La Cueva del Chibato.
Para saber i contar i contar para saber que no ha mucho tiempo habia al
pié de un cerro de la ciudad de Valparaiso una cueva al parecer mui
somera, pero que en realidad era honda como la eternidad. Esta cueva
estaba situada en el centro de la poblacion i en un paraje que era de
paso obligado para todos los transeuntes, pues nadie podia ir del Puerto
al Almendral i del Almendral al Puerto sin atravesar la estrecha
garganta que formaba el cerro de la cueva con el mar, i sin mojarse a
veces los piés en las olas que llegaban a estrellarse, en tiempos de
crece, contra el morro.
Ahora ha variado todo eso, pues merced a la poderosa voluntad de un
millonario, el morro fué recortado i la cueva tapiada i convertida en un
sólido edificio de bóveda destinado a guardar los tesoros de un banco.
Pero vamos hablando de los felices tiempos en que aquel Creso no habia
cerrado todavía la cueva, para dejar en eterna prision lo que ella
contenia. Entónces no habia la hermosa calle que hoi se ve allí, ni
habia vecinos que habitasen los contornos, ni gas, ni aceite que
alumbrase la oscuridad de las noches: así es que aquel paraje era
peligroso a ciertas horas i no podia un cristiano arriesgarse a
atravesarlo impunemente.[3]
[3] La _Cueva del Chibato_ estaba en el lugar que ocupó el Banco
de Chile cuando se instaló, donde están ahora las joyerías de
Nagele i Hepp, i que forma el vértice del ángulo obtuso que hace
al lado del cerro, en aquella parte, la calle de la Esmeralda.
Aquella cueva prestaba asunto a la conseja que se refiere en este
párrafo, la cual era antiguamente mui popular en Valparaiso i en
todo el pais, i sirve ahora de base para este cuento.
La poblacion entera de Valparaiso sabe que, en la época a que nos
referimos, habia dado a la cueva su nombre i mucha celebridad cierto
chibato monstruoso que por la noche salia de ella para atrapar a cuantos
por allí pasaban. Es fama que nadie podia resistir a las fuerzas
hercúleas de aquel feroz animal, i que todos los que caian en sus
cuernos eran zampuzados en los antros de la cueva, donde los volvian
_imbunches_, si no querian correr ciertos riesgos para llegar a
desencantar a una dama que el chibo tenia encantada en lo mas apartado
de su vivienda.
Los que se arrojaban a correr aquellos peligros tenian que combatir
primero con una sierpe que se les subia por las piernas, i se les
enroscaba en la cintura i en los brazos i en la garganta, i los besaba
en la boca; despues tenian que habérselas con una tropa de carneros que
los topaban, atajándoles el paso, hasta rendirlos; i si triunfaban en
esta prueba, tenian que atravesar por entre cuervos que les sacaban los
ojos, i por entre soldados que los pinchaban. De consiguiente, ninguno
acababa la tarea i todos se declaraban vencidos ántes de llegar a
penetrar en el encanto. Entónces no les quedaba mas arbitrio para
conservar la vida que dejarse _imbunchar_, i resignarse a vivir para
siempre como súbditos del famoso chibato, que dominaba allí con voluntad
soberana i absoluta, como muchos sultanes de este mundo.
Es pues escusado decir que nadie volvia de la cueva a referirnos sus
misteriosas peregrinaciones, i que todas esas historias que contaba el
pueblo se sabian solo por revelacion o intuicion. Pero lo cierto es que
casi no habia familia que no contase la pérdida de algun pariente en la
cueva, ni madre que no llorase a algun hijito robado i vuelto imbunche
por el chibato, pues es de saber que éste no se limitaba a conquistar
sus vasallos entre los transeuntes, sino que se estendia hasta robarse a
todos los niños mal parados que encontraba en la ciudad. I como
Valparaiso es ciudad en donde hormiguean los niños, i como hai tantos
niños que tienen madres tan descuidadas, si las tienen; i como para
remate hai tantísimos niños que se distraen con cualquier friolera, o
que corren tras cualquier monada, aunque los imbunchen, el chibato hacia
una abundante cosecha, de modo que si no le tapan la cueva, talvez
tendria imbunchada a toda la poblacion a estas horas.
Fácil es imajinarse que el animal no se echaria por esas calles en su
forma propia i natural a caza de muchachos; i así es la verdad, pues
cuentan las buenas madres robadas, que son brujas i tambien de vez en
cuando brujos machos, quienes roban chicos en la ciudad. Eso puede
probarnos que el señor de la cueva tenia i tiene a su servicio algunas
viejas, que precisamente han de serlo las brujas, que se ocupan en
sonsacar muchachos; i sin duda tendrá tambien brujos jóvenes que
sonsacan muchachitas para llevárselas a sus dominios. Pero seguramente
esos fieles servidores que salian de la cueva no debieron entrar allí de
otra parte, i sin duda fueron criados i nacidos en aquella rejion, o a
lo ménos formados imbunches en edad temprana, para no tener inquietudes
en el mundo esterior, ni adherirse a partidos estraños, ni a intereses
ajenos de los de su poderoso señor.