El De profundis.
Pero, a propósito, ¿qué es de Mr. Livingston, a quien hemos dejado
despatarrado en la playa despues de su descomunal pelea con la fiera de
los cuernos?
¡Lo que son las mujeres, Dios mio! ¡Qué admirable poder tienen para
hacernos olvidar lo que mas nos interesa! Si el estudiante deja sus
libros i muchas veces cuelga sus estudios por seguir un palmito de
rosa; si el marido deja sus lares en completo abandono, arrastrado por
unos ojos que le hacen comprender la sabiduría de la poligamia; i si
hasta los viejos dejan a un lado la salvacion de su alma por perderla en
una mujer que los aguanta, ¿qué mucho es que un narrador deje a su héroe
estirado en el agua, miéntras da cuenta a sus oyentes de una Julia que
se habia atravesado en su cuento?
Previa esta escusa, vamos ahora a ver como se encuentra tirado largo a
largo don Guillermo, ya no en la playa, sino en el suelo de un De
profundis, que no sabemos si es cuarto o cueva, o si es un sepulcro o un
cajon de coche u otra cosa parecida. Es aquello una cavidad rectangular
donde el cielo, las paredes i el suelo son de pura piedra azuleja, sin
grieta, ni abertura, ni puerta, ni ventana. Por dónde ha entrado allí el
cuerpo de nuestro amigo, no lo sabemos. Por dónde entra ahora una
vislumbre rojiza que alumbra la estancia, tampoco. ¿Qué sitio es aquel,
a qué casa, palacio o cárcel pertenece? ménos. Pero ya que nada sabemos,
observemos; pues la observacion es el principio del saber.
Mr. Livingston parecia vivo: su cara estaba hácia arriba i sus facciones
enérjicas i regulares tenian un tinte sañudo que revelaba ira. Su cuerpo
hermoso i esbelto tenia el aplomo de una persona que duerme.
De repente levanta una pierna i la posa sobre la otra; estira un brazo,
luego el otro, como desperezándose, i los cruza sobre el pecho a
diferencia de Durandarte que, alargando uno de los suyos, decia:
«paciencia, i barajar.» Un hondo suspiro anuncia que ya vuelve en sí.
Abre los ojos, discurre la vista por la estancia: se toca, se siente
empapado i lleno de arena; busca su reloj, no lo halla; mete sus dedos
al bolsillo del chaleco, no encuentra su dinero; requiere su meñique en
busca de un anillo de oro que llevaba destinado a la cita, i ve que
habia desaparecido. Todo le anunciaba que habia caido en poder de
bandoleros i que lo del chibato, cuyo recuerdo se le avivó al instante,
no era mas que una farsa de Caco.
La prudencia le aconsejó entónces un reconocimiento del sitio. Se
levantó, lo vió i tocó todo, i se persuadió, de que estaba en una
hermeticidad de viva piedra, que no tenia salida alguna i aun le pareció
ver escrito de color oscuro el terrible
Lasciate ogni speranza, voi che entrate.
Abrumado, confuso, sin poder darse cuenta de su situacion, se quedó en
pié, estático, la vista fija, la boca entreabierta i los brazos cruzados
sobre el pecho. Pero Mr. Livingston estaba constipado, i fué
repentinamente asaltado de un furioso estornudo que le hizo dar señas de
vida. Instantáneamente se cuajó toda la roca de cabezas humanas que
estornudaban a reventar. El ingles se espantó; aparta sus ojos de las
murallas, mira al cielo i lo ve apiñado de cabezas estornudantes; baja
la vista i ve el suelo cobijado de caras que todavía estornudan.
Don Guillermo cerró los ojos, recapacitó un poco, i juzgó que era
juguete de una ilusion. Mas sereno, volvió a mirar, i advirtió que todas
las caras le hacian guiñadas, visajes i muecas, i que le sacaban unas
lenguas largas, húmedas i amoratadas. ¡Qué horror! Volvió a cerrar los
ojos, i un momento mas de reflexion, le dió nuevo valor. Entónces
meditó, apeló a todos sus recuerdos científicos i trató de indagar
cuáles eran los medios naturales que podrian producir aquel fenómeno. El
no queria consentir en que aquello fuese una cosa sobrenatural, ni
abandonaba la presuncion de hallarse en una guarida de bandidos, que
trataban de aterrorizarle despues de haberle robado. La calidad de la
luz que le alumbraba i la singular arquitectura de aquel De profundis o
caverna le sujirieron la idea de que cuanto veia era un efecto de óptica
producido por algun hábil prestijitador que habria entre los ladrones.
La dificultad estaba esplicada. El ingles abrió entónces los ojos mui
tranquilo, i casi risueño volvió a mirar las caras que siempre le
sacaban la lengua i le visajeaban. Dió unos cuantos pasos, i le pareció
que pisaba en carne viva. Se acercó a la muralla de enfrente, i
dirijiéndose a la cara mas atroz que le pareció, trató de apretarle las
narices, pero la cara le tiró un tarascon, haciendo una horrible
contraccion de enojo; los dientes se chocaron como las muezas de una
tenaza, i Mr. Livingston vió que habia escapado sus dedos merced a su
lijereza. Esta realidad que destruia su esplicacion científica, le
contrarió i le enfureció de tal modo, que dando a fondo un trompis a
toda fuerza contra la cara que le hacia frente, se hizo pedazos el puño
en la roca, como si no existiera aquel tapiz de cabezas humanas que
veian sus ojos.
Mas su furia, no tanto por el dolor, se convirtió en nuevo espanto,
cuanto porque observó que al dar su trompis, todas las cabezas habian
achatado i estirado sus narices hácia la boca i habian echado barbas
largas i cuernos retorcidos, convirtiéndose en cabrones de todos colores
i aspectos. Aquellos cuernos se tocaban, eran una realidad visible como
la que presenta a la simple vista cualquier animal cornudo. No habia
remedio. Falto ya de ciencia i de coraje, nuestro héroe se declaró
vencido, con el dolor de no poder repetir el dicho de Francisco I en
Pavia, dicho que tantos otros repiten aunque no venga al caso, i que
habria sido una blasfemia en esta ocasion, porque no era mui digno de
un ingles el dejarse vencer por chibos, ni mui honroso para un amante
rendido el caer agoviado bajo un diluvio de cuernos.
Don Guillermo se sentó en el suelo, entrelazó sus manos delante de sus
rodillas, inclinó la cabeza como para ocultar su impotencia, i esperó
resignado lo que sucediera.