El alcázar de los Jenios.
¡Ai, desgraciado del que nace feo! ha esclamado algun poeta dominado del
númen de la verdad, mas que del estro de la poesía; i en realidad que no
es una ilusion poética la desgracia que trae consigo la fealdad. ¿Qué
feo inspiró jamas un amor a primera vista? El feo que logra ser amado,
lo consigue siempre a fuerza de mañas, o de bondad de corazon, o de
injenio: por eso las mujeres que se ven conquistadas por un feo se
escusan amenudo con un--«¡pero si es tan bueno!»--u ocultan su vergüenza
bajo el prestijio de la habilidad o del talento de su feo. ¡Mas qué
será, Dios mio, del que ademas de tener la fealdad en su cara, tiene la
pobreza en el corazon i menguado el entendimiento! A ese solo puede
salvarle el capricho femenil, i si no sabe esplotarlo o si no es capaz
de aprovecharse de las estravagancias de una mujer, no le queda otro
mundo que la celda de un convento, ni otro amor que el de Dios.
Al fin esto es algo: peor es entregarse como Calivan al amor del diablo.
¡I sin embargo, hai tantos Calivanes en este mundo, que sin ser hijos de
la bruja Sycorax, tienen una intelijencia grosera, un natural ruin i una
figura humana con todos los instintos i deformidades de la figura bruta!
¡Para esos, la maldicion del hombre i de la mujer! El que nace Calivan i
no tiene la virtud de la conformidad, i en lugar de hacerse bueno,
cultiva la envidia, i se enardece con el odio i el egoismo, es un
monstruo que no merece tan siquiera los caprichos de una bella, ni las
estravagancias de una fea, porque la mujer que se dejase conquistar por
él, no podria disculparse con un--«¡pero si es tan hábil!»
Afortunadamente no se hallaba don Guillermo clasificado en ninguna de
estas categorías de la fealdad, como fácilmente se habrá colejido al
verle enamorar con solo su presencia a una hechicera tan encantadora por
sus gracias como por sus artes. I aquel amor era como todos los que se
descifran a primera vista: él i ella se habian leido el corazon el uno
al otro, i se habian intimado i casi cristalizado, como si llevaran
largos dias de buen trato i de dares i tomares.
Hallábanse los enamorados a las puertas de un inmenso edificio, que era
el alcázar de los Jenios, cuando se cambiaron sus últimas promesas.
Lucero penetró en el alcázar seguida de su pájaro, el cual no tenia ya
ni la forma de tal, ni la del padre Adan en que habia sido cazado: era
el mismo hermoso don Guillermo que solia ver en su meson Madama Ferran
por las tardes, con la diferencia de que su rostro estaba ahora radiante
con las luces del amor i de la esperanza, i no sombreado por las dudas
que en otro tiempo le inspiraba Julia.
Lucero se perdió en aquella atmósfera crepuscular que ocupaba los antros
del alcázar, dejando a Mr. Livingston en un punto de apoyo desde donde
podia descubrirlo todo. No habia allí salones, ni apartamentos, ni
bóvedas, ni suelo: era un espacio inconmensurable, infinito, sin luz,
porque no eran sus habitantes los Jenios de la luz; ténuemente alumbrado
por un claror parecido al de la incierta luna bajo la enramada de una
encina, como el que alumbraba el infierno cuando el poeta lo visitó.
Sombras diáfanas pero opacas circulaban lentamente, unas verticales,
otras inclinadas, éstas recostadas muellemente en el ambiente, i muchas
como hendiendo el aire para subir o descender: eran los Jenios, i los
habia de todas dimensiones i figuras, pero conservando siempre aquella
forma que los pintores dan al alma, cuando la representan
desprendiéndose del cuerpo que muere. Voces metálicas, sonoras,
vibrantes, como las que arranca una pasion ardiente, surjian de todas
partes, al parecer en confusion.
Pero esa confusion era aparente: cuando don Guillermo fué recobrando el
imperio de su discernimiento i el uso de sus sentidos, libre ya del
estupor que le habia causado la novedad i estrañeza del espectáculo,
observó que en todo reinaba un órden admirable, i que los Jenios,
poseedores del portentoso poder de abrazar aquella inmensidad con una
mirada, con su voz, con su atencion, se comprendian sin estorbo, i se
ocupaban familiarmente de sus tareas sublimes. La intelijencia humana
del ingles no alcanzaba a descifrar otra cosa, sino que desde aquel
centro inconmensurable partia la inspiracion para el mundo profano; pero
no podia esplicarse cómo, ni podia distinguir a los mensajeros que
trasmitian los apotegmas con que resonaban los antros. A juzgar como
puede hacerlo un mortal, se trataba allí de muchos puntos
simultáneamente.
En algunos círculos se ocupaban al parecer en dictar la Constitucion
política de un pueblo, pues se oia vibrar una o muchas voces que
esclamaban:
«Aquella es la mejor de las constituciones políticas, que mas fácilmente
puede ser desobedecida i burlada por los que mandan, mediante una sábia
interpretacion, o merced a alguna cláusula que destruya las garantías
que ella concede.»
