Una hora despues, el convento estaba cercado por gran número de las
tropas de la guarnicion; i los clarines anunciaban por las calles un
bando en que don Alonso García Ramon, gobernador i capitan jeneral del
reino i presidente de la Real Audiencia, prometia premio a quien
entregase muerto o vivo al alferez Alonso Diaz Ramirez de Guzman; i
prohibia, bajo severas penas, que se le diese embarcacion en ningun
puerto, ni albergue en ninguna guarnicion, plaza ni presidio, por ser
reo de muerte.
A esa hora se hallaba en su palacio el gobernador con su secretario el
capitan don Miguel de Erauso, quien escribia i dictaba apresuradamente,
interrumpiendo a cada momento su trabajo hondos suspiros que le ahogaban
el pecho.
El gobernador se paseaba por la sala i daba repetidas órdenes con voz
firme i amargo ceño.
Un oficial avisa desde la puerta que ya esperaban en la antesala todos
los testigos i presos que se habian recojido. El trabajo se suspende, i
don García se dirije a su secretario:
--¿A quién interrogarás primero, don Miguel?
--A quien vuesa merced me indique, señor. Para mí, que he sido testigo
del hecho, no hai necesidad de interrogaciones: el alferez fué provocado
i necesitó defenderse como hombre i como caballero.
--Tu amistad te engaña, don Miguel; el alferez ofendió primero al de
Rojas, i éste no hizo mas que querer castigar un insulto.
--El de Rojas, señor, cortejaba a la dama de Alonso, miéntras que la
suya le espiaba desde afuera. Si se ofendió de que el alferez denunciase
el hecho, valiérale mas proceder como quien era, i no enredar la
pendencia, que no es de caballeros el reñir entre las damas.
--Anjelina me ha jurado esta mañana que no solo no es la dama de Alonso
Diaz, sino que ni siquiera ha cruzado jamas con él una palabra; i
Anjelina no miente.
--Anjelina es una mujer liviana, señor.
--Repórtate, don Miguel, que tu cariño al alferez te torna deslenguado.
--Mucho hablais de mi amistad por Alonso, señor, i pienso que me honra
el ser amigo con el mas valiente guerrero de nuestros tercios. ¿Quién
tiene hazañas como las suyas? ¡quién mas leal, quién mas bravo en la
refriega! Mozo imberbe es todavía i cuenta mas glorias que años. Aquí
llegó soldado desvalido, como lo sabe vuesa merced, i si yo le tomé en
mi compañía i bajo mi amparo, fué porque ademas de sus prendas, hallé
que era de mi pueblo i conocia a mi familia. Si esto es una tacha,
señor, pondré para borrarla mis largos servicios al rei nuestro amo...
Los ojos del capitan brillaron como de orgullo, i el gobernador,
estrechándole la mano, puso fin al diálogo i dió principio a las
indagaciones.
Miéntras esto sucedia, los claustros del convento presentaban otra
escena: a lo léjos i hundido en un escaño se divisaba al provincial, su
capucha calada i sus brazos cruzados sobre el pecho. Alonso estaba a sus
piés de rodillas, sin armas i con la cabeza descubierta, confesando sus
culpas con fervor.
Don Francisco de Rojas, caballero del hábito de Santiago, miraba al
penitente con un aire de melancolía i rabia que daban a su cara una
espresion misteriosa; pero sin moverse del poste en que se habia apoyado
para esperar la terminacion del acto sagrado.
Alonso recibió la absolucion con su frente reclinada sobre el suelo,
besó la manga del sacerdote i se levantó, dirijiéndose al templo con sus
ojos humildemente cerrados.
El caballero le sale al encuentro i dándole súbitamente con la punta de
su capa un golpe en la cara, esclamó:
--¡Ya sabeis, canalla, para qué os busco!
El primer movimiento de Alonso fué poner mano a la cinta, i hallándose
sin armas, se arroja sobre don Francisco, como un tigre furioso, a
devorarle. El provincial, que seguia sus pasos, le pone mansamente la
mano sobre la cabeza, preguntándole con voz suave:
--¿Qué hicísteis, mancebo, vuestro propósito?....
El alferez suelta su presa, enmudece, baja los ojos i tiembla de rabia i
de dolor.....
Don Francisco, libre de su adversario, hace una profunda reverencia al
prelado, i con voz trémula i balbuciente,--perdon, padre mio, le dice,
este perro es al asesino de mi hijo, el seductor de mi hija, i no puedo
lavar mi afrenta sino con mi espada.
--¿Olvidais, señor, que este paraje en que estais, es la casa del Dios
que perdona, que da la paz i nos enseña la humildad?
--Nó, mi padre; pero sé que este hombre me debe su sangre i que puedo
matarle en donde le halle: ya que su paternidad le ampara, señálemos
campo i hora, que yo con mi palabra aseguro su libertad, i juro no
ofender la santidad del claustro.
--Yo no me batiré con vos, replicó secamente Alonso.
--¡Porque sois un asesino cobarde! esclamó el caballero.
Alonso se enfurece de nuevo, pero el padre intima a don Francisco que se
retire, i conduciendo al penitente al templo, se arrodilla con él i le
enseña a pedir misericordia.....
Alonso tenia fijos en la imájen de la Vírjen sus ojos arrasados en
lágrimas; las palabras del sacerdote herian su corazon i le llenaban de
angustia: un crímen acababa de disipar para siempre la mas bella de sus
ilusiones.....