I.

El Aguila.

Mui mal pintada era la que llenaba una gran enseña que estaba enclavada

encima de una puerta de la calle de Cochrane, en Valparaiso; pero en su

pechuga, i como guarecido por sus enormes alas, mostraba un escudo en

forma de corazon azul, tachonado de estrellas blancas, que bien decian

que el dueño de la fonda de adentro era uno de esos orgullosos

ciudadanos de la feliz rejion de América que riegan el San Lorenzo i el

Mississippi.

En una tarde de invierno húmeda i nebulosa, trasminaba aquel caramanchel

de un espresivo olor a café, que provocaba i atraia a cuantos marineros

navegaban el lodo de aquellos andurriales. Yo, que habia lanzado en ese

océano las enormes lanchas que llevaba por zuecos, caí tambien en la

tentacion i me zampucé en la ahoyada fonda, no sin que el umbral me

descubriera la cabeza e hiciese rodar mi sombrero por el barro, pues

aquella puerta estaba calculada para hombres bajos i de gorra de lana,

i no para los que, aunque pigmeos, cubrimos nuestras cabezas con un cubo

de felpa.

Esto supuesto, imajinaos cuál no seria mi admiracion al ver en el

recinto de la sala junto a una mesa a un enorme yankee plegado en tres

dobleces sobre la silla que le servia de sustentáculo, i pendiente de

una nariz colosal que podria haber servido de centro i arco a dos ojos

del puente grande del Mapocho.

Lo primero que se me ocurrió, despues de mi sorpresa; fué preguntarme

por dónde habria entrado allí aquel jigante. Pasé en revista puertas i

ventanas, tragaluces i escotillas, todos los agujeros de la fonda; i se

aumentó mas mi confusion cuando ví que por la mayor de aquellas

avenidas, apénas cabia la nariz de mi hombre. Decididamente, le habian

puesto allí para edificar la casa. Solo cuando se me vino esta

reflexion, digna de Descartes, me tranquilicé, cual el porfiado

matemático que no se tranquiliza, sino despues de haber resuelto un

problema, haciendo un millon de garabatos.

Entónces pensé en acercarme a aquella maravilla para verla, oirla i

palparla; i así como que no quiere la cosa, me senté a su mesa con gran

confianza. Una mirada tranquila i llena del portentoso yankee me inundó

todo entero. Quedé calado, es decir, conocido hasta el fondo: i le

inspiré la misma simpatía que él habia despertado en mi corazon.

«Mozo, traiga usted café», esclamé casi asustado; i mi vecino, poniendo

su enorme cachimba entre sus enormes lábios, volvió a mirarme con

agrado, como si se alegrara de retirar su vista de los grotescos

marineros que llenaban el recinto i espesaban la atmósfera con sus

emanaciones tabacosas.

El no era marinero, visiblemente: su porte era grave, semblante pálido i

sereno, sonrisa natural en su boca, pelo a la Caracala, i su cuerpo

antidiluviano envuelto en un hermoso sobretodo camaleon a la Benjamin

Constant. Tenia delante su café casi agotado, i mas que destilada una

botella que debió ser de jinebra, cuando se la pasaron llena.

El vapor embalsamado del café que me servian flotó entre nuestras caras,

pero sin ocultarme su nariz; nos mirábamos al traves, i ámbos

aspirándolo esclamamos: ¡Qué café! El con voz baja, sin duda por temor

de hacer estallar los vidrios a soltarla entera, i yo en mi tiple usual.

Estaba establecida la corriente eléctrica de la amistad con aquella sola

esclamacion en que se habian encontrado nuestros bellos espíritus: nos

comprendiamos; pero yo si que comenzaba a dudar de la solucion de mi

problema i no acababa de comprender cómo habia entrado allí aquel hombre

acompañado de su nariz i de su paltó.

--¡Qué buen café! me dijo, con un acento casi paternal.

--Excelente, le repliqué, i como estaba yo preocupado con mi problema,

agreguéle esta pregunta--¿Ha entrado usted a tomarlo?

--Sí, señor, desde que salí, acostumbro entrar aquí todas las tardes a

tomar este buen café. ¡Hacia tantos años, tan largos años que no lo

tomaba! esclamó con acento dolorido.

--¿Usted sale? le pregunté yo sorprendido, ¿entra a tomar este buen

café?

--Sin duda, me replicó; desde el primer dia de mi salida, pasé en la

tarde por aquí, por recorrer las calles, i el aroma de este café

despertó mi antigua aficion a tan rica bebida, i me entré sin titubear.

Pedí café, i bebí cuanto me sirvieron. ¡Hacia tantos años que no gustaba

este néctar celestial!...

--¿Por dónde entró usted?

--Por la misma puerta que usted, i sin perder el sombrero, como usted.

