VIII.

El De profundis.

Pero, a propósito, ¿qué es de Mr. Livingston, a quien hemos dejado

despatarrado en la playa despues de su descomunal pelea con la fiera de

los cuernos?

¡Lo que son las mujeres, Dios mio! ¡Qué admirable poder tienen para

hacernos olvidar lo que mas nos interesa! Si el estudiante deja sus

libros i muchas veces cuelga sus estudios por seguir un palmito de

rosa; si el marido deja sus lares en completo abandono, arrastrado por

unos ojos que le hacen comprender la sabiduría de la poligamia; i si

hasta los viejos dejan a un lado la salvacion de su alma por perderla en

una mujer que los aguanta, ¿qué mucho es que un narrador deje a su héroe

estirado en el agua, miéntras da cuenta a sus oyentes de una Julia que

se habia atravesado en su cuento?

Previa esta escusa, vamos ahora a ver como se encuentra tirado largo a

largo don Guillermo, ya no en la playa, sino en el suelo de un De

profundis, que no sabemos si es cuarto o cueva, o si es un sepulcro o un

cajon de coche u otra cosa parecida. Es aquello una cavidad rectangular

donde el cielo, las paredes i el suelo son de pura piedra azuleja, sin

grieta, ni abertura, ni puerta, ni ventana. Por dónde ha entrado allí el

cuerpo de nuestro amigo, no lo sabemos. Por dónde entra ahora una

vislumbre rojiza que alumbra la estancia, tampoco. ¿Qué sitio es aquel,

a qué casa, palacio o cárcel pertenece? ménos. Pero ya que nada sabemos,

observemos; pues la observacion es el principio del saber.

Mr. Livingston parecia vivo: su cara estaba hácia arriba i sus facciones

enérjicas i regulares tenian un tinte sañudo que revelaba ira. Su cuerpo

hermoso i esbelto tenia el aplomo de una persona que duerme.

De repente levanta una pierna i la posa sobre la otra; estira un brazo,

luego el otro, como desperezándose, i los cruza sobre el pecho a

diferencia de Durandarte que, alargando uno de los suyos, decia:

«paciencia, i barajar.» Un hondo suspiro anuncia que ya vuelve en sí.

Abre los ojos, discurre la vista por la estancia: se toca, se siente

empapado i lleno de arena; busca su reloj, no lo halla; mete sus dedos

al bolsillo del chaleco, no encuentra su dinero; requiere su meñique en

busca de un anillo de oro que llevaba destinado a la cita, i ve que

habia desaparecido. Todo le anunciaba que habia caido en poder de

bandoleros i que lo del chibato, cuyo recuerdo se le avivó al instante,

no era mas que una farsa de Caco.

La prudencia le aconsejó entónces un reconocimiento del sitio. Se

levantó, lo vió i tocó todo, i se persuadió, de que estaba en una

hermeticidad de viva piedra, que no tenia salida alguna i aun le pareció

ver escrito de color oscuro el terrible

Lasciate ogni speranza, voi che entrate.

Abrumado, confuso, sin poder darse cuenta de su situacion, se quedó en

pié, estático, la vista fija, la boca entreabierta i los brazos cruzados

sobre el pecho. Pero Mr. Livingston estaba constipado, i fué

repentinamente asaltado de un furioso estornudo que le hizo dar señas de

vida. Instantáneamente se cuajó toda la roca de cabezas humanas que

estornudaban a reventar. El ingles se espantó; aparta sus ojos de las

murallas, mira al cielo i lo ve apiñado de cabezas estornudantes; baja

la vista i ve el suelo cobijado de caras que todavía estornudan.

Don Guillermo cerró los ojos, recapacitó un poco, i juzgó que era

juguete de una ilusion. Mas sereno, volvió a mirar, i advirtió que todas

las caras le hacian guiñadas, visajes i muecas, i que le sacaban unas

lenguas largas, húmedas i amoratadas. ¡Qué horror! Volvió a cerrar los

ojos, i un momento mas de reflexion, le dió nuevo valor. Entónces

meditó, apeló a todos sus recuerdos científicos i trató de indagar

cuáles eran los medios naturales que podrian producir aquel fenómeno. El

no queria consentir en que aquello fuese una cosa sobrenatural, ni

abandonaba la presuncion de hallarse en una guarida de bandidos, que

trataban de aterrorizarle despues de haberle robado. La calidad de la

luz que le alumbraba i la singular arquitectura de aquel De profundis o

caverna le sujirieron la idea de que cuanto veia era un efecto de óptica

producido por algun hábil prestijitador que habria entre los ladrones.

La dificultad estaba esplicada. El ingles abrió entónces los ojos mui

tranquilo, i casi risueño volvió a mirar las caras que siempre le

sacaban la lengua i le visajeaban. Dió unos cuantos pasos, i le pareció

que pisaba en carne viva. Se acercó a la muralla de enfrente, i

dirijiéndose a la cara mas atroz que le pareció, trató de apretarle las

narices, pero la cara le tiró un tarascon, haciendo una horrible

contraccion de enojo; los dientes se chocaron como las muezas de una

tenaza, i Mr. Livingston vió que habia escapado sus dedos merced a su

lijereza. Esta realidad que destruia su esplicacion científica, le

contrarió i le enfureció de tal modo, que dando a fondo un trompis a

toda fuerza contra la cara que le hacia frente, se hizo pedazos el puño

en la roca, como si no existiera aquel tapiz de cabezas humanas que

veian sus ojos.

Mas su furia, no tanto por el dolor, se convirtió en nuevo espanto,

cuanto porque observó que al dar su trompis, todas las cabezas habian

achatado i estirado sus narices hácia la boca i habian echado barbas

largas i cuernos retorcidos, convirtiéndose en cabrones de todos colores

i aspectos. Aquellos cuernos se tocaban, eran una realidad visible como

la que presenta a la simple vista cualquier animal cornudo. No habia

remedio. Falto ya de ciencia i de coraje, nuestro héroe se declaró

vencido, con el dolor de no poder repetir el dicho de Francisco I en

Pavia, dicho que tantos otros repiten aunque no venga al caso, i que

habria sido una blasfemia en esta ocasion, porque no era mui digno de

un ingles el dejarse vencer por chibos, ni mui honroso para un amante

rendido el caer agoviado bajo un diluvio de cuernos.

Don Guillermo se sentó en el suelo, entrelazó sus manos delante de sus

rodillas, inclinó la cabeza como para ocultar su impotencia, i esperó

resignado lo que sucediera.

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 46 / 113 题