histriones, ni a los predicadores, ni a los panejiristas del gobierno de

los Jenios, siempre que en todas esas loas fuesen estos loados i no

enlodados.

La misma libertad existia para el pensamiento escrito: ¡gracias a Dios,

existia la libertad de imprenta! La censura estaba rigurosamente abolida

para ántes i despues del parto: la autoridad no censuraba ántes de la

publicacion lo que parian los escritores, pero tampoco permitia publicar

ningun parto que la censurase a ella. La lei era pareja i por

consiguiente justa, pues cuando un gobierno no censura previamente las

obras, tiene justicia para no permitir la publicacion de escritos en que

lo censuren a él o a sus amigos. ¡Qué cosa mas racional! Pero sobre ser

justo este plan, produce ademas una ventaja inapreciable, tal es la de

que no pueden aparecer otras publicaciones que las que la autoridad

fomenta o tolera; i si alguna de estas saca a veces los piés del plato,

hai razon para que las otras i la autoridad se le vayan encima, las

primeras con el peso de la injuria i la calumnia, i la segunda con su

pesantez específica i cuantitativa, para castigarla i anonadarla, pues

que faltó al pacto i perturbó el órden.[17]

[17] No se hizo así con este cuento, que se publicó por primera

vez en la _Semana_. Se le dejó pasar en silencio. No se escribió

ni se habló de él, i se le condenó al aislamiento, como a un

apestado.

Mas don Guillermo, ingles al cabo, no comprendia esta libertad de

imprenta i se imajinaba que mas bien era una libertad de mentir por

escrito con patente autorizada, pues observaba que los escritores eran

verdaderos prestijiadores que embaucaban a sus lectores, variando el

sentido de las cosas, adulterando los hechos i convirtiendo en liebres

todos los gatos. Segun él, habia una perfecta contradiccion entre los

hechos que tocaba en la sociedad i los artículos que leia en la prensa;

pues miéntras que en aquella todo era malo, atrasado i podrido, para

esta no habia gobierno mas justo i liberal, ni mejor administrador, ni

pueblo que hiciera mas progresos ni que fuese mas afortunado que el de

Espelunco.

Solo un ingles puede tener la estravagancia de no conocer que hai un

derecho natural tan sagrado como el de la defensa propia, i es el del

propio elojio. Los ingleses no conocen cuánto cinismo i perversidad hai

en revelar nuestros vicios, i en descubrir nuestras lacras, pues ellos

hallan mui natural i puesto en razon el censurar a sus gobiernos i el

criticar sus vicios sociales. ¡Que falta de patriotismo tan

imperdonable! ¡Qué ingratitud! Maldecir de su propia madre, acusando sus

vicios, i atacar a su gobierno descubriendo sus pasteles, son verdaderos

parricidios que merecen el terrible consorcio del jimio, del gallo i la

culebra. Pero los ingleses no solo cometen esos crímenes diariamente,

sino que asilan en su tierra a todos los perseguidos i les dejan ámplia

libertad para que maldigan de sus gobiernos i desacrediten a su patria,

revelando al mundo lo que como buenos patriotas debian callar, basta que

se trate de los suyos, pues entre buenos hermanos todo debe quedar en

casa. No hai emigrado en Inglaterra que no haya gozado de esa libertad

de desacreditar: los españoles de Fernando VII, los franceses de

Napoleon, los napolitanos del rei Bomba i hasta los arjentinos de Rosas.

¡Qué mucho, si los malos se dan la mano i se protejen! Pues esos mismos

emigrados cometen cuando pueden en sus paises los mismos crímenes,

echando sin vergüenza a la estampa sus vicios sociales, i celebrando a

los escritores que lo hacen hasta elevarlos a la categoría de clásicos!

¿No han hecho eso los españoles con su Larra i los franceses con una

caterva de escritores parricidas? ¿No han elevado estátuas a Voltaire, a

Cervantes i a otros maldicientes de este jaez? ¿I los ingleses no se

llenan la boca con los nombres del dean Swift i del cura Sterne, dos

sacerdotes protestantes tan deslenguados i sarcásticos contra las

costumbres de su tiempo, como el benedictino Rabelais?[18]

[18] Esta ironia espresa en compendio las ideas que entónces

predominaban contra los escritores independientes.

Pues esa perversidad era lo que echaba de ménos el ingles entre los

virtuosos habitantes de la Cueva, quienes, si como criaturas frájiles,

tenian sus defectos, como buenos cristianos se los disimulaban, i como

buenos patriotas los callaban para no desacreditar su Cueva ni a sus

amos.

Viciado por su educacion el criterio de don Guillermo, i agriado su

ánimo por la persecucion de que era víctima, no podian ser acertados los

juicios que se formaba del pais que recorria; i haciendo abstraccion de

ellos, para salvar nuestra responsabilidad, así como de las cuestiones

de tiempo i modo que pueden suscitarse sobre la duracion de su

peregrinacion en la Cueva i sobre su aprendizaje de las artes

diabólicas, sigamos sus pasos hasta el punto donde le encontramos al

principio, i basta de digresiones.

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 54 / 113 题