VI.

En la puerta del horno se quema el pan.

Nuestro ingles habia ya tomado viento. Desvanecidas las primeras

impresiones que le causaran la soledad i el silencio de la calle,

marchaba con rapidez i seguridad; como por un terreno conocido, i con la

confianza, o mejor dicho, con el descuido que es natural en el que va

entregado a su pensar.

En ese momento discurría Mr. Livingston que el emperador Severo podia

haber tenido mucha razon, i se le hacia viva la parada; pues se

imajinaba encontrar una Julia, que aunque no era como la romana, por no

tener un marido emperador, podia ser de la propia naturaleza que aquel

atribuia a todas las que responden a tan dulce nombre.

Cuando mas le halagaba esta ilusion, llegó a aquel paraje donde el mar

estendia sus espumas casi hasta el cerro; i por no humedecerse las

plantas o por conservar el lustre de sus botas, se inclinó a la derecha,

rozándose con el morro de la Cueva del Chibato,[4] i al darle vuelta,

recibió en el pecho un golpe violento que le hizo saltar hácia atras

como cuatro varas. Si Mr. Livingston hubiera sido ménos fuerte i no tan

ájil, seguramente habria quedado tendido exánime, al recibir tan feroz

topetada.

[4] Este morro ha desaparecido con los edificios que forman por

el lado del cerro la calle de _la Esmeralda_, i estaba en la

primera esquina que hace esta calle yendo del puerto a la plaza

del Orden.

Un instante le bastó para recobrarse de la sorpresa e incorporarse con

un cachorro en cada mano, como valiente que era; pero tambien otro

instante le bastó para quedar temblando de piés a cabeza, al verse

frente a frente de un cabron enorme, que tenia el volúmen de un toro i

los cuernos de un ciervo, i que miraba al ingles con dos ojazos como

brasas que alumbraban todo el contorno. I así medio desatentado Mr.

Livingston i maquinalmente le disparó sobre la ancha i coronada frente

uno de sus cachorros: el golpe de la bala sobre el cráneo fué como el

eco de la esplosion, pero instantáneamente tambien rebotó la bala contra

don Guillermo, colándosele derecha en la boca, que la tenia

entreabierta por la sorpresa. El ingles, dando una estupenda

gargajeada, escupió con fuerza la bala, que fué a parar a los piés del

chibo; pero al mismo tiempo vió que las facciones de éste se contraian

con una risa atroz, de la cual no pudo dudar cuando sintió que de aquel

hocico enorme salia un balido como carcajada.

Veinte topedadas como la primera habria aguantado el animoso jóven por

no ser el blanco de tan tremebunda carcajada; pero no por eso sucumbió.

Antes bien, su noble sangre le hirvió en el pecho, i con redoblado

coraje le asestó otra vez en la frente su segundo balazo. El rebote de

la bala tomó esta vez otro jiro, pues Mr. Livingston sintió que se le

dormia la pelotilla en un ojo, i casi ciego con el golpe i la rabia, se

arrojó sobre el cabron, i aferrándose de los cuernos con todas sus

fuerzas, le dió una sacudida como para traerlo al suelo. El animal

estuvo a punto de ceder, pues alcanzó a inclinar la cerviz; pero a su

vez dió tambien un sacudon que hizo describir al ingles una voltereta,

formando en el aire con todo su cuerpo un círculo perfecto, cuyo centro

estaba en las manos, que permanecieron aferradas a los cuernos, porque

los guantes verdes le servian para ello maravillosamente.

Puestas otra vez sus plantas en suelo firme, don Guillermo volvió a la

carga con mas fiereza para derribar a su adversario; pero entónces

fueron mas impotentes sus fuerzas, porque fastidiado el chibo con tanta

obstinación, movió su cabeza con un poco mas de desenfado i tiró al

enamorado jóven por los aires cuan largo era, haciéndole describir un

arco que fué a terminar en la playa, en el instante mismo en que el mar

la bañaba con una oleada hermosa i repleta.

El estirado cuerpo del ingles, estendidos brazos i piernas, hendió

violentamente las aguas, i éstas, al retroceder mansamente a su centro,

juguetearon sobre él, rizándose i formando gorgoritos, sin desquiciarle

de la arena, donde se habia posado.

La linda imájen de Julia atravesó por la mente de Mr. Livingston como un

vapor que se disipa, i un hondo suspiro que se exhaló de su pecho,

parece que se habia llevado su último aliento, pues quedó inmóvil como

un cadáver.

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 44 / 113 题