El fruto principal de mis tareas en un año, habia sido la amistad que me
procuré con el negro Luciano, que era el único esclavo de quien don
Gumesindo se confiaba. Principié a agasajarle i a captarme su cariño,
pero era tanto el poder que sobre su corazon tenia el amo, que aun se
recelaba para responderme a las preguntas mas insignificantes que yo le
hacia acerca del réjimen de la familia. Al fin de muchos trabajos, logré
de él tener algunas nuevas de Lucía, las que no hicieron mas que avivar
mi pasion; pero como yo temia todavía del negro, no me atrevia a tentar
su fidelidad. Un dia le encontré en la calle i me dijo que buscaba a un
carpintero para que acomodase una gran parte que se habia caido del
altar del oratorio de su señor, porque el maestro que trabajaba en su
casa estaba aquella vez mui enfermo: aprovechando yo la oportunidad, me
le ofrecí, i con pocas instancias logré que me diese aquella ganancia.
En efecto, busqué algunas herramientas, i aunque no entendia el arte, me
atreví a improvisarme carpintero, confiado solo en el amor; i una hora
despues estaba a la puerta de don Gumesindo a cuya presencia fuí
conducido por Luciano.
Estaba el español recien levantado de siesta, con el gorro calado hasta
las cejas, i sentado en un canapé en cuyo brazo tenia apoyado el codo de
manera que afirmaba su barba sobre la palma de la mano, abrazándose la
garganta entre el índice i el pulgar: su aspecto era el del gato que
acecha, por que tenia un ceño terrible. Díjole entre dientes a Luciano
que me condujera al oratorio i volviese para tratar. Así lo hicimos i
nos ajustamos por un precio mui bajo, quedando de principiar la obra al
otro dia. Me retiré con el sentimiento de no haber visto a nadie mas que
a don Gumesindo en la casa, i llegué a temer que no me seria posible ver
a Lucía, que era el único objeto de mis esfuerzos.
Desde aquel momento no pensé mas que en el modo de dármele a conocer, i
al efecto escribí una carta para entregársela al dia siguiente. Un
amigo mio, que era un español llamado Laurencio Solis, me sorprendió
aquella noche al tiempo de estar trazando en el papel la revelacion de
mi amor; i como yo lloraba i escribia a un mismo tiempo, no pude
ocultarle mi propósito; a mas de que necesitaba desahogar mi corazon,
deseaba tener un amigo que aprobase mis sentimientos, que me ausiliase
con su consejo. Desde entónces consideré a Laurencio como un hermano que
el cielo me concedia para templar mis amarguras.
Llegó el dia deseado, i al rayar el sol me puse en casa de don
Gumesindo, armado con los útiles necesarios para ejecutar la obra i
comunicarme con mi querida. Entré temblando a la presencia de este
hombre, que entónces me pareció mas terrible que nunca: me dijo sin
mirarme i con voz mui entera:
--¿Vienes para el trabajo?
--Sí, señor.
--Pues bien, si no acabas a las diez, puedes pensar en no hacer nada.
--Acabaré ántes, señor.
--¡Eh! ¡qué dócil pareces, bribon! ¿de dónde eres tú?
--De Lima, señor.
--¿Mucho tiempo ha que estás en estos lugares?
--No, señor.
--Pues bien, no tienes mala pinta, anda al trabajo, me replicó
hiriéndome con una mirada que acabó de intimidarme.
Al pasar por el cuarto contiguo al oratorio, que comunicaba con el de
don Gumesindo, ví a Lucía sentada en el estrado i tejiendo randas en un
cojinillo pequeño que apoyaba sobre su rodillas: al verla se me cayeron
de la mano las herramientas, ella levantó sus hermosos ojos, los fijó en
mí, el cojinillo rodó por la alfombra i la pobre niña quedó con sus
lábios entreabiertos i yerta como si hubiese caido un rayo a sus piés.
Un grito terrible de don Gumesindo, que me decia:--¡Hola, ya principias
con torpezas! me sacó de mi atolondramiento; tomé las herramientas i
seguí mi camino.
Dí principio al trabajo sin saber lo que hacia, porque aun podia divisar
desde allí a mi ánjel que no se atrevia a levantar los ojos, sin embargo
de que don Gumesindo estaba en una posicion desde donde no la veia.
Despues de un largo rato me puse a aserrar una tabla enfrente de ella i
entoné un yaraví peruano con los versos
Aunque me olvidas, te adoro,
i aunque no me das consuelo,
yo lo tengo, porque lloro.
