Digresiones.
No sabemos cuanto tiempo habia pasado desde que don Guillermo fué
trasportado como cuerpo muerto de la playa del Pacífico a los antros de
la Cueva del Chibato, ni cuanto va trascurriendo desde que emprendió su
fuga con Lucero, desde los umbrales del Alcázar de los Jenios en busca
de su libertad. Si, como creian los antiguos, el espacio i el tiempo no
son mas que simples relaciones de los seres; o si el tiempo como creen
otros, no es mas que la determinacion de la duracion, hecha por el
entendimiento i revestida de formas por la imajinacion, de todos modos,
no podemos saber cómo consideraban esas cosas los habitantes de
Espelunco; pues ni conocemos asertivamente sus relaciones, ni tenemos
datos sobre el modo como contaban la duracion. Lo mas probable es que no
les hubiese alcanzado la correccion Gregoriana, por católicos que
fuesen, i que, por consiguiente sus meses i sus años fuesen mui
diferentes de los nuestros. ¿Quién sabe si aquel año de noviciado que
hacian sufrir a los imbunches no era un siglo? ¡Ya se vé que eso no
habria sido tan malo, pues hai espíritus tan tenaces que no se doman
jamas! Testigo aquel porfiado prisionero de Chillon, de quien nos cuenta
Byron, i a quien no le bastaron ocho años de argolla para dejar de ser
republicano; i tambien aquel otro viejo empecinado a quien no abatieron
diez i seis años de silencio forzado, ni tres de reclusion rezando los
salmos penitenciales, para que dejase de hacer alarde de sus herejías,
esclamando _e pur si muove_, cuando se levantó del sitio en que le puso
arrodillado la santa Inquisicion para que abjurase sus errores. ¡Rara
condicion la de algunos hombres que no saben jamas amoldarse a las
circunstancias para pasarlo bien, i que prefieren sacrificarse por una
quimera de esas que se llaman teorías o utopias! Bien merecido tienen su
mal, i ellos solos lo sufren, con la maldicion del diablo i la befa de
la jente sensata que sabe vivir. Nosotros los hombres prácticos, los
vividores, como se decia al estilo antiguo, no debemos incomodarnos por
mejorar el mundo: si somos súbditos, bien nos viene el obedecer i
callar, porque donde manda capitan no manda marinero, i porque al fin i
al postre no hai nada mejor que el gobierno; i si por fortuna somos
mandones o estamos en peligro de serlo, ahí está nuestro modelo, el
ladino Sancho, que cuando se las soñaba en el reino de Micomicon,
esclamaba: «¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros? ¿Habrá mas
que cargar con ellos i traerlos a España, donde los podré vender i a
donde me los pagarán de contado, de cuyo dinero podré comprar un título
o algun oficio con que vivir descansado todos los dias de mi vida? No
sino dormíos, i no tengais injenio ni habilidad para disponer de las
cosas, i para vender treinta o diez mil vasallos en dácame esas pajas:
por Dios que los he de volar, chico con grande, o como pudiere, i que
por negros que sean, los he de volver blancos o amarillos: ¡llegaos, que
me mamo el dedo!» Así han dejado a los pueblos, mamándoselo, algunos
ex-presidentes i ministros americanos que se han ido a vivir descansados
todos los dias de su vida a Europa, i a gozar de los frutos de su
injenio, que no lo tuvieron ménos grande que Sancho. ¿Hai mas que
imitarlos? ¡Bueno es el mundo i bien se está San Pedro en Roma!
Otra cosa que ignoramos es el cómo la hermosa Lucero inició a su querido
en sus hechicerías, enseñándole a metamorfosear su figura
instantáneamente, a volar por lo alto como pájaro, a arrastrarse como
culebra por lo bajo i a resbalarse como pez entre las manos. Ya se ve
que todo eso i mucho mas era preciso a quien tenia que andar asendereado
i perseguido en un pais donde la policía estaba servida por brujos
capaces de dar caza al mismo Cojuelo, si hubiese ido a incomodar i a
alterar el órden. Semejante policía no cabeceaba ni roncaba, cuando
estaba de servicio, ni incomodaba con pitos ni gritos a los vecinos que
la pagaban, ni mostraba su valor sableando a los inermes i estropeando a
los beodos, ni probaba su vijilancia dejando robar a los ladrones, sin
prenderlos, i aprisionando o espiando a los enemigos de la autoridad que
no hacen daño.[16] Nó, aquello era otra cosa, i don Guillermo tenia
mucha necesidad de las artes de su dulce amiga para escapar del peligro
de las agujas, de que ya le habia salvado una vez.
[16] Se refiere a los hechos de la época en que apareció el
cuento, no solo en lo de la policía, sino tambien en los demas
puntos que tocan estas digresiones.
