Lucero.
Mr. Livingston hacia de pájaro a las mil maravillas. Volaba i mas volaba
al lado de su pareja, sin abrir siquiera el pico para preguntarle a
donde le llevaba o para darle las gracias por su salvacion. Talvez
dudaba él de poseer el habla o temia desencantar a su salvadora dando un
gorjeo como el cuervo, o algun graznido como el pavon de Juno. No se
habia ensayado en todas las costumbres de su nuevo estado i aceptaba su
papel de pájaro volátil simplemente con toda la buena fé de un ingles
honrado, i por eso no se atrevia siquiera a pensar. Fuera de esto, la
novedad del encanto i el placer de dar un vuelo le traian arrobado; i en
verdad que no era para ménos: verse cortando raudo los aires, dulcemente
mecido por un par de alas que se balancean, es una delicia inefable que
absorbe el pensamiento i apaga la gratitud i todos los sentimientos que
sirven de lazo entre los hombres que andamos. Los pájaros no deben
sentir, ni deben tener vigor para pensar cuando van ejecutando una
operacion tan estupenda como es el volar. Sin duda esa es la razon por
que no se les ve hacer las funciones serias de la animalidad, sino
cuando se asimilan al hombre usando de sus dos piernas.
Así lo juzgó despues don Guillermo, cuando recordó que viendo el mundo
de Espelunco, allá a lo léjos, mecerse en su atmósfera inflamada, no
recibió con esa vista mas impresion que si viera a Júpiter por el tubo
de un telescopio; i de aquí concluyó que para pensar, discurrir i sentir
como hombre, era necesario tener la forma humana, i que fuera de esta
forma el pensamiento i la sensacion cambian de naturaleza.
Otra cosa fué cuando ambos pájaros, poniendo fin a su vuelo, posaron en
tierra sus piés humanos, viéndose convertidos instantáneamente en hombre
i mujer situados a la puerta de un inmenso edificio. Ambos se miraron
con curiosidad, despues con ardor, fascinándose el ingles con la vívida
luz de los ojos de esmeralda de Lucero; i sintiendo un simultaneo latido
en el corazon, se abrazaron i se estrecharon como dos amantes antiguos
que se encuentran despues de una larga ausencia.
Al primer respiro que desahogó su pecho, Mr. Livingston, mirando con
avidez a su pareja i asaltado por un recuerdo, le tomó la mano
cariñosamente, i le dijo:
--Anjel mio, mi salvadora, ¿quién eres?, dime; tú no eres Julia ¿no es
cierto?
--Nó, yo soi Lucero, respondió la hechicera: así me llaman las tias,
desde que me trajeron del mundo i me enseñaron su oficio.
--¿Cuánto tiempo ha que estas aquí?
--Desde el primer año de mi edad, fuí robada de mi casa. No he conocido
a mis padres i cuento ya veinte años de vida, veinte años que han sido
para mí veinte siglos, i que serán una eternidad mas, si un hombre que
me ame no me desencanta.
--¿Qué es necesario para desencantarte? Yo te amo; no, no, te adoro, te
has hecho dueño de mi alma. ¿Qué he de hacer para salvarte, Lucero de mi
vida?
--¡Ah! ¡se necesita mucho! ¡Un gran sacrificio! El que me ame ha de
peregrinar veinte años sin cesar entre dos grandes ciudades de mi
patria, para hallar, al fin de tres mil viajes que ha de hacer en los
veinte años sin que la falte ni sobre tiempo, el talisman del
PATRIOTISMO que se ha perdido en una de esas ciudades. El dia del
hallazgo será dia de gloria, de contento, de paz i de fraternidad; i yo
podré volver a ejercer en mi patria mis funciones, pues soi el hada del
noble sentimiento perdido. El hombre que acometa tan alta empresa ha de
tener un corazon formado para el amor, i no para el odio, profundas
convicciones, ardiente fé en el porvenir i perseverancia
incontrastable......
--Si no es necesario mas, yo soi ese hombre, esclamó con entusiasmo Mr.
Livingston: ponme en camino i fia en mí, Lucero, si no se necesita otra
cosa.
--Sí, hai algo mas: el hombre de que hablamos ha de pronunciar de cierto
modo en cada una de las dos ciudades tres palabras sacramentales,
cuantas veces llegue al término de un viaje.....
--Dímelas, interrumpió con viveza don Guillermo.
--Nó, tratemos primero de tu salvacion; despues debo probarte, i cuando
tenga en tí plena confianza, sabrás esas palabras.
--¿I cómo vas a salvarme?
--Voi a pedir a los Jenios tu libertad.
--¿Qué no sabes que estoi sentenciado? Los Jenios me forzarán a cumplir
mi condena, a no ser que me permitan cumplir la promesa que he hecho de
desencantar a la Libertad, venciendo sin hierro ni fuego a los cuatro
monstruos que la aprisionan.
Una sonrisa inefable iluminó el bello semblante de Lucero, i luego, con
la ternura que inspira a una persona esperimentada la candorosa
inesperiencia de un niño, tomó las dos manos de su amante i con dulzura
le dijo:
--Nó, piensa primeramente en hallar el Patriotismo perdido; despues esa
virtud celeste, por sí sola, completará lo obra de vencer sin hierro ni
fuego a aquellos monstruos.
--Entónces es indudable, replicó Mr. Livingston, que los Jenios me
someterán a la sentencia que sobre mí pesa.
--Tampoco; no lo temas, le dijo Lucero: los Jenios practican aquí lo que
inspiran a sus adeptos de allá arriba: aquí la voluntad que forma las
leyes está sobre las leyes, i éstas no se dictan sino para los
indiferentes i para aplicarlas sin piedad a los enemigos; pero para los
que las hacen i sus amigos son una regla elástica que se alarga i se
encoje como conviene, conservando su forma. Un medianero rara vez deja
de alcanzar lo que se desea, cuando pone en juego ciertas influencias;
su empeño se convierte en interpretacion, cuando hai necesidad de salvar
las formas, o simplemente en mandato, cuando la lei no se opone
abiertamente. Así caen las leyes i las sentencias, i así caerá la que te
condena, cuando yo haga valer mis relaciones i el interes que hai en
tenerme siempre grata para que no anhele volver al imperio que me
corresponde como hada del patriotismo.
--Soi tuyo, Lucero de mi alma; me entrego con amor a tu poder i
sabiduría. Sálvame, que yo te pagaré con un inmenso amor; i aunque
emplée toda mi vida en salvarte, moriré contento, si tú mantienes en mi
ancianidad el fuego de mi corazon.
--Nó, tu alma i tu corazon no envejecerán, si te alienta mi amor; i aun
cuando el tiempo blanquée tu cabeza i desgaste el vigor de tu cuerpo, yo
le volveré su juventud i su hermosura con el primer abrazo que te dé
allá en el mundo.