XIV.

El alcázar de los Jenios.

¡Ai, desgraciado del que nace feo! ha esclamado algun poeta dominado del

númen de la verdad, mas que del estro de la poesía; i en realidad que no

es una ilusion poética la desgracia que trae consigo la fealdad. ¿Qué

feo inspiró jamas un amor a primera vista? El feo que logra ser amado,

lo consigue siempre a fuerza de mañas, o de bondad de corazon, o de

injenio: por eso las mujeres que se ven conquistadas por un feo se

escusan amenudo con un--«¡pero si es tan bueno!»--u ocultan su vergüenza

bajo el prestijio de la habilidad o del talento de su feo. ¡Mas qué

será, Dios mio, del que ademas de tener la fealdad en su cara, tiene la

pobreza en el corazon i menguado el entendimiento! A ese solo puede

salvarle el capricho femenil, i si no sabe esplotarlo o si no es capaz

de aprovecharse de las estravagancias de una mujer, no le queda otro

mundo que la celda de un convento, ni otro amor que el de Dios.

Al fin esto es algo: peor es entregarse como Calivan al amor del diablo.

¡I sin embargo, hai tantos Calivanes en este mundo, que sin ser hijos de

la bruja Sycorax, tienen una intelijencia grosera, un natural ruin i una

figura humana con todos los instintos i deformidades de la figura bruta!

¡Para esos, la maldicion del hombre i de la mujer! El que nace Calivan i

no tiene la virtud de la conformidad, i en lugar de hacerse bueno,

cultiva la envidia, i se enardece con el odio i el egoismo, es un

monstruo que no merece tan siquiera los caprichos de una bella, ni las

estravagancias de una fea, porque la mujer que se dejase conquistar por

él, no podria disculparse con un--«¡pero si es tan hábil!»

Afortunadamente no se hallaba don Guillermo clasificado en ninguna de

estas categorías de la fealdad, como fácilmente se habrá colejido al

verle enamorar con solo su presencia a una hechicera tan encantadora por

sus gracias como por sus artes. I aquel amor era como todos los que se

descifran a primera vista: él i ella se habian leido el corazon el uno

al otro, i se habian intimado i casi cristalizado, como si llevaran

largos dias de buen trato i de dares i tomares.

Hallábanse los enamorados a las puertas de un inmenso edificio, que era

el alcázar de los Jenios, cuando se cambiaron sus últimas promesas.

Lucero penetró en el alcázar seguida de su pájaro, el cual no tenia ya

ni la forma de tal, ni la del padre Adan en que habia sido cazado: era

el mismo hermoso don Guillermo que solia ver en su meson Madama Ferran

por las tardes, con la diferencia de que su rostro estaba ahora radiante

con las luces del amor i de la esperanza, i no sombreado por las dudas

que en otro tiempo le inspiraba Julia.

Lucero se perdió en aquella atmósfera crepuscular que ocupaba los antros

del alcázar, dejando a Mr. Livingston en un punto de apoyo desde donde

podia descubrirlo todo. No habia allí salones, ni apartamentos, ni

bóvedas, ni suelo: era un espacio inconmensurable, infinito, sin luz,

porque no eran sus habitantes los Jenios de la luz; ténuemente alumbrado

por un claror parecido al de la incierta luna bajo la enramada de una

encina, como el que alumbraba el infierno cuando el poeta lo visitó.

Sombras diáfanas pero opacas circulaban lentamente, unas verticales,

otras inclinadas, éstas recostadas muellemente en el ambiente, i muchas

como hendiendo el aire para subir o descender: eran los Jenios, i los

habia de todas dimensiones i figuras, pero conservando siempre aquella

forma que los pintores dan al alma, cuando la representan

desprendiéndose del cuerpo que muere. Voces metálicas, sonoras,

vibrantes, como las que arranca una pasion ardiente, surjian de todas

partes, al parecer en confusion.

Pero esa confusion era aparente: cuando don Guillermo fué recobrando el

imperio de su discernimiento i el uso de sus sentidos, libre ya del

estupor que le habia causado la novedad i estrañeza del espectáculo,

observó que en todo reinaba un órden admirable, i que los Jenios,

poseedores del portentoso poder de abrazar aquella inmensidad con una

mirada, con su voz, con su atencion, se comprendian sin estorbo, i se

ocupaban familiarmente de sus tareas sublimes. La intelijencia humana

del ingles no alcanzaba a descifrar otra cosa, sino que desde aquel

centro inconmensurable partia la inspiracion para el mundo profano; pero

no podia esplicarse cómo, ni podia distinguir a los mensajeros que

trasmitian los apotegmas con que resonaban los antros. A juzgar como

puede hacerlo un mortal, se trataba allí de muchos puntos

simultáneamente.

En algunos círculos se ocupaban al parecer en dictar la Constitucion

política de un pueblo, pues se oia vibrar una o muchas voces que

esclamaban:

«Aquella es la mejor de las constituciones políticas, que mas fácilmente

puede ser desobedecida i burlada por los que mandan, mediante una sábia

interpretacion, o merced a alguna cláusula que destruya las garantías

que ella concede.»

