IV.

La Cueva del Chibato.

Para saber i contar i contar para saber que no ha mucho tiempo habia al

pié de un cerro de la ciudad de Valparaiso una cueva al parecer mui

somera, pero que en realidad era honda como la eternidad. Esta cueva

estaba situada en el centro de la poblacion i en un paraje que era de

paso obligado para todos los transeuntes, pues nadie podia ir del Puerto

al Almendral i del Almendral al Puerto sin atravesar la estrecha

garganta que formaba el cerro de la cueva con el mar, i sin mojarse a

veces los piés en las olas que llegaban a estrellarse, en tiempos de

crece, contra el morro.

Ahora ha variado todo eso, pues merced a la poderosa voluntad de un

millonario, el morro fué recortado i la cueva tapiada i convertida en un

sólido edificio de bóveda destinado a guardar los tesoros de un banco.

Pero vamos hablando de los felices tiempos en que aquel Creso no habia

cerrado todavía la cueva, para dejar en eterna prision lo que ella

contenia. Entónces no habia la hermosa calle que hoi se ve allí, ni

habia vecinos que habitasen los contornos, ni gas, ni aceite que

alumbrase la oscuridad de las noches: así es que aquel paraje era

peligroso a ciertas horas i no podia un cristiano arriesgarse a

atravesarlo impunemente.[3]

[3] La _Cueva del Chibato_ estaba en el lugar que ocupó el Banco

de Chile cuando se instaló, donde están ahora las joyerías de

Nagele i Hepp, i que forma el vértice del ángulo obtuso que hace

al lado del cerro, en aquella parte, la calle de la Esmeralda.

Aquella cueva prestaba asunto a la conseja que se refiere en este

párrafo, la cual era antiguamente mui popular en Valparaiso i en

todo el pais, i sirve ahora de base para este cuento.

La poblacion entera de Valparaiso sabe que, en la época a que nos

referimos, habia dado a la cueva su nombre i mucha celebridad cierto

chibato monstruoso que por la noche salia de ella para atrapar a cuantos

por allí pasaban. Es fama que nadie podia resistir a las fuerzas

hercúleas de aquel feroz animal, i que todos los que caian en sus

cuernos eran zampuzados en los antros de la cueva, donde los volvian

_imbunches_, si no querian correr ciertos riesgos para llegar a

desencantar a una dama que el chibo tenia encantada en lo mas apartado

de su vivienda.

Los que se arrojaban a correr aquellos peligros tenian que combatir

primero con una sierpe que se les subia por las piernas, i se les

enroscaba en la cintura i en los brazos i en la garganta, i los besaba

en la boca; despues tenian que habérselas con una tropa de carneros que

los topaban, atajándoles el paso, hasta rendirlos; i si triunfaban en

esta prueba, tenian que atravesar por entre cuervos que les sacaban los

ojos, i por entre soldados que los pinchaban. De consiguiente, ninguno

acababa la tarea i todos se declaraban vencidos ántes de llegar a

penetrar en el encanto. Entónces no les quedaba mas arbitrio para

conservar la vida que dejarse _imbunchar_, i resignarse a vivir para

siempre como súbditos del famoso chibato, que dominaba allí con voluntad

soberana i absoluta, como muchos sultanes de este mundo.

Es pues escusado decir que nadie volvia de la cueva a referirnos sus

misteriosas peregrinaciones, i que todas esas historias que contaba el

pueblo se sabian solo por revelacion o intuicion. Pero lo cierto es que

casi no habia familia que no contase la pérdida de algun pariente en la

cueva, ni madre que no llorase a algun hijito robado i vuelto imbunche

por el chibato, pues es de saber que éste no se limitaba a conquistar

sus vasallos entre los transeuntes, sino que se estendia hasta robarse a

todos los niños mal parados que encontraba en la ciudad. I como

Valparaiso es ciudad en donde hormiguean los niños, i como hai tantos

niños que tienen madres tan descuidadas, si las tienen; i como para

remate hai tantísimos niños que se distraen con cualquier friolera, o

que corren tras cualquier monada, aunque los imbunchen, el chibato hacia

una abundante cosecha, de modo que si no le tapan la cueva, talvez

tendria imbunchada a toda la poblacion a estas horas.

Fácil es imajinarse que el animal no se echaria por esas calles en su

forma propia i natural a caza de muchachos; i así es la verdad, pues

cuentan las buenas madres robadas, que son brujas i tambien de vez en

cuando brujos machos, quienes roban chicos en la ciudad. Eso puede

probarnos que el señor de la cueva tenia i tiene a su servicio algunas

viejas, que precisamente han de serlo las brujas, que se ocupan en

sonsacar muchachos; i sin duda tendrá tambien brujos jóvenes que

sonsacan muchachitas para llevárselas a sus dominios. Pero seguramente

esos fieles servidores que salian de la cueva no debieron entrar allí de

otra parte, i sin duda fueron criados i nacidos en aquella rejion, o a

lo ménos formados imbunches en edad temprana, para no tener inquietudes

en el mundo esterior, ni adherirse a partidos estraños, ni a intereses

ajenos de los de su poderoso señor.

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 42 / 113 题