El camino de Valparaiso.
No canto el polvo, nó, que envuelve a los viajeros en un dia de verano,
ni aquellos interminables lodos en que se atascan en un dia de julio.
Nó, eso seria cantar al gobierno o a sus injenieros, que se recrean en
remover durante el buen tiempo cuanta tierra hai en el camino, o en
acarrearla por carretadas, para que haga bastante barro en el invierno.
Cada loco con su tema: yo respeto la de nuestros tutores[1], i por eso
debo acatar tambien su ciencia de componer carreteras i de construir
ferrocarriles: a bien que el costo no sale de su bolsa, sino de los
ataditos que el pobre hace en la punta de un mal pañuelo, para tener con
que pagar peajes, barreras i sisas.
[1] En la época en que se escribió este cuento, era propio llamar
así a los gobernantes, porque el partido que los apoyaba tenia
entre sus doctrinas la de considerar al pueblo como menor de
edad.
Mi cantar no es en sí bemol, como se necesitaria para espresar las
angustias del triste caminante que tiene que dejarse despeñar por
aquellas cuestas, haciendo esguinces a las carretas que se agolpan,
gozando de la plena independencia de locomocion que les deja la lei para
andar como quieran en los caminos, rabie quien rabiare.
Mi cantar es ménos sério, ménos triste, pues templo i modulo mi rabel
para recordar a todos cuantos han atravesado el susodicho camino de
Valparaiso una cosa que todos han visto, en la cual todos han fijado su
atencion, sobre la cual todos han discurrido a su modo por un momento, i
la cual todos olvidan hasta que vuelven a verla otra vez.
Esa cosa es un hombre indefinible que marcha i marcha siempre a pié por
las veredas del camino, haya sol o llueva a torrentes, haya lodo o
tierra en que envolverse. El marcha siempre con paso igual i seguro, sin
mirar a su alrededor, sin volver sus ojos a ninguna parte. Lleva la
cabeza inclinada en ademan de ir absorto en un pensamiento terrible. Su
tez es blanca, como la de los habitantes del norte de Europa, i sus
lacias canas caen a confundirse con una barba blanca en que se divisan
todavía los visos dorados de un cabello que fué rubio en otro tiempo. Su
estatura elevada va un poco disimulada por una lijera inclinacion hácia
adelante, i por una frazada que lleva colgada en el hombro. El largo i
añoso poncho que le cubre deja ver a veces los faldones de un paletot,
último recuerdo de una condicion perdida.[2]
[2] Esto es histórico. Un hombre misterioso, como el que se
describe, se veia siempre en marcha en el camino de Santiago a
Valparaiso, por aquellos años; i hacia el camino en la forma que
se relata.
¿Quién es ese hombre? se preguntan todos los pasajeros que le encuentran
o le alcanzan, i si la pregunta se dirijo alguna vez al cochero o
postillon, el pregunton observa que el postillon o el cochero se recata
un poco, se sonrie como con miedo, i agrega un no sé, o cuando mas
esplícito anda, dice que es un ingles que anda siempre por el camino,
que no pára en ninguna parte, i que apénas llega a Santiago, vuelve a
salir para Valparaiso, i en esta ciudad entra tomando la playa, i sale
en seguida sin que nadie sepa a dónde se dirije.
Alguna vez se presenta al caminante la ocasion de dirijir la palabra a
aquel hombre raro; entónces vé un semblante apacible que se sonrie i
unos ojos azules que miran con dulzura, pero no entiende las breves
palabras que modula el peregrino, sin detener su paso rápido i firme. Si
uno es bastante jeneroso para alargarle una moneda, el peregrino
estiende la mano i la recibe, sin variar su actitud; i si el que ha
usado esa jenerosidad, pudiera observar al peregrino mas adelante, le
veria llegar a un rancho del camino, agasajar a los perros, acariciar a
los niños i dar la moneda que acaba de recibir a alguno de los pobres
habitantes de la choza, siguiendo despues su camino con el mismo paso
firme i seguro que traia.
