La segunda tarde.
La curiosidad suele ser una pasion en algunos, aunque siempre lo es en
todas: la caja de Pandora fué abierta por pura curiosidad; la primera
manzana que se gustó en el mundo fué comida tambien por pura curiosidad.
Es verdad que fueron mujeres las que tales atentados cometieron; pero
tambien es cierto que los hombres no les van en zaga; con la diferencia
de que la historia no nos señala grandes crímenes cometidos por
curiosidad, cuyo autor no sea una mujer. Testigo, el pecado de comer
manzanas, que ha cundido desde la madre Eva, que dió el ejemplo, hasta
nuestros dias, de un modo espantoso i con un contajio inevitable, que no
perdona edad ni sexo.
No es tan peor que la curiosidad no produzca tales estragos cuando anima
a los hombres: al fin no les pica a estos sino por esplorar i descubrir
rejiones desconocidas, donde no pocas veces se pierden, como Sir John
Franklin en las nieves polares, i tantos otros que en alas de la
filosofía o en los lomos del Pegaso han ido a parar a las mas ardientes
alturas de una cabeza caliente.
Como quiera que sea, la curiosidad es el instinto mas útil que tiene la
especie humana: sin él no habriamos habitado este mundo del bien i del
mal, i habriamos tenido que pudrirnos en la eterna primavera del paraiso
terrenal; sin él careceriamos de tantos descubrimientos como han hecho
los curiosos en los dominios del espíritu i en las rejiones del globo.
Ese instinto me disculpe, pues al dia siguiente de mi escena con aquel
hombre tan curioso, yo no pensaba, ni veia, ni oia, ni hacia cosa alguna
que no fuese para satisfacer la ardiente curiosidad con que tal ente me
habia contajiado. En la tarde de ese dia llovia, como es uso en
Valparaiso, de atravieso, i de arriba abajo, i aun de abajo para arriba,
en fuerza de un huracan antojadizo que soplaba sin sujetarse a lei ni a
regla ninguna: entónces no sirven zuecos ni paraguas, sino una buena
resolucion para lanzarse en aquellas calles, que rivalizan con el mar
por sus corrientes. Tuve esa resolucion, i a las cuatro estaba ya
instalado en la misma mesa del Aguila, donde habia conocido al objeto
de mi pasion.
La fonda estaba poco visitada, i el patron mascaba tabaco, apoyando toda
su mole sobre sus propios brazos, que tenia cruzados i juntos sobre el
mostrador, a cuyo respaldo estaba en pié. Miraba tristemente a la
puerta, por donde entraban a veces en lugar de parroquianos, fuertes
ramalazos de lluvia impelidos por el viento. Su mirada era fija i
parada, como de ojos sin vida, su rostro era atezado, redondo i peludo,
cruzado por una ancha boca de la cual arrojaba amenudo torrentes de zumo
de tabaco mascado. Un gorro lacre de marinero coronaba aquel cuadro.
Pasada una hora comencé a desesperar de mi esperanza, i como habia
bebido i pagado bastante café, me creí con derecho de interpelar al
patron; i lo hice mui afablemente, hablando del tiempo, tema obligado en
todos los casos en que no hai de que hablar, o en que uno necesita
introducirse a platicar con otro. Mas el patron no me respondió: lo
único que hizo fué mirarme con ese desprecio con que los ingleses o sus
descendientes los yankees, miran a todos los que les hablan en español.
Picado un poco mi amor propio, volví a levantar la voz, repitiendo en
ingles lo que ántes habia dicho en español: el patron, entónces, soltó
las amarras a sus ríjidas e inmóviles facciones, i tejió conversacion
con la mayor familiaridad, como si estuviera con un antiguo conocido.
--Dígame usted ¿quién es ese hombre con quien tomé café ayer en esta
mesa?
--¡Oh! ese es un hombre que ha venido varias veces a tomar café al
Aguila.
--¿No le conoce usted?
--¡How! sí, mucho: hace dias que viene aquí, i todos mis parroquianos le
han visto tomar café i jinebra.