¡Ah! cuánto dieran algunos de por acá para alcanzar a poseer esas artes
diabólicas! Pero es el caso que debe haber mucho de cierto en lo que
pensaba de nosotros el padre Malebranche, cuando sostenia que el alma no
obraba de manera alguna sobre el cuerpo, i que Dios es el único que obra
sobre el alma i sobre el cuerpo: así es que, por mas que uno desee
volverse perro para amar i no sentir, o moscon para fastidiar al
prójimo, jamas lo consigue, porque Dios no quiere, i porque el cuerpo
solo puede acordar sus movimientos al pensamiento mediante la accion
divina. No queda mas recurso que un pacto con el diablo. ¿Pero esto
quién lo consigne, ni quién puede verle la cara a ese ánjel? Desde que
él acabó sus tareas en el mundo, se jubiló i desapareció para siempre:
hoi ya ni se acuerda de nosotros. Estuvo tanto tiempo enseñándonos i nos
enseñó tanto, que viendo que en maldades i necedades podiamos darle
lecciones, se restregó las manos complacido i se retiró a descansar.
Solo allá, de tarde en tarde, cuando aparece un Fausto en el mundo, cosa
que no se ha visto mas que una vez, i en Alemania, suele darle el padre
viejo permiso para venir a acompañarle.
Ahora hai quien evoca los espíritus i tiene comercio con ellos, pero ese
es un negocio absolutamente yankee que no se puede hacer en todas partes
ni por todos. Santos i notabilísimos varones ha habido que lo han tomado
a lo sério, i aun han lanzado contra los que lo hacen anatemas i
escomuniones. ¡Pero quién tiene la fé o las creederas que estos santos
necesitan tener! Los yankees de los espíritus se han de estar riendo de
esas creederas, como se rien de los que les compran los jamones i
moscadas de madera que venden tan barato.
Como quiera que sea, si no hai cuerpo que no tenga su espíritu, en ese
grande i admirable órden de la naturaleza, lo cierto es que hai muchos
humanos que al parecer no tienen el suyo, a no ser que lo tengan tan
escondido como las rocas o los árboles. Pero tanto el arte de evocar
esos espíritus ocultos, como las demas artes diabólicas, no se pueden
aprender fácilmente en el estado actual de cosas. Desde que la filosofía
ha dado al traste con la fé, los brujos han ido a esconderse en los
antros de la tierra, i quien no tenga la fortuna de Mr. Livingston, no
puede ponerse al habla con ellos ni aprender sus hechizos.
Mas, en obsequio de la verdad i en honor de nuestro héroe, debe
reconocerse que lo de brujo no disminuyó en un ápice sus instintos de
buen ingles, pues lo primero que hizo en el pais de su peregrinacion,
fué instruirse del estado en que se hallaban las garantías de _habeas
corpus_, ya que tanto le interesaba conservar el suyo. Pero halló que en
materia de prisiones, aquello era una atrocidad, porque sobre estar
habitualmente presas, como en un convento, aquellas jentes, sucedia que
no habia brujo ni bruja, como quien dice perro ni gato, que no tuviese
la facultad de mandar a la cárcel i aun de condenar a muerte a
cualquiera estante o habitante, aunque no fuese mas que por verle mala
cara. La seguridad individual no era allí conocida, sino por los
servidores de los Jenios, que, al fin como de la carda, estaban exentos
de los percances que ellos eran encargados de hacer sufrir a los demas.
El ingles se asustó de ver que el _habeas corpus_ estaba suspenso sin
ceremonia, i nunca perdió el susto por mas que procuraba imitar a los
paisanos suyos que por allí encontraba enteramente conformes i
contentos con esa inseguridad: pero no advertia que esos eran tambien de
la carda, miéntras que él habia desechado las propuestas de afiliacion
que en otro tiempo le hizo el juez del crímen de Espelunco.
Pero en cuanto a libertad de pensamiento, era eso otra cosa: los Jenios
dejaban la libertad de pensar i la de hablar por lo bajo cuanto se
quisiera, con tal que no se pasara de la conversacion privada; i era
libre el chismeo i el cuchicheo hasta lo infinito, i se podia hasta
soplar a la oreja un _venticello_ de aquellos cuya fuerza describia don
Basilio tan sabiamente. No, en ese punto estaban todos a sus anchas i
contentos, i hasta se les dejaba campo abierto para hacerse oradores
públicos, si querian, pues no se prohibia el hablar a gritos ni a los
histriones, ni a los predicadores, ni a los panejiristas del gobierno de
los Jenios, siempre que en todas esas loas fuesen estos loados i no
enlodados.