--¡Cosa estraña! Es tan baja esa puerta, i esta casa es tan estrecha

que...

--Sí, pero no hai estrechuras para quien ha vivido tantos años como yo

bajo tierra, dijo dando un suspiro de lo mas hondo de su pecho.

--Ya... No le será difícil a usted entrar por cualquier parte, ¿no es

esto? ¿Pero ha entrado usted por allí? dije, señalándole la puerta.

El hombre volvió entónces a inundarme con una mirada, requirió su

cachimba, cabalgó su pierna derecha sobre la izquierda, i como

descontento de mi estupidez miró a otra parte.

--¿Es usted chileno? me preguntó mirándome de reojo.

--Neto, le respondí con orgullo.

--Se conoce, me dijo, lanzando una bocanada de humo, i escanciándose el

concho de su cafetera en la taza. Volvió a suspirar, i despues de una

pausa, que me tenia aterrado, tornó a mirarme con amor, i agregó:

¿Conoce usted los _restaurants_ de la ciudad? ¿Sabe usted dónde se sirva

tan buen café, con mas decencia i con ménos concurrencia de marineros?

--No, señor, pero es probable que en casa de Guinodie se halle tan bueno

como aquí.

--¿Será algun _restaurant_ frances el que usted me nombra?

--Sí, caballero; el mejor, segun creo, de la ciudad.

--No me gusta; será farsa de café lo que allí sirven: prefiero tomarlo

bajo el pabellon de las estrellas, aunque sea entre marineros; al fin

estos son hombres que andan sin máscara, i que no están en escena, sino

cuando se columpian en las gavias tomando o soltando rizos.

--No ha entrado usted nunca al café de Guinodie?

--No, sin duda, desde que salí no he entrado mas que aquí, i al hotel de

Europa donde alojo.

--Sí, eso se comprende, el hotel de Europa es el que está en la plaza

Municipal, uno de puerta mui grande i de patio, ¿no es así, caballero?

--Justo, ese es el hotel de Europa. Pero al parecer usted está

preocupado, jóven, con las puertas anchas i las pequeñas. ¿Le ha causado

mucha impresion el coscorron que se dió en el umbral de ésta al entrar?

Serénese usted, nadie se fijó en eso, i aquí entre ingleses no tiene

usted que temer. Nosotros no nos curamos de los golpes que cada hijo de

vecino se da donde puede. Cada uno es dueño de golpearse cuando Dios le

deja de su mano.

Este lenguaje me sorprendió. ¿Quién será este hombre? decia yo entre mí.

Yo le he tomado por yankee al ver su estravagante figura, i sin embargo,

él habla de Dios, cosas poco conciliables, a no ser que sea un yankee

rico, que son los únicos que creen en Dios, porque necesitan ser ricos

para pensar en tener una relijion. Ahora se hace el ingles, i eso es mas

difícil de creer, porque un ingles no habla jamas el español, como este

lo habla, a no ser que haya nacido en Jibraltar o en otra parte de la

Península. ¿Quién será este hombre? Estas reflexiones me calentaban la

cabeza, i para salir de una vez de mis aprietos, hube de abordar de

frente la dificultad.

--¿Es usted norte americano? le pregunté.

--Por afeccion i casi por principios, porque he pasado en Estados Unidos

lo mejor de mi vida, ántes de venir a Valparaiso.

--¿Está usted aquí mucho tiempo ha?

--No tengo cuenta del tiempo que hace. He sabido despues de mi salida

que está corriendo el año 41, i solo ahora principio a contar fechas.

--¿Pero ha estado usted siempre en Valparaiso?

--Supongo que sí, porque fué aquí donde llegué de Inglaterra, mi patria:

aunque el Valparaiso de hoi no es ni siquiera una sombra del Valparaiso

que ví a mi llegada.

--¿Piensa usted permanecer aquí?

--No precisamente aquí, porque debo principiar desde mañana una eterna

peregrinacion entre Valparaiso i Santiago.

Volví a callarme, confuso con semejantes respuestas, ¡Quién es este

hombre, Dios mio! esclamaba en el fondo de mi alma, ¿Cómo podré

descubrirlo? ¿De dónde ha salido? ¿Qué ocupacion tiene? Abismado estaba

yo en mis reflexiones, cuando él se levantó pagó su puesto i salió

despidiéndose de mí con una insinuante cortesía.

No quedé ménos asombrado, cuando advertí que no tenia la talla

estraordinaria que yo le habia visto, sino un cuerpo airoso, elegante i

de una altura no tan enorme. Su andar era grave, de paso largo i casi

rápido. Llegó a la puerta i la salvó con mas facilidad que yo dejándome

abrumado bajo el peso de mi curiosidad.

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 39 / 113 题