«Los abusos de la autoridad son santos, o por lo ménos inocentes: cuando

se trata de evitar el uso de la libertad i los abusos de los que

obedecen.»

«La fuerza del poder no debe buscarse en la opinion ni en el concurso de

los intereses de todos, sino en las armas i en los tesoros; pues la

resistencia a las pasiones ajenas i a los intereses ajenos es la mejor

política de los que mandan.»

En otras partes se oian proclamaciones que parecian consejos:

«No hai leyes buenas, se decia, si son malos los hombres encargados de

aplicarlas: corromped el corazon de los hombres i no tendreis que temer

de las reformas.»

«Enseñad a esperarlo todo de la voluntad de los que mandan, i así

acostumbrareis a los hombres a respetar la autoridad en las personas que

la ejercen i no en las leyes.»

«Haced a los hombres desleales, disimulados e hipócritas, egoístas,

orgullosos e intolerantes, i así tendreis defensores contra toda novedad

que hiera el sistema actual de vida.»

«Entristeced al pueblo, quitadle todas las ocasiones en que pueda

holgarse su espíritu, con el pretesto de atacar los vicios i de evitar

la corrupcion, i así lograreis inspirarle aquellas virtudes.»

«Protejed i fomentad la relijion, como aliada del poder, porque miéntras

mas relijioso es el pueblo, mejor podrán vuestros aliados ayudaros a

conservar el órden.»[13]

[13] Se ha procurado condensar en estos apotegmas terribles toda

la filosofía política del partido conservador. Filosofia que se

revelaba no en las palabras, sino en los hechos de los pelucones,

principalmente en los del gobierno absolutista de la época.

Mas allá se oia que se trataba de prescribir el escudo de armas de una

nacion, pues una voz sonora esclamaba de este modo:

«El emblema de un gran pueblo que está bajo nuestros auspicios, no debe

componerse del árbol de la libertad ni de los Andes i el sol. Es

necesario que los símbolos sean mas adecuados, i si se han de buscar en

la naturaleza, debe elejirse una ave de rapiña i un cuadrúpedo

montaraz, huraño i tan inútil, que ni siquiera haya sido visto por los

hombres: orladas esas criaturas por dos ramas de laurel entrelazadas,

formarán un verdadero jeroglífico de ese pueblo.....»[14]

[14] Alude a la reforma del escudo de armas de la República de

Chile, que hizo el partido pelucon.

Una luz mas viva ajitó el aire i Lucero, radiante i veloz, apareció a

los ojos del ingles, que atónito i abismado, contemplaba i oia con toda

su alma lo que pasaba i se decia. Los ojos claros de la hada i su

semblante abierto i espresivo, derramaron el consuelo i la esperanza en

el corazon de su enamorado.

--Ya estás libre, le dijo, pero necesitas llenar una condicion de

ceremonia.

--¿Cuál es? Ordena, Lucero, i serás obedecida.

--Los Jenios te conceden su indulto, pero debes solicitarlo en una

representacion respetuosa, en que implores perdon.

Una sombra siniestra cubrió la frente de Mr. Livingston, que bajó los

ojos como pesaroso i triste.

--¿Qué te sucede, esclamó Lucero, dudas?

--No dudo, dijo él siempre mústio; ¿pero de qué imploraré perdon? ¿Cuál

es mi culpa? ¡Hai mucho de indigno en la víctima que pide perdon a quien

oprime sin razon i sin mas lei que la de la fuerza!

Lucero se entristeció, pero reanimándose súbitamente, replicó:

--Una gracia se pide siempre al poderoso.[15]

[15] El gobierno triunfante en aquel tiempo exijia de sus

enemigos vencidos que implorasen perdon desde el destierro para

volver a la patria.

--Es verdad; observó Mr. Livingston, pero yo no creo que deba pedir

gracia, cuando me hallo en el caso de reclamar justicia; i cuando no

tengo quien me la haga, ni puedo valerme por mí propio, me resigno a mi

suerte, ántes que implorar favor, porque un favor solo ha de pedirse o

recibirse, cuando es grato deberlo.

--Comprendo tu dignidad, le dijo Lucero, oprimiéndolo cariñosamente con

su brazo; i no solo la comprendo, sino que te amo ya demasiado para que

pueda imponerte un sacrificio, ni contrariar tus sentimientos. Pero si

no te libertas por este medio, tienes que arrastrar grandes peligros

para conseguirlo con una fuga: yo te acompañaré, porque nuestra causa es

comun, i padeceré contigo. ¡Vamos!

--¡Imposible! Tampoco debo yo imponerte a tí sacrificios, déjame

solo.....

--Me los impones sin ofenderme, i yo los acepto con amor i con la

esperanza de que traerá tu libertad mi triunfo. Déjame el placer de ser

tu guia, tu salvadora, que él es mas grande que las penas que tenga que

sufrir por tí. ¡Vamos! ¡Adelante!

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 53 / 113 题