El ruido de la sierra no dejaba percibir a don Gumesindo la letra de mi
canto, pero Lucía la entendió al momento, porque la ví mirarme con sus
ojos llenos de lágrimas i suspirar con ternura. En aquel momento
delicioso fuí mas feliz que lo he sido en toda mi vida; olvidé mis
pesares, i en lugar de llorar me reia como un niño. Luego trajeron a don
Gumesindo una gran taza de chocolate, él se desvió un poco de la puerta
del oratorio para tomársela al sol, i aprovechando yo aquel momento,
saque mi carta i se la tiré a Lucía; ella la recojió i sonriéndose la
besó. Volví a aserrar otra tabla i Lucía acercándose a la puerta me dijo
en una voz suave i dulce:--«Alvaro, yo no sé leer!».....
Perdí todas mis esperanzas al oir aquella fatal noticia i llegué a
desesperar de mi suerte, pero por fortuna llegó entónces Luciano a
avisar a su amo que le buscaba el guardian de San Francisco; i don
Gumesindo se dirijió a recibirle diciendo a su esclavo: «atiende a ese
hombre.»--El español era tan celoso que nunca dejaba entrar a alma
nacida a las piezas que comunicaban al segundo patio donde yo estaba
trabajando, i por eso acostumbraba recibir a los que le visitaban, que
eran dos o tres personas, en un cuarto que estaba cerca de la calle. A
él se encaminó don Gumesindo para recibir al guardian.
Luciano, abusando de su confianza conmigo, se introdujo al oratorio a
darme conversacion; yo estaba desesperado i no hallaba medio alguno para
retirarle, hasta que se me ocurrió decirle que necesitaba fuego para
seguir el trabajo; i miéntras se apartó para cumplir mi deseo, Lucía se
aproximó a la puerta temblando, pálida como si acabara de cometer un
gran crímen, i nos cruzamos estas palabras en voz baja:
--Lucía, ¿me amas todavía?
--¡Jamas te olvidé!
--¿Con que no sabes leer? ¿Cómo podremos comunicarnos? tengo muchas
cosas que decirte.....
--No hallo cómo.
--Dime, estas ventanillas que hai en lo alto de la pared del costado de
la casa, ¿a dónde caen?
--A la despensa i al cuarto de una esclava negra, que es la única mujer
que hai aquí, i la cual me espía i me maltrata mucho.
--¿Pero no podrias subir por la despensa?
--Sí, porque hai algunos trastos grandes que pueden servir para ello,
pero tú no podrás alcanzar por la calle.
--Pierde cuidado, nos veremos esta noche.
--No puedo; mañana sí, a media noche.
--¿Me prometes no faltar, Lucía? ¡Dame tu mano.....!
Me dió un sí espresivo, i entónces no ví mas, no sentí mas que su linda
mano: maquinalmente la estreché a mis lábios, perdí el sentido; la
fiebre me abrasaba el corazon i todos mis miembros perdieron su vigor.
En ese instante entró Luciano; Lucía estaba ya en su asiento, i yo
permanecia aun lánguido i sin accion para moverme ni hablar una sola
palabra.
Desde luego no traté mas que de concluir la obra para retirarme de aquel
sitio en donde un momento ántes habria deseado permanecer para siempre:
no sé por qué se apoderó de mí una zozobra, una inquietud inesplicable:
me parecia que habia sido sorprendido, que me iban a matar i a privarme
de asistir a la cita que acababa de darme mi Lucía. En poco tiempo mas,
estuve desocupado. Don Gumesindo llegó al oratorio, miró el altar i
pasándome el precio de mi trabajo, me dijo: anda con Dios, te has
portado..... Al salir, nos correspondimos con Lucía una mirada que
significaba mas que cuanto habíamos hablado.
De ahí me fuí lijero a buscar a Laurencio, le describí cuanto habia
ocurrido, i obtuve su promesa de ayudarme a trepar hasta la ventanilla
por donde habíamos de vernos con mi Lucía.
Para omitir detalles, no quiero demorarme en la descripcion de las
infinitas citas que tuve con aquel ánjel en lo sucesivo: yo permanecia
horas enteras apegado a la ventanilla por donde nos veíamos, pendiente
con una mano de la reja i afianzando los piés en una cuerda que me
servia para izarme; pero miéntras estaba con aquella mujer divina no
sentia incomodidad alguna, no veia otra cosa que a ella, no oia mas que
sus palabras, ni respiraba mas que su aliento. Recíprocamente nos
contábamos nuestras desgracias, nos comunicábamos los proyectos que
formábamos para salir de tan penoso estado, hablábamos de nuestro amor i
nos lisonjeábamos con un porvenir de placer i de ventura: estos
coloquios avivaban nuestro fuego, nos consolaban i nos hacian dulces
nuestras angustias.