La misma libertad existia para el pensamiento escrito: ¡gracias a Dios,
existia la libertad de imprenta! La censura estaba rigurosamente abolida
para ántes i despues del parto: la autoridad no censuraba ántes de la
publicacion lo que parian los escritores, pero tampoco permitia publicar
ningun parto que la censurase a ella. La lei era pareja i por
consiguiente justa, pues cuando un gobierno no censura previamente las
obras, tiene justicia para no permitir la publicacion de escritos en que
lo censuren a él o a sus amigos. ¡Qué cosa mas racional! Pero sobre ser
justo este plan, produce ademas una ventaja inapreciable, tal es la de
que no pueden aparecer otras publicaciones que las que la autoridad
fomenta o tolera; i si alguna de estas saca a veces los piés del plato,
hai razon para que las otras i la autoridad se le vayan encima, las
primeras con el peso de la injuria i la calumnia, i la segunda con su
pesantez específica i cuantitativa, para castigarla i anonadarla, pues
que faltó al pacto i perturbó el órden.[17]
[17] No se hizo así con este cuento, que se publicó por primera
vez en la _Semana_. Se le dejó pasar en silencio. No se escribió
ni se habló de él, i se le condenó al aislamiento, como a un
apestado.
Mas don Guillermo, ingles al cabo, no comprendia esta libertad de
imprenta i se imajinaba que mas bien era una libertad de mentir por
escrito con patente autorizada, pues observaba que los escritores eran
verdaderos prestijiadores que embaucaban a sus lectores, variando el
sentido de las cosas, adulterando los hechos i convirtiendo en liebres
todos los gatos. Segun él, habia una perfecta contradiccion entre los
hechos que tocaba en la sociedad i los artículos que leia en la prensa;
pues miéntras que en aquella todo era malo, atrasado i podrido, para
esta no habia gobierno mas justo i liberal, ni mejor administrador, ni
pueblo que hiciera mas progresos ni que fuese mas afortunado que el de
Espelunco.
Solo un ingles puede tener la estravagancia de no conocer que hai un
derecho natural tan sagrado como el de la defensa propia, i es el del
propio elojio. Los ingleses no conocen cuánto cinismo i perversidad hai
en revelar nuestros vicios, i en descubrir nuestras lacras, pues ellos
hallan mui natural i puesto en razon el censurar a sus gobiernos i el
criticar sus vicios sociales. ¡Que falta de patriotismo tan
imperdonable! ¡Qué ingratitud! Maldecir de su propia madre, acusando sus
vicios, i atacar a su gobierno descubriendo sus pasteles, son verdaderos
parricidios que merecen el terrible consorcio del jimio, del gallo i la
culebra. Pero los ingleses no solo cometen esos crímenes diariamente,
sino que asilan en su tierra a todos los perseguidos i les dejan ámplia
libertad para que maldigan de sus gobiernos i desacrediten a su patria,
revelando al mundo lo que como buenos patriotas debian callar, basta que
se trate de los suyos, pues entre buenos hermanos todo debe quedar en
casa. No hai emigrado en Inglaterra que no haya gozado de esa libertad
de desacreditar: los españoles de Fernando VII, los franceses de
Napoleon, los napolitanos del rei Bomba i hasta los arjentinos de Rosas.
¡Qué mucho, si los malos se dan la mano i se protejen! Pues esos mismos
emigrados cometen cuando pueden en sus paises los mismos crímenes,
echando sin vergüenza a la estampa sus vicios sociales, i celebrando a
los escritores que lo hacen hasta elevarlos a la categoría de clásicos!
¿No han hecho eso los españoles con su Larra i los franceses con una
caterva de escritores parricidas? ¿No han elevado estátuas a Voltaire, a
Cervantes i a otros maldicientes de este jaez? ¿I los ingleses no se
llenan la boca con los nombres del dean Swift i del cura Sterne, dos
sacerdotes protestantes tan deslenguados i sarcásticos contra las
costumbres de su tiempo, como el benedictino Rabelais?[18]
[18] Esta ironia espresa en compendio las ideas que entónces
predominaban contra los escritores independientes.
Pues esa perversidad era lo que echaba de ménos el ingles entre los
virtuosos habitantes de la Cueva, quienes, si como criaturas frájiles,
tenian sus defectos, como buenos cristianos se los disimulaban, i como
buenos patriotas los callaban para no desacreditar su Cueva ni a sus
amos.
Viciado por su educacion el criterio de don Guillermo, i agriado su
ánimo por la persecucion de que era víctima, no podian ser acertados los
juicios que se formaba del pais que recorria; i haciendo abstraccion de
ellos, para salvar nuestra responsabilidad, así como de las cuestiones
de tiempo i modo que pueden suscitarse sobre la duracion de su
peregrinacion en la Cueva i sobre su aprendizaje de las artes
diabólicas, sigamos sus pasos hasta el punto donde le encontramos al
principio, i basta de digresiones.