El cadalso está preparado en el centro de la plaza de Concepcion; las
tropas lo rodean i un numeroso concurso vaga en silencio por los
alrededores. El dia se avanza i el reo todavía no parece.
El gobernador se paseaba pensativo en el salon de su despacho, esperando
el resultado de la tercera i última intimacion que habia hecho a frai
Francisco de Otárola, provincial de la órden seráfica, para que
entregase al reo Alonso Diaz, asilado en su convento. Al fin aparece el
oficial mensajero, trayendo por respuesta una redonda negativa del
provincial.
El gobernador se hace seguir de su guardia de piqueros i marcha al
convento, resuelto a allanarlo para sacar por sus propias manos al reo.
Llega; se manda abrir las puertas, le resisten; las hace derribar,
penetra con espada en mano i encuentra a la comunidad que le cierra el
paso con sus brazos cruzados sobre el pecho i la capucha calada;
pretende abrirse paso i los frailes, con tono humilde, le intiman que no
volverá a salir Su Merced ni sus tropas, si se atreven a violar su
asilo.
En tanto, el provincial contiene al alferez Alonso, que, con espada en
mano, quiere él solo impedir la entrada del gobernador; le insta, le
ruega que s e salve i que evite una profanacion de la santidad del
claustro; i miéntras que su comunidad resiste humildemente en la
puerta, el santo prelado consigue, casi por fuerza, que Alonso escale
las tapias del jardin i salte a la calle.
Despues de un largo altercado, el Capitan Jeneral, aconsejado por el
jesuita Valdivia, se resuelve a respetar la inmunidad eclesiástica, tan
consagrada por las leyes de entónces, i se retira confiado en la promesa
que le hacen los franciscanos de que el reo será enjuiciado por sus
trámites i segun los fueros de la Iglesia.
Alonso perturbado en la calle, penetra en una casa cuyos departamentos
le son desconocidos: vaga, largo rato cautelándose, sin encontrar a
nadie, i despues entra en una sala cuyas puertas i ventanas estaban
entornadas. Una mujer cae exánime gritando ¡el asesino! i otra cubierta
de luto se reclina sobre ella a prestarla ausilios....
Alonso permanece en pié, helado, con una especie de pavor que jamas ha
sentido, sin poder proferir una palabra: acaba de ver caer a Anjelina i
miraba a la hermosa doña Ines, que tambien le ha reconocido.
A ese tiempo resonaban en la calle los clarines de los tercios que se
retiraban de la plaza, i los gritos i algazara del pueblo que los
acompañaba a sus cuarteles.
Vuelta en sí Anjelina, i despues de un profundo i significativo
silencio, durante el cual permanecieron los tres mirándose de hito en
hito, como espantados, Alonso se arroja a los piés de las dos damas, que
estaban fuertemente abrazadas; i sollozando, con voz ahogada i
balbuciente:
--¡Perdon, perdon, las dice, no para un criminal, sino para... para la
mujer mas desgraciada que jamas la tierra sustentó!!...
--¡Mujer! repiten ambas horrorizadas i retrocediendo como si huyeran de
un espectro.
--Mujer, sí, ¡la mas infeliz!...
En esta situacion permanecieron sin proferir mas palabras, hasta que
doña Ines, rompiendo en amargo llanto, levantó al alferez del suelo en
que yacia, preguntándole:
--¿Quién sois? decídmelo sin engaño.... ¡no añadais el escarnio a mis
tormentos!...
--¡Soi doña Catalina de Erauso, nacida de nobles padres en San
Sebastian! Pasé mi niñez en un convento, de donde me fugué a tiempo de
profesar. Vagué por la España, en traje de hombre, hasta que la suerte
me atrajo a estas rejiones, en donde fuí arrastrada por la fortuna a
tomar la carrera de las armas. Vosotras conoceis mis hazañas i ahora
sois las únicas depositarías de mi secreto... Maté a vuestro hermano,
doña Ines, porque le amaba con delirio i me sentia arrebatada por los
celos: yo no podia hacerme amar de él, pero tampoco podia sufrir que
entregase su corazon a otra. Por eso os engañé: vos me amasteis, me lo
disteis a conocer, i yo no podia desecharos, porque habria perdido al
ídolo de mi corazon. Un arrebato de los celos, un momento de vértigo me
hizo cometer aquel crímen que lloraré toda mi vida... ¡Perdonadme, doña
Ines!... Vos sois la única que puede absolverme acá, para que Dios me
perdone en el cielo: si vos me condenais, él tambien me condenará...
--¡I mi padre, mi anciano padre! interrumpió doña Ines.
--¡Yo no he muerto a vuestro padre: el honor, un compromiso me arrastró
a ser testigo de su duelo, que ojalá jamas lo hubiera sido! Allí
encontré a un hombre, un hombre con quien debia batirme tambien, sin
saber quién era; le dí la muerte batallando lealmente, ¡pero ese hombre,
doña Ines, era mi hermano, mi protector!... el amigo que me habia
favorecido sin conocerme... ¿Quereis mayor espiacion? ¿No es este un
castigo de Dios? ¡Mil vidas daria por volverle la que le quité!... ¡¡el
cadalso es poca afrenta, no es castigo para mí!!... yo merezco mas... yo
no debí huir... ¡¡Aquí, aquí, estoi!!...