Pero sea dicho en verdad: no hai jente ménos observadora ni mas
indiferente que la que transita aquel camino. Si el transeunte es
chileno, ya se sabe que no se le ha de dar nada de nada, que mira sin
ver lo que va encontrando, i que si ve lo que mira, no surje en su opaco
espíritu ni una observacion, ni un pensamiento. Ni es mas observador si
es estranjero: el ingles va despreciándolo todo i absorto en el negocio
que le hace caminar: el yankee va despedazando el coche con su navaja, i
mirando la comarca, se imajina como la _escuatriaría_ si Chile se
anexara a las estrellas: el frances va como una tarabilla i levantando
el codo a cada instante para besar su botella; el aleman, va criticando
cuanto mira; el español, contando andaluzadas o elojiando su península;
i el italiano va cantando o platicando por boca i narices sobre la
independencia de Italia.
Así es que el peregrino hace jeneralmente su camino como por un
desierto; i tan seguro va de eso, que amenudo se rie solo i habla con
los espíritus, sin curarse de los transeuntes: él es el señor del
camino, está allí como en su casa, i conversa con los duendes que le
asisten como si no estuviera en público.
Mas no se ha escapado de mi curiosidad, pues aunque pertenezco a la mas
honorable de aquellas nacionalidades, i tengo mucho de su característica
indolencia, poseo tambien bastante necedad para preciarme de que no se
me va ninguna, i no era posible que el perpetuo viajero se escapase a mi
curiosidad.
Así sucedió que estando yo de paso en Casa Blanca, i estacionado en la
puerta de la posada de don Duardo, como le dicen los cocheros, admirando
con todas las fuerzas de mi espíritu los insondables barriales de las
calles de aquel pueblo en un dia de invierno, pasó por allí el peregrino
con su cabeza inclinada i meditabunda, con paso tranquilo i seguro, como
si pisara en un pavimento de mármol. Mi primera mirada cayó de lleno
sobre su nariz, que era bastante hermosa para llevarse la preferencia, i
luego la recorrí por la vasta mole de su cuerpo, creyendo reconocer al
mismísimo hombre que tanto me habia interesado en otro tiempo en la
fonda del Aguila. Quise llamarle por su nombre, pero algo misterioso
debió operarse en mi espíritu en ese momento, porque me sentí mudo i
sobre todo me creí atraido tras de los pasos del peregrino como por una
fuerza irresistible.
Dí las órdenes convenientes a mi conductor para que, si no volvia a
encontrarme, entregase mi equipaje en Santiago, i tomé la direccion a
esta ciudad a pié, siguiendo al viajero a cierta distancia. Al salir de
las goteras del pueblo, cosa que conocí, no por la ausencia de tejados,
sino porque disminuia el barrial, apuré el paso, i llegando a una
distancia conveniente de mi perseguido, esclamé:
--Don Guillermo, óigame usted una palabra.
El viajero paró, i volviendo hácia mí con benevolencia, me dijo:--Yo
tambien le he reconocido a usted, a pesar de que no le he visto sino un
sola vez en la fonda del Aguila: ¿qué quiere usted?
--Hacer el camino con usted para conversar largo, mui largo, porque me
muero de deseos de ser su amigo....
--I de saber mi historia ¿no es esto? me interrumpió el peregrino
sonriéndose.
No pude negárselo. Le confesé mi interes, mi curiosidad, i le rogué que
me abriese su corazon como a un amigo. Muchas fueron las condiciones que
me puso, muchas las pruebas que me exijió de lealtad, muchas las
preguntas que me hizo para comprender mi carácter; pero ello es que
marchamos juntos, i tardamos tres dias en llegar a la capital, tres dias
durante los cuales ví i oí las cosas mas asombrosas que jamas he visto i
oido, tres dias durante los cuales se trasformó cien veces Mr.
Livingston, tres dias en fin en que yo fuí tambien a mi turno
metamorfoseado a cada paso por mi compañero, i permanecí invisible para
todo el mundo, hasta para mi cochero, que buscándome, me alcanzó i no me
vió, dejándome abandonado en el camino.
Ahora, que me he humanizado de nuevo i que he recobrado mis facultades,
voi a contar lo que oí i ví, por si hai curiosos, como yo, que deseen
saber el sino de aquel hombre misterioso, o por si hai quien quiera leer
cosas estupendas sin daño de nadie i sin peligro.