«Los abusos de la autoridad son santos, o por lo ménos inocentes: cuando
se trata de evitar el uso de la libertad i los abusos de los que
obedecen.»
«La fuerza del poder no debe buscarse en la opinion ni en el concurso de
los intereses de todos, sino en las armas i en los tesoros; pues la
resistencia a las pasiones ajenas i a los intereses ajenos es la mejor
política de los que mandan.»
En otras partes se oian proclamaciones que parecian consejos:
«No hai leyes buenas, se decia, si son malos los hombres encargados de
aplicarlas: corromped el corazon de los hombres i no tendreis que temer
de las reformas.»
«Enseñad a esperarlo todo de la voluntad de los que mandan, i así
acostumbrareis a los hombres a respetar la autoridad en las personas que
la ejercen i no en las leyes.»
«Haced a los hombres desleales, disimulados e hipócritas, egoístas,
orgullosos e intolerantes, i así tendreis defensores contra toda novedad
que hiera el sistema actual de vida.»
«Entristeced al pueblo, quitadle todas las ocasiones en que pueda
holgarse su espíritu, con el pretesto de atacar los vicios i de evitar
la corrupcion, i así lograreis inspirarle aquellas virtudes.»
«Protejed i fomentad la relijion, como aliada del poder, porque miéntras
mas relijioso es el pueblo, mejor podrán vuestros aliados ayudaros a
conservar el órden.»[13]
[13] Se ha procurado condensar en estos apotegmas terribles toda
la filosofía política del partido conservador. Filosofia que se
revelaba no en las palabras, sino en los hechos de los pelucones,
principalmente en los del gobierno absolutista de la época.
Mas allá se oia que se trataba de prescribir el escudo de armas de una
nacion, pues una voz sonora esclamaba de este modo:
«El emblema de un gran pueblo que está bajo nuestros auspicios, no debe
componerse del árbol de la libertad ni de los Andes i el sol. Es
necesario que los símbolos sean mas adecuados, i si se han de buscar en
la naturaleza, debe elejirse una ave de rapiña i un cuadrúpedo
montaraz, huraño i tan inútil, que ni siquiera haya sido visto por los
hombres: orladas esas criaturas por dos ramas de laurel entrelazadas,
formarán un verdadero jeroglífico de ese pueblo.....»[14]
[14] Alude a la reforma del escudo de armas de la República de
Chile, que hizo el partido pelucon.
Una luz mas viva ajitó el aire i Lucero, radiante i veloz, apareció a
los ojos del ingles, que atónito i abismado, contemplaba i oia con toda
su alma lo que pasaba i se decia. Los ojos claros de la hada i su
semblante abierto i espresivo, derramaron el consuelo i la esperanza en
el corazon de su enamorado.
--Ya estás libre, le dijo, pero necesitas llenar una condicion de
ceremonia.
--¿Cuál es? Ordena, Lucero, i serás obedecida.
--Los Jenios te conceden su indulto, pero debes solicitarlo en una
representacion respetuosa, en que implores perdon.
Una sombra siniestra cubrió la frente de Mr. Livingston, que bajó los
ojos como pesaroso i triste.
--¿Qué te sucede, esclamó Lucero, dudas?
--No dudo, dijo él siempre mústio; ¿pero de qué imploraré perdon? ¿Cuál
es mi culpa? ¡Hai mucho de indigno en la víctima que pide perdon a quien
oprime sin razon i sin mas lei que la de la fuerza!
Lucero se entristeció, pero reanimándose súbitamente, replicó:
--Una gracia se pide siempre al poderoso.[15]
[15] El gobierno triunfante en aquel tiempo exijia de sus
enemigos vencidos que implorasen perdon desde el destierro para
volver a la patria.
--Es verdad; observó Mr. Livingston, pero yo no creo que deba pedir
gracia, cuando me hallo en el caso de reclamar justicia; i cuando no
tengo quien me la haga, ni puedo valerme por mí propio, me resigno a mi
suerte, ántes que implorar favor, porque un favor solo ha de pedirse o
recibirse, cuando es grato deberlo.
--Comprendo tu dignidad, le dijo Lucero, oprimiéndolo cariñosamente con
su brazo; i no solo la comprendo, sino que te amo ya demasiado para que
pueda imponerte un sacrificio, ni contrariar tus sentimientos. Pero si
no te libertas por este medio, tienes que arrastrar grandes peligros
para conseguirlo con una fuga: yo te acompañaré, porque nuestra causa es
comun, i padeceré contigo. ¡Vamos!
--¡Imposible! Tampoco debo yo imponerte a tí sacrificios, déjame
solo.....
--Me los impones sin ofenderme, i yo los acepto con amor i con la
esperanza de que traerá tu libertad mi triunfo. Déjame el placer de ser
tu guia, tu salvadora, que él es mas grande que las penas que tenga que
sufrir por tí. ¡Vamos! ¡Adelante!