La situacion en que ella se encontraba era desesperante: desde la muerte
de su madre, jamas habia pisado el dintel de la puerta de calle de la
casa de su tutor. Este jamas le dirijia una palabra, la forzaba a estar
todo el dia sola en un cuarto que le servia de prision, sin ver mas que
a unos cuantos esclavos que nunca desplegaban los lábios en su
presencia; por la noche se ocupaba en rezar con una vieja, que era su
espía i la cual ejecutaba fielmente todas las órdenes de tiranía que le
daba don Gumesindo. Se veia, en fin, precisada hasta de reservarse de su
confesor, que era el capellan de la casa, porque sospechaba que procedia
de acuerdo con su tutor.
Yo era el hombre mas feliz, porque en medio de la miseria a que me veia
reducido, me sentia adorado por la única mujer que habia ocupado siempre
mi corazon; pero la pobreza me condenaba a no ver realizadas jamas mis
ilusiones. Ella era rica i tampoco podia disponer de sus riquezas: solo
podia llorar conmigo nuestra desventura.
A veces me asaltaba la desconfianza por su amor, porque no hallaba
motivo para que una mujer tan bella i de tantas prendas estimables se
fijara en un miserable como yo, que para vivir se veia precisado a
trabajar de artesano; en un hombre sin porvenir i condenado por su
destino a una perpetua desgracia; pero ella me consolaba con sus
caricias i me juraba amarme siempre a pesar de todo. A los ocho meses de
mantener esta comunicacion, resolvimos fugar de aquel lugar aborrecido i
establecernos en otra parte, en donde pudiéramos gozar libremente de
nuestra union, i reclamar con el tiempo sus propiedades. Combinamos el
plan de nuestra fuga, i a mí me pareció bien consultárselo a Laurencio,
el cual se interesó tan vivamente en el buen éxito de la empresa, que
prometió acompañarme a donde fuera con mi querida.
Este hombre que me inspiraba tanta confianza i con quien tanto
simpatizábamos, corria entónces la misma suerte que yo; era pobre i
desvalido. Habia llegado a la Serena casi a un tiempo conmigo, pero se
ignoraba de dónde i con qué fin: él decia que habia sido comerciante en
su pais i que viniendo al Perú con sus negocios, un naufrajio le redujo
a la indijencia. Despues veremos la verdad de este relato.
El dia de la Cruz de Mayo de 1813, debia efectuarse nuestra partida a
las dos de la mañana, i Lucía habia de salir vestida de hombre por una
alta pared que cerraba por un costado la casa de don Gumesindo. Todo
estaba dispuesto, i contábamos entre los preparativos cuatro hermosos
caballos, que nos habian costado muchos meses de trabajo a mí i a
Laurencio. Amaneció el dia deseado i nosotros estábamos alegres porque
no habia obstáculo que no estuviese ya vencido, i teníamos la seguridad
de no haber sido descubiertos.
Yo ansiaba por que llegase el momento i me reputaba mui dichoso; pero
pasando por la plaza con el objeto de hacer todavía alguna dilijencia,
tres soldados me detuvieron i me llevaron a la presencia del juez, que
despues de haber sabido mi nombre i mirádome mucho, me remitió a la
cárcel con la órden de que me colocaran incomunicado i con una barra de
grillos. Al instante temblé i obedecí sin replicar, porque no hubo duda
para mí de que habia sido descubierto nuestro plan. La desesperacion se
apoderó de mi alma de tal modo, que si el carcelero no me hubiera
quitado un puñal que llevaba conmigo, me habria dado la muerte en aquel
instante mismo. Pero luego quedé en calma i en una especie de
embrutecimiento que no me dejaba pensar, ni siquiera sentir.
Así permanecí dos dias, durante los cuales no ví mas que al carcelero
que se acercó a mí dos veces para darme de comer: al tercer dia fuí
llevado ante el juez i sufrí un largo interrogatorio sobre si conocia a
don Gumesindo, si tenia mui estrecha amistad con el esclavo Luciano i
sobre un plan que se decia que yo habia formado con éste para asesinar a
su amo. Todo esto contribuia a aumentar mi confusion, i llegué a
sospechar que el juez se valia de tales rodeos para desentrañar mejor el
rapto de Lucía; pero al salir, ví que entraba tambien a la sala del juez
el pobre negro Luciano con grillos i lleno de sangre: despues supe que
su señor le habia castigado ferozmente ántes de entregarle a la
justicia.
