III.

Era el 1º de octubre de 1612: la ciudad de Concepcion ostentaba uno de

sus mejores dias. Penco o Concepcion, que era entónces la cabecera de la

colonia, estaba situada en la rada que hoi lleva aquel nombre; i sus

casas se estendian desde la playa del mar, en la que estaba situada una

fortaleza, en el mismo sitio donde hoi se ven las murallas en la que se

construyó mas tarde. Al costado sur de la plaza, que aun subsiste,

estaba la catedral, i la manzana del frente, al norte, estaba ocupada

por el cabildo, palacio del gobernador i el cuartel. Detras del palacio,

arroyo de por medio, se hallaba el gran convento de San Francisco, que

ocupaba una manzana entera. La poblacion era enteramente española.

Los habitantes, vestidos de gala, llenaban las calles que en aquella

mañana se veian adornadas vistosamente con tapices de diversos colores.

Un sol apacible de primavera i el aura embalsamada de los contornos,

aumentaban el contento, como si la naturaleza misma hubiese querido

concurrir a dar la bienvenida al nuevo gobernador don Alonso de Rivera,

que entraba en aquellos momentos rodeado de un brillante cortejo de

oficiales, entre cuyos penachos i cimeras se hacia notar el modesto

sombrero del jesuita Luis Valdivia, el cual traia en las manos, con gran

reverencia, los pliegos en que Felipe III proponia la paz al congreso

araucano.

Los entusiastas vivas del pueblo se mezclaban al estruendo de la

artillería i a los repiques de las campanas, i el Gobernador se hallaba

recibiendo en la sala capitular los homenajes del Cabildo, cuando una

mujer, cubierta de negro, se abre paso entre la muchedumbre i llega

hasta los piés del nuevo gobernador pidiendo gracia.

--Para quién la pedís, hermosa señora, le dice don Alonso, alzándola del

suelo cortesmente; i súbito se interpone el caballero de Rojas, quien,

reprimiendo la cólera que le domina, aparta a la bella Ines, diciendo:

--¡La pide, señor, para el matador de su hermano, para el asesino de mi

hijo!....

El dolor ahoga la voz del anciano, i el silencio sucede por algunos

momentos.

El gobernador promete que se hará justicia segun la lei del rei i la de

Dios, sin olvidar la intercesion de una dama honesta, que harta razon

mostraba tener, cuando pedia perdon para el asesino de su hermano en una

ocasion tan solemne.

El anciano Rojas se retiró llevándose a su hija i los regocijos públicos

siguieron, contribuyendo no poco a entretener las conversaciones el

lance que acababa de suceder en la sala del ayuntamiento.

Luego que terminó la ceremonia, el capitan don Miguel de Erauso, que

habia sido ratificado en su puesto de secretario de guerra, instruia a

don Alonso de Rivera en todos los pormenores del suceso ocurrido en casa

de Anjelina i movia su ánimo en favor del valeroso alferez, que aun

permanecia asilado en San Francisco, aunque no en la rigorosa

incomunicacion en que permaneció los seis meses que el gobernador don

García habia mantenido las guardias que estableció en el convento.

Fué tanto el empeño que el secretario puso por conseguir la libertad de

Alonso Diaz, que el capitan jeneral le prometió que pasado algun tiempo

le remitiria agregado a los tercios del Tucuman, de donde él venia

dejando amigos a quienes podia recomendar al alferez con gran provecho

suyo, porque conocia mui de cerca al mancebo i le habia visto combatir a

su lado muchas veces con heroismo.

--¡No debemos perder, decia el gobernador, a un soldado que tanto puede

servir a la causa del rei i de la relijion!

El alferez en aquellos momentos estaba ignorante de lo que acerca de él

pasaba, i sólo, en su celda, se ocupaba en limpiar sus armas i en

aderezar sus vestidos, como si se preparara para una funcion. A veces se

le oia suspirar, i murmurando algunas palabras, suspendia su ocupacion i

se ponia profundamente triste. Luego se arrodillaba, estrechaba

fuertemente sus manos sobre el pecho i se veian sus hermosos ojos

brillar con lágrimas de dolor. Otras veces empuñaba su espada, la miraba

con aire marcial i se reia, como ajitado por el recuerdo de algun

triunfo.

En uno de estos delirios se encontraba, a tiempo que el sol poniéndose

apénas daba un lijero tinte amarillo a los avellanos que hermoseaban el

claustro, cuando el alferez don Juan de Silva se le presentó.

--Dios os guarde, Alonso, amigo.

--El os guarde, don Juan. ¿Habeis avanzado algo?

--Está todo perdido.

--¿Qué habeis hecho? ¡Decidme!

--Desesperado de no poder vencer la pertinacia de doña Ines, i

conociendo que es imposible hacerla desatender los consejos de ese

demonio de Anjelina, que no se aparta de su lado, desde que matásteis al

hermano, me determiné a pedir su mano a don Francisco.

--Sin prepararle de antemano, sin esperar a que yo hablase con doña

Ines.... Habeis hecho mal, don Juan, habeis destruido mi plan. Doña Ines

habria sido vuestra, si no hubieseis precipitado las cosas.

--¡Qué demonio! Si se me presentó ocasion, ¡cómo no habia de

aprovecharla! Esta mañana visité a don Francisco; despues de cierto

acontecimiento ocurrido en el Cabildo, de que luego os hablaré, halléle

determinado a encerrar a doña Ines en un monasterio i aun tomó allí

mismo algunas providencias para verificarlo. Habléle sumisamente i

díjele que yo admitia a doña Ines por esposa, si él nos otorgaba su

venia; pero me dió una negativa tan furiosa i terminante que no poco

pesar me costó reprimirme para rogarle lo mismo i apaciguarle. El me

insulta, me veja i por fin me dice que la hija de un Rojas no puede

unirse a un canalla, a un perro que desciende de judíos. Mi respuesta se

la dí pronto estampándole mi manopla en un carrillo, i el duelo quedó

emplazado para esta noche a las once. Eso es todo.