--¿Cómo es su nombre?
--Mr. Livingston. ¡Oh! paga mui bien i bebe mucho, i paga siempre en
onzas antiguas.
--¿Pudiera usted darme noticias de él?
--¡Oh! Mr. Livingston toma mucho café, parece un frances, pero paga mui
bien.
--¿Mr. Livingston es ingles?
--¡Oh! Habla ingles mui bien.
--¿De dónde ha venido aquí?
--Viene del hotel de Europa, todos los dias a tomar café.
--¿Pero de dónde, de qué pais ha venido a Valparaiso?
--¡How! Mr. Livingston ha llegado mucho tiempo ha; pero solo en estos
últimos dias se ha hecho parroquiano del Aguila, por el buen café que
aquí se sirve.
Cansado ya de interrogar a aquella mole tabacosa, i sin esperanzas de
adelantar en mis investigaciones, determiné irme al mismo hotel de
Europa, resolucion suprema, que me presentaba el camino mas corto para
llegar a mi descubrimiento. Despedíme del patron, i eché a nadar hácia
la plaza de la Municipalidad. El patio del hotel estaba inundado i su
escalera azotada por la lluvia; pero nada me arredró. Penetré por
pasadizos oscuros i silenciosos hasta el hogar de la patrona, conducido
por un muchacho de la casa.
Era aquella una francesa, con gorra por supuesto, i de formas ópticas
mui raras, pues representaba ni mas ni ménos una de esas muñecas
encaramadas en una bala, que se mueven en todas direcciones, segun el
impulso. Sin poderme definir su aspecto i sin darme cuenta de sus
líneas, porque la luz era mui opaca, me le fuí al abordaje
inmediatamente, con la palabra se entiende: ella me recibió el ataque
con una inundacion, con un diluvio de frases de todos calibres, que,
aseguro, me aterró; i si mi curiosidad no hubiera sido tan grande, me
habria dado por derrotado por aquella voz tiple, que salia de una
larinje que no tendria ménos de setenta años de uso continuo.
Al nombrarle a Mr. Livingston, ella, como si hubiese estado enamorada
del ingles, suspiró con ternura, i entre esclamaciones i aspavientos me
aseguró que habia partido esa misma mañana para Santiago, sin mas ropa
que su sobretodo i una frazada; i como se suelta la tarabilla, cuando
principia a rodar la piedra del molino, ella se soltó diciendo:--«I mire
usted, caballero, don Guillermo, que así se llama Mr. Livingston, no se
ha ido como quien es, sino a pié, a pesar de que tiene bastante dinero
para pagar todos los carruajes que quiera. Tomó su ropa al hombro i con
su cara siempre risueña echó a andar, despues de pagar su cuenta en el
hotel. Mr. Livingston es hombre mui estraordinario, habla con los
espíritus, no duerme, se rie solo, se pasea a la media noche, se
encierra de dia, no tiene equipaje, i sin embargo le sobra el dinero en
su faltriquera; habla todas las lenguas, todo lo sabe, no tiene
curiosidad por nada, cuenta muchas historias, pero no habla con todos.
Solo a mí me abria su corazon, solo conmigo conversaba; ya se ve, hace
tantos años que nos conocemos... Cuando yo llegué a Chile con mi Ferran,
siendo yo todavía mui jóven, él era cajero de la casa de Monsieur
Waddington, i fué uno de los primeros huéspedes que tuvimos en el hotel
de Francia, que estableció Ferran. Entónces le conocí, le traté i fuimos
grandes amigos. Un dia de esos se desapareció de repente, i no volví a
verle mas hasta hace pocos dias que se apareció aquí. Yo le hice saber
que me hallaba viuda, porque a Ferran se le ocurrió destaparse la cabeza
de un pistoletazo; le conté mi historia, él me oyó no mas, i hoi se ha
ido sin volver a conversar mas de estas cosas»... La patrona dió un
suspiro i yo me sentia mareado...