Tres veces mas me llevaron ante el juez en ocho dias que estuve
incomunicado, i por los interrogatorios i cargos que me hacian, vine en
cuenta de que yo estaba acusado de asesino i de complicidad con Luciano;
i supe, con gran sorpresa, que por la noche del dia en que me apresaron
habia fugado Lucía de la casa de su tutor. La ajitacion que me causó
este accidente, oido de boca del mismo juez, fué tomada por éste como un
efecto de mi inocencia en el rapto, i al instante decretó que se me
pusiera sin prisiones en el calabozo de los demas presos. Allí encontré
a Luciano i a una multitud de facinerosos, cuyo aspecto me dió pavor i
me hizo pensar de nuevo en todo el peso de mis desgracias: uno de los
presos se acercó a consolarme, otros se reian en mi presencia de mis
angustias, i trataban de ridiculizarme con espresiones groseras, segun
decian ellos, para darme valor.
Yo no lo tenia, es verdad, ni siquiera para darme a respetar de aquellos
malvados. El mas viejo de todos conversaba con Luciano, refiriéndole la
vida de don Gumesindo, el cual, segun él decia, habia venido de
marinero en un buque español para cumplir la pena a que en su pais fué
condenado por varios delitos que cometió. Luciano lo oia con mucha
complacencia, i le replicaba que él no tenia mas crímen que el haberle
servido con fidelidad desde su niñez. Al fin se acercó a mí el negro, i
conversamos acerca de nuestra prision: me dijo que en la tarde del dia
anterior al en que me prendieron, su amo habia recibido una carta de un
amigo, i luego que la leyó, le habia llamado a su presencia para hacerle
algunas preguntas sobre mí, despues de las cuales le maltrató cruelmente
hasta dejarle medio muerto i cubierta de heridas la cabeza, por cuyo
motivo pasó esa noche i el siguiente dia, que era mártes, postrado en su
cama. El miércoles, siendo ya mui tarde, se advirtió que Lucía faltaba
de la casa, se la buscó prolijamente; i siendo inútiles todas las
pesquisas, su amo enfurecido le habia hecho remitir a la cárcel, en
donde se encontraba todavía sin saber a punto fijo de qué delito se le
acusaba.
Compasion, i mucha, me inspiró la sencillez del pobre negro, i al
hacerle saber la imputacion que se le hacia, le ví llorar, pero sin que
su semblante sufriese la menor alteracion: no sé si lloraba de despecho
o de pena, lo cierto es que el esclavo tambien era sensible.
Mi amor, la desesperacion que tuve al verme preso, la melancolía en que
caí despues, todo se me habia convertido en una aversion, un odio
reconcentrado contra todos los hombres; ya no sentia mas que un deseo
frenético de vengarme, aun a costa de lo que podia serme mas caro en
este mundo i en el otro; sentia a veces un placer inesplicable cuando
oia referir escenas de horror, salteos i asesinatos a los que me
acompañaban en la prision, i me entretenia en hacerlos hablar sobre sus
crímenes, porque este era el único consuelo que tenia.
Despues de vivir un mes en aquella situacion ignominiosa, un dia nos
hicieron marchar a varios de los presos para Santiago, permitiéndonos,
algunas horas ántes de nuestra partida, hablar con nuestros amigos o
parientes. Yo no tuve otra persona que me viese en aquellas
circunstancias que la vieja María, la cual me refirió que Laurencio
habia andado mui inquieto el dia de mi prision, i que desde entónces no
habia vuelto a verle mas, porque se habia huido, llevándose mis caballos
i varios otros objetos que me pertenecian. Esta revelacion i la
circunstancia de no haberse acercado Laurencio una sola vez a la cárcel
desde que entré en ella, me hicieron venir en cuenta de que este infame
me habia traicionado huyendo con mi Lucía. Pero no hallaba cómo
conciliar una alevosía semejante con el amor i la amistad que me ligaban
con ellos: aborrecia, sin embargo, a los hombres, i mi odio me lo
pintaba todo como posible. Partí para Santiago sin saber mi destino,
pero jurando a cada momento no descansar hasta verter la última gota de
sangre de Lucía i de Laurencio i recrearme en su agonía: este era el
único deseo, la única esperanza que me daba fuerzas para soportar las
fatigas del viaje i los sinsabores de mi triste condicion.