--¡Qué habeis hecho, don Juan!......

--Lo dicho: i vos tendreis que acompañarme al sitio, porque no tengo

otro amigo que vos.

--Yo no puedo ser testigo de un duelo en que va a batirse ese anciano a

quien tanto debo.

--Si no os parece, no sea; yo me iré solo, que a otro no he de fiar mi

lado.

--Reflexionad, don Juan, Ines me ama a mí, al matador de su hermano; su

anciano padre es desgraciado por mí.... ¿Deberé yo ausiliar a su

contrario?....

--Ya os dije que así sea: no estoi ahora para responder a los argumentos

del miedo. Vos me precipitásteis en esto, i yo os perdono aunque me

abandoneis, así como perdonaba a doña Ines el que os amase.

--Eso ménos, don Juan, mi pecho no conoció jamas el miedo, i de mí no se

dirá que abandoné a un amigo en el peligro. ¡Fuerte es la prueba que voi

a daros, pero os la daré. ¡Vive Dios!....

Escandecióse el rostro del jóven i don Juan le estrechó la mano,

separándose de él i asegurándole que en su casa le aguardaba.

Una hora despues se veian en un estrecho cuarto, sin tapiz ni muebles,

dos hombres sentados alrededor de una mesa de nogal i apurando una bota

de un añejo, cuya fragancia trasminaba el aposento. Las oscilaciones del

candil que los alumbraba imprimian un aire siniestro a sus fisonomías i

retrataban sus formas en jigantescas dimensiones sobre la pared. El uno

era corpulento i abundaba de salud; su frente abultada se dilataba hasta

la mitad de la cabeza, por falta de cabello; pero a trueque de esto,

tenia una barba espesa que sombreaba su roja i espaciosa cara, i el

bigote le cubria enteramente la boca. El otro era un jóven de regular

estatura, de aire macilento, pelo negro i abundante, pero sin barba;

ojos hermosos i de un mirar fogoso i atrevido, nariz corva i pulida

boca; está con su codo apoyado en la mesa i la mano en la mejilla,

enteramente contraido a la narracion que de sus hechos le hace el

primero, cuyo nombre, como sabemos, es don Juan de Silva.

La noche era horriblemente tempestuosa. El mar ajitado mezclaba el

prolongado estruendo de sus olas al estampido del trueno que se repetia

a cada momento con mas fragor: un viento caliente, anuncio infalible de

la tempestad, zumbaba sordamente en los techos i los sacudia a manera de

un terremoto. La oscuridad era tan densa que el mundo parecia perdido en

un caos insondable i espantoso.

Son las diez: los dos alféreces se levantan, apuran el último trago que

les quedaba en la bota, i salen con sus espadas i dagas. No se divisaban

en las calles ni edificios ni alma viviente: la poblacion estaba en

silencio, porque el repentino cambio del tiempo habia puesto fin a los

regocijos de aquel dia.

Llegaron ámbos a un sitio próximo a la ribera del arroyo i allí se

pararon: Alonso propuso a su compañero que se pusiera cada uno su

pañuelo atado al brazo, para no desconocerse en lo que pudiera

ofrecerse, a causa de la oscuridad, i así lo hicieron.

Largo trecho hacia que esperaban, cuando una voz, conocida por la de don

Francisco de Rojas, dijo--¡don Juan de Silva!

Don Juan respondió--¡Aquí estoi!

Metieron ámbos mano a las espadas i se embistieron rabiosos, miéntras

los dos testigos permanecian quietos en sus puestos. Fueron bregando sin

que ninguno cediera al otro, i la luz siniestra del relámpago brillaba

en sus espadas i mostraba a cada combatiente la situacion de su

adversario.

Un trueno revienta con fragor terrible casi sobre las cabezas de los que

reñian, i al mismo tiempo un hondo quejido muestra a Diaz que su amigo

estaba herido: púsose luego a su lado, i al punto el otro, al lado del

caballero de Rojas: entónces el combate se hizo jeneral, sin que una de

las dos parejas estorbase a la otra.

A poco andar, cayeron los dos primeros; i Alonso con su enemigo

continuaron tirándose tajos con furor i con destreza. El uno dobla sus

rodillas i suelta la espada diciendo:--¡Ah! traidor, ¡que me habeis

muerto!

Alonso, que era el vencedor, pregunta ¿quién sois vos?... i el moribundo

responde:

--¡Don Miguel de Erauso!...

Los tres caidos pedian a voces confesion, i Alonso, atónito i casi sin

sentido, corre a San Francisco, les envia dos relijiosos i se encierra

en su celda. Los dos primeros espiraron en el acto i el secretario de

guerra fué conducido a casa del gobernador.

Allí se le ofrecieron los ausilios del arte, e inmediatamente se dió

principio a la sumaria para indagar quién era el que sobrevivia i

someterle a la justicia. El capitan don Miguel lo declaró todo, ménos el

nombre de su vencedor. El gobernador increpábale su reserva, pero nada

pudo alcanzar.

Así hubiera permanecido libre Alonso, si en un momento de delirio, don

Miguel, que porfiaba con el doctor Robledo por que le diese a beber

vino, no hubiera esclamado:

--¡Mas cruel sois, doctor, que el alferez Diaz, que me ha herido!

Luego murió, i el gobernador pasó la noche en vela, preparándose para

hacer al otro dia la justicia que todos sus oficiales i los principales

vecinos le pedian contra el desgraciado Alonso.

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 30 / 113 题